El rey distante (Empty Kingdom 3) 12
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R oman

La conversación que mantengo con Cole y Tate sobre las previsiones trimestrales de EcoTech y cómo afectarán a nuestra oferta de adquisición se ve interrumpida por unos golpecitos en la puerta.

—Adelante —digo, sabiendo ya quién es.

Chloe entra con una bolsa llena de envases de comida para llevar. En un lateral aparece impreso el nombre de uno de los restaurantes que nos suministra el almuerzo.

Al acercarse, me dedica esa sonrisa perfectamente educada y profesional que siempre me ofrece.

Esa que ha empezado a irritarme, porque, por mucho que me moleste admitirlo, he empezado a preguntarme cómo sería si me regalara una sonrisa sincera y desarmada.

Una que iluminara esos ojos suyos, demasiado bonitos.

Y preguntarme cómo sería mi asistente si me sonriera como si fuera algo más que mi asistente me acerca peligrosamente a una pendiente resbaladiza por la que no tengo ningún deseo de deslizarme.

—Gracias, Chloe —dice Tate cuando ella le tiende uno de los recipientes. Cole se hace eco de ese sentimiento cuando le pasa el segundo. Cuando llega a mí, cojo la caja, y mis dedos rozan los suyos.

—Gracias, señorita Callahan.

—¿Necesita algo más? —pregunta ella.

—Eso es todo. No dude en irse a comer.

—Sophie también debería estar lista para salir a por su almuerzo si tienes pensado quedar con ella —dice Tate, ganándose una sonrisa bastante más radiante que la que me ha dedicado a mí.

Me obligo a relajar la mandíbula. No me importa que trate a mis dos hermanos con más calidez que a mí. Cuánto sonría y a quién no tiene absolutamente nada que ver con su papel como mi asistente.

Después de que ella se marche, nos ponemos a comer y la sala se queda en silencio.

Por desgracia, cuando Cole lo rompe por fin, desvía la conversación de EcoTech.

—¿Cómo van las cosas con Chloe? No te he oído quejarte, así que supongo que está haciendo un buen trabajo.

Chloe es lo último de lo que quiero hablar. Con los hombros tensos, clavo el tenedor en mi almuerzo.

—Lo está haciendo bien.

Tate se ríe entre dientes, y sus ojos de color marrón dorado se arrugan en las comisuras.

—No te pases con los elogios.

—¿A qué viene todo eso de «señorita Callahan»? —interviene Cole—. A Lena nunca la llamabas por su apellido.

Los miro con el ceño fruncido.

—¿Es relevante para esta conversación la forma en que me dirijo a mi asistente?

Cole arquea las cejas.

—Ya que estamos hablando de ella, sí, creo que lo es.

—No estamos hablando de ella, estamos hablando de EcoTech.

—Te equivocas. —Tate hace una bola con la servilleta y la deja caer en su caja de comida para llevar—. Estábamos hablando de EcoTech, ahora estamos hablando de Chloe.

Aparto mi propia comida y lo fulmino con la mirada.

—No estamos hablando de ella. Cole ha hecho una pregunta, yo la he respondido y ahora seguimos adelante.

Mis hermanos intercambian una mirada y yo inspiro hondo para evitar responderles bruscamente. No tienen la culpa de mi mal humor.

La culpa es de Roger Haverscombe.

Tras nuestra reunión de hace dos semanas, nos encontramos con Wright Construction y les ofrecimos el contrato para el proyecto de la sede de InnovaCore.

A Haverscombe no le sentó nada bien la noticia.

Normalmente me importaría un carajo lo que pensara, pero al día siguiente anunció que su empresa también presentaría una oferta para adquirir EcoTech.

—Haverscombe no tiene los recursos para igualar los nuestros —dice Tate, interpretando correctamente mi mal humor—. No hay forma de que superen nuestra oferta.

Cole frunce el ceño.

—Cierto. Pero son más que capaces de hacer subir el precio y obligarnos a pagar más de lo que vale la empresa en el mercado.

