13
C hloe
De nuevo en mi escritorio, cojo el teléfono y llamo a Susan.
—Déjame adivinar —dice al saludarme—. ¿Necesitas que me quede con tu padre?
Hago una mueca y apoyo el codo en el escritorio.
—Tengo que quedarme en el trabajo hasta tarde. Si pudieras ayudarlo con la cena y prepararlo para pasar la noche, te lo agradecería mucho. Por supuesto, te pagaré por tu tiempo.
Ella resopla.
—Por supuesto.
Suelto un suspiro silencioso. No es culpa de Susan. Al fin y al cabo, me estoy imponiendo, aunque le pague. Aun así, estaría bien que al menos se mostrara un poco más amable al respecto, ya que está encantada de quedarse con el dinero.
Después de colgar, llamo a mi padre y le explico la situación.
—No te preocupes por mí —dice—. Me las arreglaré perfectamente con la deslumbrante compañía de Susan.
Frunzo los labios y reprimo una risa.
—Probablemente ya estarás dormido cuando llegue a casa, pero te veré mañana por la mañana.
—Vale, cariño. Te quiero.
El hecho de que utilice el término cariñoso que usaba cuando era pequeña me derrite el corazón.
—Yo también te quiero. Adiós.
Al colgar, el sonido de alguien carraspeando me sobresalta. Cuando me doy la vuelta, Roman está en la puerta de su oficina, con la vista clavada en mí.
—¿Estaba avisando a su novio de que va a llegar tarde a casa? —Su pregunta tiene un tono extraño que no entiendo.
—A mi padre, en realidad.
Frunce sus cejas oscuras.
—¿Todavía vive con su padre?
Estoy a punto de decirle que mi padre está enfermo, pero el ligero fruncimiento de sus labios me detiene. En su lugar, levanto la barbilla y lo miro a los ojos.
—Sí. —Al fin y al cabo, mi vida privada no es asunto suyo. Si quiere juzgarme, es su problema.
Se queda ahí plantado, como si esperara que le diera más detalles. Si es así, va a tener que esperar mucho tiempo. Al final, niega con la cabeza.
—Antes de esta noche, por favor, elabore una lista de posibles desgravaciones fiscales que podrían compensar nuestros gastos iniciales en el proyecto InnovaCore si seguimos adelante con las actualizaciones.
—No hay problema, señor King. Ya que está aquí, ¿tiene alguna idea de lo que le apetece para cenar? Haré el pedido ahora para que nos lo traigan más tarde.
Se encoge de hombros.
—Pida lo que quiera. No soy exigente.
—Me cuesta creerlo. —Esas palabras se me escapan antes de que pueda detenerlas. Mierda. Hago todo lo posible por no encogerme. Y eso que me estaba yendo genial con lo de mantener la profesionalidad con él.
Con los ojos entrecerrados, Roman se cruza de brazos y apoya un hombro contra el marco de la puerta.
—¿Y por qué exactamente es difícil de creer? —pregunta arrastrando las palabras.
Lo más inteligente sería disculparme y cambiar de tema, pero el desafío en su tono y su postura hace que se me ponga la carne de gallina y se me acelere el pulso. No puedo resistirme a aceptar ese desafío.
Ladeo la cabeza y sonrío.
—Porque es un multimillonario que viste trajes de mil dólares, va en un coche con chófer, solo sale con mujeres que parecen supermodelos y probablemente tiene un chef a domicilio que le prepara comida digna de un restaurante con estrella Michelin.
Levanta una de sus enormes manos y se rasca la barbilla, con una comisura de los labios un poco más alta que la otra.
—No me parecía usted alguien que lea revistas del corazón, pero debe de hacerlo, si cree saber cómo son las mujeres con las que salgo.
Me invade una oleada de calor. Muy bien, Chloe.
Mi necesidad de provocar a este hombre me vuelve irracional, y ahora acabo de decirle que últimamente he estado acechándolo un poco por Internet.
No le han fotografiado a menudo del brazo de una mujer, pero cuando lo han hecho, todas ellas eran preciosas.
Tragándome la vergüenza que me sube por la garganta, levanto la barbilla, rezando para que no pueda ver mi rubor desde donde está.
—Es solo una suposición.
—Lo crea o no, señorita Callahan, a veces me gusta que me sorprendan.
Con comida y… —su mirada se posa en mi boca de una forma que me deja sin aliento— con otras cosas.
—Por un breve instante, juraría que su mirada fría se vuelve ardiente.
La tensión crepita en el espacio que nos separa, pero desaparece un segundo después, cuando se endereza bruscamente para apartarse del marco de la puerta—.
¿Qué tal si primero nos ponemos a trabajar y luego vemos qué nos apetece?
—De acuerdo. —El tono entrecortado de mi voz no suena nada profesional.
Me mira un momento más, con el rostro impasible. Luego se da la vuelta.
—No se olvide de las desgravaciones fiscales. —Dicho esto, se retira a su despacho y cierra la puerta tras de sí.
Suelto un suspiro. Está claro que me equivocaba al pensar que había algo de pasión en su mirada.
Por muy absurdo que sea, la decepción cae como una piedra en mi estómago.
