El rey distante (Empty Kingdom 3) 15
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C hloe

El motor ronronea suavemente mientras Phillip conduce la limusina entre el denso tráfico.

Roman va en silencio a mi lado. Tenso. Es un tipo de tensión diferente al que estoy acostumbrada a percibir en él. No hay ira latente ni una corriente de energía chispeando en el ambiente.

Debe de estar nervioso por el parto, y con razón. Por lo que he podido averiguar, este será el primer hijo para cualquiera de los tres hermanos. La verdad es que es conmovedor que se preocupe. ¿Quién habría pensado que Roman King iba a ser un futuro tío nervioso?

Mi jefe está lleno de sorpresas.

—Gracias por tu esfuerzo esta noche.

La profunda voz de barítono rompe el silencio, y reprimo un escalofrío al sentir cómo las palabras parecen vibrar contra mi piel.

—¿Crees que podrás asistir a la reunión con InnovaCore mañana, o debería cambiarla de fecha?

Se pasa la mano por la cara, con el cuerpo relajado por el cansancio. A él también le queda una larga noche por delante.

—Iré —dice.

No debería sorprenderme. Al fin y al cabo, este hombre es un adicto al trabajo.

Cuando nos detenemos frente al hospital, mira por la ventanilla antes de centrar su atención en mí.

—Phillip te llevará a casa y nos vemos mañana por la mañana a primera hora.

Le sonrío con ternura y, por instinto, le toco el dorso de la mano.

—Espero que todo salga bien.

Baja la vista, pero antes de que pueda arrepentirme de mi impulsiva decisión de tocarlo, le da la vuelta a su mano y envuelve los dedos largos alrededor de los míos.

—Gracias, Chloe.

Su tono es tan grave que es como si un terciopelo oscuro se deslizara sobre mi piel. No puedo evitar el escalofrío de deseo que me recorre el cuerpo.

Me estrecha más los dedos, me suelta y sale del coche.

Cuando la pesada puerta se cierra de golpe tras él, Phillip me mira por el retrovisor.

—¿Adónde vamos?

Me sacudo la reacción que me ha provocado el contacto de Roman y estoy a punto de darle mi dirección a Phillip cuando diviso un objeto negro brillante en el asiento de cuero oscuro.

Lo cojo y lo levanto.

—Roman se ha dejado el móvil. Voy a ver si puedo alcanzarlo.

Sin esperar respuesta, abro el coche y corro hacia las puertas por las que Roman ha entrado hace unos segundos, maldiciendo mis tacones durante todo el trayecto.

Una vez dentro, recorro con la vista el gran espacio abierto y, al no verlo, me dirijo a la cabina de seguridad situada en el centro del atrio.

—¿Puedo ayudarla? —pregunta la mujer que está detrás del mostrador.

—Mi jefe acaba de pasar por aquí. Roman King . —Le enseño el móvil—. Se lo ha dejado en el coche. ¿Puedo llevárselo, por favor?

La mujer arquea una ceja y me mira con recelo.

—¿Tiene alguna identificación? —Me desabrocho el pase de seguridad que aún llevo en la cintura de la falda y se lo muestro.

Tiene mi foto y en él figura mi cargo como asistente de Roman.

Coge el teléfono y, tras pulsar unos botones, habla por él.

Una vez que cuelga, señala con la cabeza en dirección a una puerta en la pared del fondo.

—Hay una sala de espera privada para familiares por ahí.

—Gracias. —Con una sonrisa de agradecimiento, me doy media vuelta y me dirijo hacia la entrada que me ha señalado. Al otro lado hay un pasillo corto y, al fondo, unas puertas dobles de cristal con un letrero encima que indica que es la sala de espera.

Por primera vez desde que he salido del coche, siento un nudo de nervios en el estómago.

Roman está esperando al otro lado, pero también el resto de su familia.

De repente, empiezo a dudar de mi idea de interrumpir en un momento como este.

Sin embargo, mi vacilación se desvanece rápidamente al saber que Roman querrá su teléfono.

Se volverá loco si tiene que estar sentado sin hacer nada durante horas, sin poder trabajar.

Empujo las puertas y entro en una gran sala.

El suelo está cubierto de una lujosa moqueta, y los sofás y las sillas son mullidos y acogedores.

Hermosos cuadros en relajantes tonos azules y verdes adornan las paredes, y en un extremo hay una cafetera y una mininevera.

Esto no se parece a ninguna sala de espera de hospital en la que haya estado antes. Pero, claro, yo no soy multimillonaria.

—Chloe. —La voz grave de Roman llega desde un rincón de la sala.

Me doy la vuelta y lo veo junto a Tate y una mujer guapa de cabello castaño claro. En uno de los sofás cercanos está sentada una mujer rubia, mayor y elegante, con una expresión imposible de descifrar.

Como los nervios están trepándome por la garganta, inspiro hondo y me obligo a tranquilizarme. Luego, me acerco a ellos, esbozando la sonrisa más profesional que puedo.

La expresión de Roman es enigmática. ¿Le molesta que me entrometa en su vida y en la de su familia, o solo le sorprende verme?

—Se le ha olvidado el teléfono, señor King. —Le tiendo el dispositivo. Esta noche me ha dicho más de una vez que le llame por su nombre de pila, pero me parece inapropiado en este contexto. Como si estuviera reclamando una intimidad a la que no tengo derecho.

