8
C hloe
Con el estómago rugiendo, miro fijamente la puerta de Roman y tamborileo con los dedos sobre mi escritorio.
No he vuelto a verlo desde que ha desaparecido en su de lo he visto desde que ha desaparecido en su despacho tras la reunión.
Después de que me haya clavado esa mirada fría y me haya dicho que revise su agenda para la semana que viene, que resalte cualquier conflicto o problema y que estuviera lista para informarlo a las tres de la tarde.
Aún no estoy segura de si me dejará regresar mañana ni de cuándo lo decidirá.
He pasado la última hora revisando sus correos, marcando los mensajes prioritarios que requieren atención inmediata y haciendo una lista de las solicitudes de reunión para poder confirmar cuáles quiere que se añadan a su agenda y cuáles debo rechazar.
Ahora me muero de hambre.
Según la agenda de hoy, Roman tiene una comida de negocios a última hora con sus hermanos, pero no ha mencionado cuándo debería comer yo. ¿Debería ponerle un mensaje para anunciar que me ausento e ir a por algo? ¿O debo esperar a que me de permiso?
Me muerdo el labio inferior y miro hacia el pasillo, en dirección al escritorio de Sophie. ¿Sigue allí? Tate y Cole también tienen despachos en esquina, así que no puedo ver a sus asistentes desde aquí.
Sophie se ha pasado un par de veces para ver cómo estaba, y su sonrisa alentadora me ha levantado el ánimo. La última vez que se ha acercado me ha repetido su ofrecimiento de ir a comer conmigo, y estoy deseando aceptarlo.
De repente, molesta conmigo misma por dejar que la actitud intimidatoria de mi jefe me afecte tanto, echo la silla hacia atrás y me levanto.
Después de secarme las palmas sudorosas en la falda, me dirijo hacia su despacho.
Justo cuando levanto el brazo para llamar, la puerta se abre y Roman sale a zancadas.
Doy un rápido paso atrás para evitar chocar con él, pero mi tacón se engancha en la mullida alfombra y pierdo el equilibrio.
Antes de que pueda caer al suelo de una forma muy vergonzosa, unas manos grandes y firmes me agarran por los brazos y me enderezan de un tirón, y el cambio brusco en mi inercia me lleva contra su pecho. Su pecho muy duro.
Inspiro bruscamente a causa del impacto, y un aroma embriagador inunda mis sentidos.
Una mezcla de jabón caro, colonia cítrica y un toque de algo que prácticamente grita «hombre atractivo y sexy».
Casi vuelvo a inspirar para llenar mis pulmones con ese aroma, pero antes de que pueda hacerlo, me doy cuenta de que estoy pegada a mi jefe de una forma muy inapropiada.
Cuando levanto la cara mi siguiente inspiración es un poco temblorosa y mucho menos distraída. He logrado mantener fuera de mi mente lo guapo que es mientras ha estado oculto en su despacho, pero ahora su atractivo me golpea con toda su fuerza.
Sus ojos gris lobo, enmarcados por esas pestañas oscuras, están clavados en los míos.
Desde tan cerca, se ven las motas plateadas que hay en ellos, junto con las finas arrugas que se extienden desde las comisuras y que solo lo hacen más atractivo.
Mi atención se desvía hacia sus seductores labios, que de alguna manera parecen firmes y suaves al mismo tiempo.
¿Qué sentiría si él bajara la cabeza y los pusiera sobre los míos?
Unos dedos fuertes me rodean los brazos, ejerciendo una ligera presión, casi como si estuviera a punto de pegarme a él.
Pero me suelta justo cuando ese pensamiento se me pasa por la cabeza.
Me tambaleo un poco ante lo repentino del gesto, pero rápidamente recupero el equilibrio. Cuando levanto la vista, ya está a varios metros de distancia.
—¿Hay algo que quiera de mí, señorita Callahan? —Hay una ronquera en su voz que no le había oído antes. Parpadeo. Dios mío. ¿Sabe que me estaba preguntando qué se sentiría al tener sus labios sobre los míos? Frunce el ceño—. Estaba a punto de llamar a mi puerta.
Ah. Agacho un poco la cabeza, esperando que mis mejillas sonrojadas no me delaten.
—Eh, sí. Iba a preguntarle si hay algo que necesite que haga ahora mismo, o si le parece bien que vaya a comer algo.
Con las cejas aún fruncidas, mira su reloj.
—Está bien.
Luego se marcha a zancadas.
Bueno, vale, de acuerdo… Supongo que cultivar las buenas maneras no es una de las prioridades de un hombre tan guapo como el pecado y tan intimidante como el infierno.
