El rey distante (Empty Kingdom 3) 10 #3
16%

10 #3

—Por supuesto que no, señor. —Pero la preocupación me corroe de todos modos.

Espero que no vaya a echar por tierra este acuerdo solo por lo que ha dicho Roger.

No es la primera vez que oigo esa clase de comentarios maliciosos, sobre todo desde que Geoff Jr. se hizo cargo de Talon.

Es una realidad desafortunada, pero muchos de los hombres que llegan a lo más alto en este tipo de empresas por lo general son unos capullos misóginos.

No dudo de que Roman tenga más integridad, pero aun así, jamás habría esperado que reaccionara como lo ha hecho ante la insinuación de Roger.

Estoy dividida entre el alivio de que no sea la clase de persona que se toma a risa algo así y la preocupación de que mi presencia pueda haberle hecho perder al King Group una buena oportunidad.

—¿Qué pasa? —Su voz interrumpe mis pensamientos.

Ladea la cabeza y su mirada fría se desliza por mi rostro.

Hago un gesto de negación.

—Nada.

Arquea una ceja oscura.

—La forma en que se muerde el labio dice lo contrario.

Al darme cuenta de que tengo el labio inferior entre los dientes, lo suelto y paso la punta de la lengua por encima para aliviar el escozor.

Roman sigue el movimiento con la mirada, y sus ojos gris pálido se oscurecen hasta volverse de color acero.

—¿Qué le preocupa, señorita Callahan? —insiste.

El tono más grave de su voz hace que se me acelere el pulso.

Dios. ¿Por qué tiene que ser tan atractivo? No debería tener una reacción física ante la forma en que mi jefe pronuncia mi nombre.

No tiene sentido seguir negando mi preocupación, así que me enderezo y me obligo a sostenerle la mirada.

—Me preocupa que mi presencia en la reunión de hoy haya causado un problema.

Su expresión sigue siendo indescifrable.

—¿Por qué piensa eso?

Suelto un suspiro. Ojalá no me hiciera explicárselo en detalle.

—Lo que ha dicho el señor Haverscombe al final ha parecido molestarle. Y me preocupa que por eso haya decidido no trabajar con su empresa.

—Usted no es el problema. Roger Haverscombe es uno de los viejos compinches de mi padre.

Esperaba que a estas alturas ya se hubiera dado cuenta de que la forma de operar del Grupo King ha cambiado en los últimos años, pero acaba de demostrar que su comportamiento no se ajusta a lo que esperamos de nuestros socios.

—Por supuesto —murmuro. Debería haberme dado cuenta de que tendría sus propias razones para echarse atrás, que no tienen nada que ver conmigo.

Sus labios esbozan esa especie de sonrisa suya.

—¿Cree que soy la clase de persona que echaría por tierra un buen trato solo para defender el honor de alguien?

Su tono, combinado con el brillo de sus ojos, hace que una corriente de irritación me recorra la piel.

—¿Cree que soy la clase de persona que necesita que defiendan su honor?

—Creo que es la clase de persona que se conforma con menos de lo que se merece.

Cuando esas palabras escapan de sus labios se le ensombrece el rostro como si se arrepintiera de haberlas dicho.

Debería dejarlo pasar, llevar la conversación hacia un terreno menos personal. Pero la presunción de su comentario, junto con la curiosidad por saber cómo ha podido formarse esa opinión, me tiene atrapada.

—¿Qué le hace decir eso?

Me estudia durante un largo instante, con su expresión indescifrable de siempre firmemente en su sitio.

—No se equivocaba al creer que podía con este trabajo. Entonces, ¿por qué no dejo ese negocio de tres al cuarto para el que trabajaba mucho antes de que la despidieran?

Parpadeo, sorprendida por la respuesta.

—P-porque era un trabajo decente. Y estable. Al menos…

—¿Y la estabilidad es importante para usted?

—¿No lo es para todo el mundo?

Él resopla.

—¿Cree que el Grupo King ha llegado a lo más alto yendo a lo seguro? Hay que arriesgarse para conseguir lo que uno quiere.

—No todo el mundo quiere ser multimillonario —respondo.

Enarca una ceja; le tiemblan los labios y creo que es por lo que para él pasa por diversión.

—Quizá no. Estoy seguro de que la mayoría de la gente se conformaría con ser millonaria.

Sus palabras me sacan de quicio. Quizá porque sigo tensa por la reunión con Haverscombe.

O quizá sea la inquietante forma en que mi cuerpo reacciona ante su proximidad.

Sea como sea, me cuesta resistirme a la tentación de discutir con él.

Obviamente, entiendo la importancia del dinero.

Y, Dios, sí, ojalá tuviera suficiente para pagar el tratamiento que necesita mi padre.

Pero la vida es mucho más que solo el dinero.

—Ser rico no lo es todo. No garantiza la felicidad.

Sorprendentemente, su expresión no cambia. Si le molesta que su asistente discuta con él, no lo demuestra.

—El dinero te da poder y libertad. ¿Qué más se necesita?

No debería seguir insistiendo en el tema, pero algo dentro de mí se resiste a dejarlo pasar.

—¿Y el amor, la familia, la buena salud?

Suelta una breve carcajada.

—Solo una de esas cosas es imprescindible para una vida exitosa.

Niego con la cabeza.

—Me refiero a una vida feliz, no a una vida exitosa.

—¿Y usted es feliz, señorita Callahan?

Aprieto los labios, deseando de repente no haber entrado en este tema con él.

—Tengo todas esas cosas —digo con rigidez. Al fin y al cabo, mi salud no es el problema.

Me mira con demasiada intensidad.

—Eso no es lo que le he preguntado.

Me salvo de tener que pensar en una respuesta cuando suena su teléfono. Lo atiende y, sin mirarme ni un segundo, se lanza a una conversación relacionada con el trabajo. Por lo que puedo deducir, está hablando con uno de sus hermanos.

Con un suspiro, me hundo en el lujoso cuero de mi asiento y miro por la ventanilla.

¿Qué demonios me ha pasado? Ni una sola vez en los tres años que trabajé en Talon mantuve una conversación con ninguno de los jefes en la que básicamente criticara sus decisiones vitales.

Esto va mucho más allá de lo que exige mi trabajo.

Hacerlo con Roman, un hombre que ya ha demostrado que está dispuesto a despedirme si no estoy a la altura de sus expectativas, es jugar con fuego.

Contemplo el paisaje a través de la ventanilla. A partir de ahora mantendré una actitud educada y profesional en todo momento. Y definitivamente no dejaré que mi irritante y guapísimo jefe me vuelva a sacar de quicio.