19
C hloe
Sophie se echa hacia mí con una sonrisa y su hombro roza el mío. —Tienes un poco de… —Finge limpiarse la comisura de la boca.
Los tres hermanos King están aquí para la reunión mensual de la junta directiva, así como Samson, el asistente de Sophie y Cole.
Maldita sea. Supongo que he estado mirando a Roman con demasiada intensidad.
Está recostado en su silla a la cabecera de la mesa, con sus ojos color mercurio entrecerrados y el pulgar moviéndose de un lado a otro bajo su carnoso labio inferior mientras el director financiero presenta los detalles de la estrategia financiera del Grupo King.
Es la forma en que irradia autoridad, incluso cuando no pronuncia palabra, lo que me tiene cautivada.
Su presencia es como una fuerza que llena la sala y atrae la atención de todos los presentes.
Luego están su espesa melena oscura, su mirada penetrante y cómo se ciñe la chaqueta del traje a sus hombros. Al parecer, no he sido muy sutil.
Con los labios apretados, considero la posibilidad de negar mi fijación, pero Sophie se me adelanta.
—Tampoco es que te culpe —susurra—. Ese hombre es guapo.
—Es muy guapo —murmuro, y lo dejo ahí. En los últimos meses, Sophie y yo nos hemos hecho amigas.
Almorzamos juntas casi todos los días y me ha interrogado exhaustivamente sobre mi vida sentimental —o la falta de ella—, llegando incluso a ofrecerse a emparejarme con uno de sus hermanos. Una oferta que rechacé educadamente.
Ella suelta un bufido silencioso ante mi enorme eufemismo, pero, afortunadamente, deja el tema.
Aunque no tengo mucho tiempo para relajarme.
Cuando termina la reunión, salimos todos.
Roman, Cole y Tate van en cabeza, y si la visión de esos tres hombres uno al lado del otro no es suficiente para que a cualquier mujer de sangre caliente le fallen las piernas, no sé qué lo es.
Sophie, percibiendo claramente la dirección que han tomado mis pensamientos —otra vez—, agacha la cabeza hacia la mía mientras andamos.
—Venga ya. No me digas que no has tenido alguna que otra fantasía con él tirándote sobre su escritorio durante una reunión nocturna.
—¿Y tú con Tate antes de que se comprometiera? —le espeto.
Ella se limita a reír.
—Antes de Violet, Tate era demasiado mujeriego para mí.
Prefiero al tipo tranquilo e intenso como Roman cualquier día de la semana.
—Con una ceja arqueada, vuelve a mirarlos—.
Es muy reservado, pero estoy convencida de que, cuando por fin se deja llevar, es un peligro.
Como un animal salvaje; te devastará hasta dejarte sin sentido y te echará a perder para cualquier otro hombre. —Deja escapar un suspiro soñador.
Trago saliva para humedecer mi garganta reseca, porque yo he tenido exactamente el mismo pensamiento.
Cada faceta de Roman es controlada, reservada. Como una bestia salvaje que da vueltas dentro de una jaula. Parece contenido, pero en el momento en que alguien abra la puerta, se abalanzará sobre ellos como una fiera.
¿Cómo sería que él se desatara sobre mí? ¿Cómo sería que su gran cuerpo me aplastara contra el colchón? ¿Qué haría falta para abrir esa puerta?
Aunque hago todo lo posible por evitarlo, mi mente se desvía cada vez más hacia las imágenes de él quitándose la chaqueta y aflojándose la corbata mientras me mira con sus hambrientos ojos grises.
Me lo imagino con la camisa por fuera y desabrochada, acechándome como un gran felino de la selva decidido a encontrar su próxima presa.
Y esa presa sería yo.
Siento un cosquilleo en el vientre. Dios mío, ¿por qué, por qué, por qué tiene que ser tan guapo?
Las cosas han empeorado aún más desde que se quitó la camisa manchada en su despacho y dejo al descubierto toda esa piel suave, esos músculos tensos y esos abdominales marcados.
