El rey distante (Empty Kingdom 3) 25
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C hloe

Cinco horas más tarde, estoy aturdida y un poco desorientada.

La cama de matrimonio era increíblemente cómoda y la ropa de cama, fresca y suave, pero he dado vueltas en la cama durante un buen rato antes de quedarme dormida.

No solo porque no estoy acostumbrada a acostarme tan temprano, sino también porque era muy consciente de que Roman estaba al otro lado de la puerta.

Estar tumbada en una cama de lujo, sabiendo que él estaba tan cerca, ha hecho que todas esas fantasías que he estado intentando reprimir a toda costa se arremolinaran en mi cabeza.

No era precisamente lo más propicio para conciliar el sueño.

Cuando salgo del dormitorio, lo encuentro tecleando en su ordenador.

—¿Has dormido algo? —La culpa me corroe. Debería haber insistido en que ocupara la cama.

—He dormido un par de horas. —No hay ni un atisbo de cansancio en sus ojos.

¿De verdad está este hombre tan acostumbrado a trabajar toda la noche?

Sophie me advirtió que es un adicto al trabajo, y sin duda he sido testigo de su empuje, pero ¿alguna vez se toma un descanso? ¿Cómo se relaja un hombre como Roman?

Ojalá lo supiera. No puede ser saludable para él trabajar tan duro y durante tanto tiempo. Si lo supiera, podría ayudarlo a evitar el agotamiento. Podría asegurarme de que tuviera más tiempo para aquello que lo anime a desconectar.

Seguramente eso forma parte de mi trabajo, ¿no?

Carrie sale y nos ofrece el desayuno. Es extraño, ya que en Nueva York es plena noche.

Pero aquí, volando hacia el este sobre el vasto océano Atlántico en dirección a Francia, la oscuridad de la noche está dando paso poco a poco a los primeros indicios del amanecer, y el cielo pasa de tonos azul oscuro y púrpura a los primeros rayos de rosas y naranjas intensos.

El deseo de capturar la belleza de este momento se remueve en mi pecho. Una necesidad de inmortalizarlo en un lienzo. La sensación es familiar y desconocida al mismo tiempo. Hacía años que no sentía unas ganas tan intensas de pintar.

Contemplo el amanecer por la ventanilla hasta que Carrie regresa con nuestro desayuno unos minutos más tarde. Roman y yo tomamos huevos escalfados sobre tostadas, acompañados por un poco de beicon. Normalmente no desayuno mucho, pero hoy va a ser un día ajetreado y necesito fuerzas.

La conversación mientras comemos gira en torno a cómo se presenta el día y medio que nos queda.

Milagrosamente, me encuentro centrada principalmente en eso, en lugar de en cómo su cabello oscuro está un poco revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él.

O en cómo la barba de incipiente en su mandíbula me da ganas de deslizar mis dedos por ella para sentir el cosquilleo contra mi piel.

Una hora más tarde, aterrizamos en Niza. Hay un coche esperándonos y, después de que el conductor haya cargado nuestras maletas en el maletero, nos acomodamos para el trayecto hasta el hotel.

El paisaje es espectacular mientras circulamos por lo que Roman me dice que es la Promenade des Anglais, que discurre a lo largo de la costa.

El mar azul y resplandeciente se extiende hasta el horizonte a mi derecha, mientras que el lado izquierdo de la carretera está bordeada de palmeras, hoteles de lujo, restaurantes y zonas residenciales.

Aunque aún es muy temprano cuando nos acercamos al Azure Marquis Hotel; los miembros del personal están listos y esperándonos bajo un pórtico. Al salir del coche, el suave murmullo de las olas, el ligero aroma a sal en el aire y la cálida brisa relajan inmediatamente mis músculos tensos.

No tengo mucho tiempo para disfrutar del impresionante vestíbulo del hotel. El registro es rápido y, antes de que me dé cuenta, nos llevan rápidamente a nuestras suites .

—Tenemos media hora para refrescarnos —dice Roman cuando nos acercamos a nuestras habitaciones—. Nos encontraremos abajo cuando termines.

Tengo tiempo suficiente para darme una ducha, menos mal. Aunque después no vaya a quedarme mucho para maquillarme y ponerme presentable.

Le echo un vistazo a la habitación y, cuando la puerta se cierra detrás de mí, me freno en seco.

—Vaya —susurro, aunque estoy sola.

Las cortinas largas y transparentes se hinchan con la cálida brisa con aroma a mar que entra por la ventana abierta. Fuera, el agua es de un azul vibrante que me hace desear irme a nadar en lugar de asistir a la conferencia.

Ojalá… Me sacudo rápidamente esa fantasía. Tengo que poner mi mejor cara para esto. No quiero decepcionar a Roman y, aunque he dormido un poco en el avión, mi cuerpo sigue creyendo que es plena noche.

Dentro del enorme cuarto de baño con azulejos de mármol, abro el grifo de la ducha y me quito la ropa mientras espero a que el agua se caliente. El chorro de agua caliente es increíble. Daría casi cualquier cosa por quedarme bajo él hasta que se enfriara, pero el tiempo apremia.

Una vez que me he lavado rápidamente, me seco y me visto.

