El rey distante (Empty Kingdom 3) 13 #2
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Su expresión se vuelve intensa, lo que hace que mi corazón se acelere. Es como si los dos estuviéramos participando en algún reto tácito. Y supongo que así es. El único momento en que rompemos el contacto visual es cuando tengo que bajar la vista para leer el número de su tarjeta para el pago.

Después de colgar, doy un paso adelante y le tiendo la American Express . Sus dedos rozan los míos al cogerla y una chispa me recorre el brazo.

De repente, se queda paralizado, como si él también hubiera sentido esa descarga eléctrica.

Aclarando la garganta, deja la tarjeta sobre su escritorio.

—Deme la dirección y le diré a Phillip que la recoja.

—¿Seguimos trabajando mientras esperamos? —le pregunto una vez que envía el mensaje y se guarda el teléfono en el bolsillo.

Cuando asiente, vuelvo a deslizarme hacia mi silla, pero antes de que pueda sentarme, me agarra de la muñeca para detenerme. Se me acelera el pulso mientras contemplo sus largos dedos bronceados en mi piel. Me humedezco los labios.

—Ese no. —Una pequeña sonrisa juega en la comisura de su boca—. He oído que es incómodo. —Señala con la barbilla hacia los sofás al otro lado de su oficina—. Allí estará mejor.

Trago saliva.

—Vale. —Mi voz suena un poco más temblorosa de lo que pretendo.

Roman me estrecha la muñeca con más fuerza por un instante antes de aflojarla lo suficiente para que mi mano se deslice de la suya.

Intentando que mi pulso se calme, cojo mi tableta y me dirijo hacia los sofás. Roman me sigue, se sienta frente a mí y deja su tableta sobre la mesilla de café de madera y cristal.

Tras inspirar hondo, me obligo a volver al trabajo y toco la pantalla de mi tableta.

—¿Cuánto tiempo hace que no prueba la mejor pizza de Nueva York?

Sorprendida por la pregunta, levanto la vista.

—¿Perdón?

—Ha dicho que ese sitio está cerca de donde vivía. ¿Cuánto tiempo hace que no la prueba?

—Unos dos años.

Se recuesta, apoyando el brazo en el respaldo del sofá.

—¿Por qué se mudó?

Aprieto los labios y dudo, pensando en cuál es la mejor manera de responder.

—Teníamos que reducir el tamaño de la casa.

—¿Su padre y usted?

Suspiro y relajo los hombros. Me niego a avergonzarme de mi situación.

—Sí. Ya no podíamos pagar el alquiler. —Asiente lentamente, completamente concentrado en mí.

Irracionalmente nerviosa bajo su mirada escrutadora y sin saber qué está pasando por su cabeza, me paso el pelo por detrás de las orejas.

—Entonces, ¿es usted quien lo mantiene? —pregunta.

Sorprendida de que haya sacado esa conclusión tan rápido, enderezo los hombros.

—Solo hasta que se recupere y pueda volver a pintar.

Arquea las cejas.

—¿Es artista? —Asiento.

—¿Pero ahora mismo no está pintando?

Suelto un suspiro. ¿Por qué de repente se interesa tanto por mi vida fuera del trabajo?

—Tiene artritis reumatoide. —Intento que mi explicación sea lo más objetiva posible—. Es una enfermedad autoinmune que le dificulta pintar. Volví a vivir con él después de que sufriera una mala caída.

Su mirada se aguza.

—Debe de ser difícil.

—N-Nos va bien —tartamudeo, nerviosa—. ¿No deberíamos volver a…?

—¿Así que tiene a alguien que lo cuida mientras está en el trabajo?

Suelto un «¡Uf!», levanto las manos al aire y lo fulmino con la mirada.

—¿A qué viene ese interés repentino? Llevo más de tres semanas trabajando para usted y apenas me ha sonreído, por no hablar de mostrar interés alguno por mi vida personal.

Se echa hacia delante y apoya los codos en las rodillas, aparentemente imperturbable ante mi arrebato.

—Tiene razón, y lo siento. Ha hecho un buen trabajo estos días. Debería habérselo dejado más claro.

Decir que me ha dejado desconcertada su confesión es quedarse corta.

—Yo… eh, gracias, señor King.

Enarca una ceja y una sonrisa se dibuja en las comisuras de sus labios.

—Puedes dejar de llamarme señor King. Si vamos a comer pizza juntos, más vale que me llames Roman.

Siento un nudo en el estómago ante el tono juguetón de su voz.

—Vale, eh, Roman. —Me resulta extrañamente íntimo llamarle así a la cara. ¿Significa eso que él usará mi nombre de pila? Si es así, ¿cómo sonará cuando lo diga con esa voz grave y sexy que tiene? No. No puedo estar pensando en lo sexy que es mi jefe—. ¿Quieres seguir hasta que llegue la comida?

Asiente, coge el expediente que tiene delante y volvemos al trabajo.

Media hora más tarde, llaman a la puerta abierta y Phillip entra con aire despreocupado con una caja de pizza y una sonrisa.

—Esto es una novedad. —Mientras coloca la caja y una pila de servilletas sobre la mesa, me llega el delicioso aroma de la comida; se me hace la boca agua y mi estómago suelta un gruñido. Phillip se ríe—. Parece que he llegado justo a tiempo.

—¿Has traído algo para ti? —le pregunta Roman.

—Sí, señor. Y tengo que decir que la señorita tiene buen gusto. —Me sonríe y yo correspondo al gesto.

Roman nos mira a los dos, frunciendo el ceño.

—Supongo que ya lo veremos.

Después de que Phillip se marche, abro la caja para revelar una obra maestra llena de queso y salsa, cubierta con abundante pepperoni y trocitos de chile rojo. Perfecto.

Frente a mí, Roman está estudiando la pizza como si fuera un espécimen desconocido. A pesar de todo lo que ha dicho, tengo la sensación de que nunca ha comido pizza de una caja.

Me da pena.

—¿Tienes platos?

—No tengo ninguno en la oficina, no.

Una risa brota de mi pecho. Bueno, al menos lo he intentado. Demasiado hambrienta y tras haber pasado demasiado tiempo privada del sabor de mi pizza favorita como para esperar más, cojo un trozo y le doy un mordisco.

Cierro los ojos y me relamo, saboreando el gusto.

—Mmm, qué buena. —Es verdad, pero mis palabras también son una tentación.

Quiero ver la reacción de Roman. Pero cuando vuelvo a mirarlo, él me está mirando a mí, no a la pizza.

Más concretamente, se fija en mis labios.

Sin pensarlo, me los vuelvo a lamer, y la forma en que tensa la mandíbula y se le dilatan las pupilas me envía una descarga directamente al corazón—.

¿No vas a probarla? —pregunto, con la esperanza de distraerme de la tensión que espesa el aire entre nosotros.

Por desgracia, mi voz vuelve a salir entrecortada.

Durante un largo rato, se limita a mirarme. Luego, por fin, vuelve la vista hacia la pizza y coge un trozo. Lo mira, luego me mira a mí, y yo arqueo las cejas, dedicándole una sonrisa radiante, un poco demasiado inocente, y espero a ver qué hace.