24
R oman
Con un rugido de sus motores, mi jet se precipita por la pista y levanta el morro para elevarse hacia el cielo.
Chloe está sentada frente a mí, con el rostro iluminado mientras mira por la ventanilla.
Su larga melena rubia, del color de la luz de la luna, está peinada en suaves ondas, y lleva una sudadera fina que casi se desliza por uno de sus delicados hombros.
Cuando ha subido las escaleras del avión delante de mí, su trasero en forma de corazón, enfundado en esos vaqueros ceñidos, me ha hecho cerrar los puños con fuerza para evitar alargar la mano y tocarlo.
Aparto la mirada de ella y me vuelvo hacia mi portátil para repasar los puntos clave que ella ha recopilado para mi discurso de apertura.
Menos de cinco minutos después, me encuentro distraído.
Cuando mi embriagadora asistente está sentada frente a mí, robándome la atención, es la hostia de difícil concentrarse en los áridos detalles sobre la expansión del King Group hacia desarrollos sostenibles y el aumento del precio de las acciones que hemos obtenido al cumplir con nuestra responsabilidad corporativa global.
Ahora está examinando la cabina, pasando los dedos por el suave cuero de los reposabrazos de su asiento y no puedo resistirme a hacerle una pregunta.
—No es tu primera vez en un avión, ¿verdad?
Entrecierra un poco los ojos.
—He volado antes. Pero nunca en uno como este. Y nunca al extranjero.
—¿Te apetece una copa? Quizá te ayude a relajarte.
Ladea la cabeza.
—¿Tú te vas a tomar una?
Mañana nos espera un día muy largo. Si eso la ayuda a relajarse y a dormir toda la noche, me tomaré una copa con ella.
—Me apunto. —Pulso el botón de llamada y Carrie, nuestra azafata, entra con paso elegante en la cabina.
—¿Le puedo traer algo, señor King?
Su sonrisa es profesional, como debe ser. Cuando asumí el cargo de director ejecutivo, solicité rápidamente nuevo personal para el jet. Como era de esperar, el personal anterior de mi padre había sido contratado por algo más que sus habilidades de atención al cliente.
—Tomaré un whisky, y la señorita Callahan… —La miro con complicidad.
Ella se lleva la punta de la lengua al labio superior, lo que me provoca una inquietante oleada de deseo.
—Quizá yo también debería tomarme uno. Se supone que el whisky es bueno para dormir, ¿no?
Reprimo una sonrisa.
—Puede serlo. ¿Has bebido mucho whisky antes? —Puedo lidiar con una Chloe somnolienta. Una Chloe achispada sería tentar al destino.
—No. —Me observa durante un minuto y esos bonitos ojos bajan hacia mi boca, luego hacia mi pecho, antes de que se vuelva hacia Carrie y sonría—. ¿Me puede traer una manzanilla, por favor? —Con un gesto de asentimiento y una sonrisa, Carrie se dirige a la cocina.
—Entonces, ¿nada de whisky?
Chloe parpadea, con las mejillas sonrojadas.
—Creo que quizá el alcohol no sea una buena idea después de todo.
Supongo que no era el único preocupado por que el whisky pudiera difuminar los límites que habíamos redefinido.
Pero, independientemente de lo que hayamos dicho, de las promesas que nos hayamos hecho de olvidar, el recuerdo de la noche en que ella me vio masturbándome sigue latente en el aire entre nosotros.
Debería volver al trabajo, pero su proximidad me distrae demasiado, así que cierro el portátil.
—¿Tu padre pinta principalmente paisajes urbanos?
Me mira parpadeando, y es evidente que no esperaba esa pregunta.
—Sí. Le apasionan los edificios. Construirlos no, claro —me dedica una de sus bonitas y sinceras sonrisas—, sino capturar su belleza.
Su personalidad. Le encanta mostrar cómo cambia la ciudad día a día, hora a hora.
—Su voz se suaviza, teñida de orgullo—. Los turistas solían comprar sus obras como recuerdo.
Los lugareños las compraban porque les encantaba ver la ciudad a la que llaman hogar retratada de formas nuevas y hermosas.
Sus ojos brillan, su expresión es animada. Quiero que siga hablando. Que siga mirándome así.
—Me gustaría ver más obras suyas algún día.
Ella asiente, pero su alegría se apaga un poco.
—Cuando ya no pudo seguir pintando, tuvo que vender la mayoría, así que solo le quedan unas pocas.
—Debe de ser duro no poder hacer lo que le gusta.
—Lo es —dice, juntando las manos sobre el regazo—. Pero tengo la esperanza de que, con este nuevo tratamiento, pueda volver a pintar de nuevo, aunque sea solo un poco.
