16
R oman
—Pareces agotado. —Las oscuras ojeras cuentan una historia, pero su sonrisa habla de otra muy diferente—. Y la hostia de feliz.
Se echa a reír y se pasa la mano por la cara.
—No te haces una idea.
Tiene razón. No tengo ni la más remota idea de cómo estar toda la noche en vela cambiando pañales puede ponerle esa sonrisa en la cara.
Hace poco más de una semana que nació mi sobrina, y Cole lleva de baja desde entonces.
Delilah y él han decidido no contratar a una niñera, y no puedo culparlos por ello.
A mis hermanos y a mí nos criaron básicamente niñeras, y todos sabemos de primera mano que eso no favorece precisamente el desarrollo de una dinámica familiar sólida.
Aunque, viendo lo agotado que parece ahora mismo, no puedo evitar preguntarme si hay una parte de él que se arrepiente de esa decisión.
—Está despierta. —Delilah aparece en la puerta del salón de su ático. Vestida con una bata verde oscuro, con su largo cabello oscuro recogido en un moño suelto, acuna a la bebé en sus brazos.
—Yo la cojo. —Cole se levanta de un salto de su asiento como si no llevara una semana entera sin dormir.
Con una sonrisa dulce y cansada, Delilah le tiende el diminuto bultito.
Mientras ella se dirige a la cocina, Cole se sienta de nuevo en el sofá, lo bastante cerca como para que yo pueda ver la carita de Lottie Grace.
Incluso yo tengo que admitir que es monísima.
Delilah y su madre se llevan muy bien, así que tiene sentido que le pusieran su segundo nombre, pero aun así me sorprende un poco que le pusieran también el segundo nombre de nuestra madre.
Mis hermanos y yo siempre hemos tenido una relación complicada con nuestros padres, por decirlo suavemente.
Nuestro padre está en la cárcel, donde debe estar, y ninguno de nosotros lo lamenta.
Pero según Cole y Tate, nuestra madre ha estado intentando compensar el haber mantenido las distancias con nosotros durante nuestra juventud.
Aunque no me lo ha comentado, parece que se ha suavizado últimamente; su presencia en el hospital lo demuestra.
Y Cole mencionó que ha estado visitándolos más a menudo que Tate o que yo.
La mueca que intentó ocultar cuando me lo dijo sugiere que preferiría que sus visitas fueran un poco menos frecuentes. Aun así, al menos lo está intentando.
Cuando Delilah regresa de la cocina, lleva una bandeja con tres tazas de café.
Me invade la culpa al fijarme en las ojeras que tiene, iguales a las de Cole.
—Podría haberlo hecho yo.
—No pasa nada. —Con un suspiro de alivio, deja la bandeja sobre la mesa. Luego se acomoda junto a Cole, apoyando el hombro contra el suyo, y me dedica una cálida sonrisa—. Tú solo sabes hacer café de una manera, y ahora mismo prefiero el descafeinado con mucho azúcar.
Correspondo a su sonrisa con naturalidad.
Aunque hace unos años me habría costado creerlo, le he cogido cariño a mi cuñada.
Ahora puedo admitir que me equivoqué con respecto a ella y a Cole, y el arrepentimiento me invade cada vez que pienso en cómo comparé su relación con la de nuestros padres.
O con la mía y la de Katherine. Si Cole me hubiera hecho caso entonces, no sería tan feliz como lo es ahora.
No sería feliz en absoluto y esa certeza es un gran peso sobre mis hombros.
Me llevo la taza a los labios y cierro los ojos para disfrutar del sabor intenso y oscuro del café que mi futura cuñada, Violet, vende en su cafetería. Es uno de los mejores que he probado nunca.
Esa idea hace que mi mente se remonte al momento en que Chloe apareció en el hospital con café y dónuts. A la forma en que esos bonitos ojos del color del mar suyos me encontraron nada más entrar y en cómo se le sonrojaron las mejillas mientras se acercaba a mí.
El comentario de Tate al dejarla entrar aún suena en mi cabeza.
Con su cabello rubio brillando bajo la luz como un halo, sí que parecía un ángel.
Y allí estaba yo, en medio de mi familia, esperando escuchar la buena noticia de la llegada de mi sobrina, y lo único en lo que podía pensar era en cómo me sentiría al pasar mis manos por la curva de sus caderas, agarrarla del trasero y pegarla a mí.