Por no hablar de esa uve de músculos tan tentadora que se marcaba bajo los pantalones.
Solo con ver eso me moría de ganas de recorrer su contorno con los dedos para descubrir adónde conducía.
Y cuando fue a buscarnos a mi padre y a mí para llevarnos a la consulta del doctor Clarke, cuando me tocó y me dijo que sabía que estaríamos bien, pero que iba a enviar a Phillip a por nosotros de todos modos, me sentí cuidada. Me sentí segura.
Pero esté pillada o no en secreto por mi jefe, no puedo distraerme en el trabajo.
—Puedo sentir que estás preocupada desde aquí —dice Sophie—. No pasa nada. Tu mirada lasciva es discreta. Casi tan discreta como la de él. —Con un grito ahogado, vuelvo la cabeza hacia ella.
—¿Qué?
Delante de nosotras, Roman echa un vistazo por encima del hombro, y su mirada me recorre de una forma que me hace vibrar la piel, aunque solo dura unos segundos.
—Sí. —Ella suelta una risita—. ¿No te has dado cuenta?
Niego con la cabeza.
—Es solo su forma de mirar a la gente. Es…, ya sabes, intenso.
—A mí nunca me ha mirado así —dice ella, arqueando una ceja—. Si lo hiciera, probablemente se me caerían las bragas al suelo.
Pongo los ojos en blanco.
—Creo que mis bragas están a salvo.
—Bueno, es una verdadera lástima.
Las dos nos echamos a reír y esta vez nos ganamos una mirada de Roman y de Tate.
Pero no me importa. Es agradable reírse. Entre mi trabajo y el papel de Lola como madre primeriza, últimamente no hemos charlado mucho, y hay algunas cosas de las que no puedo hablar con mi padre. Lo sexy que es mi jefe encabeza esa lista.
—¿Has recibido el correo para reservar la fecha de la gala anual del King Group? —pregunta Sophie.
—Lo he visto en mi bandeja de entrada esta mañana, pero solo le he echado un vistazo rápido. Aunque aún faltan un par de meses, ¿no?
—Ajá. Recibiremos una invitación formal cuando se acerque la fecha. —Estrecha la tableta contra su pecho—. Estoy deseándolo. Me encanta arreglarme y que me inviten a cenar y a tomar vino. Sobre todo porque es por una buena causa.
—Entonces, ¿vas a ir?
—Por supuesto. Podemos ir juntas, ya que las dos estamos solteras.
Una sensación de calidez me invade de repente. Una noche de fiesta con Sophie sería un agradable descanso de mi rutina diaria.
—Hace tiempo que no me arreglo para salir.
—Habrá unos cuantos discursos y una subasta.
Después, un montón de copas gratis, comida deliciosa y baile.
Por no hablar de todos los hombres vestidos con esmoquin.
—Me guiña el ojo. Inmediatamente, una imagen de Roman con un esmoquin negro entallado me pasa por la cabeza y se me enrojece la cara.
Sophie se echa hacia mí—. Exacto. Alimentará tus fantasías para el resto del año.
—Con un guiño, se dirige hacia su escritorio frente al despacho de Tate.
Yo sigo hacia el mío y, una vez sentada, abro el correo de la gala. Al parecer, tengo diez semanas para encontrar un vestido y conseguir que Susan se encargue de cuidar de mi padre esa noche.
Sonriendo al pensar en una noche de fiesta en la ciudad, abro el archivo en el que estoy trabajando y me pongo a actualizarlo.
Unas horas más tarde estoy concentrada, absorta en mi trabajo, cuando Roman aparece en la puerta de su despacho.
—Chloe, ¿puedes venir, por favor? —Da media vuelta sin esperar respuesta y desaparece.
