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R oman
La tensión me oprime los músculos del cuello al ver alejándose la espalda de Katherine. No tengo ni idea de lo que le ha dicho a Chloe, pero dudo que fuera algo bueno.
Contengo mi ira y respondo a un par de preguntas más del público; luego le hago un gesto al presentador para que dé por concluido el acto.
Unos instantes después, bajo a zancadas los escalones del escenario entre una ronda de aplausos que apenas registro. Estoy demasiado concentrado en Chloe, que está jugando con el tallo de su copa de vino mientras me acerco. Su sonrisa cuando levanta la vista hacia mí es forzada pero sincera.
—Vámonos. —Me niego a hablar de Katherine en medio de toda esta gente, y ya he hecho lo que he venido a hacer.
Tras despedirse del hombre que está a su lado, se levanta y me sigue fuera de la sala.
Una vez que salimos del salón de baile, la llevo a rastras al rincón más cercano.
—¿Qué quería Katherine? —Mi tono es más brusco de lo que pretendo, pero no me molesto en suavizarlo.
Pone los ojos como platos.
—Solo quería presentarse.
—¡Vaya! —exclamo—. Conozco a mi exmujer. No es muy amigable que digamos.
Frunce el ceño, pero se arma de valor.
—Quería decirme que eres un adicto al trabajo y que antepones tu empresa a todo lo demás. Le he dicho que eso ya lo sabía.
La estudio, seguro de que no me está contando toda la verdad.
Por la forma en que mantiene la mirada clavada en la mía mientras levanta la barbilla, está claro que no va a revelarme nada más. No parece molesta, así que me prefiero pensar que Katherine no ha sido tan maliciosa como esperaba.
—De acuerdo. —En cuanto esas palabras salen de mi boca, sus hombros se relajan un poco—. ¿Estás lista para irnos?
—Sí. —Mira el reloj—. Si salimos ahora, llegaremos al aeropuerto con tiempo de sobra.
—En realidad —digo, alargando la palabra—, he concertado una cita de última hora para reunirme con un conocido del mundo de los negocios, así que nos quedaremos una noche más.
Ella abre la boca.
—¿De verdad?
—Sí, y ya he hablado con tu padre para asegurarme de que le parecía bien. Me ha pedido que te dijera que Carol lo está cuidando muy bien.
Chloe parpadea rápidamente, desconcertada.
—¿Has llamado a mi padre?
—Aparece en tu formulario como la persona de contacto. — Sacudiendo la cabeza, suelta una risita y eso me hace torcer la boca—. ¿Qué ocurre?
—Es solo que… no paras de sorprenderme.
—Solo intento igualar el marcador.
—Ajá. —Con los ojos brillantes, ladea la cabeza—. ¿Y si no me apetece quedarme otra noche en la increíblemente hermosa ciudad de Niza?
Me paso la mano por la boca para ocultar mi diversión.
—En realidad, mi conocido está en París, así que pasaremos la última noche allí. Pero para compensarte por las molestias de alargar nuestra estancia, he conseguido entradas para que visites el Louvre esta tarde.
Ella contiene el aliento bruscamente.
—¿Qué?
—No necesitaré tus servicios durante mi reunión, así que —me encojo de hombros, fingiendo indiferencia—, ¿por qué no? Sería una pena visitar París y no verlo.
Traga saliva y un brillo húmedo hace que sus ojos resplandezcan.
—Gracias, Roman.
La emoción que hay en su voz me produce un nudo inesperado en el pecho.
—No hace falta que me des las gracias. Al fin y al cabo, te estoy obligando a quedarte otra noche. —Ella niega con la cabeza de nuevo, sin saber qué decir. Y sigue sin decir nada mientras la acompaño hacia la salida—. ¿Nos vamos, entonces?
Hemos hecho las maletas esta mañana y las hemos dejado en el coche, así que, una vez abrochados los cinturones, nos dirigimos directamente al aeropuerto.
—¿Seguro que no me necesitas en esa reunión? —pregunta Chloe cuando subimos a mi jet.
—No. Es informal. —Y una decisión de última hora. El hombre con el que he quedado es un conocido de la universidad con el que voy a ponerme al día tomando unas copas—. Hay como una hora y media hasta París. Deberías echarte otra siesta. No quiero que te quedes dormida delante de la Mona Lisa.
Me dedica una sonrisa seductora.
—Mi padre no me lo perdonaría jamás.
Tras el despegue, ella se retira al dormitorio situado en la parte trasera del avión y yo me sumerjo en el trabajo. El vuelo a París es tranquilo y transcurre sin incidentes; el zumbido de los motores del jet es el ruido de fondo perfecto para fomentar la productividad.
Chloe se levanta poco antes de aterrizar y le insisto en que tome algo ligero. Si no come ahora, no tendrá tiempo para almorzar antes de mi reunión y su visita al Louvre. Aunque podremos cenar más tarde.
En París, el coche que nos espera nos lleva a un hotel de primera categoría situado en el corazón de la ciudad.
La suite de Chloe vuelve a estar al lado de la mía.
Está claro que soy un masoquista que disfruta torturándose a sí mismo al tener a mi preciosa asistente a solo una pared de distancia.
