El rey distante (Empty Kingdom 3) 20 #2
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—Ven aquí —le digo con voz ronca, tirando de ella para que se acerque a mí.

Ella no opone resistencia y, tras solo un momento de vacilación, la pego a mí y la abrazo con fuerza, sosteniendo su cuerpo tembloroso—.

No pasa nada. Nos sacarán de aquí enseguida.

—Probablemente no sea prudente abrazarla así, pero ahora mismo me da igual.

Sobre todo cuando ella desliza tímidamente sus propios brazos bajo mi chaqueta y los pasa alrededor de mi cintura, para luego apoyar la cabeza contra mi pecho—.

Concéntrate en los latidos de mi corazón.

Escúchalos contando hacia atrás hasta que se vuelvan a encender las luces y empecemos a movernos de nuevo, ¿vale?

—Le acaricio la curva de su espalda e inhalo el dulce aroma de su champú, preguntándome qué se ha apoderado de mi cuerpo.

No soy de los que dan consuelo. Me cuesta más fuerza de voluntad de la que me gustaría concentrarme en su respiración cada vez más lenta, en cómo se relaja contra mí, en lugar de en cómo se siente su cuerpo contra el mío—.

¿Cómo te las arreglaste para quedarte atrapada dentro de un armario?

—Mantengo un tono ligero con la esperanza de que hacerla hablar ayude.

Ella suspira y su aliento me calienta la piel a través de la camisa.

—Mi padre estaba en su estudio pintando y yo estaba aburrida.

Así que le pregunté a mi madre si quería jugar al escondite conmigo.

Ella no quería, pero la insistí hasta que accedió.

Pensé que esconderme en el armario era una idea genial, pero cuando ella no fue a buscarme, me di cuenta de que la puerta se había cerrado del todo detrás de mí y no podía abrirla desde dentro. Me entró el pánico.

—¿Por qué no te encontró tu madre?

Su risita carece de alegría.

—Ni siquiera me estaba buscando. Salió para poder llamar a una amiga sin que yo la molestara. Supongo que pensó que al final me cansaría de esconderme y saldría por mi cuenta. Cuando mi padre dejó su estudio por fin me oyó gritar y me encontró enseguida.

La ira crece dentro de mí y la abrazo con más fuerza.

—¿Cuántos años tenías?

—Ocho. Mi padre se enfadó mucho con mi madre, pero ella se lo tomó a broma. Me dijo que la próxima vez buscara un escondite mejor. Aunque no hubo una próxima vez. Creo que nunca volví a jugar al escondite.

—Lo siento —le digo, sin dejar de acariciarle la espalda. Al parecer, ninguna de nuestras madres fue especialmente cariñosa.

—No pasa nada. —Ella deja escapar otro suave suspiro, y pega más sus manos a mí, como si inconscientemente intentara acercarme más a ella.

Y, joder, cómo me apetece acercarme.

Aquí, envueltos en la oscuridad, solo estamos nosotros, escondidos del mundo, y es demasiado fácil olvidar por qué yo no debería estar abrazándola, por qué nunca puede haber nada más que esto.

Es demasiado fácil olvidar en qué clase de hombre me convierte el querer más.

Al fin y al cabo, ¿qué es una línea borrosa más en la larga lista que me prometí a mí mismo que nunca cruzaría?

A pesar de mi buen juicio, deslizo la mano por debajo de su cabello y le rodeo la nuca, disfrutando de la suavidad de su cálida piel bajo mi palma.

Un escalofrío la recorre, pero no se tensa ni intenta apartarse; si acaso, se acerca más.

Inhalo su aroma a miel y vainilla, y pierdo un poco la cabeza.

Cuando la estrecho más contra mi cuerpo, ella deja escapar un gemido casi inaudible.

—Roman —susurra. No es una pregunta. No es una protesta. Esas dos sílabas son pura necesidad.

Esto está mal. Estoy traspasando demasiados límites.

Aun así, el impulso de llevar a cabo lo que he querido hacer desde el momento en que la vi es demasiado fuerte.

Así que enredo la espesa melena de su cabello alrededor de mi puño y hago que eche la cabeza hacia atrás.

No puedo verla, pero puedo sentirla, puedo oírla.

Su cuerpo se amolda al mío, su respiración es entrecortada.

Es fácil imaginar sus suaves labios entreabiertos, esperándome. Ya lo he hecho demasiadas veces.

La oscuridad nos protege de la realidad de lo que está pasando entre nosotros.

No soy imprudente. Nunca pierdo el control. Pero ahora mismo estoy al límite. Mi pene está duro y palpitante, pegado a su estómago. Es imposible que no lo sienta, pero no se aparta.

La sangre me late con fuerza en las venas y todos mis sentidos se centran en Chloe. Quiero saborearla. Quiero sentir su piel desnuda contra la mía. Quiero oír cómo gime mi nombre.

Y, por una vez, no pienso en nada más.

Ella se aferra a mi camisa y yo extiendo mi mano libre sobre su espalda para pegar su cuerpo contra el mío.

