10 #2
—En esta fase, se trata de una reunión inicial para repasar las condiciones propuestas para contratar a Haverscombe Industries con el fin de que supervise el proyecto InnovaCore.
Recuerdo las preocupaciones que ya ha mencionado antes.
—¿Pero no está seguro? —pregunto.
Asiente lentamente.
—Mi padre trató bastante con Haverscombe. Quiero reunirme con él en persona antes de firmar nada. —Su mirada se detiene en mi rostro, el tiempo suficiente para provocarme un cosquilleo en el estómago.
Me humedezco los labios, y los ojos de Roman se desvían brevemente hacia ellos antes de que su expresión se vuelva impenetrable.
—Son quince minutos en coche. Lea nuestros contratos anteriores con Haverscombe antes de que lleguemos.
Asiento y cojo mi tableta, pero me paso todo el trayecto peleándome contra la distracción que supone ese hombre.
Cada vez que se mueve en su asiento o su brazo roza el mío, diminutas chispas de electricidad bailan sobre mi piel.
Inspiro hondo, con la esperanza de centrarme, pero suelto de golpe el aire por la nariz al oler el aroma masculino y fresco de su colonia.
Cojo aire lentamente y obligo a mi atención a volver a la información de mi pantalla para olvidarme de lo apetecible que huele.
Para cuando llegamos al edificio de oficinas de Haverscombe Industries, ya he recuperado la concentración.
Roman se mantiene cerca mientras avanzamos por los pasillos, con su cuerpo ligeramente echado hacia el mío de una forma que parece…
protectora. Lo cual no tiene sentido. ¿Qué motivo tendría él para sentirse protector conmigo?
Por fin llegamos a una sala de reuniones con paredes de cristal, llena en su mayoría de hombres de mediana edad, y él me acompaña al interior. Hay dos asientos vacíos uno al lado del otro, así que me siento en uno y Roman ocupa el otro.
Mientras me acomodo y coloco mi tableta sobre la mesa, hago todo lo posible por ignorar la forma en que varios de los hombres me miran, del mismo modo en que Geoff solía hacerlo, con una expresión astuta y cómplice que, por desgracia, es demasiado común entre hombres como estos.
Me muevo en mi asiento y me paso el pelo por detrás de las orejas.
A mi lado, Roman deja escapar un sonido gutural.
Cuando levanto la vista, tiene la mandíbula tensa y su mirada penetrante se desplaza deliberadamente de un hombre a otro.
Su expresión dice a gritos «es mejor que no me toquéis las narices».
Puede que solo lleve unos días trabajando para él, pero nunca he sentido nada parecido a la desconfianza en su presencia.
Sin embargo, la mirada que les está lanzando ahora sería suficiente para poner nervioso a cualquiera.
La forma en que desvían rápidamente su atención de mí hacia él alivia una tensión en mis hombros que ni siquiera sabía que tenía.
—¿Vas a presentarnos a la encantadora señorita, Roman? — pregunta el hombre sentado enfrente de mí. Si mi investigación es correcta, se trata de Roger Haverscombe, el propietario de la empresa.
—Esta es mi asistente, la señorita Callahan. —El tono seco de Roman no deja lugar a más preguntas.
—Encantado de conocerla… señorita Callahan. —La sonrisa untuosa de Haverscombe, que se echa hacia delante, me provoca un escalofrío de desagrado que me recorre la espalda.
Enderezo los hombros.
—Igualmente, señor Haverscombe. —A pesar del asco que me da, no aparto la mirada.
Roman necesita una asistente que sepa mantenerse firme ante hombres como este, así que eso es justo lo que pienso hacer.
Si pude mantener la profesionalidad durante los seis meses que tuve que lidiar con las miradas lascivas y las insinuaciones apenas veladas de Geoff, sin duda puedo soportar esto.
—Ahora que ya hemos terminado con las presentaciones —dice Roman, con voz cortante—, pasemos a los negocios, ¿de acuerdo?
Durante la siguiente hora los hombres debaten los términos y condiciones de la propuesta.
Hago todo lo posible por seguir el ritmo de los rápidos cruces de frases, escribiendo a toda velocidad y anotando los puntos en los que Roman podría querer investigar más a fondo antes de tomar una decisión.
Esto es sin duda más intenso que las reuniones a las que asistía en mi puesto anterior, y las cifras que se barajan son, con mucho, muy superiores a cualquier cosa con la que haya tratado antes.
Pero aparto de mi mente los pensamientos sobre las cantidades astronómicas y me baso en el sentido común, junto con lo que he leído en los expedientes, para discernir lo que es fundamental.
Finalmente, Roman carraspea, llamando la atención de todos los presentes en la mesa.