Probablemente he traído demasiado equipaje, pero como nunca he viajado al extranjero por trabajo, no estoy del todo segura de qué debo ponerme para cada actividad, así que he metido varias opciones en la maleta.

Esta mañana elijo una blusa ligera de color azul pastel, unos pantalones negros ceñidos y unos zapatos negros.

Normalmente llevo tacones para ir a trabajar, pero no sé cuánto tiempo voy a estar de pie o andando, y no quiero que mis pies me odien al final del día.

Me maquillo rápidamente y luego me recojo el pelo en una coleta. Tras echar un último vistazo al espejo, cojo mi tableta y bajo al vestíbulo.

Roman ya está allí, con un aspecto impecable, como si acabara de entrar en su oficina tras una noche de sueño reparador en su ático.

Si no fuera tan guapo, sería exasperante.

Levanta la vista de su teléfono cuando me acerco, y su mirada recorre mi cuerpo de una forma que me deja sin aliento.

No es mi imaginación: desde aquel día del que no se debe hablar, no se ha esforzado demasiado por ocultar la forma en que me mira.

No es con lascivia, como la de Geoff, ni me hace sentir sucia.

En cambio, me provoca un cosquilleo eléctrico en la piel y una oleada de calor por las venas.

Teniendo en cuenta lo a menudo que me sorprendo mirándolo, ni se me ocurriría quejarme de esa atención.

—Te he traído un café —dice, cogiendo un vaso de papel de la mesa que tiene al lado.

Le sonrío, y tengo que estirar el cuello aún más de lo habitual, ya que no llevo tacones.

—¿No se supone que ese es mi trabajo?

Esa boca tan seductora suya se curva hacia arriba.

—He pensado en trabajar yo por una vez.

Me doy cuenta de nuevo de cómo se le suavizan los ojos cuando sonríe. Puede que no deje que se le escape esa expresión a menudo, pero cuando lo hace, el corazón me da un vuelco en el pecho.

De repente, desesperada por beber algo, le cojo el café y me lo llevo a la boca. Sin embargo, la forma en que se queda contemplándome mientras lo hago es abrumadora, y le doy un sorbo demasiado grande, lo que hace que se me derrame un poco.

Trago apresuradamente y luego me lamo los labios antes de que pueda caer sobre la blusa. Debo de haber dejado escapar una gota, porque Roman extiende la mano y pasa el pulgar por debajo de mi boca.

—¿Está bueno? —Su voz es grave.

—S-sí —tartamudeo, sintiendo cómo se me enrojecen las mejillas.

Ahí está esa sonrisa otra vez, y ahí está mi corazón dando un salto que no debería dar.

—¿Estás lista? —pregunta.

Tras inspirar hondo para recomponerme, asiento una vez.

—Tan lista como podría estarlo.

—Vale, vamos. —Me pone la mano en la parte baja de la espalda y me guía hacia la entrada.

El coche que nos espera en la puerta nos lleva a una gran sala de exposiciones.

Por el camino, repasamos el plan otra vez.

Quiere asistir a varias charlas y exhibiciones a lo largo del día, algunas de las cuales se celebran simultáneamente.

Cuando haya conflictos de horario como ese, nos separaremos y yo iré a una en su nombre para tomar notas o hacer preguntas.

Esta noche va a cenar con Ellis Anderson, el director general de EcoTech. No hace falta que yo vaya, así que tengo pensado dar una vuelta por la zona y luego buscar un buen restaurante local para cenar yo sola.

Mañana por la mañana hay unas cuantas conferencias más antes del almuerzo, donde Roman pronunciará su discurso. Después de eso, iremos al hotel y cogeremos el vuelo de regreso a casa. Llamar a esto una visita relámpago es quedarse corto, pero sigo emocionada de estar aquí.

Durante las primeras horas, asistimos juntos a los debates y charlas. Una vez que llega la hora de separarnos, me quedo con la lista de temas que le interesan y las preguntas que necesita que le respondan para no olvidarme de nada.

Varias horas más tarde, mis fuerzas están flaqueando. He tomado tantas notas como he podido, además de fotos y vídeos cuando me lo han permitido. A estas alturas, me he hecho una buena idea de las prioridades de Roman y he hecho todo lo posible por captar sus principales puntos de interés.

Me reúno con él de nuevo para la sesión de la tarde, en la que me cuesta más de lo que debería mantener los ojos abiertos. Se echa hacia mí, y siento su aliento cálido en mi oreja.

—Ya has hecho suficiente por hoy. ¿Por qué no te vas al hotel después de esto y te echas una siesta? Te lo has ganado.

—¿Y tú? —le susurro, peligrosamente consciente de lo cerca que están nuestras caras. Si levantara la mía un ápice, mi boca rozaría su mejilla.

—¿Y yo qué?

—Tú también debes de estar agotado. Apenas has dormido en el avión.

—No tienes que preocuparte por mí, Chloe —murmura—. Tengo mucho aguante.

Me quedó sin aliento ante la insinuación, y una oleada de calor me recorre el cuerpo. Pero a mi lado, Roman se endereza y devuelve su atención hacia el orador como si sus palabras no estuvieran cargadas de doble sentido.