—Apuesto a que ese es exactamente su objetivo.

—Le doy unos golpecitos al escritorio con el bolígrafo.

Con hombres como Roger, todo es personal: el club de los viejos amigos en la peor extensión de la frase.

Antes de nuestra reunión, estaba dispuesto a darle el beneficio de la duda, pero luego se las arregló para demostrar que es la misma clase de hombre que mi padre.

Solo por eso no tengo ningún interés en hacer negocios con él.

La ira renovada hierve en mi estómago mientras su comentario al final de nuestra reunión se repite en mi mente.

Ese imbécil insinuó descaradamente que me estaba acostando con Chloe, y ni siquiera tuvo la decencia de decirlo fuera del alcance de sus oídos.

Como si no tuviera la más mínima duda sobre quién era yo y quién era ella.

Sorprendentemente, fue la ira en nombre de Chloe la que me ardió primero en las venas, incluso antes que mi preocupación por cómo un rumor como ese podría afectarnos a mí y al King Group .

No estoy acostumbrado a pensar en los sentimientos de los demás. Quizá debería haberlo tomado como una confirmación de mis preocupaciones y haberla mandado a freír espárragos.

Pero no lo hice.

Desde la serenidad con la que manejó la situación hasta la forma en que me plantó cara en el coche, sus contradicciones me intrigan demasiado. Y si me intrigan a mí, serán como un imán para otros hombres.

Está mejor conmigo.

—¿Roman? —La voz de Cole interrumpe mis pensamientos. Levanto la cabeza de golpe.

—¿Sí?

Mis hermanos me están mirando con el ceño fruncido.

Me estiro la corbata con una mano y carraspeo.

—¿Qué me he perdido?

—No es propio de ti perderte nada. —Cole me examina con una expresión de curiosidad suspicaz que no me gusta nada—. ¿Tienes algo rondándote la mente?

—¿O alguien? —La sonrisa burlona de Tate lo dice todo.

—A diferencia de vosotros dos, no dejo que la gente me distraiga —espeto—. Lo único que me preocupa es la adquisición de EcoTech.

Tate aprieta los labios.

—Todos comprendemos la importancia de este acuerdo y sus implicaciones para el futuro del Grupo King.

—¿Pero?

—Hay más cosas en la vida que los negocios.

Me invade una oleada de rabia. ¿Por qué últimamente todo el mundo está tan interesado en cuestionar mis prioridades? Me río secamente, ocultando mi irritación.

—Por supuesto. Está la buena comida, el buen whisky y quizá incluso la buena compañía.

—Tienes que descansar un poco, Roman. —Los ojos color avellana de Tate, normalmente tan llenos de humor, se muestran serios por una vez—. Este afán por convertirnos en los mejores, por ser los mejores, todo el tiempo, no te hace ningún bien.

Sus palabras rozan una herida que sigue abierta después de todos estos años.

No me importa ser el mejor, solo me importa ser mejor que nuestro padre.

Pero no me molesto en decírselo. Están demasiado absortos en sus mujeres como para entenderlo.

Se han tragado el cuento y creen que el amor es la respuesta a todos los problemas de la vida.

Solo que el amor no borrará la mancha que nuestro padre ha dejado en nuestro nombre y en el de nuestra empresa.

Quiero a mis hermanos. Siempre los he querido, incluso cuando no me daba cuenta, cuando nuestro padre se cernía como una sombra entre nosotros y apenas nos hablábamos.

Puede que ahora estemos unidos, pero nunca les he hablado de mi relación con nuestro padre.

No saben nada de la manipulación, de cómo me marcó, ni de cómo me deja un sabor amargo en la boca incluso ahora. Y así seguirá siendo.

Apoyo los codos en las rodillas y me echo hacia delante, con un tono que no admite réplica.

—Tenemos que volver al trabajo.

Intercambian otra de esas miradas cómplices que se han vuelto más frecuentes últimamente, pero la ignoro, como siempre. Pueden pensar lo que quieran, siempre y cuando no interfiera con mis prioridades.

