20
R oman
Me yergo en mi asiento y les echo un vistazo a los cuatro hombres que están sentados frente a mí en la sala de reuniones del nuevo edificio de la sede central de Wright Construction .
—¿Hemos terminado aquí, señores?
Todos asienten. Al igual que yo, probablemente estén deseando que el día termine después de esta reunión.
Es la última hora de la tarde, pero con las nubes oscuras que por fin traen la lluvia que prometían esta mañana, parece que sea mucho más tarde.
Se oye un trueno a lo lejos y, de vez en cuando, el destello de un relámpago ilumina la penumbra del exterior.
Esta es nuestra última reunión antes de que Wright Construction se haga cargo de la gestión del proyecto InnovaCore.
Los contratos están todos firmados y los abogados acaban de marcharse.
Ahora lo único que quiero es salir de aquí e irme al King Plaza antes de que la lluvia, cada vez más intensa, paralice el tráfico.
A mi lado, Chloe está sentada con recato, con sus delgados dedos suspendidos sobre el teclado de su tableta mientras espera a ver si alguno de nosotros aporta algo a la conversación antes de darla por terminada.
Aunque me he asegurado, como siempre, de no sentarme demasiado cerca, percibo su presencia de todos modos.
Incluso con el espacio que me he cuidado de dejar entre nosotros, me preocupa que mi atracción por ella sea obvia.
Aunque Ethan Dane —el vicepresidente de operaciones de Wright— no lo ha notado.
Durante la mayor parte de la reunión, ha estado concentrado en ella.
Con cada minuto que pasa, la tensión en mi cuello y hombros aumenta.
Una vez incluso le he dedicado una mirada que le decía que dejara de pensar en mi asistente y volviera a centrarse en lo que debía: en nuestro negocio.
Y, en general, lo ha hecho. Menos mal.
Ahora tengo que armarme de valor para el viaje hacia el otro lado de la ciudad, donde haré todo lo posible por no fijarme en cómo el ceñido vestido gris oscuro que lleva hoy se le sube por los muslos cuando cruza las piernas en el asiento de al lado.
Solo de pensarlo se me hace un nudo en el pecho. ¿Cómo demonios voy a ignorar el efecto que tiene sobre mí mientras estemos en Francia? ¿Cuando estemos en el reducido espacio de mi jet privado, o cuando ella esté al otro lado de la pared en el hotel?
Aparto mentalmente la duda. Me las arreglaré.
Igual que lo he hecho durante los últimos meses.
Aunque cada día sea más difícil. Quizá sería más fácil si la atracción no fuera mutua.
Pero la he visto mirándome a mí también, cuando cree que no le presto atención.
Cómo se demora su mirada y se muerde el labio inferior.
La forma en que le late el pulso en la base del cuello cuando está cerca de mí.
Lo que ella no se da cuenta es de que, cuando está en misma estancia, siempre le presto atención.
Con un profundo suspiro, le hago un gesto con la cabeza para indicarle que hemos terminado, luego me levanto y me dirijo a los hombres sentados a la mesa.
—Gracias por hacer negocios con King Group.
Sean Prescott , el director general, también se levanta, y el resto de su equipo lo imita.
—Estamos deseando trabajar contigo, Roman.
Como en piloto automático, pongo la mano en la espalda de Chloe para guiarla fuera de la sala. Cuando el calor de su cuerpo, que atraviesa el fino tejido de su vestido, me calienta la palma, la aparto y, a regañadientes, la dejo caer.
Ella se dirige hacia la puerta, pero antes de que pueda seguirla, Sean rodea la mesa y se acerca a mí con la mano extendida.
—Me alegro de que nos hayas tenido en cuenta —dice con una sonrisa—. Estaba seguro de que te decantarías por Haverscombe, ya que solía ser el socio preferido del Grupo King para este tipo de colaboraciones.
—Estamos dejando atrás nuestra forma habitual de hacer las cosas. Estoy deseando que comience esta nueva asociación y tengo la esperanza de que sea aún más exitosa. —Por el rabillo del ojo, veo a Ethan acercarse a Chloe, que me está esperando en el pasillo.
Se me tensa la espalda y una sensación de ardor desconocida cobra vida en mi interior. Con un breve gesto de asentimiento a Sean, que está a medio responder, salgo al pasillo. Cuando me acerco a ellos, Ethan, que está demasiado cerca de Chloe, sonríe y le da una tarjeta de visita.
Me detengo en seco, demasiado cerca de ella. El gesto es territorial —la forma en que Ethan se endereza y echa los hombros hacia atrás me lo delata—, pero es instintivo. Es todo lo que puedo hacer para contenerme y no rodearle la cintura con un brazo y pegarla a mí.
El impulso de reclamar como mía a una mujer que no es mía — que nunca será mía— es absurdo.
