El rey distante (Empty Kingdom 3) 17
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R oman

Estoy echándoles un vistazo a los titulares de noticias financieras en mi teléfono mientras Phillip conduce el coche por el tráfico matutino, cuando aparece una notificación de un mensaje.

Chloe.

Ver su nombre me sacude, de forma brusca e inesperada, pero hago caso omiso de esa sensación. Lleva poco más de un mes como mi asistente y es la primera vez que me envía un mensaje fuera del horario laboral.

Deslizo el dedo para abrirlo.

Chloe : Buenos días, Roman. Lo siento mucho, pero esta mañana llegaré tarde. Mi padre está teniendo una crisis y tengo que llevarlo al médico.

Una rápida oleada de preocupación me hace apretar el teléfono con más fuerza. Solo están ella y su padre. ¿Necesita ayuda?

Sin pensar demasiado en lo que estoy haciendo ni por qué, le respondo.

Yo: ¿Está bien?

Chloe : Tiene mucho dolor. Le he dado la medicación, pero su médico puede ponerle inyecciones de esteroides. Iré en cuanto se encuentre mejor.

Yo: ¿Cómo lo vas a llevar?

Chloe: Llamaré a un Uber.

Le echo un vistazo al tráfico que me rodea. Tengo una mañana ajetreada, como de costumbre. Llamadas y reuniones una tras otra hasta la hora de comer. Pero…

Yo: ¿Cuál es tu dirección? Phillip y yo te recogeremos.

Los tres puntos grises aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer. Probablemente esté pensando en cómo rechazarme. Es obvio que está acostumbrada a apañárselas sola.

Al igual que la noche en que me habló por primera vez de su padre, la idea de que tenga que asumir esa responsabilidad ella sola me despierta una mezcla de emociones que no me resulta familiar. Por fin, aparece su mensaje.

Chloe: Muchísimas gracias. Te lo agradezco de verdad.

A continuación viene su dirección.

Teniendo en cuenta lo mucho que ha tardado en responder, estoy seguro de que le ha costado aceptar mi oferta. Pero mejor que lo haya hecho. Creo que no le habría hecho gracia que consiguiera su dirección a través de Recursos Humanos para plantarme en su puerta.

Me echo hacia delante y le cuento a Phillip el cambio de planes; luego me recuesto en mi asiento y evito a toda costa pensar en por qué ir a ver a Chloe me parece más importante que cualquier otra cosa en mi apretada agenda.

Veinte minutos más tarde nos detenemos frente a un complejo de apartamentos antiguo pero bien cuidado.

Phillip se vuelve hacia mí.

—¿Quiere que entre a buscarlos?

—No. Ya voy yo.

Ignoro sus cejas arqueadas mientras salgo del coche. La entrada del edificio es sencilla, con unos pocos escalones que conducen a unas puertas dobles, una de las cuales está entreabierta.

La miro con el ceño fruncido. Menuda seguridad.

Una vez dentro, me acerco al ascensor solo para descubrir que está fuera de servicio.

Por lo viejo que es el cartel, lleva así mucho tiempo.

Eso hace que me pare a pensar en cómo se las arregla el padre de Chloe para subir y bajar las escaleras.

¿O se queda encerrado ahí día tras día? No sé nada sobre la artritis reumatoide ni sobre lo incapacitante que puede llegar a ser.

Quizá debería averiguarlo.

Ahora que Chloe trabaja para mí, tiene sentido que me informe más sobre algo con lo que le toca lidiar fuera del trabajo.

Subo las escaleras y, cuando llego al segundo piso, llamo a la puerta.

—Ya voy —se oye su voz desde dentro. Cuando abre, la sonrisa que empezaba a florecer en su rostro se congela y sus bonitos labios se entreabren. Luego cierra la boca de golpe—. Lo siento. Pensaba que eras Phillip.