Sin permitirme pensar más en él, me apresuro por el pasillo hacia el escritorio de Sophie, fuera de la oficina de Tate.
Ella levanta la vista y sonríe cuando me acerco.
—¿Te han dejado salir?
—Eso parece —río.
—Genial, me muero de hambre. —Se levanta de un salto y me guía al ascensor; yo le cuento cómo me ha ido la mañana.
Mientras bajamos a la planta cuarenta, ella escucha, frunciendo el ceño, y niega con la cabeza—.
Roman siempre ha sido el más serio de los tres hermanos.
Lo cual tiene sentido, ya que es el mayor y el director general.
Pero nunca me ha dado la impresión de ser poco razonable.
Obviamente, Lena no te habría contratado si no pensara que tienes suficiente experiencia.
—Supongo que le estoy agradecida por darme una oportunidad. Pero es frustrante pensar que podría perder este trabajo y sin siquiera estar segura de por qué. No puede ser solo por mi edad, ¿verdad?
Antes de que ella pueda responder, se abren las puertas del ascensor y entramos en la cafetería más lujosa que he visto nunca.
Lo que parece un suelo de mármol brilla bajo nuestros pies, y hay varios puestos de comida dispuestos alrededor del perímetro, que ofrecen de todo, desde comida italiana hasta griega y japonesa, pasando por las clásicas hamburguesas y patatas fritas.
Los grandes ventanales dejan entrar mucha luz natural, y la alegre charla de los empleados me tranquiliza.
Al pasar por delante de una lista de precios, me sorprende lo razonables que son.
—Las comidas están subvencionadas —me informa Sophie.
Otra razón más por la que tengo que conservar este trabajo.
A pesar del trato frío de mi jefe, el buen sueldo y las ventajas que me permitirán ahorrar, como las comidas subvencionadas, harán que cuidar de mi padre sea más fácil.
Elegimos sushi y, una vez que tenemos nuestros platos y las botellas de agua, encontramos sitio en una mesa para dos cerca de uno de los grandes ventanales.
Contemplo por un momento las vistas de Manhattan, un tanto diferentes a las que tiene el despacho de Roman, pero igual de cautivadoras.
Le doy un gran bocado al delicioso y fresco rollito California—.
Vale —dice Sophie, limpiándose la boca con una servilleta—. Cuéntame tu historia.
Trago un bocado y cojo mi propia servilleta.
—Mi historia no es muy interesante.
Ella ladea la cabeza.
—No seas tonta. Todo el mundo tiene una historia interesante. Lo que ocurre es que no lo ves porque la has vivido y te parece normal.
Sus palabras me hacen sonreír.
—Supongo que sí. Bueno…, durante los últimos años trabajé para una pequeña empresa de promoción inmobiliaria, pero la compraron hace poco y luego la reestructuraron.
A mi jefe no le pareció oportuno pelear para mantener mi puesto porque iba a tener acceso a un equipo de administrativos.
Y estoy bastante segura de que fue porque rechacé sus insinuaciones unos meses antes de que se anunciara la reestructuración. Aunque no puedo demostrarlo, claro.
Sophie frunce el ceño.
—Cabrón.
Asiento y cojo otra pieza de sushi.
—Lo era —digo cuando puedo volver a hablar—. No me da la más mínima pena no seguir trabajando para él. Por suerte, una amiga me dio los datos de contacto de una agencia de selección de personal, y así fue como acabé aquí.
—¿Estás soltera? ¿Tienes pareja? ¿Hijos? —Mastica con los ojos brillantes de interés. Quizá no conozca a nuevos empleados muy a menudo, trabajando en la planta ejecutiva.
—Soy soltera y no tengo hijos… —Dudo si decir algo sobre mi padre. Pero Sophie parece encantadora, y es alguien con quien me veo haciendo amistad si me quedo, así que sigo hablando—. De hecho, vivo con mi padre. Tiene una enfermedad crónica y necesita ayuda.
Sus ojos brillan con compasión.
—Lo siento mucho. ¿Tu madre sigue con vosotros o…?
Le doy un sorbo de agua, apartando la punzada de pena.
—Mi madre se marchó cuando yo tenía catorce años.
Supongo que ser la esposa de un artista y la madre de una adolescente no era lo que quería.
Desde entonces, solo hemos estado mi padre y yo.
—Se estira sobre la mesa y me aprieta la mano.
El gesto me pilla por sorpresa, pero me tranquiliza.
Le devuelvo el apretón y le sonrío—. No pasa nada. Fue hace mucho tiempo.
—Aun así, es triste. —Por suerte, cambia de tema—. Entonces, ¿tu padre es artista?