Al bajar la cabeza, su respiración, cada vez más entrecortada, baña mis labios. La anticipación es una chispa ardiente que me recorre la columna vertebral.

Entre un latido y el siguiente, se produce una sacudida y las luces parpadean. Nos quedamos inmóviles, aún abrazados por un instante. Pero cuando la luz se estabiliza y nuestro entorno vuelve a estar completamente iluminado, nos separamos rápidamente.

Cuando el ascensor da una sacudida y comienza a descender una vez más, no puedo evitar devorarla con la mirada. Tiene las mejillas sonrosadas y el pelo revuelto. Sus ojos muy abiertos buscan los míos con rápidas y aturdidas ojeadas.

Entonces su expresión se ensombrece y se pasa las palmas de las manos por la falda.

—Ha sido un error.

Todo mi ser me exige que le diga que se equivoca.

Todo menos mi cabeza. Y es mi cabeza la que ha vuelto a tomar el control.

Antes de que tenga oportunidad de responder, el ascensor se detiene y las puertas se abren. Ella pasa rápidamente a mi lado y sale al vestíbulo, donde un grupo de hombres con expresiones preocupadas está merodeando por ahí.

La sigo y me dirijo a ellos.

—¿Qué demonios ha pasado? —espeto.

Uno se vuelve hacia mí, con los ojos muy abiertos.

—Señor King, lo siento mucho. Un rayo ha provocado un cortocircuito en una subestación.

—¿Y el generador de emergencia?

—Estamos recalibrando el sistema ahora mismo.

Con un gruñido, sigo a mi asistente.

—Chloe.

Se detiene en la salida, contemplando durante un segundo la lluvia, que sigue cayendo torrencialmente, antes de volverse hacia mí.

—El tiempo…

—No me preocupa el tiempo. —Saco el móvil y le envío un mensaje a Phillip para pedirle que nos recoja en la entrada; luego la acompaño hasta la puerta y la guío a un lugar seco bajo un toldo, donde no nos pueden ver desde dentro.

Me acerco más, estudiando su expresión—. ¿Qué te pasa por la cabeza ahora mismo?

Se humedece los labios y aparta la vista.

—Intentabas consolarme y las cosas han ido demasiado lejos. Le prometo que no volverá a pasar, señor King.

Puede que haya recuperado el control, pero mantenerlo es más difícil de lo que debería.

—Roman. Y es culpa mía —gruño—. Lo que ha ocurrido no es culpa tuya. Pero tienes razón, no volverá a pasar. No voy a permitirme perder el control de nuevo, te lo prometo. —Inspiro hondo y me obligo a continuar—. Si he hecho que te sintieras incómoda…

Ella niega rápidamente con la cabeza.

—No, no. Entiendo la situación. Yo…. —Echa la cabeza hacia atrás, mira al cielo por un momento, luego vuelve a centrarse en mí—. Yo he respondido.

Aprieto los puños en un esfuerzo por no volver a abrazarla, por no intentar descubrir hasta qué punto respondería a todo lo que podría hacerle.

Sin embargo, ella ha calificado la situación correctamente: ha sido un error. Uno que me acerca un paso más a convertirme en una persona que no quiero ser.

Esa certeza hace que se me hiele la sangre, pero ni siquiera eso logra apagar el fuego que sigue saltando y chispeando en lo más profundo de mis entrañas.

Ese fuego me dice que, si volviera a estar en esa misma situación, haría exactamente lo mismo otra vez.

Si esas luces no se hubieran encendido, habría hecho algo más.

Me paso una mano por el pelo y clavo la mirada en su rostro. Cuando hablo, mi voz es ronca.

—Quiero que sepas que no te contraté por eso. No era mi intención que pasara algo así.

La comprensión florece en sus ojos y ella extiende la mano para acariciarme suavemente el brazo.

—Lo sé. —Entonces, como para aliviar la tensión, me dedica una leve sonrisa—. No querías contratarme en absoluto.

Esa expresión seductora me calienta el pecho y, al mismo tiempo, hace que la inquietud se apodere de mí. Porque la calidez que me inunda parece algo más que lujuria. Es un calor que resulta… peligrosamente adictivo.

Antes de que pueda asimilar ese pensamiento, Phillip se detiene y rompe el hechizo. Le hago un gesto para que se quede en el coche, ya que la lluvia sigue cayendo con fuerza, y luego me quito la chaqueta.

—Sostén esto sobre tu cabeza —le digo a Chloe.

—Pero te vas a empapar.

—Sobreviviré. —La miro fijamente hasta que coge la chaqueta y se la pone sobre la cabeza.

—Sabes que podrías taparte tú también…

Podría. Pero para que mi chaqueta nos cubriera a los dos, tendría que acercarme. Tendría que deslizar mi brazo alrededor de su cintura. Y eso es demasiado peligroso.

—Vete ya. Antes de que el tiempo empeore aún más.

Sin dudarlo un instante más, ella se pone en marcha. Yo la sigo, y se me empapa la camisa al instante. Como Chloe lleva tacones, la adelanto y le abro la puerta del coche.

Ella se desliza dentro y yo me subo justo detrás de ella.