El rey distante (Empty Kingdom 3) 27
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C hloe

A la mañana siguiente, Roman parece tan despierto y controlado como siempre. Desde luego, no parece que haya estado despierto media noche, dando vueltas en la cama, como yo.

Anoche estuve a punto de tirar la precaución por la borda e invitarlo a mi suite a tomar una copa.

Es absurdo, pero sentarme a su lado durante la cena, estar junto a él en el ascensor de camino a nuestras habitaciones, me hizo querer lanzarme sobre él y decirle que hiciera lo que quisiera conmigo, de la forma que quisiera.

Si me hubiera tomado una copa de vino más, es muy probable que lo hubiera hecho. Pero no estaba lo bastante achispada como para arriesgarme a que me rechazara o para olvidar cuáles podrían ser las repercusiones de un rollo de una noche con mi jefe.

Así que entré en mi suite y me metí en la ducha para calmar mi excitación reprimida, aunque eso no me ayudó a dormir. Con suerte, no parezco tan agotada como me siento.

Roman levanta la vista de su teléfono cuando me acerco y me echa un rápido vistazo.

—Buenos días. ¿Has dormido bien?

¿Es una pregunta con trampa?

—Sí. —Espero parecer, al menos, un poco despierta.

—¿Y tú?

Una de sus comisuras se curva en esa sonrisa suya tan sexy.

—Sí. Al final.

Intento no darles demasiada importancia a sus palabras. Es imposible que se quedara despierto pensando en mí, como me pasó a mí. Probablemente se refiera a las horas que sin duda trabajó antes de acostarse.

—Nos espera otra mañana ajetreada. Pero solo es medio día.

— Me pone la mano en la espalda y me acompaña fuera del hotel, hasta nuestro coche.

¿Se da cuenta siquiera de que hace ese gesto?

¿O es algo natural en un hombre como él?

Tampoco es que vaya a quejarme, me gusta demasiado sentir su mano ahí como para decir nada.

—Estoy deseando escuchar tu discurso —comento ya dentro del coche. Él me sigue y se recuesta contra el cuero, con un aire completamente relajado.

—Me dará la oportunidad de reforzar la nueva dirección del King Group —responde—Tenemos que demostrarles a los del sector que no nos dormimos en los laureles. La forma en que la empresa solía hacer negocios ya no es eficaz.

Me muevo en mi asiento y lo observo, aunque hago todo lo posible por no fijarme en lo bueno que está.

—Creo que lo que estás haciendo con el King Group es admirable. Deberías estar orgulloso de ti mismo por dejar atrás el pasado y abrazar el futuro.

No menciono directamente a su padre, porque estoy convencida de que no le apetece nada hablarme de él. Sin embargo, quiero que sepa lo mucho que lo admiro. No debe de ser fácil lo que ha hecho al rechazar la forma de actuar de su padre y forjar su propio camino. Espero que se dé cuenta de ello.

Sus gélidos ojos grises me traspasan, robándome el aliento como ningún otro hombre lo ha hecho jamás.

—Dejar atrás el pasado puede ser un desafío. A veces es mucho más difícil de lo que parece.

Sus palabras se clavan en mi pecho, y un sinfín de preguntas se agolpan en mi mente.

¿Cuánto le han afectado las acciones de su padre?

¿Qué decisiones ha tomado para llegar a donde está hoy?

¿Está viviendo como quiere vivir?

Por mucho que anhele respuestas, por mucho que quiera ver más allá de su fría apariencia y llegar hasta su corazón, eso no está destinado a ocurrir. Él es mi jefe y yo soy su asistente. A pesar de lo mucho que me muero por saber más, siempre habrá límites en lo que él comparte conmigo.

—Creo que lo más difícil de dejar atrás el pasado es confiar en que el futuro nos depara algo mejor —le digo.

—¿Has dejado atrás tu pasado?

Trago saliva para aliviar la sequedad de mi garganta, sin saber muy bien cómo responder.

—No hay nada en mi pasado que me frene.

—Todos tenemos algo. Aunque a veces es más fácil no admitirlo.

Perpleja, aprieto los labios, evaluándolo.

Sin esperar respuesta, se vuelve hacia su teléfono, que, como de costumbre, vibra con correos y mensajes entrantes. No me extraña que nunca descanse.

Quizá necesite a alguien que le obligue a hacerlo.

Ese pensamiento me pasa por la cabeza y me aferro a él. ¿Alguna vez ha tenido eso? ¿Una persona a la que no le importe recordarle que está bien tomarse un descanso? ¿Una mujer que pueda demostrarle que hay algo más en la vida que el King Group?

¿Su exmujer hacía esas cosas por él? Una pequeña chispa de celos indeseados y totalmente irracionales se enciende en mi interior al pensar en ella.

Al saber que hay una mujer ahí fuera que ha visto más allá de su coraza.

Que ha sido la destinataria de sus tiernas sonrisas y sus caricias apasionadas.

Independientemente de cómo acabara su matrimonio, en algún momento debió de haber amor o algo parecido.

Y, como una tonta, siento celos de la mujer que despertó eso en él.

Dios, soy un desastre. Estar celosa de la exmujer de mi jefe es absurdo.

Ni siquiera conozco a esa mujer, aunque la he estado buscando en el congreso.