Cuando me doy cuenta de que me estoy pasando los dedos por el pelo, vuelvo a poner los ojos en blanco, esta vez hacia mí misma. A pesar de lo que dice Sophie, a Roman no le importa mi aspecto. Desde aquel momento en la consulta del médico, ha vuelto a ser estrictamente profesional.
Aun así, cuando me siento frente a su escritorio, consciente de cómo su atención se centra en mí, me preocupo demasiado por la forma en que me acomodo, por cómo me queda la ropa, por cómo mi respiración se acelera un poco más de lo normal.
—Dentro de dos semanas se celebra una importante feria internacional de tecnología verde en Niza, Francia —dice—.
Me han invitado a dar un discurso sobre la integración de tecnologías verdes por parte del Grupo King.
Y EcoTech presentará algunas de sus últimas innovaciones.
Me gustaría concertar una reunión con el director ejecutivo mientras estemos allí.
Será una excelente oportunidad para reforzar nuestra oferta de adquisición.
—De acuerdo —apruebo, tomando notas en mi tableta—. Si me das los detalles, haré la reserva.
Él asiente.
—El plan será llegar temprano la primera mañana, quedarnos una noche e irnos después de mi discurso, el segundo día.
Asegúrate de reservar nuestras habitaciones en la misma planta.
—Alzo la vista para encontrar su rostro.
¿ «Nuestras» ? ¿Van a asistir sus hermanos con él?
¿O se refiere a… él y a mí? Sigo mirándolo, desconcertada cuando una pizca de humor le curva los labios—.
Habrá mucho que hacer mientras estemos allí.
Necesitaré que te encargues de las reuniones y los cambios de itinerario, además de tomar notas y asistir a algunas de las charlas y exhibiciones a las que yo no pueda ir.
—¿Quiere que vaya a Francia con él? La idea de volar al extranjero y pasar la noche en un hotel con él hace que la sangre se me acelere en las venas.
Me calienta la piel, pero, con un poco de suerte, no me pondré roja.
Lo último que quiero es que él sepa que la idea me emociona—. Tienes pasaporte, ¿verdad?
—Sí. Pasé una semana en Canadá con una amiga, hace unos años. —Menos mal que Lola insistió en que nos fuéramos de viaje de chicas antes de casarse.
Arquea una ceja oscura.
—¿Y esa es la única vez que has salido del país?
Frunzo los labios.
—¿Aparte de ese viaje a Europa con todos los gastos pagados al que fui en mi enorme cantidad de tiempo libre el año pasado, te refieres?
Esa boca seductora esboza una mueca.
—Lo siento, no ha sonado bien. No era una crítica.
—Su expresión se vuelve seria—. Entiendo la situación en la que te has encontrado y me doy cuenta de que probablemente no has tenido ni el tiempo ni los medios para viajar.
—Me evalúa, moviendo la mandíbula—. Que cuides de tu padre como lo haces es…
admirable. Me equivoqué al creer que eras demasiado joven para desempeñar este trabajo.
Te subestimé, a ti y a tu dedicación. No volveré a hacerlo.
Se me acelera el pulso al asimilar su confesión.
—G-gracias.
Carraspea y tamborilea con los dedos sobre el escritorio.
—¿Cómo está tu padre, por cierto?
Una sonrisa sincera se dibuja en mi rostro.
—Está bien. He podido sacarlo de casa más a menudo porque por fin han arreglado el ascensor. Llevaba meses fuera de servicio, así que subir y bajar las escaleras le resultaba muy duro. Y pronto empezará un nuevo tratamiento. Con un poco de suerte, le ayudará.
Sus dedos se detienen a mitad del tamborileo, su expresión vacila por un momento, algo indescifrable se refleja en ella. Desaparece demasiado rápido para que pueda captarlo, sustituida por su habitual compostura.
—Me alegro de oírlo —dice con tono tranquilo—. ¿Puedo preguntarte quién cuida de tu padre cuando haces horas extras?