—Sí. Pinta unos cuadros increíbles de Nueva York. Solía alquilar un pequeño local y venderlos allí. También por Internet. Pero ahora le cuesta sujetar el pincel, así que…. —Inesperadamente, se me hace un nudo en la garganta y se me quiebra la voz.
—Así que ahora tú lo cuidas.
—Sí. Y un trabajo bien remunerado como este me ayudaría a cubrir sus facturas médicas.
—Lo entiendo. —Sus ojos color avellana se entrecierran pensativamente—. Solo tendremos que asegurarnos de que Roman entre en razón antes de que acabe el día. Si hay algo en lo que pueda ayudarte, dímelo. Lo dejaremos boquiabierto con lo productiva que eres.
—Gracias. —Le dedico una sonrisa agradecida—. Pero si quiero demostrar mi valía, tengo que convencerlo de que soy capaz de hacerlo todo por mí misma. De lo contrario, podría tener razón al pensar que no puedo con el trabajo.
Ella asiente, un poco a regañadientes.
—Me parece justo.
Una vez que termino mi último rollito California, me limpio los dedos con la servilleta y le hago la pregunta que me ha estado rondando por la cabeza toda la mañana.
—¿Qué me puedes contar sobre Roman? Investigué un poco antes de la entrevista, pero no hay tantos artículos sobre él que no estén relacionados con los negocios como los hay sobre sus hermanos.
—Mmm. —Coge un grano de arroz entre los dedos y se lo lleva a la boca—. Es la clase de tío alto, moreno y misterioso. Sin duda, es un adicto al trabajo. Lo ha sido durante años, incluso antes de que tomara el relevo de su padre.
—¿Conocías a su padre?
Sophie arruga la nariz.
—Por desgracia. Digamos que no era precisamente la persona más agradable del mundo.
—Claro, si nos basamos en el uso de información privilegiada. —Algunos de los artículos que encontré durante mi investigación se centraban en la detención del anterior director ejecutivo y su posterior condena de ocho años de cárcel.
—No era solo eso. —Echa un vistazo a las mesas de alrededor, luego se acerca más a mí y baja la voz—. Era un mujeriego empedernido.
Arqueo las cejas.
—¿En serio?
—Se rumorea —dice, acercándose aún más— que uno de los requisitos para trabajar con él era que tuvieras el aspecto de una modelo.
Pongo cara de asco.
—Qué bonito…
—Ajá. Era un auténtico asqueroso. Creo que todos nos alegramos cuando lo arrestaron.
Una duda terrible se enciende en mi mente.
—Sus hijos no son así, ¿verdad?
—Por supuesto que no. Bueno… —Se muerde el labio inferior—. Cole y Tate salían con un montón de mujeres guapísimas antes de conocer a sus parejas. Pero nunca de una forma tan sórdida como su padre.
Aunque me siento un poco culpable por dejarme llevar por los cotilleos, su omisión despierta mi curiosidad. Después de trabajar para Geoff, me gustaría saber qué me espera.
—¿Y Roman?
Sophie entrecierra los ojos y se da unos golpecitos en la barbilla con el dedo.
—No lo creo. Lena no es el tipo de mujer que habría aguantado que coquetearan con ella en el trabajo.
Y nunca he oído rumores sobre él y muchas mujeres.
Por muy distante que sea, da más la impresión de ser un monje que un playboy .
Por otra parte, se casó con una empleada, así que supongo que eso significa que no tiene ningún problema con las relaciones entre compañeros de trabajo.
Me da un vuelco el corazón.
—¿Está casado? —No recuerdo que se mencionara a ninguna esposa en mi investigación, y juraría que esta mañana no llevaba anillo de boda.
—Fue hace años, antes de que yo entrara a trabajar aquí.
Al parecer, se divorciaron al cabo de unos seis meses.
—Aprieta los labios—. La vi una vez, cuando se pasó por aquí hace unos años, no sé por qué razón, y la verdad es que no sé qué vio en ella.
Es guapísima, claro, pero parecía una manipuladora de primera…
— Se endereza y vuelve a mirar a nuestro alrededor—. Ya sabes a qué me refiero.
—Vaya. —¿Seis meses? ¿Qué hizo que se acabara tan rápido?
¿La engañó? ¿Se casó con ella solo porque era guapa y luego se aburrió?
La idea de que pudiera ser la clase de hombre al que solo le importa el aspecto de una mujer me provoca una leve punzada de decepción.
Obviamente, apenas lo conozco, pero no me da esa impresión.
Y en realidad, tampoco es que importe. Mientras no resulte ser como Geoff, puedo soportarlo—. No era su asistente, ¿verdad?
Ella niega con la cabeza y una punzada de alivio me recorre el cuerpo.
—Era la de su padre.