El rey distante (Empty Kingdom 3) 15 #2
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—No te preocupes por mí —dice—. Tengo mucho tiempo libre. —Da media vuelta, aparca de nuevo cerca de la entrada del hospital y sale para abrirme la puerta.

—Gracias. —Le tiendo una bolsa de papel con un dónut dentro—. Este es para ti.

La coge, sonriendo.

—Me vendrá muy bien.

Phillip carraspea mientras saco la caja del coche.

—Es bonito lo que estás haciendo. Es bonito que cuides de él. —Se rasca la nuca—. Quizá no lo parezca, pero a Roman le vendría bien que alguien se preocupara por él.

Parpadeo y ladeo la cabeza.

—Es mi trabajo.

—Solo en parte.

Hay una gravedad en sus palabras que no acabo de entender, y me deja con una extraña sensación de vulnerabilidad, como si él supiera algo que yo desconozco.

Como no sé muy bien qué responder, me limito a sonreírle.

—Enseguida vuelvo. —Una vez dentro del hospital, me detengo en el mostrador de seguridad y le muestro la bolsa—. Solo vengo a dejar unos suministros.

Sin decir nada, la mujer señala con la cabeza hacia la misma puerta por la que he pasado antes.

Me abro paso con cuidado, procurando no derramar los cafés. Llamo a la puerta de cristal de la sala de espera en lugar de irrumpir sin más por segunda vez.

En el umbral aparece Tate, cuyos ojos se iluminan al ver lo que llevo, y abre la puerta de par en par.

—Eres un ángel. Sabía que mi hermano había tomado la decisión correcta al mantenerte en el equipo. Pasa.

Paso junto a él, ojeando la sala hasta que diviso a Roman, recostado en uno de los sofás, con las largas piernas estiradas. Como era de esperar, tiene el móvil en la mano, pero su mirada penetrante se clava en mi rostro, y su intensidad hace que se me acelere el pulso.

Inspiro hondo y me armo de valor. Dios, ojalá no me afectara de una forma tan física. A veces, cuando me mira como lo está haciendo ahora, me siento más como una colegiala nerviosa que como una mujer de veintitantos con un trabajo que hacer y responsabilidades en las que pensar.

Me acerco a la mesa de café que tiene delante y dejo la bolsa y la bandeja sobre ella.

—He pensado que les vendría bien algo de energía para que se mantengan en pie.

No aparta la vista de mí cuando le tiendo el vaso de café, que me quita de las manos.

—Un ángel, sin duda —dice, y su voz grave me hace sentir un cosquilleo de calor en la piel.

Un momento después, su familia se ha agolpado a su alrededor. Incluso la madre de Roman aparece a mi lado.

—Gracias, querida —dice, con una sonrisa un poco fría—. Qué detalle.

—¡Me has salvado la vida! —exclama Violet cuando se agacha para coger un café.

Se me enrojecen las mejillas.

—Seguro que no estará tan bueno como el tuyo.

—No se lo digas a nadie, pero puede que me pase por aquí de vez en cuando —me susurra, con sus ojos azules brillando.

—Tu secreto está a salvo conmigo —río.

Cuando corresponde a mi sonrisa me invade una sensación de camaradería. Como si, de habernos conocido en otras circunstancias, hubiéramos podido ser amigas.

Cuando vuelvo a mirar a Roman, sigue observándome con esa expresión enigmática. Espero no haberme pasado de la raya. Pero, aunque no sonríe, no percibo en su actitud ira ni enfado.

—Recuérdame que busque la forma de darle las gracias a tu magnífica asistente. Porque dudo que tú te acuerdes de hacerlo — le dice Tate a Roman, llevándose el café a la boca.

Roman frunce el ceño y sus cejas oscuras se juntan.

—Soy más que capaz de darle las gracias a Chloe yo mismo.

El sonido de mi nombre me produce una pequeña sacudida. ¿Alguna vez me acostumbraré a oírlo de sus labios? Carraspeo y trato de parecer indiferente.

—Ha sido un placer. El único agradecimiento que necesito es escuchar la buena noticia de que hay una nueva bebé feliz y sana en el mundo.

—Estoy seguro de que hasta Roman puede hacerlo. —Tate le dedica una sonrisa burlona a su hermano, quien lo estudia con expresión ceñuda.

Seré una sentimental, pero disfruto viendo a Roman interactuar con sus hermanos.

Al ser hija única, nunca he experimentado esa clase de relación.

La personalidad irreverente de Tate es el contraste perfecto con el comportamiento serio de su hermano mayor.

Aunque creo que me han empezado a gustar los tipos oscuros y taciturnos.

Una parte de mí se muere por descubrir qué se esconde tras la impenetrable coraza de Roman. Pero ahora no es el momento. No quiero abusar de su hospitalidad. Me despido y me voy. No es hasta que salgo que el largo día me pasa factura y el cansancio me hunde los hombros.

Phillip me abre la puerta del coche una vez más; le doy mi dirección y me acomodo en el asiento mientras me lleva a casa.

Media hora más tarde, tras ver cómo está mi padre, estoy acurrucada en la cama e intento con todas mis fuerzas no pensar en Roman mientras me quedo dormida.

El pitido de mi teléfono me despierta temprano a la mañana siguiente. Aturdida, lo busco a tientas y abro el mensaje de un número desconocido.

Tengo que parpadear varias veces ante la pantalla antes de poder distinguir las palabras.

El texto en sí solo dice «Gracias», seguido de un emoji de guiño, lo que me indica que probablemente sea de Tate.

No puedo evitar sonreír al leerlo. La foto que hay debajo, sin embargo, hace que el corazón me dé un vuelco.

Es una foto de Roman, con la cabeza morena agachada y la mirada fija en el diminuto bulto que acuna en sus brazos.

Un dedo acaricia suavemente la mejilla rosada de la bebé, y una pequeña sonrisa, casi tierna, dibuja una curva en sus labios.

Es un momento de total espontaneidad. Uno del que no puedo apartar la vista.

He tenido demasiadas cosas en mi vida, y muy pocas relaciones, como para haber dedicado tiempo a pensar en bebés. Pero no hay duda de que siento cómo el calor florece en lo más profundo de mi estómago mientras contemplo la foto e irradia por todo mi ser en oleadas.

Me dejo caer sobre el colchón y estrecho el teléfono contra el pecho, donde mi corazón late a toda velocidad. Tampoco es que pueda culparlo: sabe tan bien como yo que estoy metida en un lío.