Después de lo de Geoff, debería alegrarme de tener un jefe que no está en absoluto interesado en que tengamos una relación más allá de lo profesional.
Debería estar agradecida de que no se acerque demasiado ni me roce accidentalmente, incluso cuando hay sitio de sobra para pasar.
La triste verdad es que una parte de mí desearía que hiciera esas cosas. Roman King es guapísimo, inteligente, exitoso, maduro y, al parecer, no es la clases de hombre que utiliza esas cualidades para aprovecharse de las mujeres.
Por desgracia, mi atracción por él crece cada día. Ha llegado a tal punto que puede que me haya permitido una o dos fantasías sobre él en las últimas semanas en las que me he preguntado qué es exactamente lo que esconde bajo esos trajes caros.
Fantasías o no, la realidad es que no solo es poco probable que se interese por alguien como yo, cuando las mujeres guapas seguramente se pelean por aparecer a su lado, sino también que cualquier cosa más allá de una relación laboral entre nosotros sería inapropiada y pondría en peligro este trabajo que tanto necesito.
Así que se acabaron las fantasías. Se acabó buscar significados donde no los hay.
Tras una profunda inspiración, me siento frente al ordenador y abro el navegador.
Vamos con las desgravaciones fiscales.
—Anote que estamos dispuestos a compartir los costes de las instalaciones solares —dice Roman—. Pero no estamos dispuestos a adelantar toda la inversión para el centro. Sugeriremos una implementación por fases en ese caso.
Anoto esa idea y luego me muevo en la silla. Otra vez.
Fuera ha caído la noche y la ciudad ha cobrado vida; cientos de luces parpadean intensamente a nuestro alrededor en lugar de las estrellas apagadas.
Cuando levanto la vista de mi tableta, Roman me está mirando con una ceja enarcada.
—¿La estoy aburriendo?
Contengo un suspiro. Llevamos aquí sentados casi dos horas, ¿y él cuestiona mi ética de trabajo?
—Por supuesto que no, señor King —digo, con un poco más de dulzura empalagosa de la necesaria—. Aunque quizá debería invertir en unas sillas más cómodas.
Deja caer el bolígrafo sobre el escritorio y se recuesta en el asiento. Sigue llevando corbata, pero se la ha aflojado y se ha desabrochado el primer botón de la camisa, dejando al descubierto un tentador triángulo de piel bronceada en el cuello.
—¿Mis sillas de cuero de mil dólares no son lo bastante cómodas para usted? —Niega con la cabeza—. Y me acusa a mí de ser quisquilloso.
Enderezo la espalda y parpadeo.
—¿Quisquillosa? Llevamos tanto tiempo aquí sentados que se me está entumeciendo el trasero.
En cuanto esas palabras salen de mis labios, reprimo una mueca. ¿De verdad tenía que decírselo?
Se pasa la mano por la boca y juraría que está ocultando una sonrisa, una de verdad.
—Eso no puede ser. ¿Por qué no nos tomamos un descanso?
Gracias a Dios. Contengo un gemido, me levanto y dejo la tableta sobre la silla, luego pongo las manos en las caderas y arqueo la espalda, tratando de soltar las tensiones.
Un ruido sordo que hace Roman me llama la atención. Está concentrado en mí, con la mandíbula tensa. La expresión de su rostro hace que un escalofrío de excitación me recorra la piel.
—¿Tiene hambre? —Su voz suena grave y ronca, y demasiado sugerente.
Inspiro hondo e intento mantener la voz firme al responder.
—Sí, ¿qué le apetece pedir?
Esos ojos volubles recorren mi rostro.
—¿Qué pediría si pudiera tener todo lo que quisiera?
—¿Cualquier cosa? —Una chispa de picardía cobra vida dentro de mí.
Echo la cabeza hacia atrás y miro al techo por un momento, fingiendo pensar intensamente—.
Hay una pizzería increíble, un local diminuto, cerca de donde vivíamos mi padre y yo.
En mi opinión, hacen la mejor pizza de Nueva York.
Eso es lo que querría si pudiera pedir lo que quisiera.
Si pensaba que lo estaba provocando, que alguien de la talla de Roman no se dignaría a comer pizza de una pizzería de barrio, me equivocaba. Por primera vez desde que lo conozco, un humor genuino ilumina su rostro y arruga las comisuras de sus ojos, y maldita sea si mi corazón no da un vuelco.
—Suena delicioso. —Su voz es grave y suave—. ¿Por qué no la pide y yo mando a Phillip a recogerla?
Parpadeo.
—Eh, ¿está seguro?
—Siempre estoy seguro de todo. A estas alturas ya debería saberlo. —Mete la mano en un cajón de su escritorio, saca una cartera y deja caer una tarjeta negra sobre la mesa que nos separa.
—¿Alguna preferencia? —le pregunto mientras cojo la American Express negra.
—La dama elige.
—¿Puedo? —señalo su teléfono de la oficina.
—Por supuesto.
Levanto el auricular y marco el número que aún me sé de memoria, y cuando la persona al otro lado descuelga, mis ojos se encuentran con los de Roman y se quedan clavados en ellos.
—Me gustaría pedir una pizza grande, por favor. De pepperoni con chile. —Arquea una ceja. Sin poder ocultar mi sonrisa, añado— Con extra de chile.