—Le pago a una vecina para que le eche un vistazo. —Se me ocurre algo de repente y me apresuro a añadir—: Si te preocupa que no pueda viajar contigo, puedo asegurarme de que…
—No. No me preocupa. Y no quiero que a ti te preocupe tampoco. Dado que me acompañarás por motivos de trabajo y es posible que tengas que hacer muchas horas extras en el futuro, King Group te proporcionará una enfermera a domicilio para que te ayude con tu padre.
El aire sale de mis pulmones de golpe y lo miro boquiabierta.
—Pero eso es… ¿Te refieres al seguro médico de la empresa? No cubre a los padres. Lo comprobé cuando empecé a trabajar aquí.
Frunce el ceño.
—Tendremos que cambiar eso… Pero no, lo que quiero decir es que, dado que necesito que estés disponible en todo momento, no quiero que tengas que depender de la disponibilidad de tu vecina, así que haré que modifiquen tu contrato de trabajo para incluir la prestación de cuidados.
El corazón me late tan fuerte que de repente me siento mareada.
¿De verdad me está ofreciendo que la empresa pague a alguien para que cuide de mi padre?
¿Y además un profesional cualificado? ¿Una enfermera o un enfermero que seguramente será mucho más comprensivo y lo tratará con cariño?
Debería protestar, decirle que no necesito su caridad.
Pero me niego a dejar que mi orgullo se interponga ante cualquier cosa que ayude a mi padre.
—No… —Se me hace un nudo en la garganta y, para mi vergüenza, se me llenan los ojos de lágrimas. Hago todo lo posible por contenerlas—. Gracias, Roman.
—Ya te lo he dicho, no hace falta que me des las gracias. —Su voz es más grave, más áspera, y su atención se centra en mi rostro— . El King Group tiene recursos de sobra, y necesito que estés concentrada cuando estés trabajando.
—Sí, claro. Es solo que… —Trago saliva con dificultad, con la garganta aún oprimida.
Mi reacción es una tontería. Probablemente le recuerde que soy joven.
Pero no puedo evitarlo. Quiero a mi padre más que a nada en el mundo.
Nunca me ha pesado cuidar de él. Pero la idea de contar con ayuda, de que un profesional alivie parte de la carga, me quita un gran peso de encima—.
Te lo agradezco. —Me humedezco los labios—.
Me refiero a lo que estás haciendo por mí y por mi padre. Gracias.
Sus ojos brillan, pero su expresión sigue siendo estoica.
—De nada. —Se pasa la mano por la boca—. Tenemos mucho que hacer antes del viaje, además de los informes que debemos completar para la estrategia de adquisición, así que nos esperan unos días largos. Volvamos al trabajo, ¿te parece?
A pesar de que mis pestañas aún están húmedas, no puedo evitar sonreír. Está claro que no está acostumbrado a esta clase de sentimentalismos.
Y me voy a Francia.
Me muerdo el labio, haciendo todo lo posible por contener mis emociones. Daría cualquier cosa por rodear este gran escritorio y abrazarlo. En lugar de eso, me pongo de pie y entrelazo las manos para mantenerlas firmes.
—Empezaré a preparar tu itinerario para el viaje. ¿Son dos días y una noche?
Él asiente.
—Es un viaje de trabajo. Siento que esta vez no haya tiempo para hacer turismo.
—Ah, no, no pasa nada. Me basta con tener la oportunidad de ir contigo. —Apenas han salido las palabras de mi boca cuando siento un nudo en el estómago—. Q-quiero decir, tengo muchas ganas de vivir la experiencia —balbuceo.
El humor ilumina sus ojos.
—Bien. —Coge el bolígrafo y vuelve a centrar la vista en la pantalla del ordenador, así que lo interpreto como una señal para marcharme.
Regreso a mi escritorio y me hundo en la silla con un suspiro. Hace unas pocas semanas pensaba que era una catástrofe que me despidieran de Talon. Ahora aquí estoy, y lo único en lo que puedo pensar es en dar gracias a Dios por la mezquindad de Geoff.