El rey distante (Empty Kingdom 3) 21
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C hloe

Dios mío.

La sensación de su dureza contra mí todavía perdura, y el delicioso dolor que floreció entre mis muslos en el momento en que me rodeó la cabeza con la mano en aquel ascensor aún palpita en mi interior. Como si mi cuerpo hubiera estado esperando todo este tiempo a que él hiciera precisamente eso.

Y ahora su camisa azul claro está empapada y deja entrever cada detalle de los músculos tonificados que hay debajo. El cabello oscuro se le pega a la cara, con un rizo negro azabache sobre la frente.

Me muero de ganas de alargar la mano y apartárselo, pero ese gesto sería imprudente. Arriesgado.

Él mismo lo ha dicho: ha sido un momento de descontrol pasajero. Estábamos en un espacio oscuro y cerrado. Me estaba consolando y las cosas se nos han ido de las manos. Eso es todo. No puedo darle más importancia.

Y no debería querer hacerlo.

Pero una parte de mí, una parte demasiado grande, se pregunta qué habría pasado si las luces no se hubieran vuelto a encender en ese momento. ¿Me habría besado? ¿Me habría tocado?

¿Habría deslizado esos dedos largos y hábiles por mis muslos y bajo mi vestido?

Un escalofrío me recorre el cuerpo, mis pezones rozan con fuerza el tejido de mi sujetador y mi vestido, que de repente me parece demasiado fino.

Cuando me permito mirarlo, sus ojos están clavados en mí, en mi pecho; sus iris gris pálido se han oscurecido hasta alcanzar el color de las nubes de tormenta del exterior. Y su expresión me provoca una lenta oleada de calor que se extiende por todo mi cuerpo.

—¿Tienes frío? —Su voz suena áspera.

Me aferro a la excusa en lugar de dejar entrever lo profundamente que me está afectando el recuerdo de su tacto.

—Un poco. —Aunque no me he mojado ni de lejos tanto como él, la lluvia me ha empapado el vestido y lo llevo pegado a los muslos.

Coge su chaqueta del asiento de al lado y me la pone sobre los hombros; desliza las manos por ellos y baja por mis brazos antes de apartarse.

La lluvia no ha atravesado el forro de alta calidad, así que la pesada prenda se transforma rápidamente en un cálido capullo a mi alrededor.

Huele a él. Oscuro y embriagador. Quiero acercármela más, hundir la nariz en el cuello e inhalar su aroma.

En lugar de eso, me cruzo de brazos y me vuelvo hacia la ventanilla, resistiendo el impulso de seguir mirándolo.

Cuando volvemos a la oficina, Phillip mete el coche en el garaje subterráneo.

Roman sale primero y luego me tiende la mano.

Sus dedos están cálidos cuando los envuelve alrededor de los míos, pero los retira en cuanto me levanto y salgo del coche.

Mientras esperamos el ascensor, me quito su chaqueta de los hombros y se la tiendo.

—Gracias. Me ha mantenido caliente.

—Me alegro. —La coge y se la pone sobre la camisa aún húmeda; en ese momento se abre el ascensor.

Debería estar nerviosa teniendo en cuenta lo que ha ocurrido antes, pero mi mente está demasiado ocupada pensando en él—.

Cuando lleguemos arriba —dice, mirando al frente cuando el ascensor empieza a subir—, coge tu bolso. Phillip te llevará a casa.

Miro el reloj.

—Pero si ni siquiera son las cinco. —Siento un nudo en el estómago. ¿Está enfadado conmigo?

¿Me he pasado de la raya?

Como si pudiera sentir mi pánico, se vuelve hacia mí y la tensión de su mandíbula se suaviza.

—El tiempo está empeorando —dice con suavidad—. No quiero que andes por ahí fuera.

El nudo en mi estómago estalla en un caleidoscopio de mariposas.

—¿Tú te vas a casa?

Esboza una sonrisa burlona, con un ligero temblor en los labios que me resulta cada vez más familiar.

