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R oman
Joder, esa sonrisa. Me está haciendo cosas que no debería. Dudo, no porque me ponga nervioso comer esa pizza de aspecto grasiento que ella ha pedido, sino porque me gusta demasiado la forma en que me mira.
Hay un brillo en sus ojos que solo le he visto un par de veces desde que entró a trabajar para mí, y siempre ha sido cuando se le ha resbalado la máscara profesional.
Este es un atisbo de la verdadera Chloe.
La mujer cuya mirada chispea cuando está irritada, cuya barbilla se levanta cuando se la desafía, que sonríe sin reservas y me habla con tono burlón.
Siempre es hermosa, pero cuando está relajada y feliz, como ahora, es absolutamente impresionante.
Ojalá pudiera dejar de fijarme en ello.
Me obligo a concentrarme en otra cosa que no sea su bonito rostro y hago todo lo posible por ignorar el gemido que acaba de soltar y el modo en que se ha lamido los labios, y le doy un mordisco a la pizza. Es mucho más grasienta de lo que estoy acostumbrado, pero sin duda está deliciosa.
Chloe me mira fijamente, esperando mi respuesta.
Una vez que me trago el primer bocado, me limpio la boca con una servilleta.
—Muy buena. —Su expresión se ensombrece un poco y, como no me gusta haberla decepcionado, le doy lo que busca—. De hecho, está deliciosa.
Esa sonrisa radiante vuelve a aparecer. ¿Se da cuenta de lo libremente que las comparte conmigo? Supongo que no. De lo contrario, serían mucho más comedidas.
—Ya te lo he dicho. —Se ríe. Hay un marcado contraste entre esta versión alegre y despreocupada de Chloe y la mujer reservada que se presenta aquí día tras día. Ahora que sé lo de su padre, tiene sentido. También explica por qué estaba tan agradecida de que la mantuviera en el puesto.
Cuando ha hablado de su padre, de por qué se mudó con él y de por qué han tenido que reducir el tamaño de la casa, se me ha hecho un nudo en la garganta de una forma que no creo haber sentido antes.
Quizá porque una mujer tan joven como ella no debería tener esa responsabilidad sobre sus hombros.
O quizá porque pone de relieve la enorme diferencia entre nuestras situaciones económicas.
Sea cual sea la razón, esa certeza se me ha clavado en lo más hondo.
Le doy otro mordisco a la pizza y un trozo de queso cubierto de salsa se desliza y cae sobre mi camisa. Maldigo entre dientes.
—Ay, no. Déjame ayudarte. —Chloe se levanta de un salto y agarra la pila de servilletas de la mesa, y luego corre a mi lado, se arrodilla y me limpia el desastre.
Tiene los labios entreabiertos y sus bonitos ojos clavados en mi pecho mientras limpia la salsa, lo que solo hace que se extienda más.
—Chloe. —No se detiene—. Chloe. —La agarro de la mano para detener sus movimientos frenéticos.
Por fin, me mira y, joder, verla de rodillas con sus grandes y hermosos ojos alzados hacia los míos hace que cada músculo de mi cuerpo se tense.
Sería demasiado fácil deslizar mis dedos entre su cabello, enredar los mechones alrededor de mi puño y echarle la cabeza hacia atrás para ver la sensualidad en esos ojos mientras me desabrocho la cremallera y…
Joder, no. No soy esa clase de hombre. La suelto y me levanto, y eso resulta peor, porque ahora ha quedado arrodillada justo delante de mí.
Le doy la espalda y empiezo a desabrocharme—.
¿Me puedes traer otra camisa del armario?
Se pone en pie a toda prisa; sus movimientos apresurados son el único sonido en el despacho. Luego, un poco más lejos, la puerta del armario junto a mi baño se abre y se cierra.
Durante las últimas semanas, me he esforzado muchísimo por resistir el impulso de fantasear con ella cuando me masturbo.
Cada vez que envuelvo mi pene con la mano y cierro los ojos, hago todo lo posible por imaginar a una mujer sin rostro desnuda delante de mí.
Pero muy pronto, su pelo se vuelve rubio pálido, y los ojos que me miran con un anhelo desesperado se tiñen de azul y verde.
Y cuando me suplica que follemos, es la voz de Chloe la que brota de entre sus labios.
Hasta este momento, había conseguido expulsar esa imagen de mi mente.
Ahora, después de que la imagen de ella de rodillas se haya grabado a fuego en mi cerebro, sé sin lugar a dudas que, si se marchara en este mismo instante, no habría forma de detener la compulsión de desabrocharme el cinturón y masturbarme mientras me imagino lo bien que se veía con la cara levantada y los labios entreabiertos…
Mi erección da una sacudida casi violenta.
Con un gruñido de frustración, me arranco la corbata.
Luego me quito la camisa y me doy la vuelta para coger la limpia que ella sostiene.
Es otro error. Al mirarla de frente, capto el momento en que sus ojos se posan en mi pecho desnudo y lo recorren con una concentración tan deliberada que es casi tangible, como si fueran sus dedos los que se deslizaran sobre mi piel en lugar de su vista.
Cierro los ojos e inspiro con fuerza; mis pulmones se expanden y lucho contra el deseo de sentir su tacto. Cuando vuelvo a fijarme en ella, tiene las mejillas sonrosadas y tiene la vista clavada en el suelo con obstinación. Rápidamente, le arranco la camisa de la mano y me la pongo.
—Lo siento, señor King.
—Roman —gruño mientras me abrocho los botones. La frustración que me invade va dirigida a mí mismo, pero se refleja en mi tono.
