23
C hloe
Unas voces suenan en el pasillo, acercándose poco a poco, y mi corazón se dispara. Reconocería la profunda voz de barítono de Roman en cualquier parte.
Aparte de un fugaz vistazo que le he echado en la oficina de Cole al pasar por allí antes de comer, no le he visto esta mañana. Y no tengo ni idea de qué esperar después de lo de ayer. Tengo el estómago revuelto, los nervios de punta y las palmas de las manos húmedas de sudor.
Cuando los tres hermanos King doblan la esquina, la mirada de Roman se clava en la mía, y de inmediato me transporto a ese momento de anoche, a él sin camisa, con el brazo flexionado, sus ojos clavados en los míos.
Siento un calor que me invade por dentro, pero lo ignoro, aparto el recuerdo y me obligo a volver a centrar mi atención en la pantalla.
Roman y sus hermanos hablan unos minutos frente a la puerta de su despacho, y luego Cole —que ha vuelto esta semana de su baja por paternidad— y Tate se marchan, saludándome con un gesto al pasar.
—¿Puedo verte en mi despacho? —pregunta Roman. Como suele ocurrir, su expresión es indescifrable.
La aprensión que se arremolina en mi interior se intensifica un poco más. Trago saliva y asiento.
—Sí, señor.
Juraría que oigo chasquear sus dientes un instante antes de que se dé la vuelta y empuje la puerta para entrar en su despacho.
Tras una profunda inspiración, me levanto y lo sigo. Una vez dentro, cierro la puerta suavemente tras de mí y luego me giro y apoyo la espalda contra ella.
Él está de pie junto a su escritorio, con la chaqueta del traje desabrochada y las manos en los bolsillos. Cuando no me muevo, una emoción —algo casi parecido a la angustia— brilla en sus ojos.
—¿Me tienes miedo, Chloe? —¿Miedo de él? No. Aunque quizá tenga miedo de mí misma. Niego con la cabeza y doy un paso. Luego doy otro, observando su rostro mientras me acerco. Me detengo a unos metros de él.
—No te tengo miedo. Pero quería pedirte perdón. Nunca debí… Lo que hice fue…
Él también da un paso adelante, un movimiento que lo acerca tanto que tengo que levantar la vista para mirarlo.
—No hiciste nada. Yo no debí ponerte en esa situación.
Se toma su tiempo para estudiar mi rostro de una forma que hace que mi pulso se acelere y mi respiración se acorte.
Y, aun así, no estoy tan nerviosa como lo habría estado si Geoff hubiera intentado acercarse tanto.
Porque Roman tiene demasiado control. A pesar de ayer, a pesar de anoche.
Quizá incluso gracias a lo de anoche, cuando me quedé aquí mirándolo y él no me presionó para ir más allá.
No hizo nada más que darme a elegir entre irme o quedarme.
Incluso ahora, todos sus movimientos son suaves y comedidos. Su autocontrol me resulta increíblemente atractivo, aunque no sé muy bien por qué.
Me humedezco los labios y, en respuesta, un músculo se le contrae en la mandíbula. Se gira bruscamente y se aleja de mí.
—No volverá a pasar. No tienes que preocuparte por eso.
Conteniendo la respiración, doy un paso hacia él, tentada de deslizar mis dedos por su fuerte espalda para aliviar su repentina tensión. Pero no soy tan estúpida como para hacer otra cosa que no sea mantener las manos quietas.
—Lo sé. Fue… —Recorro la habitación con la mirada, buscando inspiración, alguna forma de superar esto—. Fue un momento de locura para los dos. Eso es todo. Deberíamos olvidarlo.
Me examina, con los labios apretados.
—¿Te parece bien? Si quieres que te busque otro puesto…
Me da un vuelco e corazón.
—N-no, no quiero eso. —Quiero conservar este trabajo. No solo porque necesito el dinero, sino también porque me gusta trabajar aquí. Me gusta trabajar para él. Independientemente de la atracción que siento por él, Roman me hace sentir segura.
Sus ojos recorren mi rostro. Luego, con un breve asentimiento, toma asiento detrás de su escritorio.
—¿Has contratado a una enfermera a domicilio para tu padre?
Una sonrisa se dibuja en mi rostro sin que pueda evitarlo.
—Sí. De hecho, vendrá esta noche a conocernos. —Carol fue encantadora por teléfono. Con un poco de suerte, mi padre se llevará mejor con ella que con Susan—. Nos acompañará a la primera infusión este fin de semana.
Se le levanta una comisura de los labios.
—Me alegro de oírlo.
Dios, es demasiado guapo. Me distrae.
—¿Necesitas algo más?
—No. Solo avísame cuando hayas confirmado nuestro itinerario definitivo para Niza.
El recuerdo de nuestro próximo viaje juntos me hace sentir un escalofrío, y es más que simple emoción por ir al extranjero por primera vez. Reprimo esa sensación.
No es una reacción especialmente apropiada, teniendo en cuenta lo que acabamos de decirnos.
—Ya casi he terminado. Solo estoy esperando la confirmación de una cena de trabajo con el director general de EcoTech el sábado por la noche.
Frunce el ceño.
—¿Una cena de trabajo?
—Era el único momento en el que estaba disponible. ¿Hay algún problema?
Coge un bolígrafo y da unos golpecitos con él en el escritorio.
—No, está bien.
—¿Prefieres salir a disfrutar de la noche en la ciudad? —La pregunta sale de mi boca antes incluso de que pueda procesar el pensamiento.