—Creo que me conoce mejor que eso, señorita Callahan.

Debería intentar que las cosas vuelvan a la normalidad después de que casi nos hayamos besado, así que le dedico una sonrisa.

—Me llamo Chloe. Y tienes razón, te conozco. —¿En qué estaba pensando?

Él escudriña mi expresión, deteniéndose un poco demasiado en mi boca. Mi cuerpo tiembla de excitación y casi me echo hacia delante. Antes de que pueda hacerlo, gracias a Dios, el ascensor se detiene y, con un ding, las puertas se abren de par en par.

Él extiende un brazo para indicarme que salga primero.

Una vez que estamos en su despacho, en lugar de recoger mis cosas, saco la tableta del bolso y me siento en mi escritorio. Pero Roman apoya las manos sobre él y se echa hacia delante.

—No bromeaba, Chloe. Quiero que te vayas a casa. Phillip te está esperando.

Siento un nudo en el estómago.

—No me parece bien irme antes de tiempo.

Frunce el ceño y baja la voz.

—No quiero tener que preocuparme por ti.

La intensidad con la que me mira me hace preguntarme si se refiere a esta noche, con el tiempo que hace, o si quiere decir que no quiere tener que preocuparse por mí en absoluto. O tal vez… Tal vez no quiera preocuparse por mí después de lo que ha pasado en el ascensor.

Por mucho que aquel momento fuera poco profesional e inapropiado, la idea de que él piense que podría causar un problema entre nosotros me estrangula la garganta.

Así que, en lugar de seguir protestando, asiento, saco mi bolso del cajón inferior cerrado con llave de mi escritorio y pronuncio con esfuerzo unas palabras que espero que suenen profesionales.

—Trabajaré desde casa en los preparativos para el viaje a Francia.

Me levanto, y el movimiento hace que él retroceda y me deje sitio para rodear el escritorio.

Mientras unas lágrimas indeseadas me pican en los ojos; mantengo la mirada apartada de él para ocultar mi reacción y me apresuro por el pasillo hacia los ascensores.

No debería sentirme tan mal. Roman tiene razón; tenemos que dejar atrás nuestro momento de locura.

Pero no tengo ni idea de cómo voy a hacerlo.

Cuando se abren las puertas del ascensor en la planta del garaje, me dirijo hacia el coche que me está esperando. A mitad de camino, recuerdo que se suponía que tenía que sacar el informe de diligencia debida de EcoTech para que Roman lo revisara esta noche.

Me desvío hacia la ventanilla del conductor y, cuando Phillip la baja, entrelazo las manos delante de mí.

—Lo siento, ¿te importaría esperar unos minutos más? Se me ha olvidado hacer algo arriba.

Él sonríe.

—No hay problema. No tengo ningún otro sitio al que ir.

Cuando llego a mi escritorio, cojo el informe y voy hasta el despacho de Roman para llamar suavemente a la puerta.

No hay respuesta y, al probar el pomo, veo que sigue cerrada con llave.

Probablemente haya ido a ver a uno de sus hermanos.

Tecleo el código y entro, decidida a dejar el informe en su escritorio.

Al acercarme, me distrae la luz que brilla desde la puerta entreabierta al fondo de la estancia, la que da a su lujoso baño privado.

Como si hubiera perdido por completo el control de mí misma, en lugar de llamar y asegurarme de que no está ahí dentro, doy un paso adelante, lo justo para poder echar un vistazo al interior.

Al ver lo que hay al otro lado de la puerta, una oleada de calor eléctrico me atraviesa. Roman está de cara al lavabo, sin camisa. Tiene la cabeza echada hacia atrás, el cinturón desabrochado y los pantalones bajados hasta las caderas.

Su antebrazo derecho se mueve lenta y rítmicamente.

El deseo se enrosca en mi vientre, cálido e intenso.

No soy precisamente inexperta en cuestiones sexuales, pero nunca había visto a un hombre haciendo esto en la vida real.