Me lo quita de las manos y sus dedos rozan los míos.

—Gracias, señorita Callahan. —Parece que piensa lo mismo que yo.

—Chloe, ¿verdad?

La mujer que está junto a Tate me dedica una cálida sonrisa. Debe de ser su prometida, Violet. Es preciosa, con su larga melena castaña sobre los hombros y esos brillantes ojos azules.

—Así es. —Correspondo a su sonrisa y doy un paso atrás—. Siento la intromisión, me voy ya. Espero que todo salga bien y que no tengáis que esperar mucho.

La madre de Roman resopla, llamando mi atención. Sigue sentada en el sofá, con la vista clavada en una taza de café medio llena.

—Yo también lo espero. No sé cuánto más podré aguantar este horrible café. —Mira a Violet y arquea una ceja—. Deberías empezar a suministrar el tuyo a los hospitales. Un buen café haría que estas esperas tan largas fueran mucho más agradables.

Sophie me ha dicho que Violet es la dueña de True Brew, una cafetería artesanal y sostenible que últimamente se ha ganado un gran número de seguidores.

—Un par de esos deliciosos pasteles tuyos tampoco nos vendrían mal. —Tate rodea con el brazo la cintura de su prometida y la pega a él para darle un beso en la frente.

Juraría que se le ven los corazones en los ojos cuando le sonríe, y me invade una sensación de nostalgia.

Es difícil no preguntarse cómo sería tener una pareja así. Una pareja que me apoyara, con la que pudiera compartir mis altibajos. Un hombre al que supiera que podía acudir cuando las cosas se pusieran difíciles.

Quizá mi padre tenga razón. Quizá sea hora de que salga y empiece a tener citas. Vuelvo a echarle un vistazo a Roman. Quizá eso también me ayudara a deshacerme de mi molesta atracción por mi jefe.

Sacudiéndome el anhelo que amenaza con apoderarse de mí, controlo mi expresión.

—Nos vemos mañana por la mañana, señor King.

Se le levanta una comisura de los labios.

—Duerma un poco. Estaría bien que al menos uno de los dos estuviera despierto durante la reunión.

Hago todo lo posible por reprimir mi sonrisa. Los dos sabemos que, con falta de sueño o sin ella, él estará completamente despierto y muy atento a todo en la reunión.

Le hago un pequeño y tímido gesto de despedida a su familia, me doy media vuelta y voy a paso ligero hacia la salida y el coche que me espera.

Al subir al coche, Phillip se vuelve en su asiento.

—¿Todo arreglado?

—Sí. —Me paso la mano por los ojos; de pronto me he quedado sin fuerzas, pero al menos tengo una cama cómoda a la que volver, a diferencia de Roman y su familia.

El coche se aparta de la acera y, justo cuando me dispongo a darle mi dirección a Phillip, diviso una tienda de dónuts abierta las veinticuatro horas, iluminada y llamándome a gritos—.

Lo siento, Phillip, ¿podrías parar aquí? — Señalo la tienda.

Me mira por el retrovisor, con los ojos brillantes.

—¿Necesitas un subidón de azúcar?

—Yo no —digo—. Pero conozco a unas cuantas personas a las que probablemente les espera una larga noche.

Arquea las cejas, pero aparca delante de la tienda sin pronunciar palabra.

Dentro hay varias personas haciendo cola, pero los dependientes que trabajan detrás del mostrador se mueven rápido y, en cuestión de minutos, estoy haciendo el pedido.

Sé cómo le gusta el café a Roman. Pero no tengo ni idea de cómo lo toman los demás.

Junto con el suyo, compro tres cafés largos más y pido un bote de nata para acompañarlos, además de varios edulcorantes.

Pido una caja de dónuts y también unos cuantos pasteles.

No estoy segura de que la madre de Roman sea de las que se lanzan a por un dónut, pero espero que encuentre algo que le guste.

No es una comida gourmet, pero el café está recién hecho.

Eso tiene que sumar puntos. Con un poco de suerte, la cafeína y el azúcar mantendrán a Roman y a su familia en pie hasta que nazca la bebé.

Al salir de la tienda con la bolsa y la bandeja de cafés, Phillip salta del coche y viene en mi ayuda.

—Primero pizza, luego dónuts —dice, riéndose—. No es lo que suele comer el jefe.

—Supongo que entonces no debería haberme dicho que le gustan las sorpresas. —Le dedico una sonrisa.

—¿Sabes?, creo que eso es nuevo.

—¿A qué te refieres? —pregunto mientras me abre la puerta.

Hace una mueca.

—Roman no suele hacer hueco en su agenda para las sorpresas.

Entro en el coche frunciendo el ceño.

—Eso iría en contra del propósito de una sorpresa, ¿no crees?

—Lo creería si él no pensara que el propósito es una pérdida de tiempo.

Bajo la mirada hacia lo que tengo en las manos.

—Por alguna razón, creo que tendrá tiempo más que de sobra para esta.

Dejo de ver su sonrisa cuando se cierra la puerta entre nosotros. Un momento después, se acomoda en el asiento del conductor.

—¿Vamos al hospital?

—Sí, por favor. Y después te prometo que dejaré que me lleves a casa para que puedas descansar.