—¿Has dicho que le pusieron la primera infusión el fin de semana?
Sus hombros se hunden ligeramente.
—Sí. Fue un poco duro. La primera se la administran lentamente para asegurarse de que no haya reacciones adversas, así que estuvimos en la clínica unas horas.
Y tuvo algunos síntomas similares a los de la gripe después.
Al parecer, eso es normal. — Hace una mueca—.
Me alegro de que Carol estuviera allí. Ya ha cuidado antes a alguien con artritis reumatoide, así que estaba familiarizada con el proceso y nos tranquilizó mucho.
Carrie regresa, lo que nos hace interrumpir nuestra conversación. Me tiende mi whisky, luego se vuelve hacia Chloe y le pasa una taza de la que sale vapor. Nos mira a los dos.
—¿Hay algo más que pueda servirles?
Chloe niega con la cabeza.
—Eso es todo. Gracias, Carrie —digo.
Cuando ella regresa a la parte delantera del avión, Chloe se lleva la taza a la boca, soplando delicadamente sobre el líquido antes de darle un pequeño sorbo.
Muy a mi pesar, me cautivan sus labios: su suavidad, la delicada curva al apoyarse contra el borde de la taza. Le doy un largo trago a mi propia bebida y una sensación de ardor se desliza por mi garganta mientras cierro los ojos y lo uso como distracción.
—¿El nuevo tratamiento revertirá su enfermedad?
—No se puede revertir —dice ella—. Pero puede entrar en remisión. En teoría, si logramos minimizar los brotes y controlar sus síntomas, eso evitará daños permanentes en sus articulaciones. Una vez que se reduzca la inflamación, tal vez incluso pueda sostener un pincel sin sentir dolor.
—¿Cuánto tiempo tardaremos en saber si está funcionando?
—Su médico dijo que podríamos esperar mejoras iniciales unas semanas después de la primera infusión y, con suerte, mejoras significativas entre dos y tres meses después.
Pero, para ser sincera —su expresión se ilumina aún más— he notado una diferencia en él incluso en estos últimos días.
Se lleva bien con Carol, y creo que tener a alguien que le haga compañía y lo cuide durante el día, en lugar de limitarse a visitarlo de mala gana, lo ha animado mucho.
—Me alegro de oírlo.
Una sonrisa suave y dulce se dibuja en sus labios.
—Sé que ya te las he dado antes, pero gracias.
Es peligroso el modo en que me mira. Me hace querer más. Más de sus sonrisas. Más de su franqueza. Más de su aroma, de su tacto. Todas las cosas que no puedo tener. Las cosas que no debería querer tomar.
Pero, joder, las quiero.
—De nada —digo, con un tono más brusco de lo que pretendo—. Pero, como ya te he dicho, tiene sentido desde el punto de vista empresarial.
Sus cejas se arquean.
—Lo entiendo. —Le da un sorbo a su infusión y vuelve a girar la cara hacia la ventanilla.
Decidido a mantenerme ocupado con el trabajo, tomo un poco de whisky y me muevo en mi asiento.
Sin embargo, antes de que pueda abrir mi portátil, ella vuelve a hablar— .
Supongo que ya has estado en Francia antes.
—Muchas veces.
—¿Solo por negocios, o también de vacaciones?
—Últimamente solo por negocios. Cuando era niño, mi familia solía visitar París, o íbamos al sur de Francia en verano.
—Debió de ser bonito. —Su comentario es inocente, y es una suposición que haría la mayoría de la gente.
En realidad, los recuerdos que guardo de nuestra estancia en Francia no son precisamente agradables.
—Mis hermanos y yo nos las arreglábamos para divertirnos, sobre todo cuando nuestra niñera estaba distraída.
Frunce el ceño.
—¿Tus padres no estaban con vosotros?
Suelto una risa amarga.
—Sí, pero apenas los veíamos. Mi padre estaba ocupado acostándose con cualquier jovencita guapa a la que pudiera seducir, y mi madre se pasaba la mayor parte del tiempo en el spa o en el bar.
Los ojos de Chloe se llenan de compasión, lo que inmediatamente me hace arrepentirme de mis palabras.
—Lo siento muchísimo.
Maldita sea. ¿Por qué he abierto la boca y se lo he dicho? Nunca comparto esos detalles con nadie que trabaje para mí. Con nadie en absoluto, salvo con mis hermanos de vez en cuando, ya que ellos estaban allí conmigo.
—Éramos unos niños ricos de vacaciones en Francia. No hay mucha gente que piense que necesitábamos compasión.