Me la quedo mirando. Ya es bastante difícil resistirse a ella con sus blusas de seda, sus faldas ceñidas a las caderas y sus vestidos ajustados.

Pero así, con una camiseta que se le pega a los pechos y unos pantalones negros de yoga que marcan cada curva…

Verla hace que un torrente de calor se extienda por mi cuerpo.

Sin embargo, a pesar de lo increíble que es su cuerpo tonificado, no es lo que me tiene hipnotizado.

Es su piel sin maquillaje. Es suave y luminosa, prácticamente perfecta, salvo por el tenue reguero de pecas sobre su nariz y los arcos de sus pómulos.

Lucho contra el impulso de acercarme a ella, de trazar la delicada línea de su mandíbula y pasar mi pulgar por esas diminutas imperfecciones que son demasiado exquisitas para merecer ese nombre.

¿Cómo sería poner mis labios sobre esa piel suave como el satén? ¿Escuchar su respiración entrecortada? ¿Besarla, lamerla, mordisquearla hasta haber explorado cada centímetro de ella?

Aprieto los puños y expulso esa imagen de mi mente. Estoy aquí para ayudar a una empleada que lo necesita. Eso es todo. Puede que no sea conocido por ocuparme personalmente de esta clase de cosas, pero siempre hay una primera vez para todo.

—Ya casi estamos listos —dice Chloe, manteniéndome la puerta abierta—. ¿Quieres pasar?

—Gracias. —Entro en el pequeño vestíbulo y, al instante, me fijo en un gran cuadro que me distrae momentáneamente de la mujer demasiado deseable que tengo a mi lado.

Es una escena de una belleza inquietante de Manhattan justo antes del amanecer. Las calles que suelen rebosar de vida están vacías y la luz del amanecer proyecta largas sombras sobre el lienzo, tiñendo la mayor parte de la ciudad de tonos grises y azules pálidos: un mundo aún dormido.

Una ligera niebla se cierne sobre los pisos bajos de los edificios, suavizando las líneas y los ángulos a los que estoy acostumbrado a ver a la luz del día.

En primer plano del cuadro, el puente de Brooklyn se extiende a lo largo de la escena, con sus cables y arcos marcándose nítidamente contra la ciudad que hay detrás.

El escaso resplandor de los faros que atraviesa la penumbra brumosa realza la serenidad y la soledad que emana de la obra en lugar de atenuarlas.

Resulta inquietante, pero a la vez cautivador, ver la ciudad así, vacía, con el alma al descubierto.

Fácilmente podría haber evocado una sensación de melancolía, salvo que el artista ha añadido hábilmente también una energía latente a la escena.

El primer rayo de sol dora las cimas de los edificios, traza sus bordes superiores con toques de rosa y oro.

Transmite una sutil sensación de anticipación, un último aliento tranquilo antes de que la ciudad despierte al potencial de un nuevo día.

La imagen toca una fibra demasiado tensa en mi pecho, y no consigo averiguar por qué. Aunque me educaron para saber valorar el arte, hay pocas obras que me hayan llegado como lo hace esta.

Cuando por fin consigo apartarme del lienzo, veo que Chloe me observa con curiosidad.

—¿Es de tu padre?

La suave sonrisa que se dibuja en sus labios me toca la misma fibra que el cuadro.

—Sí, es mi favorito. —No da más detalles sobre el motivo, y yo no pregunto. Ya he perdido bastante tiempo cuando debería estar ayudándola a llevar a su padre al médico—. Voy a buscarlo y luego nos vamos.

En lugar de esperarla en la puerta, la sigo, impulsado por la necesidad de saber más sobre ella. Más de lo que se puede deducir de su expediente personal, al menos. El que saqué y leí después de decirle que podía quedarse con su trabajo.

El apartamento es pequeño, pero está limpio y ordenado. Hay una silla que parece cómoda colocada frente al televisor y, en el sofá de dos plazas que hay junto a él, un hombre está sentado con rigidez.