—¿Quieres cogerla en brazos? —pregunta Cole.
—¿Qué? —Parpadeo para volver al momento presente, y me lleva demasiado tiempo darme cuenta de que se refiere a Lottie— .
Claro. —Lo hago, para mi sorpresa. Hay algo extrañamente atractivo en sostener una vida recién llegada en mis brazos.
Una sensación que habla de las infinitas posibilidades que le esperan.
Aunque no pienso compartir esos pensamientos sentimentales con nadie.
Tomo con cuidado el diminuto bulto de manos de Cole, dejándole libre para que se tome un café que sin duda necesita. Luego vuelvo a sentarme con mi sobrina, acunándola contra mí.
La carita de Lottie se arruga y sus ojos de un difuso azul grisáceo me miran fijamente. ¿Seguirá los pasos de Cole y mantendrá ese tono, o se volverán verdes como los de su madre? ¿O predominará el gris, dejando sus iris del mismo tono que los míos?
—Hola, pequeña King —murmuro—. ¿Quién vas a ser?
Me dedica un bostezo con la boca abierta y agita un dedito en el aire.
—¿Cómo van las cosas con Chloe? —Delilah le da un sorbo a su café y luego me dedica una sonrisa demasiado inocente.
Se me revuelve el estómago. ¿Qué demonios le habrá estado contando Cole?
—Las cosas van bien. Es eficiente, profesional. ¿Qué más se puede pedir? —Finjo una naturalidad que no siento en absoluto.
—Tate nos ha dicho que llevó comida y bebida mientras esperabais en el hospital. Fue un detalle por su parte.
Suelto un gruñido, sin levantar la vista de la bebé que tengo en brazos.
—Para eso la pago.
—Sophie no le llevó nada a Tate —dice Cole.
Tenso la mandíbula y le lanzo una mirada molesta.
—Estoy seguro de que lo habría hecho si él se lo hubiera pedido.
—¿Se lo pediste a Chloe?
—No —respondo con tono seco—. Pero habíamos estado trabajando toda la tarde. Sabía que estaría cansado. Eso es lo que hace una buena asistente: anticiparse a las necesidades.
—Entonces, ¿admites que es buena?
—¿Qué sentido tiene esta conversación? —Tengo que terminarla antes de que se note demasiado que me está sacando de quicio, si es que no lo he hecho ya de todo—. Sí, es una buena asistente, ¿vale? ¿Estás satisfecho?
Cole me mira con evidente diversión.
—Lo estoy. No es habitual que admitas que te has equivocado.
—No creo haber admitido tal cosa. —Y no lo haré.
Puede que Chloe sea buena, mejor que buena, en realidad, pero mis preocupaciones no han desaparecido.
De hecho, se han intensificado. Resistir la tentación que ella representa día tras día no es tan fácil como pensaba.
Sobre todo después de la otra noche, cuando trabajamos juntos hasta tarde.
La noche en que se arrodilló delante de mí.
Todavía me cuesta sacarme esa imagen de la cabeza.
Pero es que tampoco es solo eso. Su forma de sonreír, el sonido de su risa, su aroma a miel y vainilla. Todas esas cosas son la hostia de embriagadoras.
Es exasperante que mis hermanos, y al parecer ahora también mi cuñada, no me dejen en paz con respecto a ella.
Por suerte, antes de que puedan continuar con esa conversación tan poco grata, suena el interfono.
—Será Beverly —dice Delilah, levantándose del sofá.
—No me habías dicho que iba a venir mamá. —Miro a Cole y valoro si irme ya sería demasiado obvio.
—¿No? —replica Cole con una sonrisa burlona.
Mi madre luce tan majestuosa como siempre al entrar en el apartamento.
Lleva el pelo recogido en un elegante moño y sus fríos ojos azules recorren la sala.
A su lado, Delilah esboza una leve sonrisa.
Entiendo por qué un segundo después, cuando veo en sus manos el peluche de conejo rosa de aspecto suave, con largas orejas peludas.
—Mira lo que tu madre le ha traído a Lottie —anuncia.
—No hace falta que le traigas un juguete cada vez que vienes —sonríe Cole—. Pronto su habitación estará tan llena que no podrá dormir en ella.
Niego con la cabeza cuando mi madre va directamente hacia su nieta.
Me cuesta conciliar la imagen de esta mujer con la de aquella que se pasó nuestra juventud prácticamente ignorándonos mientras mantenía una serie de aventuras amorosas semidiscretas.
