El rey distante (Empty Kingdom 3) 27 #2
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—Lo mismo que la señora. —Me dedica una sonrisa perezosa.

Bajo la cabeza y entrecierro los ojos. Hoy está diferente.

Casi relajado, incluso juguetón. No sabría decir qué ha provocado el cambio, pero no voy a quejarme.

Cuando el camarero se aleja, cojo mi copa y le doy un sorbo.

El sabor ligero y afrutado explota en mi lengua.

Para no perder ni una sola gota, me lamo los labios.

Las pupilas de Roman se dilatan—. ¿Está bueno? —pregunta con voz grave.

—Delicioso. —Mi propia voz suena más suave de lo que pretendo, pero la forma en que me mira me hace sentir un cosquilleo por todo el cuerpo.

Levanta su propia copa y da un sorbo también, con los ojos clavados en los míos.

Una potente sensación de atracción crece en el espacio que nos separa, acercándonos, haciéndome imposible apartar la vista de la fuerte columna de su garganta mientras traga—.

¿Está bueno? —repito su pregunta, con la voz aún más entrecortada de lo que debería.

—Perfecto.

Al recuperar por fin un mínimo de control, aparto la mirada, deseando con todas mis fuerzas que no pueda ver el deseo reflejado en mi expresión.

Al hacerlo, descubro que la mesa ha empezado a llenarse con otros asistentes.

La mayoría parece conocer a Roman, y cuando lo saludan, él me presenta como su asistente.

Gracias a sus presentaciones, descubro que el hombre sentado a mi lado, Mikael, es el asistente del asesor de desarrollo sostenible de la ONU , el hombre que ayer habló sobre cómo las innovaciones tecnológicas han impulsado con éxito los objetivos de desarrollo sostenible.

Los dos charlamos mientras sirven el primer plato, y cuando le echo un vistazo a Roman, me está contemplando con el ceño fruncido y un músculo palpitando en la mandíbula.

Un pequeño escalofrío me recorre el cuerpo. ¿Es posible que esté celoso? No debería gustarme la idea, pero me gusta. Un momento después, sin embargo, se da la vuelta y entabla conversación con la mujer que está sentada a su lado.

Hago todo lo posible por centrarme en Mikael y en nuestra conversación, pero todos mis sentidos están puestos en el hombre que tengo a mi otro lado, en el grave murmullo de su voz, en el aroma de su colonia, en el roce de su pierna contra la mía.

Cada detalle es pequeño, pero se acumulan de tal manera que me hacen ser hiperconsciente de su presencia.

A lo largo de los tres platos, varios ponentes suben al escenario para hablar de diversos temas. Una vez retirados los platos de postre, le toca a Roman dar su discurso.

—Buena suerte —digo cuando echa la silla hacia atrás y se ajusta la chaqueta azul marino del traje.

Él agacha la cabeza en señal de agradecimiento, sus ojos se clavan en los míos un instante de más y luego se marcha, acortando la distancia hasta el escenario con grandes zancadas.

Cuando sube al estrado y todos los asistentes se callan. Me muerdo el labio al ver con qué facilidad se impone en la sala, y mi mente vuelve brevemente a las palabras de Lola sobre que me atraen los hombres que tienen el control.

Quizá tenga razón, después de todo.

Cuando empieza a hablar, me enderezo en la silla, cautivada de inmediato por él. Su discurso se centra en el futuro del desarrollo urbano sostenible y en cómo King Group planea integrar tecnologías ecológicas —como las de EcoTech— en futuros proyectos.

Reafirma el compromiso de su empresa de remodelar los paisajes urbanos con prácticas sostenibles y tecnologías innovadoras, así como la importancia de la responsabilidad corporativa a la hora de establecer los estándares del sector.

En un momento dado, su mirada se dirige hacia mí, así que le dedico una sonrisa de ánimo.

Es un gesto que no necesita, a juzgar por la forma en que sus colegas siguen cada una de sus palabras.

¿Cómo no iban a hacerlo? Con su mera presencia y su voz suave y grave, podría estar ahí arriba leyendo la guía telefónica y tener a toda la sala embelesada.

Cuando termina el discurso y los aplausos se apagan, el maestro de ceremonias invita a los asistentes a hacer preguntas. Estoy tan absorta en el debate que, cuando alguien acerca la silla vacía de Roman a mi lado, me sobresalto.

Tardo un momento en reconocer a la mujer, y cuando lo hago, se me revuelve el estómago.

Katherine.

—Hola. ¿Puedo ayudarte en algo? —Como estoy nerviosa, mis palabras son más secas de lo que pretendía.

Creo que la curva de su boca pretende dibujar una sonrisa, pero el brillo en sus ojos marrones almendrados desmiente ese sentimiento.

—Roger me ha dicho que eres la asistente de Roman. — Mantiene la voz baja para no distraer a la gente que nos rodea y que está atendiendo a la ronda de preguntas y respuestas.