Según Sophie, sale con Roger Haverscombe, y como tuve la mala suerte de verlo al otro lado de la sala en una de las conferencias del día anterior, sé que está aquí. Por suerte, no creo que me haya visto.

¿La habrá traído con él?

¿Se llevan bien Roman y ella, o mal?

Con una bofetada mental, me reprendo a mí misma por caer en la trampa de la exmujer. Debería concentrarme en mi trabajo en lugar de en la relación pasada de Roman. Decidida a hacer precisamente eso, reviso mi bandeja de entrada, seleccionando los correos que debo reenviarle.

Una vez que llegamos al recinto de la convención, nuestra primera parada es una exposición sobre cómo la tecnología inteligente está redefiniendo los espacios urbanos verdes.

Desde allí, asistimos a una mesa redonda sobre la construcción de ciudades verdes, en la que participan líderes del sector de diversos ámbitos, como el transporte sostenible, las energías renovables y la arquitectura ecológica.

El debate aborda cómo los promotores urbanos pueden colaborar con las empresas tecnológicas para transformar las ciudades actuales en entornos más respetuosos con el medio ambiente.

Durante la mesa redonda, diviso a Roger, que está sentado entre el público con una preciosa morena a su lado. Me quedo paralizada y miro de reojo a Roman para ver si los ha visto, pero lo encuentro absorto en el debate que tiene lugar en el escenario.

Estudio a la mujer discretamente. El perfil de Katherine es tan impresionante como sugieren las fotos de Internet, con ese largo y brillante cabello castaño que se extiende por su espalda en una espesa cascada.

Lleva una falda corta que resalta unas piernas que parecen no tener fin. Estúpidamente, se me encoge un poco el corazón. Podría ser una modelo de Victoria’s Secret.

Sigo intentando observarla a escondidas cuando se da la vuelta y su mirada se posa inmediatamente en mí.

A pesar de las ganas de girar la cabeza en la otra dirección, me obligo a quedarme quieta, sin querer dejar claro que la he estado mirando y le dedico una sonrisa despreocupada, como si simplemente hubiéramos cruzado la vista por casualidad.

Ella no corresponde a mi gesto y mira a Roman y luego de nuevo a mí, y juraría que entrecierra los ojos un poco.

Se pasa el pelo por encima del hombro, se vuelve hacia Roger y le pone la mano en la pierna.

Reprimo una mueca de disgusto y me concentro en lo que ocurre en el escenario. Al parecer, la ex de Roman no es una persona cálida y afectuosa.

Me niego a que me pille espiándola de nuevo, así que me dedico a tomar notas mientras el panel debate temas y responde preguntas.

Una vez terminada la charla, cojo mi bolso y mi tableta y me abro paso entre la fila de sillas hacia el pasillo.

Tropiezo un poco y, al instante, la mano de Roman se posa en mi cadera para sujetarme.

El calor de su piel, incluso a través de la tela de mi falda, me deja sin aliento.

¿Cómo me sentiría si me agarrara así con las dos manos?

Si su gran cuerpo estuviera detrás de mí, manteniéndome quieta, preparándose para pegarme a él…

Corto de raíz esa línea de pensamiento. No debería estar imaginándome ese tipo de cosas en medio de un salón abarrotado. En realidad, no debería imaginármelas en absoluto. Pero a estas alturas ya casi he dejado de intentar controlar mi reacción ante él.

Una vez que me estabilizo, me suelta y, sin mirar atrás, sigo andando, agradecida por los pocos segundos que se me conceden para recomponerme antes de volver a enfrentarme a él.

Al salir de la sala, echo un vistazo discreto a la multitud que nos rodea en busca de Roger y Katherine. Al no encontrarlos, me relajo, y solo entonces me doy cuenta de lo tensa que me ha puesto la idea de toparme con ellos.

Roman se agacha, con el rostro vuelto hacia mí.

—Vamos a almorzar —me susurra al oído.

Asiento, haciendo todo lo posible por no estremecerme ante el cálido roce de su aliento sobre mi piel.

Me lleva a un gran salón de banquetes salpicado de mesas redondas que poco a poco se van ocupando y se dirige al frente. Diviso la tarjeta con mi nombre, pero antes de que pueda sentarme, me retira la silla.

—Qué caballeroso —digo con una sonrisa burlona. Se acerca a mí.

—No siempre. —Me quedo paralizada y parpadeo.

No es posible que le haya oído bien. En respuesta a mi mirada, baja la cabeza, con los labios curvados en una sonrisa, animándome a sentarme.

Cuando se acomoda a mi lado, me vuelvo hacia él y lo recorro con la vista de arriba abajo—.

¿Hay algún problema, señorita Callahan? —Hay un toque de diversión en su voz.

—No. No hay ningún problema.

A mi lado aparece un hombre vestido de negro, con una bandeja en la mano.

—¿Vino, señora?

Miro de reojo a Roman en busca de orientación. Me parece mal tomar vino cuando, técnicamente, estoy trabajando.

Arquea las cejas, lo que interpreto como un permiso.

Vuelvo a dirigirme al camarero y le dedico una sonrisa cortés.

—Tomaré una copa de blanco, por favor.

—¿Y usted, señor? —le pregunta a Roman cuando me ha servido.