Al menos ella se esforzaba por ser discreta.
Mi padre ni siquiera se molestaba. Niñeras, criadas, asistentes…
Nunca fue exigente. Y yo no fui el único de nosotros con la mala suerte de pillarlo in fraganti.
A pesar de que una parte de mí no puede evitar sentirse resentida con mi madre por su desinterés, otra parte entiende por qué pasaba más tiempo fuera de casa que en ella. El resto de mí se pregunta por qué ni de lejos la odio tanto como a mi padre por no estar ahí para nosotros.
—Aquí está nuestra pequeña. —Mi madre esboza la sonrisa más tierna que le he visto jamás y un dolor sordo se instala en mi pecho al contemplarla. ¿Cómo habría sido si nos hubiera dedicado esa misma sonrisa cuando éramos niños?
¿Habría marcado una diferencia en nuestras vidas? ¿Habría cambiado la clase de hombres en que nos hemos convertido?
¿Debería siquiera molestarme en preguntármelo? Al fin y al cabo, estoy contento con quién y con cómo soy.
—¿Puedo cogerla, Roman? —Me mira a los ojos, con los brazos ya extendidos.
Una vez que le he pasado a Lottie con cuidado, se sienta junto a mí. En cuestión de segundos, Lottie empieza a ponerse un poco inquieta, frunciendo el ceño como si fuera a llorar, y mi madre se pone tensa y busca a Delilah con la mirada.
Percibo la mueca de dolor, que esta vez es más agudo. Nunca la había visto tan insegura. Casi ha hecho de su vida una carrera de actuación, como si cada faceta fuera perfecta. Incluso su familia, que es todo menos eso.
—No pasa nada —la tranquiliza Delilah—. Probablemente esté lista para otra siesta. Levántate y mécela un poco .
Cruzo la mirada con Cole, parpadeando sorprendido, y veo que niega con la cabeza y articula «Más tarde» .
Mi madre se levanta y acuna a Lottie con una sonrisa desconcertada en el rostro, y mi sobrina se calma rápidamente.
¿De dónde demonios ha salido este cambio repentino? Es inquietante. Echo un vistazo a mi reloj y decido que ya he estado aquí bastante tiempo. Todavía me queda mucho trabajo por hacer esta tarde.
Me vuelvo hacia Cole y señalo con la cabeza hacia la puerta principal. Cuando asiente, me levanto, y él también.
—Te acompaño a la puerta —anuncia.
Le doy un beso en la mejilla a Delilah y, cuando me despido de mi madre, su expresión tiene una calidez que supongo que es solo un vestigio de lo que siente al tener a Lottie en brazos. Pero su sonrisa no se desvanece cuando se dirige a mí.
—Me ha alegrado verte, Roman.
Asiento y voy hacia la puerta, con Cole siguiéndome los pasos.
Una vez que estamos fuera del alcance de los oídos de las mujeres, me vuelvo hacia él.
—¿Qué demonios ha sido eso?
Él se ríe entre dientes.
—Ya había notado cambios sutiles después de que arrestaran a papá, pero desde que Delilah se quedó embarazada, se han vuelto más evidentes. Y después de que Tate le hablara de su padre, bueno…. —Niega con la cabeza—. Creo que por fin se ha dado cuenta de todo lo que se ha perdido.
Hubo un tiempo en el que Tate pensó que podría haber perdido a Violet.
Por mucho que quisiera arreglar las cosas con ella, primero tenía que lidiar con su propio pasado.
Como fruto no tan secreto de una de las aventuras de mamá, siempre ha luchado por hacerse un hueco en nuestra familia.
Le llevó algún tiempo, pero lo superó. Sabe que es uno de nosotros y que siempre lo ha sido.
Parece que lo que sea que haya pasado entre él y mi madre les ha servido a los dos para aclararse.
Me despido de Cole, pero en el ascensor de camino a la planta baja esa sensación de inquietud me invade de nuevo. Las vidas de mis hermanos están cambiando, han cambiado ya. Incluso la de mi madre. El único de nosotros cuya vida sigue igual soy yo.
Y me siento en paz con esa idea.
Hace años intenté hacer algo distinto y fracasé estrepitosamente. Así que dejaré el amor y los bebés a Cole y Tate. Yo seré quien se asegure de que nuestra empresa se mantenga fuerte.
Por ellos y por las familias que están formando.