El rey distante (Empty Kingdom 3) 18
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R oman

Sus ojos azul verdoso buscan los míos, muy abiertos y suplicantes. Sus suaves labios rosados se entreabren al inspirar cuando la agarro por la nuca, la pego a mí y acerco mi boca a la suya.

Su aroma, a miel y vainilla, es embriagador. Estoy fascinado por ella, mi cuerpo está tenso y deseoso. Necesito comprobar si sabe tan bien como huele.

Está tan cerca. El calor de su cuerpo se me mete dentro, calentándome. Bajo la cabeza y…

Me despierto bruscamente del sueño y mi subconsciente se apaga, gracias a Dios. Pero aunque la visión se desvanece de mi mente, el recuerdo del aroma de Chloe persiste . Por no hablar de mi maldita erección.

Joder.

Dejo caer las piernas por el borde del colchón, apoyo los codos en los muslos y me tapo la cara con las manos.

Esto tiene que acabarse ya.

Me levanto con un gruñido y me dirijo con paso firme al baño de mi habitación. Necesito una puta ducha fría.

No es la primera vez que sueño con Chloe. Y dudo que sea la última.

Cuando estoy bajo el cabezal con el agua tipo lluvia me paso las manos por la cara y me relajo en la ducha. Durante todo ese tiempo, rechino los dientes y hago acopio de todas mis fuerzas para resistirme a tocarme para aliviar la presión en mi pene. Estoy cayendo por una puta pendiente resbaladiza.

Necesito echar un polvo, joder.

Una vez vestido para ir al trabajo —para pasar otro día luchando contra la tentación de obsesionarme con visiones de cabello sedoso, mejillas sonrosadas y esas sonrisas que quiero ver más a menudo— , cojo el móvil y escribo un mensaje.

La respuesta es inmediata. Ojalá me hiciera sentir aunque fuera un poquito mejor. Más tarde, me digo a mí mismo. Esta noche, me desahogaré un poco. Después, recuperaré la capacidad de concentrarme en el trabajo mientras esté cerca de mi asistente, demasiado atractiva y completamente prohibida.

Durante todo el día, evito llamarla a mi despacho más de lo estrictamente necesario.

Lo último que quiero cuando me encuentre con Gemma esta noche es que los pensamientos sobre Chloe me nublen la mente.

Gemma es modelo y alguien con quien he tenido un acuerdo informal en el pasado.

Si alguien puede hacer que deje de pensar en la mujer que me persigue, es ella.

Dos horas después de despedirme de Chloe, estoy sentado a una mesa en un bar de Manhattan con Gemma a mi lado.

Está tan guapa como siempre, con su larga melena rubia y sus fríos ojos azules.

El ceñido vestido negro le queda como un guante, y los tirantes son tan finos que tendré suerte si no se rompen mientras le quito la prenda en cuanto la lleve a su casa.

Le doy otro sorbo de whisky e inspiro profundamente cuando dejo el vaso sobre la mesa.

—¿Qué has estado haciendo desde la última vez que…?

—¿Follamos? —Con una sonrisa seductora, recorre tímidamente con el dedo el borde de su copa de vino—.

He tenido desfiles en París y Milán. No hace mucho que estoy de nuevo en Nueva York.

Me alegro de que me hayas escrito. —Me pone la mano en el muslo y se echa hacia mí—.

He echado de menos esto. —Me llevo el vaso de whisky a la boca, esta vez para darle mucho más que un sorbo, y me vuelvo para mirarla, esperando que la lujuria me sacuda las entrañas.

Sin apartar los ojos de mí, da un sorbo lento de vino y luego se lame los labios carnosos—.

Mmm, delicioso. —En lugar de provocarme una erección, lo único que consigue es recordarme a Chloe mordiendo un trozo de pizza en mi despacho, cómo me puso a mil sin siquiera intentarlo—.

¿Dónde vamos a cenar? —pregunta Gemma—. Hace siglos que no voy a Trio’s.

¿O qué tal ese nuevo restaurante de fusión japonesa?

Todos mis conocidos llevan tiempo intentando conseguir mesa, pero seguro que para ti no es problema.