—Roman —se corrige en voz baja—. Llevaré tu camisa a la tintorería a primera hora de mañana.
—No, de eso nada. Mañana a primera hora estarás aquí ayudándome con estas negociaciones en lugar de perdiendo el tiempo en la tintorería.
Tengo a otra persona que puede encargarse de eso.
—Se muerde el labio inferior y se niega a mirarme directamente.
Maldita sea. Odio que se haya acabado ese momento de desenfado entre nosotros.
Es culpa mía, por reaccionar como lo he hecho ante su proximidad.
Podría haberlo pasado por alto, haberme reído y haberle dicho que no se preocupara.
Ojalá fuera la clase de hombre que bromea y se ríe de cosas así.
En cambio, al parecer soy la clase de hombre que ve a su asistente de rodillas y se imagina follándole la boca.
Inspiro profundamente, luego espiro, y obligo a mi mandíbula a relajarse.
Nada de esto es culpa suya, y ella tiene que saberlo—.
No pasa nada, señorita Callahan. Terminemos de comer y volvamos al trabajo. Ya casi hemos acabado.
Por fin se vuelve hacia mí de nuevo y levanta la barbilla.
—Chloe.
Joder, la forma en que me corrige, devolviéndome la moneda, hace que la tensión de mis hombros se alivie y una sonrisa se dibuje en mis labios.
Agacho la cabeza.
—Terminemos, ¿te parece, Chloe? —Reúno el poco autocontrol que me queda, vuelvo a centrarme en el trabajo e incluso consigo comerme un par de trozos más de pizza sin que se repita la escena.
Y una hora más tarde, estamos a punto de terminar—.
Asegúrate de que la propuesta deje claros los beneficios de relaciones públicas.
Si vamos a ampliar nuestro presupuesto, quiero que hasta el último comunicado de prensa destaque cómo este proyecto transformará la vida urbana.
—Ajá. —Toma nota—. Me pondré en contacto con el equipo de Relaciones Públicas y les pediré que empiecen a redactar planes de cobertura mediática.
—Bien. Quiero convertir las exigencias de InnovaCore en nuestra noticia principal. Si vamos a satisfacer sus exigencias, entonces vamos a aprovecharnos todo lo que podamos.
—¿Quieres…?
Suena mi móvil y aparece el nombre de Cole en la pantalla. Le echo un vistazo a Chloe y deslizo con rapidez el dedo sobre la pantalla para contestar.
—¿Qué pasa? Estoy en medio de…
—Estamos en el hospital.
Se me revuelve el estómago mientras imágenes de accidentes y agresiones se agolpan en mi mente.
—¿Quién está herido?
Suelta una risa ahogada.
—Nadie. La bebé está a punto de nacer. Voy a ser padre.
Mi corazón se detiene y luego vuelve a latir.
—Joder, me has dado un susto de muerte. ¿Cómo puedo ayudar? ¿Qué necesitáis Delilah y tú?
—Ven al hospital. Por favor. Quiero tener a mi familia aquí. — Nunca había oído la voz de Cole tan quebrada.
El corazón me late de una forma que nunca había experimentado. La familia.
Durante años intenté convencerme de que mi familia no era más que un activo, otro legado más de las enseñanzas de mi padre.
Fingir que la única razón por la que necesitaba a mis hermanos era para utilizarlos como herramientas para beneficiar a la empresa me facilitaba separar mis emociones de mis actos.
Todo eso se ha esfumado en los últimos años, y no lo lamento ni un poquito.
Aunque la extraña oleada de preocupación que me invade ahora puede que me obligue a replantearme esa postura. Esto es aterrador de cojones. Y el miedo no es solo por mi hermano, sino por Delilah y mi sobrina que está a punto de nacer.
—Voy enseguida. ¿Cómo está?
—Aún es pronto, pero me estoy volviendo loco aquí. Ella tiene dolores y la cosa solo va a ir a peor.
—¿Están allí Tate y Violet?
—Están de camino. Mamá también.
Me trago un grito ahogado.
—¿Mamá? —Me cuesta imaginarme a nuestra madre, tan fría y distante, pasando el rato en la sala de espera de un hospital, pero supongo que cosas más raras se han visto.
—Sí. Me he sorprendido tanto como tú cuando me ha dicho que iba a venir.
—Vale. —Con los labios apretados, examino la mesa cubierta de papeles que tengo delante—. Mantén la calma por el bien de Delilah y nos vemos pronto.
Murmura un «Gracias» y cuelga.
Chloe me está mirando, con las manos entrelazadas sobre el regazo y los ojos brillantes.
—¿Vas a ser tío?
Me paso la mano por la cabeza.
—Eso parece. —Les echo otro vistazo a los expedientes que hay sobre la mesa de centro y enderezo los hombros.
—Tendremos que apañarnos con lo que hemos hecho hasta ahora. Debería ser suficiente. Envía todo al departamento Jurídico y luego nos pondremos en marcha. —Miro el reloj—. ¿Cómo sueles volver a casa?
—Cojo el autobús. Debería pasar uno pronto.
Niego con la cabeza antes incluso de que haya terminado.
—Te llevaré yo. Phillip puede dejarme primero en el hospital y luego llevarte a casa.
—Ella abre la boca, probablemente dispuesta a protestar, pero levanto una mano para frenarla—.
No hay nada que discutir, Chloe. —Su nombre se desliza por mi lengua con demasiada facilidad, y me gusta cómo pestañea y entreabre los labios a modo de respuesta.
Pero ahora no es momento de distraerme con mi asistente, que es demasiado guapa. Tengo cosas que hacer.