El rey distante (Empty Kingdom 3) 26 #2
44%

26 #2

—¿Pintas por diversión, al menos? —pregunta Jasmine—. Siempre he deseado ser más creativa, pero, por desgracia, no he sido bendecida con esa clase de talento. He tenido que conformarme con ser mecenas de las artes. —Termina con una sonrisa dirigida a su marido.

El hombre mayor se ríe entre dientes.

—Tantos cuadros, tan pocas paredes.

Es poco probable que ninguno de los dos se dé cuenta de cómo se ensombrece la expresión de Chloe porque mantiene un tono desenfadado.

—Ya sabes cómo es. La vida es muy ajetreada. La verdad es que no tengo tiempo para aficiones.

—Es una pena —dice Jasmine—. Pero lo entiendo. Una joven como tú probablemente tenga una vida social muy ajetreada. Cuando tu jefe no te está dando caña, claro. —Me guiña un ojo.

Esa es otra cosa que no sé de mi asistente.

¿Tiene alguna oportunidad de pasar tiempo con amigos, de salir, de tener citas?

Se me tensa la mandíbula al imaginarla sentada en un restaurante como este con otro hombre, obsequiándole esa bonita sonrisa.

O quizá ligando con alguien en una discoteca.

¿Suele ir a discotecas? Está claro que su padre es su máxima prioridad, así que no me la imagino pasando mucho tiempo de juerga por la ciudad.

No saber qué hace fuera del trabajo me irrita mucho más de lo que debería.

Siento que debería saberlo. Como si debiera habérselo preguntado.

Como si debiera haberme asegurado de que tenga tiempo para relajarse.

Incluso en este viaje, el primero que hace a Europa, no ha podido disfrutar de las vistas ni de la cultura.

—Bueno, ya que estamos en Francia, tengo que preguntártelo. ¿Has estado alguna vez en el Louvre? —pregunta Ellis.

—Ah, sí —interviene Jasmine—. Es uno de mis lugares favoritos para visitar cuando estamos en París.

—En realidad, esta es mi primera visita —dice Chloe—. Pero me encantaría verlo algún día.

—Sí, tienes que ir sin falta —insiste Jasmine.

El camarero regresa con el postre. Yo solo he pedido una copa de moscatel, pero Chloe va a tomar la tarte tropézienne, un brioche dulce relleno de una mezcla de crema pastelera y crema de mantequilla, con azúcar glas espolvoreado por encima.

Estar a su lado mientras se la come pone a prueba mi autocontrol. Los ruidos de satisfacción que hace, la forma en que se lame el azúcar de los labios hacen que mi pene se hinche contra la tela de mis pantalones.

En lugar de obsesionarme con lo dulce que sabría si la besara ahora mismo, me obligo a centrarme en el motivo por el que estoy aquí y le pido a Ellis detalles sobre las previsiones financieras de EcoTech para los cinco próximos años.

Una vez que hemos terminado el vino y el postre, Ellis y yo discutimos educadamente sobre quién va a pagar la cuenta. Gano yo, por supuesto. Y después de que el camarero me devuelva la tarjeta, echamos hacia atrás las sillas y nos levantamos de la mesa.

Resisto el impulso, ahora casi instintivo, de poner mi mano en la parte baja de la espalda de Chloe mientras acompañamos a Ellis y a Jasmine al vestíbulo.

Ellis me da la mano y se acerca a mí.

—Gracias por la cena… —murmura—, y por la conversación tan esclarecedora. Me gustaría que nos viéramos en un contexto más formal la próxima vez que vaya a Nueva York.

Una sensación de triunfo me recorre las venas.

—A mí también me gustaría. Ponte en contacto conmigo cuando tengas confirmados tus planes de viaje y concertaremos una reunión.

Asiente y se vuelve hacia Chloe.

—Ha sido un placer conocerte. Espero verte pronto.

Ella le dedica una cálida sonrisa.

—Yo también lo espero. —Una vez que Ellis y Jasmine han atravesado la puerta de cristal del hotel y se han dirigido al coche que los espera, Chloe se vuelve hacia mí—. He oído lo que ha dicho. Parece muy receptivo.

—Sí. Creo que podemos cerrar el trato en nuestra próxima reunión en Nueva York.

—Eso es maravilloso. —Su expresión se vuelve entonces un poco pícara—. Supongo que a veces las cenas de trabajo no están tan mal.

—Algunas son más llevaderas que otras. —Sobre todo cuando ella está sentada a mi lado. En respuesta, Chloe disimula un bostezo y yo me río entre dientes—. ¿Estás cansada?

Ella suelta una risita.

—Lo estoy, incluso después de la siesta de esta tarde. Sinceramente, no sé cómo sigues en pie.

—Nunca duermo mucho. De todas formas, así consigo sacar adelante más trabajo.

Me mira fijamente, con un pequeño pliegue entre las cejas.

—¿Te ha dicho alguien alguna vez que trabajas demasiado? — Hace una mueca y niega con la cabeza—. Lo siento, debe de ser el vino.