Clava sus ojos color mercurio en mí y se recuesta en la silla.
—Prefiero dedicar mi tiempo a trabajar. O a disfrutar de un buen whisky.
—¿A solas? —¿Qué me ha pasado? Tampoco es que esté coqueteando. Dios, ni siquiera sabría cómo coquetear con un hombre como Roman. Solo intento saber más sobre él. Por el trabajo, claro.
Hay un destello en sus ojos y se pasa una mano por la barbilla.
—Es difícil encontrar buena compañía.
—Eso tengo entendido. —Es hora de salir de aquí antes de meter la pata de verdad—. Te avisaré en cuanto se confirme la cena. —Dicho esto, me doy media vuelta y me retiro a toda prisa.
Me paso el resto del día atendiendo llamadas y ultimando los puntos de la charla de Roman para el almuerzo del segundo día de la exposición. Cuando llegan las cinco de la tarde, llamo a su puerta y espero a que responda antes de entrar.
Cuando cruzo el umbral, levanta la vista de su escritorio. Una vez más, lleva la chaqueta quitada y la camisa remangada. ¿Sabe lo sexy que está así?
—¿Te parece bien si me voy? Me gustaría llegar a casa a tiempo para la visita de la enfermera a domicilio.
—Por supuesto. Espero que todo vaya bien.
Me detengo en la puerta, sintiendo que la gratitud me inunda de nuevo.
—Gracias por organizar esto. Significa mucho para mí.
Su expresión severa se suaviza un poco, y la tensión de su mandíbula se relaja.
—Es una decisión empresarial inteligente.
Si cree que me engaña con esa frase, se equivoca. Ladeo la cabeza y sonrío.
—Entonces, gracias… por tomar una decisión empresarial tan inteligente. —Él suelta una risa casi a regañadientes ante eso—. Que pases un buen fin de semana, Roman —le digo en voz baja— . No trabajes demasiado.
Durante unos segundos, no puedo apartar la vista. Él también está concentrado en mí, y la intensidad vuelve a reflejarse en sus rasgos. Finalmente, rompo el hechizo y me obligo a darme media vuelta y salir.
Cuando llego a casa, le preparo la cena temprano a mi padre y dedico unos minutos a ordenar antes de que suene el timbre.
—¿Es ella? —pregunta él desde su sillón.
—Sí. —Corro hacia la puerta y la abro de par en par.
La mujer de cabello oscuro que está fuera es un poco mayor de la mediana edad y luce una sonrisa radiante.
—Hola, soy Carol. Tú debes de ser Chloe.
—Hola, sí, pasa, por favor.
Al pasar a mi lado, ve el cuadro que cuelga en la entrada.
—Ah, me encanta. ¿Es de tu padre?
Le he contado un poco sobre él, incluyendo que es artista.
—Lo es.
Con los labios apretados en señal de concentración, lo examina.
—Se reconoce perfectamente que es Manhattan. Pero es como verlo a través de una lente diferente. Una más nítida.
—A mi padre le gustaba pintar las muchas facetas diferentes de la ciudad.
Aparta la mirada del cuadro y me dedica otra cálida sonrisa.
—Ojalá pueda pintar muchos más en el futuro.
La esperanza me invade.
—Me encantaría. Y a él también.
—Vale, vamos a conocer al artista —dice con un guiño.
—Papá —le digo al llegar al salón, —ella es Carol. Carol, este es mi padre, Rick.
—Hola, Rick. —Carol se acerca con paso seguro y se sienta en la silla frente a él—. Estaba admirando tu cuadro en el pasillo. Tienes mucho talento.
A él se le iluminan los ojos. A este hombre siempre le encanta hablar de su arte.
—Os dejo solos para que os conozcáis —digo—. ¿Quieres algo de beber, Carol? ¿Un té o un café?
—Un vaso de agua estaría genial, gracias.
Después de llevarle un vaso de agua a ella y otro a mi padre, me aparto para dejarlos solos.
Apenas se fijan en mí: están demasiado ocupados charlando.
Ya me está dando buenas vibraciones Carol.
Esta presentación parece casi una visita de cortesía.
Aunque no se me escapa la forma en que Carol evalúa sus movimientos cuando él coge con cuidado el vaso.
Más tranquila, me dirijo a mi dormitorio para llamar a Lola. Hace demasiado tiempo que no tenemos ocasión de hablar. Y ella es la única persona en quien puedo confiar para contarle lo de Roman.
Una vez acomodada contra el cabecero, marco su número.
—Bueno, ponme al día —dice, ansiosa por tener tiempo para charlar, ya que Christopher está dormido y Jamie ha salido a buscar la cena—. ¿Cómo es la vida de la asistente de un multimillonario? Sigo teniendo mucha envidia de que te vayas a Francia. Necesito vivir la vida a través de ti. —Se ríe.
Juego con la colcha que tengo debajo, pensando por dónde empezar.
—Están pasando muchas cosas. Estoy ayudando a Roman a ultimar los detalles del viaje. Mientras estemos allí, nos reuniremos con los ejecutivos de una empresa que quiere adquirir, así que estamos muy centrados en eso. Pero… hay algo más.
Obviamente, como me conoce lo suficiente como para intuir que necesito su consejo, me empuja a seguir.
—Vale, suéltalo, pajarito. ¿Qué pasa?
Suelto un suspiro.
—¿Alguna vez te has sentido atraída por alguien de quien sabes que no deberías sentirte atraída en absoluto?