Nunca pensé que lo encontraría tan fascinante, tan excitante…

Sus músculos se mueven con suavidad bajo su piel, y mi cuerpo se enciende en respuesta.

¿Cómo se sentirían esos músculos moviéndose así bajo mis dedos?

¿Y si pusiera mis manos sobre su espalda?

¿Si las deslizara a su alrededor y bajara por sus abdominales? ¿Si llegara aún más abajo?

Una necesidad más potente de lo que jamás he experimentado se acumula en lo más profundo de mi ser, intensificándose hasta convertirse en un latido profundo e insistente.

Tengo que alejarme. Tengo que salir a hurtadillas de aquí antes de que me pille.

Antes de que se dé cuenta de que lo he visto en este momento de vulnerabilidad.

Pero me tiemblan demasiado las piernas como para obligar a mis pies paralizados a moverse.

Incapaz de resistirme, me concentro en su reflejo en el espejo, deleitándome con la vista de su pecho musculoso y sus abdominales esculpidos.

Lo poco que puedo ver me provoca una repentina oleada de humedad entre los muslos.

La erección de Roman es larga y gruesa, y se tensa hacia su ombligo.

Las venas de su gran mano se hinchan mientras la mueve sin prisas, como si se tomara su tiempo, prolongando su placer.

Me asalta la imagen de que él me llene, junto con una sensación fantasma tan visceral que me provoca un estremecimiento por todo el cuerpo. Dios, solo puedo imaginar cómo sería. Cómo me abriría, cómo saborearía cada centímetro de él mientras se adentrara en mí.

Un gemido amenaza con escaparse de mis labios ante ese pensamiento. Antes de que pueda hacerlo, cierro la boca de golpe, y vuelvo en mí con un torrente de vergüenza.

¿Cómo es que sigo aquí plantada?

Tengo que irme. Ahora mismo.

Sigue con la cabeza echada hacia atrás y parece que tiene los ojos cerrados. Si consigo salir de aquí lo en silencio, nunca tendrá por qué saber que lo estaba espiando.

Doy un único paso atrás, en silencio; los latidos de mi corazón retumban tan fuerte en mis oídos que ahogan todo lo demás.

Pero entonces, casi como si percibiera mi presencia, la mirada ardiente de Roman se clava en la mía a través del reflejo del espejo.

Me quedo paralizada de nuevo, con el corazón palpitándome con fuerza contra las costillas.

Espero que grite, que se suba los pantalones y salga furioso para echarme por mi voyeurismo. Pero se limita a ralentizar sus movimientos, con el cuerpo aún en tensión, y sigue moviendo el brazo con gestos firmes y deliberados, tan precisos y controlados como antes.

Baja los párpados y su mirada ardiente, inquebrantable, se clava en la mía. El ritmo pausado de sus movimientos alarga cada segundo; con cada uno que pasa mis nervios se excitan más y más, hasta que el gruñido grave y oscuro de su voz rompe el silencio cargado de tensión.

—Quédate o vete, Chloe. Tú decides. —La vergüenza y la excitación luchan por imponerse en mi mente.

Mi respiración se entrecorta y tengo las palmas de las manos húmedas, clavadas en la tableta que estrecho contra mi pecho.

Pero mis pies se niegan a moverse. No podría alejarme, aunque quisiera.

Y no quiero. Una parte indómita de mí, una que lleva demasiado tiempo sin liberarse, quiere ver cómo es él cuando se le priva del control.

Cuando no es mi jefe ni un director ejecutivo multimillonario.

Cuando es solo un hombre que cede a su necesidad.

Roman entrecierra los ojos y, a juzgar por cómo tensa la mandíbula y por el rubor que le tiñe las mejillas, está a punto de llegar al límite.

Aun así, ninguno de los dos aparta la vista—.

Joder, Chloe. —Su voz es ronca, y mueve las caderas al alcanzar el clímax.

Echa la cabeza hacia atrás, con los tendones del cuello tensos, pero un segundo después la vuelve a bajar para poder mirarme de nuevo en el espejo, con los ojos hambrientos y entrecerrados.