Al final, cedo al impulso y le pongo la mano en la espalda para guiarla hacia los ascensores.

—No le eches la culpa al vino. Ya has dicho cosas peores antes. —Le sonrío—. Y sí, puede que una o dos personas me lo hayan mencionado.

Las puertas del ascensor se abren cuando nos acercamos y sale una pareja de la mano. No hay nadie más esperando, así que estamos solos cuando las puertas se cierran y subimos.

Su dulce aroma me tienta, y vuelvo a recordar el pensamiento que tuve mientras ella comía el postre. Me concentro en sus labios, y mi pene palpita al imaginar lo bonitos que se verían envueltos alrededor de él.

La imagen mental de ella en mi oficina, mirándome, vuelve a surgir en mi mente, y me provoca una intensa tensión en lo más profundo de mi ser.

Si no fuera mi empleada, no la dejaría en la puerta de su suite .

Me la llevaría a la mía. Saborearía esa boca exquisita.

Saborearía cada parte de su cuerpo. Vería cómo cambian de color sus ojos del color del mar y disfrutaría de cómo su cuerpo se estremece contra el mío.

Y me aseguraría de que gritara mi nombre cuando se corriera.

Joder .

Tengo que dejar de pensar en esto. Necesito recuperar el control que una vez creí tener. Después de esta noche, estaré un paso más cerca de mi objetivo, y no puedo dejar que este latido de deseo en mi pecho lo descarrile.

Se tapa la boca para disimular un nuevo bostezo y me dedica una sonrisa somnolienta. Esa mirada suaviza mis pensamientos llenos de lujuria.

—Lo siento —dice—. Aunque ha sido una cena maravillosa y ahora puedo decir que he comido en un auténtico restaurante francés.

Eso me cae en el estómago como una puñetera piedra. Aquí estoy yo, imaginándome todas las cosas obscenas que quiero hacer con ella, y ella está pensando en la experiencia única que acaba de vivir. Como debe ser.

—Me alegro de que lo hayas disfrutado. Si las cosas fueran diferentes, habría mucho más que podría enseñarte. —Sus ojos se abren de par en par y mis palabras flotan en el aire entre nosotros, con la ambigüedad de su significado a la vista—. Si fuéramos a estar más tiempo aquí, quiero decir.

Ella asiente justo cuando el pitido del ascensor indica que hemos llegado a nuestra planta.

Vamos en silencio uno al lado del otro y nos detenemos ante la puerta de su suite .

Rebusca en su bolso hasta encontrar la tarjeta de acceso y, una vez que la tiene, me mira, con los ojos llenos de una emoción indefinida.

Entreabre los labios y me escudriña el rostro y, por un momento, me pregunto si va a invitarme a pasar.

En lugar de eso, suelta un suspiro y luego sonríe.

—Gracias. Supongo que nos veremos mañana por la mañana.

—Hay un bufé de desayuno completo abajo, o puedes al pedir servicio de habitaciones.

Nos vemos en el vestíbulo a las ocho de la mañana.

—Las palabras salen apresuradas. Tengo que alejarme de ella antes de hacer alguna tontería, como empotrarla contra la puerta y besarla.

Deslizar esos tirantes estrechos que me han estado provocando toda la noche por sus hombros para poder palpar sus pechos, chupar sus pezones erectos…

Trago saliva con dificultad y aprieto los puños para impedirme hacer nada de eso.

Ella me mira fijamente, con el labio inferior carnoso entre los dientes, y luego sonríe suavemente.

—Buenas noches, Roman.

—Buenas noches, Chloe —digo con voz grave y ronca, y doy un paso atrás, aferrándome a duras penas a mi control, que se desmorona.

La cerradura emite un pitido cuando pasa su tarjeta y luego la puerta se cierra con un clic detrás de ella. Me quedo allí un segundo más, con las manos aún cerradas, antes de dirigirme a mi habitación y cerrar mi propia puerta un poco más fuerte de lo que debería.

Necesito una puta ducha.

Mientras estoy bajo el agua, con la cabeza gacha, me agarro el miembro con fuerza.

La promesa que hice hace unas semanas de no permitirme masturbarme pensando en Chloe es ahora un recuerdo lejano.

A estas alturas, eso es algo que ocurre a diario.

Es demasiado fácil imaginarla en la habitación de al lado, quizá también en la ducha.

Su piel cálida y húmeda, sus pezones duros como piedrecitas mientras piensa en mí.

¿Deslizaría sus dedos entre sus muslos? ¿Acariciaría su clítoris hinchado?

¿Gemiría mi nombre mientras sus piernas temblaban con la fuerza de su orgasmo?

Solo pensarlo es suficiente para llevarme al límite.

Más tarde, mientras estoy tumbado en la cama, mirando al techo y preguntándome cómo voy a superar mi obsesión, recuerdo mis palabras de antes: «Si fuéramos a estar más tiempo aquí» .

Quizá no pueda quitarle lo que quiero, pero tal vez pueda darle algo.

Cojo el teléfono.