Probablemente también habrá paparazzi en la puerta.

—Dice esa última parte sin una pizca de vergüenza.

Le doy unos golpecitos con el pulgar al vaso de whisky, sintiendo cómo la irritación me tensa la nuca.

—Estaba pensando en comer unas pizzas.

Se queda boquiabierta.

—Estás bromeando, ¿verdad? Sabes que no puedo comer pizza.

¿Y por qué ibas a querer algo así eso cuando podríamos estar comiendo ostras en Trio’s?

—No me apetece la pizza en absoluto, así que no sé muy bien por qué lo he sugerido—.

O… —dice ella, bajando la voz hasta convertirla en un ronroneo—, podríamos coger una suite y pedir algo al servicio de habitaciones.

—Sabe que no la llevaré a mi ático, y nunca parece importarle, y menos cuando la llevo a uno de los hoteles del King Group.

Al fin y al cabo, son famosos por sus lujosas suites y su excelente servicio de habitaciones.

Debería aceptar esa oferta. No me interesa mucho charlar de trivialidades mientras comemos ostras cuando los dos sabemos de qué va esta cita.

Sin embargo, en lugar de levantarme de la mesa y llevarla a mi coche, llamo a un camarero y pido otra ronda.

Gemma se desploma en el asiento haciendo pucheros—.

Sabes que no tienes por qué emborracharme, ¿verdad?

—Una copa más —digo. Estoy ganando tiempo, y por todas las razones equivocadas.

Gemma se desliza más cerca de mí, y su larga pierna queda pegada a la mía. Una mano esbelta se desliza por mi pecho y luego dibuja un caminito con los dedos hasta el nudo de mi corbata y me besa en el cuello.

La forma en que pasa la lengua por mi piel debería provocarme al menos una ligera reacción.

También debería hacerlo el gemido entrecortado que deja escapar.

Sobre todo porque llevo casi un año de abstinencia.

Debería estar deseando hundirme en ella.

Debería estar ansioso por llevármela a casa, quitarle ese vestido y hacer que se tire sobre la superficie plana más próxima.

Pero el aroma floral que flota a mi alrededor —que no es de miel ni vainilla— es cualquier cosa menos embriagador.

Sus ojos entrecerrados son de un azul glacial en lugar de ser del color de un mar tropical, y su cabello es demasiado dorado, demasiado brillante; no tiene el suave brillo de la luz de la luna.

Al ver que no reacciono, se echa hacia atrás, su expresión se endurece y tamborilea en la mesa de madera con sus largas uñas rojas.

—Vi a Katherine la semana pasada.

—¿De verdad? —Mantengo un tono neutro, esperando, por su bien, que capte la indirecta.

—Está muy bien. —No respondo. Al parecer, el coeficiente emocional de Gemma está por los suelos—.

Se lo dije, pero no correspondió a mi cumplido.

—Su risa carece de humor—. Cualquiera pensaría que iba a ser menos maliciosa.

Lleváis divorciados más de una década, joder.

—El siguiente trago de whisky me entra con dificultad.

No he querido saber nada de Katherine desde nuestro divorcio, pero eso no le ha impedido intentar reavivar nuestra relación de vez en cuando, aunque eso no va a pasar jamás—.

Al parecer, está saliendo con Roger Haverscombe.

—Eso capta mi atención y me vuelvo hacia ella con la mandíbula tensa.

—Ah, ¿sí?

Encantada de haber conseguido por fin una reacción por mi parte, sonríe y se echa el pelo hacia atrás, dejando al descubierto su largo y elegante cuello.

—No paraba de decir que Haverscombe Industries va a ser la próxima gran sensación en el sector inmobiliario de lujo.

— Resoplo. Katherine siempre quiso estar con un pez gordo.

Supongo que aún no se ha dado cuenta de que Roger nunca va a ser ese hombre.

Apuro lo que queda del whisky y dejo el vaso sobre la mesa con un golpe seco—.

Mmm, ¿ya has terminado? —Me acaricia el pene por encima de los pantalones—.