Con su cabello rubio canoso y sus ojos verde azulados, no es difícil ver de dónde ha sacado Chloe su color. Y a pesar del sudor en su frente y de la tensión alrededor de su boca, que delatan lo mucho que le duele, se las arregla para evaluarme con una larga mirada.

Chloe se apresura a acudir a su lado.

—Papá, este es mi jefe, Roman King. Roman, este es mi padre, Rick Callahan .

Al parecer, tras decidir que le doy la talla, Rick asiente.

—Encantado de conocerte. Te daría la mano y te agradezco que hayas venido, pero…. —Baja la mirada hacia sus propias manos, que descansan sobre sus muslos, con las muñecas y los nudillos visiblemente inflamados—. Es como tener barras de hierro en los extremos de los brazos. —Suelta una risa triste.

—No pasa nada. Me alegro de poder ayudar.

Chloe coge su bolso de la pequeña cocina y se lo cuelga del hombro; luego coge lo que parece una bolsa de hielo y se la coloca con cuidado alrededor de una de las muñecas de su padre.

—¿Estás listo? —le pregunta en voz baja.

Él asiente y levanta lentamente el brazo. Cuando ella se agacha y le rodea la espalda, me doy cuenta de que él necesita ayuda para ponerse de pie, y doy un paso adelante, dispuesto a echar una mano. Pero Chloe niega suavemente con la cabeza.

No me gusta quedarme al margen, sobre todo cuando los dos están haciendo un gran esfuerzo, pero respeto sus deseos de todos modos.

Una vez que ha conseguido levantarlo, ella me dedica una pequeña sonrisa.

—¿Podrías abrir la puerta?

Asiento y me dirijo a la entrada. Abro rápidamente, pero al volverme me doy cuenta de lo innecesaria que es mi prisa. Por lo lentos y torpes que son los movimientos de Rick, y por lo mucho que se apoya en su hija, deduzco que también debe de resultarle doloroso andar.

Cierro la puerta tras ellos y sigo su lento avance por las escaleras.

La voz de Chloe es un murmullo suave y dulce para tranquilizar a su padre.

Pero durante todo el trayecto, la tensión me oprime el cuello y los hombros.

Soy un hombre de acción; quedarme al margen, incapaz de actuar, de hacer algo, de arreglar las cosas, no me resulta fácil.

Para cuando llegamos abajo, Rick tiene la boca tensa por el dolor, y al salir, Phillip se apresura a abrir la puerta del coche. Chloe ayuda a su padre a entrar y luego me mira por encima del hombro, con expresión interrogativa.

—Me sentaré delante —le digo. Frunce el ceño y abre la boca, con una protesta en la punta de la lengua. Antes de que pueda expresarla, señalo la puerta abierta—. Siéntate con tu padre, Chloe. Lo creas o no, no es la primera vez que voy delante en un coche. Y estoy seguro de que no será la última.

Me recompensa con una suave sonrisa que me cala muy hondo.

—Gracias.

Antes de que pueda abrir la puerta del copiloto, Phillip lo hace por mí.

Su sonrisa es un poco demasiado amplia para mi gusto.

—Soy capaz de abrir una puerta yo solo, ¿sabes? —En lugar de disuadirlo, mi tono seco solo hace que su sonrisa se amplíe aún más.

El trayecto hasta la consulta del médico de Rick es corto. Menos mal, porque cada vez que me doy la vuelta para ver cómo están Chloe y su padre en el asiento trasero, Rick tiene la cara pálida y los ojos cerrados. La expresión preocupada de Chloe hace que se me forme un nudo en la garganta.

Y eso es un problema. Mi objetivo al principio de su contratación era mantener una distancia profesional entre nosotros, pero aquí estoy, obligado a ayudarla hoy y muy preocupado por su padre… y por ella. Está claro que ya he metido la pata hasta el fondo.