Me reclino en mi asiento y repaso una lista de posibles motivos para la visita de Katherine. No conozco a esta mujer y esto no me parece bien, aunque no puede haber ningún problema en decirle la verdad.

Le dedico una sonrisa cortés.

—Así es. Llevo trabajando para él unos tres meses.

Ella asiente y desvía por un momento la vista hacia el hombre que está en el escenario. Se humedece los labios antes de volver a fijarse en mí. Ese gesto me provoca otra punzada involuntaria de celos. Esta es la mujer con la que él compartió su vida, sus esperanzas y sus sueños, su verdadero yo.

Todas las cosas que cada día deseo más para mí.

Todas las cosas que nunca podré tener.

Así que, cuando Katherine se vuelve hacia mí de nuevo, me aseguro de que mi expresión no delate nada. Si ella supiera lo que estoy pensando en realidad, no quiero ni pensar en lo vulnerable que es me haría.

O a Roman. Y eso es lo último que quiero.

—Quería presentarme —dice—. Soy Katherine King . —Me mira con demasiada atención, como si esperara mi reacción.

No le doy el gusto. Mi expresión permanece impasible, a pesar del nudo que se forma en mi estómago al oír ese apellido. King.

—Encantada de conocerte. —Con las defensas en alto, no le ofrezco mi nombre.

Con la misma naturalidad con la que actuaría si aún fuera su esposa, Katherine coge la copa de vino de Roman, que todavía está medio llena, y le da un sorbo.

Luego me obsequia con una sonrisa que deja claro que, por mucho que luche por reprimir el impulso de arrebatársela, ella lo nota de todos modos.

Deja la copa sobre la mesa y se echa hacia mí como si estuviera a punto de revelarme un secreto. A pesar de mí misma, me acerco también. Una reacción instintiva.

—Solo una advertencia, cariño. No te involucres demasiado en este…

trabajo. —Sus ojos se clavan en Roman, y luego vuelven a mí—.

Aunque los hombres King puedan distraerse con una cara bonita, su única y exclusiva prioridad es el King Group.

A la hora de la verdad, no permitirán que nada ni nadie se interponga entre ellos y sus objetivos. Créeme, lo sé.

Con una mueca en los labios, vuelve a coger el vaso de Roman y se lo acaba de un trago.

—Roman y yo tenemos una relación profesional, y eso es todo.

Suelta un delicado resoplido.

—Yo también le decía eso a la gente al principio.

Alzo la vista hacia el escenario y veo que Roman nos mira fijamente. Para que no se distraiga de la sesión de preguntas y respuestas, le dedico una sonrisa tranquilizadora.

Tensa la mandíbula, pero sin perder el ritmo, se lanza a dar una explicación exhaustiva en respuesta a una pregunta que alguien del público ha hecho.

Cuando vuelvo a mirar a Katherine, capto el atisbo de irritación en su rostro. Solo dura un instante antes de que su expresión se suavice.

—Gracias por compartir tu experiencia —le digo, con la mayor serenidad posible—. Pero no tienes por qué preocuparte. Como ya he dicho, nada de eso se aplica a mí.

—Bueno. —Me dedica una sonrisa tan falsa que apenas le mueve los labios—. Espero por tu bien que siga siendo así. Roman y su padre no son tan diferentes como a él le gustaría que todo el mundo creyera.

Una oleada de ira me recorre la espalda, y esta vez no oculto mi reacción.

Nunca he conocido al padre de Roman, pero he oído lo suficiente como para saber que no es una buena persona.

Roman puede que oculte su verdadera personalidad, pero teniendo en cuenta lo que ha hecho por mí, me cuesta creer que él y su padre compartan muchos rasgos en común.

—Como he dicho —respondo con una voz que suena tensa— , agradezco tu preocupación, pero está fuera de lugar. Roman vendrá pronto y estoy segura de que el señor Haverscombe se estará preguntando dónde estás, así que probablemente deberías volver a tu asiento.

Me examina durante un segundo más, luego echa la silla hacia atrás y se pone de pie. Cuando se yergue a mi lado, es difícil no sentirse intimidado por su belleza escultural.

Y es imposible no preguntarse qué tenía ella que atrajo a Roman con tanta fuerza como para que se casara con ella. Teniendo en cuenta las mujeres hermosas de las que debe estar rodeado habitualmente, ¿qué fue lo que le llamó la atención y le robó el corazón?

Con un movimiento de su larga melena, Katherine da media vuelta y se aleja, contoneándose.

Cuando me vuelvo hacia Roman veo que también la está estudiando y más espinitas de celos se me clavan el pecho.

Esa emoción está tan fuera de lugar que resulta absurda.

Uf. ¿Cómo he acabado en esta situación?

Con un suspiro, cojo mi copa de vino y la apuro de un trago.