Estoy deseando estar a solas contigo. Voy a hacer que te sientas tan bien…

Quizá… Pero mi cuerpo no está ni un ápice interesado en lo que me ofrece. Ni siquiera cuando le enredo la mano en el pelo y hago que eche la cabeza hacia atrás con un jadeo. Sus labios se entreabren y sus pupilas se dilatan, y aun así, nada.

Porque lo único que veo es a Chloe. Los labios de Chloe entreabiertos, esperando los míos. Los ojos de Chloe suplicándome que la toque, el pelo de Chloe en mi puño.

Joder.

Suelto a Gemma e intento sacarme de la cabeza la idea de follar con mi asistente. Al menos por esta noche; al menos con Gemma.

—Lo siento, pero esta noche no va a poder ser. Tengo que regresar al despacho.

Ella se echa hacia atrás, con los ojos muy abiertos.

—¿Qué? ¿Primero me invitas y ahora te vas al despacho?

La fulmino con la mirada.

—Así es. Siento haberte molestado. No era mi intención. Llamaré al conserje del Manhattan King International y les diré que reserven una suite a tu nombre. El servicio de habitaciones corre por mi cuenta.

—¿Y si invito a alguien? —me desafía con picardía.

Me levanto y me estiro los pantalones.

—Dile que el filete con provolone está exquisito.

Me doy media vuelta, saco el móvil y le envío un mensaje a Phillip. Ha aparcado a solo una manzana de distancia, así que en cuestión de minutos me estoy deslizando en el asiento trasero.

—¿Adónde vamos, señor King?

Considero volver a la oficina, pero, por una vez, perderme en el trabajo no me atrae en absoluto.

—Llévame a casa, Phillip.

—Últimamente está lleno de sorpresas.

—¿Sorpresas?

Él se ríe entre dientes.

—Pizza, dónuts, dejar temprano a su cita. Por no hablar de irse a casa en lugar de al trabajo. ¿Qué será lo próximo?

Lo miro a los ojos a través del retrovisor.

—No habrá más sorpresas.

No voy a permitir que Chloe me saque de quicio nunca más.

Lo digo en serio. Muy en serio. Hasta que vuelvo a estar en la ducha, esta vez quitándome el aroma floral del perfume de Gemma. No hay forma de detener la fantasía que me invade, aquella en la que es el aroma de Chloe el que está en mi piel.

Solo eso basta para que se tenga una erección enorme.

Solo esta vez.

Envuelvo mis dedos alrededor de mi miembro y lo aprieto con fuerza. Cuando cierro los ojos, la imagino de rodillas delante de mí.

El agua haría que su cabello rubio pálido se deslizara como una cinta de seda por la suave piel de su espalda. Sus largas pestañas estarían húmedas cuando me mirara, y esos ojos del color del mar, llenos de deseo.

Eso es todo lo que hace falta para ponerme más duro de lo que he estado en toda mi vida.

Cuando me asalta una imagen del agua corriendo sobre sus pechos turgentes, con los pezones duros y suplicando mi tacto, mis testículos se tensan.

La idea de usar mi pulgar para separarle los labios carnosos y abrirle la boca para mí, joder, me pone todo el cuerpo rígido.

Mi respiración es entrecortada, la sangre me late en los oídos. Con una mano apoyada en la pared de la ducha, me masturbo con más fuerza, más rápido; el calor me recorre la columna vertebral. En mi mente le pido que me dé su lengua, y en respuesta, sus pupilas se dilatan de deseo.

Eso es todo lo que necesito. Mis testículos se contraen, al igual que mis abdominales, y mi pene se sacude en mi mano mientras expulso semen en chorros cortos y desgarradores, salpicando el suelo de azulejos de mi ducha.

Me tiemblan los muslos cuando todo ha terminado.

Joder. Nunca me había corrido tan fuerte solo con la mano.

Con la cabeza gacha, dejo que el agua caliente me empape, que se lleve las pruebas de mi fechoría.

Aunque mi respiración se calma, aprieto los puños. Esta será la única vez que me permito imaginarme a Chloe cuando me corro.

Eso es lo que me digo a mí mismo, al menos, aunque, en el fondo, me preocupa haber perdido ya el equilibrio en esa pendiente resbaladiza.