Me digo a mí mismo que los ayudaré a entrar y luego los dejaré solos. Pero después de llegar, y de haberles acompañado hasta la recepción, después de que Chloe me haya dado las gracias con un gesto y haya desaparecido con su padre por la puerta de la consulta del médico, yo sigo ahí.

Me siento en una de las sillas de plástico de la sala de espera, me echo hacia delante y apoyo los codos en las rodillas.

Mi mente se pone a darle vueltas a cómo Chloe trata a su padre, a la dulzura con la que le habla, a lo cariñosa que es con él. A cómo se las arregla para trabajar para mí y cuidar de él con auténtica calidez y elegancia.

Ese pensamiento me provoca una opresión en el pecho, junto con un inesperado impulso de protección, sobre todo sabiendo que casi la obligué a dejar el puesto de asistente.

La idea de que trabaje para otra persona, alguien como Roger Haverscombe, y las cosas que él podría esperar de ella, hace que la tensión me recorra la espalda.

Veinte minutos más tarde, se abre la puerta y Chloe sale sola. Cuando me ve, la sorpresa se refleja en su rostro.

Se deja caer en la silla a mi lado con un largo suspiro.

—No pensé que seguirías aquí.

Me enderezo.

—Quería asegurarme de que tu padre estaba bien antes de irme.

Su sonrisa es pequeña, pero sincera.

—El doctor Clarke le ha puesto una inyección de esteroides. Está tumbado en una de las salas de consulta hasta que le haga efecto.

—¿Cuánto tiempo suele tardar?

—Una hora más o menos. —Se desploma contra el respaldo de la silla.

Asiento. Tengo que ir a la oficina. He llamado a Tate para que me sustituyera en mis reuniones más importantes de esta mañana, pero Cole sigue de baja por paternidad y no puedo permitirme dejar a Tate solo haciendo malabarismos con todo durante mucho tiempo.

Chloe debe de intuir lo que estoy pensando—.

No pasa nada. Pronto estará mejor y podremos coger un Uber para ir a casa.

Niego con la cabeza.

—Enviaré a Phillip a recogerte.

Cuando me levanto, ella me imita de un salto y da un paso hacia mí.

—No tienes por qué hacerlo. Estaremos bien.

Desde tan cerca, su piel parece aún más suave y luminosa, y hago algo que sé que no debería.

Algo de lo que probablemente me arrepentiré más tarde.

Pero toda lógica se ve ahogada por un impulso al que no puedo resistirme: le tomo la barbilla entre el pulgar y el índice y se la levanto hasta que nuestras miradas se cruzan.

—Ya sé que estaréis bien. Has estado bien todo este tiempo.

Pero enviaré a Phillip de todos modos. —Dicho esto, bajo la mano, pero no sin antes dejar que mis dedos rocen la piel satinada de su mandíbula.

Abre los ojos y la boca de par en par, probablemente para protestar de nuevo, pero antes de que pueda hacerlo, doy un paso hacia ella—. No discuta conmigo, señorita Callahan.

Se hace un largo silencio, roto solo por el sonido nuestras respiraciones. Entonces me dedica una sonrisa torcida.

—Chloe —me recuerda en voz baja—. Y gracias, Roman. Te agradezco mucho tu ayuda.

Siento una punzada detrás de las costillas y meto las manos en los bolsillos del pantalón para evitar volver a tocarla.

—No tienes que darme las gracias. No soy un cabrón tan insensible, ¿verdad?

—No. —Ella me estudia el rostro durante un largo momento— .

No. No lo eres. —Nos quedamos así demasiado tiempo, y es como si el aire a nuestro alrededor fuera demasiado escaso.

Sin mi permiso, mis ojos se desvían hacia su boca, hacia el suave rosa de sus labios, pero rápidamente me obligo a apartar la vista.

Puedo tener este detalle con ella. No tiene por qué ser nada más que un gesto amable.

Puedo traspasar una línea sin tocar el resto. No voy a ir más lejos.