11
C hloe
—Tengo los resultados de sus últimas pruebas, señor Callahan. — El doctor Clarke nos mira por encima de las gafas—. Se ha producido un ligero deterioro articular, pero, en general, la enfermedad no se está acelerando. ¿Cómo se encuentra?
Milagrosamente —sobre todo después de dejar que mi mal genio se colara tras mi fachada profesional—, superé mi primera semana como asistente de Roman sin meterme en más líos.
No es propio de mí comportarme así. Pero cuando estoy con él, parece que no puedo evitarlo.
La tensión latente, que he decidido que es irritación por su cinismo y distanciamiento, sigue sacando lo peor de mí.
Aunque tendré que celebrar más tarde que sigo conservando el trabajo. Ahora mismo, mi atención se centra en lo que tenga que decir el reumatólogo de mi padre. Acudimos a él cada dos meses mientras trabajan para mantener controlada su enfermedad.
—Me las arreglo —dice mi padre Nunca habla demasiado durante estas citas. Sé que es frustrante para él, pero restarle importancia a su dolor no ayuda. Él lo sabe, pero es terco, así que soy yo quien tiene que contarle al médico toda la verdad.
—Sigue teniendo mucho dolor e hinchazón —explico—. Y su fatiga puede ser bastante intensa a veces.
El doctor Clarke asiente.
—Por desgracia, la fatiga es uno de los síntomas característicos de la artritis reumatoide. ¿Ha tenido alguna recaída recientemente?
—Alguna.
—Ha tenido varios brotes en los últimos meses. —Miro de reojo a mi padre—. Son duros. Algunos días le cuesta incluso levantarse de la cama. He estado anotando los síntomas y cuándo se producen. —Deslizo un cuaderno por el escritorio.
Con un gesto de asentimiento, el doctor Clarke lo coge.
—Es habitual. La inflamación durante los períodos agudos de mayor actividad de la enfermedad afecta no solo a las articulaciones, sino al bienestar general. —Hojea las páginas de las notas que he tomado—. Esto es de gran ayuda, Chloe.
Se vuelve hacia su ordenador y teclea un momento.
—Dada la frecuencia de los brotes y la falta de respuesta a la medicación actual, creo que es hora de que consideremos tratamientos biológicos.
Creo que el rituximab será la mejor opción.
Actúa directamente sobre la inflamación y tiene bastante éxito a la hora de reducir el dolor, ralentizar la progresión de la enfermedad y limitar la posible deformidad articular.
—¿Tiene efectos secundarios? —pregunto.
—¿Cuánto cuesta? —interviene mi padre al mismo tiempo.
El doctor Clarke nos mira con el ceño fruncido y luego se centra en mí.
—Existe el riesgo de un aumento de las infecciones, entre otras cosas, pero los posibles beneficios son considerables. Por supuesto, supervisaríamos todo el proceso muy de cerca.
—¿Y el coste? —pregunta de nuevo, con tono brusco. Sin embargo, cuando lo miro, sus ojos brillan de preocupación, de enfado no. Es comprensible. Un nuevo tratamiento podría suponer un cambio radical, pero si podemos permitirnos su coste es otra cuestión.
El doctor Clarke da unos golpecitos con el bolígrafo sobre el escritorio.
—El rituximab se administra normalmente mediante infusión, lo que significa que es más caro al principio.
Cada infusión puede costar entre cinco y diez mil dólares, y es probable que reciba la primera y la segunda dosis con dos semanas de diferencia.
Si responde bien, recibirá una dosis de mantenimiento cada seis meses.
Mi padre niega con la cabeza.
—No. —Se vuelve hacia mí—. Es demasiado caro.
—Antes de que se decida —dice el médico con voz tranquilizadora—, podemos estudiar la posibilidad de solicitar los programas de ayuda al paciente que ofrece el fabricante para reducir el coste.
Si esta es la mejor oportunidad que tiene de mejorar, encontraré la manera de que conseguirlo.
—Mi nuevo trabajo está mejor pagado. Eso ayudará.
—No deberías tener que preocuparte por esto. —A mi padre se le curvan las comisuras de los labios hacia abajo—. O peor aún, gastarte todos tus ahorros. Deberías usar tu dinero para salir y divertirte, no para cuidar de mí.
Con delicadeza, le pongo la mano sobre los dedos hinchados.
—No hay nada mejor en lo que prefiera gastar mi dinero. Ya lo resolveremos. Y cuando estés lo bastante bien como para volver a pintar, te compraré todas las cosas frívolas que quieras. — Mantengo un tono alegre y le dedico una sonrisa radiante.
Él niega con la cabeza, aunque sus labios se curvan hacia arriba.
Esa expresión me recuerda por qué estamos luchando.
Mi padre sería mucho más feliz si pudiera coger un pincel y pintar como solía hacerlo.
Ahora mismo, el dolor en sus dedos es demasiado agudo como para permitirle sostenerlo durante más de unos minutos seguidos.
—Puedo ayudarte a solicitar los programas de asistencia al paciente —dice el doctor Clarke—. Hay bastante papeleo, pero debería hacerlo un poco más asequible.
—Eso sería maravilloso —digo—. Estaré encantada de hacer lo que sea necesario.
—¿Tienes alguna otra pregunta?
—¿Cuánto tiempo tardaremos en poder acudir a la primera infusión?
—Si podemos presentar la documentación con bastante rapidez, supongo que unas seis semanas.
—Le sonrío a mi padre y, cuando él corresponde con una sonrisa torcida, se me inunda el pecho de alegría.
Aunque todavía hay una sombra de preocupación en sus ojos, no puedo evitar sentir esperanza—.