Una hora más tarde, hemos terminado. Cuando acompaño a Cole y a Tate fuera de mi despacho, Chloe está ocupada en su escritorio. Levanta la vista al vernos salir a los tres y nos ofrece esa misma sonrisa serena, que curva de forma recatada su bonita boca.

Me viene a la mente aquel momento tras la reunión con Haverscombe, cuando me desafió sobre el valor del dinero, la forma en que se le sonrojaron las mejillas y sus expresivos ojos se volvieron más verdes que azules.

Debo de ser masoquista, porque prefiero esa reacción a la actitud tranquila y profesional que ella se empeña en mostrar.

Aunque fuera eso lo que le dije que quería.

Cuando mis hermanos desaparecen por el pasillo, Chloe me observa; sigo demorándome junto a la puerta abierta de mi despacho, y ella me estudia con la cabeza ladeada y su cabello rubio pálido derramándose en cascada sobre uno de sus hombros.

—¿Hay algo en lo que pueda ayudarle, señor King?

Mi cuerpo se tensa al oír esas palabras salir de sus suaves labios rosados, pero reprimo rápidamente la reacción.

—¿Ya ha mecanografiado las notas de la reunión con Wright?

—Sí. ¿Quiere que se las dé?

—Tráigamelas a mi despacho, por favor. Así podremos repasar mi agenda para el resto de la semana.

Coge su tableta y, para cuando entra, yo ya estoy de nuevo en mi silla.

Antes de que pueda evitarlo, mis ojos recorren su cuerpo, fijándose en su blusa de seda blanca, que deja entrever el encaje que hay debajo, y en la falda azul marino que se ciñe a la curva de sus caderas y le llega justo por encima de las rodillas.

Puede que no lo parezca, pero está tremendamente sexy.

Cuando cruzo mi mirada con la suya, sus mejillas están sonrojadas, lo que deja claro que se ha dado cuenta de mi escrutinio. En lugar de apartar la vista tras haber sido pillado, entrelazo los dedos sobre mi escritorio y mantengo el contacto visual.

No debería hacerlo, pero la satisfacción me invade cuando se colorean sus mejillas. Maldita sea. A pesar de saber que no debería, quiero verla sonrojarse de nuevo. Lo prefiero a la máscara implacablemente educada que parece decidida a mantener en mi presencia.

Cuando se muerde el labio inferior, me imagino liberándolo con mi pulgar y luego acercando mi boca a la suya para descubrir a qué sabe.

—Aquí tiene el expediente que quería. —Su voz suena un poco más ronca de lo habitual cuando se echa sobre mi escritorio para tenderme los documentos.

Su blusa se abre un poco y me encuentro con un destello de piel cremosa; esa imagen envía una descarga directamente a mi pene.

Apretando los dientes, aparto la vista a toda prisa.

Ya me arrepiento de haberme permitido mirarla de una forma inapropiada.

Ha conseguido que me resulte más fácil volver a hacerlo.

Me centro en el expediente y lo ojeo, asintiendo satisfecho ante las notas que ha tomado.

—Me parece perfecto. Haga copias y envíelas al departamento Jurídico.

Con la cabeza gacha, teclea en su tableta.

—¿Quiere repasar su agenda?

Deslizo el expediente por el escritorio y me recuesto en la silla.

—Sí, adelante.

—Tiene una videoconferencia con la oficina de Londres a las… —Su voz se apaga y se le forma una pequeña arruga entre las cejas mientras mira fijamente la pantalla.

—¿Pasa algo? —pregunto.

Levanta la vista, con expresión preocupada.

—Acaba de llegar un correo urgente de InnovaCore sobre su sede en Hudson Yards . Nos han enviado una propuesta de alquiler revisada con cambios significativos en las condiciones del contrato.

La irritación me cosquillea en la nuca y me echo hacia delante.

—La reunión final de la negociación es mañana. ¿Qué es lo que piden a estas alturas del proceso?