—Creo que ya tenemos material suficiente para tomar una decisión —afirma—. Lo discutiré con mi director de Operaciones y les daremos una respuesta a principios de la semana que viene.
Haverscombe frunce el ceño.
—Tu padre habría tomado una decisión en el acto.
—Mi padre y yo hacemos negocios de forma muy diferente. A estas alturas ya deberías saberlo. —Roman se pone de pie y se vuelve hacia mí—. ¿Está lista, señorita Callahan?
Sigo su ejemplo y guardo la tableta en mi bolso. Él extiende el brazo para indicarme que vaya primero. Al pasar junto a él, mi hombro roza su pecho, un contacto suficiente para recordarme los firmes músculos que se ocultan bajo ese traje, que le queda a la perfección.
Roger Haverscombe también se levanta, con el rostro tenso por la irritación.
—Pensaba que hoy llegaríamos a un acuerdo. No me parecías de los que se ponen nerviosos.
Es obvio que está intentando provocar a Roman, pero mi jefe apenas le dedica una segunda mirada.
—Esto ya no es el club de los viejos amigos. Solo aceptaremos la asociación si beneficia al King Group. Si tienes algún problema con eso, dímelo ahora y ahórranos a todos una enorme pérdida de tiempo.
La ira destella en los ojos de Roger, pero rápidamente esboza una sonrisa forzada.
—Por supuesto. —Da un paso adelante, le tiende la mano para estrechársela, y Roman la acepta.
Estoy lo bastante cerca de ellos como para oír las siguientes palabras de Roger cuando se acerca más a él—.
Parece que, después de todo, no eres tan diferente de tu padre.
—Me echa un rápido vistazo y le hace un guiño a Roman—.
Joven y dulce. Tendrás que decirme dónde puedo encontrar una asistente así.
Me quedo paralizada ante la insinuación y siento cómo me suben los colores a las mejillas.
La postura de Roman sigue serena en apariencia, pero la oleada de tensión que emana de él es imposible de pasar por alto.
Me quedo sin aliento. Roger, ajeno al peligro al que se está exponiendo, mantiene esa sonrisa repugnante pegada a la cara.
Roman se agacha un poco, cerniéndose sobre el hombre, que es más bajo que él, sin soltarle la mano. La sonrisa de Roger vacila, y un destello de incomodidad cruza su rostro ante lo que debe de ser un repentino aumento de la presión.
—No me parezco a mi padre en nada. —La voz de Roman es baja y cortante—. Si piensas lo contrario y sigues dispuesto a hacer negocios conmigo, eso solo me hace cuestionar esta asociación.
El corazón me late con más fuerza a medida que la tensión se intensifica; los dos hombres están enzarzados en un tenso enfrentamiento en silencio y la expresión de Roger se vuelve cada vez más tensa.
Maldita sea. ¿Qué debo hacer? Me invade un impulso irracional: poner mi mano en la espalda de Roman, deslizarla por la línea de su columna vertebral y aliviar la tensión que la recorre.
Pero no solo le disgustaría, sino que también sería muy poco profesional, y eso solo conseguiría darle más peso a la insinuación de Roger.
Así que inspiro hondo para tranquilizarme y me fuerzo a mantener un tono sereno cuando vuelvo a hablar.
—Señor King, si no quiere llegar tarde a su próxima reunión, tenemos que irnos ya.
Mis palabras rompen el punto muerto. Roger aprovecha la excusa para apartar la vista, y Roman lo suelta y da un paso atrás. Me dedica un breve asentimiento antes de volverse hacia Roger.
—Estaremos en contacto.
La mandíbula tensa de Roger es el único signo visible de su enfado.
—Por supuesto. Esperamos tener noticias tuyas. Y… —sus fosas nasales se dilatan— pido disculpas si he ofendido a alguien. Haverscombe Industries está, como siempre, deseosa de trabajar con el Grupo King. —La última parte ha sonado un poco forzada.
Roman no se molesta en responder. Se da media vuelta y me hace un gesto para que lo preceda hacia la salida.
El camino de regreso al coche transcurre en silencio. Solo cuando estamos dentro y de vuelta a King Plaza, rompo el silencio.
—¿Debería concertar una reunión con Cole para que pueda comentar la reunión? Tendré mis notas mecanografiadas esta misma tarde.
Desvía la mirada de la ventanilla hacia mí.
—No hace falta. No vamos a seguir adelante con el acuerdo. Concierte una reunión con Wright Construction para la semana que viene. Creo que encajarán mejor en este proyecto.
Parpadeo.
—¿Ni siquiera va a hablarlo con su hermano?
—Soy el director general, señorita Callahan. He decidido que Haverscombe Industries no es la empresa adecuada con la que asociarnos. ¿Le parece mal? —A pesar de sus palabras, no hay dureza en su tono.