De acuerdo. —El doctor Clarke junta las manos sobre su escritorio—.
Le diré a la recepcionista que te envíe por correo una lista de lo que necesitamos para el papeleo y luego ya veremos cómo seguimos a partir de ahí.
Al salir de la consulta, cojo a mi padre del brazo y lo ayudo a caminar despacio y con cuidado hasta el Uber que nos espera. Siento el corazón más ligero de lo que lo ha estado en meses.
—¿Quieres quedarte un rato fuera o prefieres irte directamente a casa?
Levanta la vista hacia el cielo azul.
—Quizá me venga bien pasar un rato al aire libre.
—¿Qué tal si vamos a Central Park y nos sentamos al sol?
Media hora más tarde, estamos sentados en un banco comiendo un helado. Los ojos de mi padre están clavados en un pequeño grupo de jóvenes que se han acomodado en el césped frente a nosotros y están utilizando acuarelas para plasmar la belleza del parque.
Por un momento, me fijo en su expresión nostálgica.
—¿Estás bien?
El suspiro que deja escapar es difícil de interpretar.
—Estoy bien. Me gusta estar aquí contigo. Parece que han pasado años desde la última vez que nos sentamos a tomar un helado juntos.
—Probablemente hayan pasado años. —Una punzada de culpa me atraviesa. He estado tan centrada en trabajar duro y asegurarme de que él esté bien que me he olvidado de asegurarme de que él también disfrute de la vida—. Saldremos más, ¿vale?
—Ya trabajas mucho —dice, sujetando con cuidado el cono de helado para mantenerlo estable.
Ese pequeño y deliberado movimiento me llega al corazón.
—Pasar tiempo contigo no es trabajar, papá.
—Lo sé. Pero tienes muchas cosas en la cabeza, cariño. Y me gustaría que pasaras más tiempo con tus amigos.
—Lola está un poco ocupada ahora mismo —río.
—¿Y no tienes otros amigos, entonces? ¿Quizás un chico? — Me vuelvo para mirarlo y veo su falsa expresión de inocencia.
—¿Me estás preguntando si tengo novio?
—Tienes veinticuatro años. Deberías salir a conocer chicos. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una cita?
Le doy un codazo.
—Para empezar, soy demasiado mayor para salir con chicos.
Y quizá haya pasado un tiempo desde mi última cita, pero no es por tu culpa.
El panorama de las citas en Nueva York es complicado.
Es difícil conocer a chicos agradables. ¿Te acuerdas de aquel que me llevó a ese restaurante tan elegante, pero luego, convenientemente, se olvidó la cartera?
Papá gruñe y entrecierra los ojos.
—Me acuerdo. Le habría dado una paliza si hubiera hecho lo correcto y te hubiera acompañado a casa.
No me molesto en mencionar que no está precisamente en condiciones de darle una paliza a nadie en este momento. Sin duda lo habría intentado de todos modos.
— Créeme, me alegré de dejarlo en el restaurante y de irme a casa sola.
—Mmm —dice—. ¿Así que nadie te ha llamado la atención últimamente?
Por una fracción de segundo, un par de ojos gris pálido se asoman en mi mente, seguidos de unos labios que parecen suaves y duros al mismo tiempo, pero descarto esa idea a toda prisa y opto por el sarcasmo.
—¿Estás intentando casarme?
Aparta la mirada y vuelve a fijarse en los pintores.
—Quizá quiera que alguien te cuide por una vez.
El pinchazo en el pecho es tan agudo que se me corta la respiración.
—Papá…
Levanta una mano; la visión de sus nudillos rojos e hinchados solo hace que el dolor que siento detrás de mi esternón palpite aún más.
—No discutas. Has estado cuidando de mí desde que tu madre se fue. No deberías haber tenido que hacerlo en ese momento ni deberías tener que hacerlo ahora.
—No tenía por qué cuidar de ti. Eres mi padre: quería hacerlo.
Suspira, como encogiéndose ante mí.
—No eras más que una niña. Yo debería haber sido quien cuidara de ti. En cambio, me encerré en mi estudio con mis cuadros y fingí que todo iba bien. Y ahora, cuando deberías estar ahí fuera viviendo tu vida, sigues cuidando de mí.
Apoyo la cabeza en su hombro y contemplo a la gente feliz que llena el parque.
—Cuidar de ti nunca será una carga.
Lentamente, me rodea con el brazo y yo me acurruco contra su costado.
Por un momento, cierro los ojos y disfruto del calor y de la sensación de estar protegida.
Antes de que mi madre se fuera, no le gustaba tenerme cerca, así que me pasaba horas acurrucada en una silla en un rincón del estudio de mi padre, viéndolo pintar.
Me explicaba lo que estaba haciendo y me contaba historias sobre artistas famosos y cuadros célebres.
Y cuando le pedía que me enseñara a pintar, nunca se quejaba de que lo estorbaba: colocaba un pequeño caballete y un lienzo junto al suyo para que pudiéramos pintar uno al lado del otro.
Hubo un momento en el que pensé que ese iba a ser mi futuro.
Que sería una artista como él. Pero las cosas no siempre salen como esperamos.
Hace mucho tiempo que ni siquiera tengo ganas de pintar.
Quizás algún día lo retome como hobby, pero lo que tengo ahora es mejor que aquel viejo sueño, de todos modos: un buen trabajo con un sueldo estupendo.
Y este nuevo puesto es mucho más que un simple trabajo. Es lo que me permitirá pagar los tratamientos que él necesita para recuperarse. Lo que significa que tengo que hacer que funcione, pase lo que pase. Sin pasos en falso, sin errores.
Seré la asistente perfecta.