Ella ladea la cabeza.
—Hay cosas que el dinero no puede comprar. —Luego esboza una sonrisa—. Creo que ya hemos tenido esta conversación antes.
Ah, sí. El viaje en coche después de la reunión con Haverscombe. Su tono es la hostia de ligero como si estuviera utilizando ese recuerdo para desviar la conversación de mi familia.
—Sí, ya la hemos tenido. —Arqueo una ceja—. Y creo que acordamos estar en desacuerdo.
Ella se ríe, y el sonido me llega directo a las entrañas.
—Algo así. —Bosteza, levanta los brazos por encima de la cabeza y se estira.
El movimiento hace que sus pechos se recorten contra la tela de su sudadera, y el dobladillo se levanta lo justo para revelar un trozo de piel cremosa.
Una piel que mis dedos están deseando acariciar.
Rechino los dientes, demasiado consciente del dormitorio en la parte trasera del avión—.
Creo que a lo mejor voy a poder dormir un poco —dice, dando un golpecito al reposabrazos del asiento en el que está sentada—. Estos se reclinan, ¿no?
—Sí, pero es mejor que te tumbes en una cama de verdad. Hay una ahí atrás —digo, señalando con la barbilla en dirección al dormitorio.
Pone los ojos como platos.
—¿De verdad?
—Una grande y cómoda —respondo, conteniendo una sonrisa ante la expresión de asombro de su rostro—. Ve a acostarte y descansa un poco. Vamos a empezar fuerte la jornada y no podrás sucumbir al jet lag.
Ella niega con la cabeza.
—Entonces, deberías ser tú quien use la cama. Yo me las apaño durmiendo aquí.
—Eso no va a pasar. —De todos modos, dudo que duerma más de unas pocas horas. Puedo hacer ejercicio aquí y echar una siesta rápida antes de aterrizar.
—Roman, soy tu asistente. No puedo dormir en tu cama.
—No lo ha dicho con esa intención, pero sus palabras hacen que mi mente imagine todas las cosas que podría hacer en mi cama que no tienen nada que ver con dormir.
Por cómo se le sonrojan las mejillas, es obvio que su mente se ha ido por el mismo camino—.
Quiero decir, tú eres el director general.
Es tu avión. Tú deberías quedarte con la cama.
Sigo atrapado en las imágenes prohibidas que sus palabras han evocado. Si no pongo algo de distancia entre nosotros ahora mismo, existe la posibilidad de que haga algo de lo que los dos vamos a arrepentirnos. Me echo hacia delante y compongo un expresión seria.
—Chloe. Si no te metes en mi cama por tu propia voluntad, te echaré sobre mi hombro y te meteré allí yo mismo.
Sus labios se entreabren y luego traga saliva con dificultad. Joder. Eso solo ha conseguido que las imágenes sean aún más vívidas.
—¿Y si intento escapar? —Su voz es suave y ronca.
Estamos rozando una línea que ya es demasiado difusa. No sé si es bueno o malo que no sea el único que está esforzándose por recordar que esto es una idea terrible.
No puedo evitar echar un vistazo a su boca antes de obligarme a mirarla a los ojos.
—Puede que tenga que atarte. —La imagen mental es suficiente para que una oleada de excitación me recorra el cuerpo.
Con un suspiro entrecortado, ella cierra los ojos, y sus pestañas oscuras le acarician las mejillas sonrojadas. Cuando se levanta, sus pezones se han endurecido hasta convertirse en pequeños puntos, claramente visibles a través de su sudadera, y lo único en lo que puedo pensar es en saborearlos.
—Te agradezco que me dejes quedarme con la cama —dice, con la voz ligeramente entrecortada—. Creo que me vendría bien descansar.
Asiento, con los músculos tensos por el esfuerzo que me cuesta no estirar el brazo y pegarla a mí.
Es mejor para los dos que ella esté fuera de mi vista durante las próximas horas.
Pero cuando pasa junto a mí de camino a la parte trasera del avión, no puedo evitar agarrarle la muñeca.
Se le corta la respiración y mira hacia abajo, hacia el lugar donde la estoy tocando.
Sin permitirme pensar demasiado en lo que estoy haciendo, le acaricio la delicada piel con el pulgar, saboreando el latido de su pulso.
—Que duermas bien.
Antes de que tenga oportunidad de responder, la suelto y vuelvo a concentrarme en mi portátil. Ella vacila un momento, paralizada a mi lado, pero luego, con un sobresalto, se da media vuelta y se aleja.
La tensión no abandona mi cuerpo hasta que la puerta se cierra con un clic tras ella.