Mira su tableta con los ojos entrecerrados por la concentración.

—Quieren mejoras en el sistema de climatización para lograr una eficiencia energética aún mayor, instalaciones de placas solares en la azotea y que financiemos un centro de innovación conjunto en el propio recinto.

Este centro exhibiría tecnologías urbanas sostenibles y serviría de modelo para futuros desarrollos.

Dicen que generará una considerable atención por parte del público y los medios de comunicación.

Mi irritación se dispara y suelto el aire con brusquedad.

—¿Por qué ahora?

—Su junta directiva aprobó la semana pasada unos nuevos criterios de sostenibilidad —lee en el correo—. Exige mejoras sustanciales en su infraestructura operativa para alinearse con objetivos medioambientales más nuevos y estrictos.

Me paso la mano por la boca, conteniendo mi frustración. Me dan ganas de mandarlos al infierno. Saben perfectamente que esto causará graves problemas logísticos, y no se han molestado en avisarnos antes de aprobar la directiva.

Aun así, no es un reto imposible. Y menos ahora, que estamos consolidando nuestra colaboración con Wright Construction para la construcción.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunta Chloe.

A pesar de mi irritación, me gusta que haya hablado en plural.

—InnovaCore es uno de nuestros mayores inquilinos en Hudson Yards —digo, explicándole mi proceso mental—.

Están aprovechando nuestro desarrollo de su edificio de sede central para reforzar sus credenciales ecológicas.

Pero la alineación de su marca con nuestros objetivos de sostenibilidad es demasiado valiosa como para ignorarla, aunque su sentido de la oportunidad me cabree.

—¿Serviría de algo si recopilo las especificaciones actuales y los cambios propuestos en un solo documento? Debería facilitar mucho identificar qué peticiones podemos aceptar y en qué puntos tendremos que plantarles cara.

Asiento lentamente. Eso ayudará, pero tendremos que revisar nuestra propuesta antes de la reunión de mañana. Tamborileo con los dedos sobre mi escritorio.

—De acuerdo. Vamos a necesitar una contrapropuesta. Lo que significa que usted y yo vamos a tener que trasnochar hoy.

Se pasa la lengua por los labios. ¿Le pone nerviosa la idea de trabajar hasta tarde conmigo?

Si es así, lo disimula bien.

—¿Debería avisar al equipo jurídico de que tienen que estar disponibles para posibles consultas?

Maldita sea. Es rápida.

—Sí, hágalo. Y asegúrese de que tengamos a mano todos los documentos relacionados y la correspondencia previa con InnovaCore para consultarlos.

—Por supuesto. —Inspira hondo y se endereza—. ¿Hay algo más?

—Eso es todo. Venga a verme después de mi última reunión del día. Pediremos la cena y nos quedaremos hasta que la contrapropuesta esté lista.

—Sí, señor. —Se pone de pie, se pasa un mechón de pelo por detrás de la oreja y se dirige hacia la puerta. Una vez más, mis ojos la siguen sin mi permiso, atraídos por el balanceo al andar de su trasero con forma de corazón.

Me hierve la sangre y mi erección se despereza antes de que me obligue a apartar la mirada. Mirarle el trasero ya es bastante malo; no quiero imaginarme cómo se sería esa curva bajo mi mano o lo suave que sería su piel al tacto. Joder.

Me paso la mano por la cara.

A estas alturas ya debería estar acostumbrado a tenerla cerca. Debería ser inmune a sus bonitos ojos y a sus exuberantes labios rosados, y al sutil aroma a miel y vainilla que siempre permanece en mi despacho un buen rato después de que se marche.

En cambio, mi conciencia de su presencia no deja de crecer.

Quizá necesite ir al gimnasio, desahogarme un poco. O echar un polvo. Ha pasado demasiado tiempo.

Tendré que remediarlo pronto. Pero esta noche, la señorita Callahan —Chloe— y yo tenemos trabajo que hacer.