Chloe me lanza una mirada por encima del hombro, frunciendo el ceño al ver lo cerca que estoy de ella.
—Nos vamos, señorita Callahan.
Ethan hace una mueca ante mi tono, pero controla rápidamente su expresión y vuelve a centrarse en Chloe.
—En esa tarjeta está mi número de móvil personal. Llámame si quieres quedar para tomar algo algún día.
El tío tiene agallas, eso hay que reconocerlo.
Me empieza a latir la nuca al pensar en ella yendo a una cita con él. En él tocándola cuando yo no puedo hacerlo.
—Gracias, lo haré —dice ella, examinando la tarjeta que tiene en la mano. Hay vacilación en su voz, como si tal vez no estuviera segura de cómo gestionar que la inviten a salir mientras está en el trabajo, o al menos con su jefe justo detrás de ella.
También me gustaría pensar que es porque no le interesa Ethan. Puede que sea relativamente atractivo, con ese estilo pijo, pero no me imagino que pueda ser su tipo.
Ella necesita a alguien más fuerte que Ethan.
Un hombre que cuide de ella mientras está demasiado ocupada encargándose de su padre como para hacerlo ella misma.
Mejor aún, un hombre que pueda cuidar de los dos.
Uno que pueda mostrarle el mundo, que pueda darle todo lo que alguna vez necesite o desee, porque ella sacrificará esas cosas para asegurarse de que los demás tengan lo suyo.
Un hombre como yo.
Rechino los dientes. Está claro que mi creciente obsesión por mi asistente me está volviendo loco. No tengo por qué pensar mierdas como esa. Soy el último hombre que ella necesita.
Un trueno más fuerte sacude las ventanas y me arranca del absurdo curso de mis pensamientos. Es hora de volver a la oficina. Dependiendo del tráfico, quizá mande a Chloe directamente a casa con Phillip desde allí. No quiero que coja el autobús ni que vaya andando con este tiempo.
Me agacho para acercar la cabeza a la suya.
—Vamos.
Sin decirle nada a Ethan, sigo a Chloe hacia los ascensores.
Una vez dentro, pulso el botón de bajada y, mientras descendemos, doy un paso atrás hasta quedarme a su lado.
—Parece que ha ido bien. —Ella me sonríe.
—Así es. Si todo sale según lo previsto, podríamos plantearnos asociarnos con ellos en otros…
Las luces del ascensor parpadean, atrayendo mi atención hacia ellas.
Chloe suelta una risa nerviosa.
—Espero que no vaya a…
La cabina de acero inoxidable se detiene con una sacudida y, un instante después, las luces se apagan y quedamos sumidos en la oscuridad.
A mi lado, Chloe suelta un pequeño grito.
Inmediatamente, la busco con la mano y encuentro su hombro tembloroso.
—El sistema de emergencia debería activarse en cualquier momento.
—Vale —dice ella, con voz quebrada.
Esperamos en silencio, pero tras varios segundos, cuando sigue habiendo una oscuridad total y el ascensor no se ha movido, busco a tientas el botón de llamada de emergencia. Al pulsarlo, no ocurre nada. Todo el sistema debe de estar averiado.
—¿Por qué no se activa el sistema de respaldo? —pregunta Chloe.
—Si tuviera que aventurar una hipótesis —digo con un suspiro de frustración—, diría que es mala suerte. Este es un edificio nuevo; probablemente el sistema de alimentación ininterrumpida aún no se haya calibrado correctamente.
La oscuridad que inunda el pequeño espacio lo envuelve todo. Ahora está tan callada que, si no supiera que no es así, pensaría que estoy solo. Lo único que oigo es el sonido de mi propia respiración en mis oídos.
—¿Chloe?
—Sí. —Su voz vuelve a temblar, esta vez con más intensidad.
—¿Estás bien?
—Estoy bien. —Su tono contradice lo que ha dicho.
Frunciendo el ceño, me giro hacia ella, con movimientos cautelosos para no rozarla.
—¿Tienes miedo?
La ligera vacilación antes de que hable lo dice todo.
—No.
Por supuesto que no.
Ese atisbo de pánico en su voz me revuelve el estómago.
—Chloe.
No responde. Mierda. ¿Qué mantiene cerrada esa boca suya que me distrae tanto?
—Dime qué te pasa, cariño. —El término cariñoso sale de mis labios sin que yo lo quiera.
Ella se estremece, y el sonido se escucha demasiado fuerte en el silencio.
—Cuando era pequeña, me quedé atrapada en un armario viejo y mi padre tardó un rato en encontrarme. Sé que es una tontería tener miedo, y normalmente los espacios cerrados no me asustan tanto, pero es que cuando además está oscuro…
Extiendo la mano hacia el lugar de donde me llega su voz y encuentro su brazo.