Que su cama está a solo unos metros de la mía.
Pero estas suites tienen las mejores vistas de la Torre Eiffel, así que puedo convencerme de que mis motivos son totalmente desinteresados.
—Ponte algo más cómodo —le digo cuando llegamos a su puerta—. Te dejaré en el Louvre de camino a mi reunión.
Menos de una hora después, estamos de nuevo en el coche, sorteando el tráfico de la tarde en París. El Louvre se alza en la distancia, el antiguo palacio real, con su imponente fachada y su emblemática pirámide de cristal.
A medida que nos acercamos, Chloe lo admira con una sonrisa en el rostro.
—Ojalá mi padre estuviera aquí para verlo.
La nostalgia en su voz hace que el corazón se me encoja en el pecho.
—Quizá puedas venir con él algún día.
—Me gustaría. Siempre es bonito compartir estas experiencias con alguien. —Se vuelve hacia mí—. Supongo que tú ya has estado aquí antes.
—Unas cuantas veces. —Aprieto los labios y recorro con la mirada las calles que nos rodean—. ¿Estarás bien sola?
La sonrisa que me dedica es sincera.
—Claro que estaré bien.
Cojo el teléfono y compruebo que le he reenviado la confirmación de la entrada.
Como la familia King es cliente habitual, conseguir una entrada con tan poca antelación fue bastante fácil.
La contemplo cuando sale del coche: parece demasiado pequeña y sola entre los turistas que abarrotan la zona alrededor de la pirámide de cristal.
El coche se aleja antes de que ella desaparezca de mi vista. A mitad de camino hacia mi destino, sigo repitiendo sus palabras en mi cabeza. «Siempre es agradable compartir estas experiencias con alguien» .
Mi plan de tomar unas copas con Jameson no es más que una excusa.
No tengo ningún interés en esta reunión.
Y, francamente, no me cae demasiado bien ese hombre.
Pasar la tarde viendo a Chloe sonreír mientras contempla las obras de arte me resulta mucho más atractivo que tomar una copa cara sentado frente a alguien que no tiene nada particularmente interesante que decir.
Le envío un mensaje a Jameson para decirle que me ha surgido algo y que al final no podré encontrarme con él, y luego le indico a mi chófer que dé la vuelta.
Poco después, cruzo con paso firme la entrada del Louvre, impresionado una vez más por la magnitud del museo.
He estado aquí varias veces, pero me sigue pareciendo un laberinto de cultura e historia, tal y como lo fue la primera vez que lo visité.
Por la tarde hay menos gente, pero aun así, encontrar a Chloe puede llevarme un rato.
No debería sorprenderme cuando diviso un destello de cabello rubio pálido en la famosa Salle des États , la sala que alberga las obras maestras venecianas del Louvre.
Está frente a Las bodas de Caná, de Paolo Veronese, con la cabeza ladeada y el cuerpo prácticamente echándose hacia el cuadro, como si algo la llevara hacia él.
Esta es una faceta de Chloe que nunca habría conocido si Jasmine no me la hubiera señalado.
Verla es embriagador, y me mata darme cuenta de que una mujer que solo la ha visto de pasada ha descubierto más sobre ella en una hora que yo en los tres meses que lleva trabajando para mí, porque no se me ocurrió preguntar. Porque no quería saberlo.
No quería permitir que me importara.
Pero, no sé cómo, me importa de todos modos. Quiero saber qué piensa y cómo se siente. Qué la hace reír y qué la hace llorar. Quiero entender su pasión, sus batallas… Hasta el último detalle de ella.
Pero no puedo permitírmelo. Y una vez que regresemos a Nueva York, tampoco tendré lo que tengo es este momento.
En silencio, me acerco a su lado. Está tan absorta en el cuadro que no se da cuenta de mi presencia.
—He oído que estas cosas se disfrutan más en compañía de otra persona.
Se pone la mano sobre el pecho y se vuelve bruscamente hacia mí.
—¡Roman! —Niega con la cabeza—. ¿Qué haces aquí? ¿Se ha cancelado tu reunión?
—Algo así. —Antes de que pueda indagar más, señalo con la cabeza el cuadro que tenemos delante—. ¿Qué te parece?
Frunce el ceño y me mira fijamente, pero al cabo de un momento vuelve a fijarse en el cuadro, como si hubiera aceptado que no le daré más explicaciones.
—Es increíble. Ni siquiera alcanzo a imaginar cómo debe de ser tener la habilidad para pintar algo tan grande y detallado.
Contemplo la obra. Es la más grande de la colección del Louvre y representa la historia bíblica de las bodas de Caná, donde Jesús convirtió el agua en vino. Es una escena elaborada, con un intrincado juego de luces y colores que da vida al suntuoso banquete.
—Los colores son tan vivos… —Haciéndose eco de mis pensamientos, Chloe señala el azul oscuro de la pared de la sala— .
Leí que eligieron el azul medianoche para la pared porque contrasta con la paleta específica que solían usar los maestros venecianos.
—Señala partes de la escena—. Rojos, amarillos, naranjas, verdes.
La propia sala contribuye a la obra de arte. Es increíble.