Mi interior se contrae impotente en respuesta, mis paredes internas se aferran a la nada. Un gemido se me escapa de los labios antes de que pueda detenerlo.

Pero cuando sus movimientos se ralentizan hasta detenerse, la realidad me golpea de lleno. Pensaba que era malo haber estado a puto de besarlo, pero ¿esto? ¿Estar en su oficina, viendo cómo se corre? Esto es mucho peor.

Y mientras yo lo miraba, él me miraba a mí. Mi nombre estaba en sus labios.

El calor me inunda las mejillas. Esto está muy muy mal, aunque lo que Roman acaba de hacer sea sin duda una de las cosas más excitantes que he visto nunca.

Me doy media vuelta y corro hacia la puerta. A mitad de camino, me detiene el sonido de su voz. Sigue un poco ronca, pero ha recuperado el control.

—Chloe. —Me freno en seco y me vuelvo a regañadientes; clavo la vista en su boca en lugar de mirarlo a los ojos.

Espero que la tenga apretada en una fina línea de ira, que por fin pierda los estribos, que grite, que me eche.

Pero su mandíbula está relajada, y su expresión es casi suave, si es que se puede llamar suave a algo en Roman—. Deja el expediente en mi escritorio.

Asiento con un movimiento brusco, sin levantar la vista. Luego voy a toda prisa hacia su escritorio, prácticamente tiro el expediente sobre él y me dirijo hacia la puerta.

Tras cerrarla detrás de mí, me dejo caer contra la madera por un segundo antes de correr hacia el ascensor. Me arden los ojos durante todo el trayecto. Contengo las lágrimas, decidida a no permitir que Phillip vea lo cerca que estoy de perder el control.

Durante el trayecto a casa, y durante el resto de la noche, lo que he presenciado se repite una y otra vez en mi cabeza. Y cuando por fin me meto en la cama, no puedo evitarlo: estoy desesperada por aliviar la tensión que se ha acumulado dentro de mí durante las últimas horas.

¿Estaba pensando en mí mientras se tocaba? ¿Se imaginaba lo que podría haber pasado en el ascensor si las luces se hubieran quedado apagadas? Ha dicho mi nombre al correrse, pero ¿ha sido solo porque yo estaba allí?

Cierro los ojos, deslizo los dedos entre mis pliegues resbaladizos y encuentro mi clítoris, ya hinchado y sensible.

Me lo imagino a él sin camisa, con el brazo en alto.

Solo que esta vez, cuando me pilla mirándolo, no me dice que me quede ni que me vaya.

En mi fantasía, me llama con esa voz grave y oscura que tiene.

Me dice que, ya que disfruto tanto contemplándolo, puedo tener una vista de cerca y muy personal.

Y me acerco sin dudarlo.

Su sonrisa es lenta y sensual, y cuando llego a su lado, me pregunta: «¿Es esto lo que quieres?», y yo suspiro: «Sí».

Con un gruñido, me pasa la mano por el pelo, igual que ha hecho en el ascensor, para pegarme a él.

«De rodillas. —Hago lo que me dice, con el corazón acelerado y el cuerpo en llamas—. Buena chica . —Sus ojos, normalmente de un gris pálido, se oscurecen mientras me mira desde arriba—. Vas a estar muy guapa con mi pene en tu boca».

Con el vientre tenso y la espalda arqueada, me corro.

Cuando me desplomo contra el colchón, con las extremidades aún temblando por la intensidad del orgasmo, la realidad vuelve a abalanzarse sobre mí. Suelto un gemido y me tapo los ojos con un brazo. ¿Cómo demonios voy a mirarlo mañana a la cara?

Me tumbo de lado, echo un vistazo a los números luminosos del reloj de mi mesita de noche antes y me acurruco en posición fetal.

Parece que voy a tener mucho tiempo para averiguar exactamente cómo fingir que no ha pasado nada.