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R oman
A las tres en punto de la tarde —justo cuando le he dicho a Chloe que quería repasar mi agenda para el resto de la semana—, llaman a mi puerta.
—Adelante.
A propósito o no, hoy no he tenido mucho contacto con ella. Aparte de ese encontronazo frente a mi despacho. Cuando la pegué a mi cuerpo.
No fue un gesto deliberado, pero la sensación de sus curvas se me ha quedado grabada en la mente, de todos modos. Junto con su aroma. Joder. No necesitaba saber que huele a una mezcla de vainilla y miel.
Por suerte, mi almuerzo tardío con Cole y Tate ha sido la distracción que necesitaba.
Tras su curiosidad inoportuna de esta mañana, me había preparado para un interrogatorio en el restaurante, pero ninguno de los dos ha sacado el tema.
Aunque estoy convencido de que, si me hubiera quedado más rato, le habrían dado vueltas al asunto.
A los dos les gusta intentar sacarme de quicio un poco más de lo que deberían, pero, como de costumbre, no me he quedado con ellos una vez que he acabado de comer.
Cada vez disfruto más de la compañía de mis hermanos.
Los tres estamos más unidos ahora de lo que lo hemos estado desde que éramos niños.
A pesar del escándalo del arresto de nuestro padre por uso de información privilegiada, porque ha sido precisamente eso lo que nos ha vuelto a unir.
Últimamente, sin embargo, los dos están menos enfocados en la empresa, y hablan tanto de sus mujeres y de la inminente llegada de la hija de Cole como de negocios.
No son temas que me interesen mucho y no tengo nada que aportar, así que, a pesar de sus protestas, los dejo a lo suyo cuando acabamos con los temas laborales.
En ese momento tengo toda mi atención centrada en Chloe, que acaba de entrar en mi despacho y se ha acercado a mi escritorio.
—Buenas tardes, señor King.
Es imposible ignorar lo atractiva que es. Mis dedos se crispan cuando, por una fracción de segundo, mi imaginación se desata y pienso en cómo sería enredarlos en su cabello y tirar lo justo para que sus labios se separen para soltar un jadeo.
Un calor me recorre la espalda cuando la imagen invade mi mente, enviando una embriagadora oleada de excitación por mis venas. Aprieto los puños y cierro de golpe esa puerta mental.
—Siéntese, señorita Callahan —ordeno, con un tono un poco demasiado duro.
Sin dudar, y sin parecer ni un poco nerviosa siquiera, se deja caer con elegancia en la silla al otro lado de mi escritorio y se pone la tableta sobre las rodillas. O bien está inusualmente serena o es mejor que la mayoría ocultando sus nervios.
Endereza los hombros, como si se preparara para afrontar cualquier desafío que yo pudiera lanzarle. Tiene confianza en sí misma, eso hay que reconocerlo, mucho más de la que habría esperado de alguien de su edad. Veinticuatro años. Casi quince años más joven que yo.
Tampoco es que la diferencia de edad entre nosotros tenga ninguna importancia.
—He echado un vistazo a su agenda para la semana que viene y tengo algunas sugerencias —comienza—. ¿Quiere que las repase con usted ahora, o hay algo más de lo que le gustaría hablar primero?
Hago un gesto con la cabeza.
—Puede empezar con la agenda.
Asiente y se pasa un mechón de pelo rubio claro por detrás de la oreja, dejando al descubierto la esbelta columna de su cuello.
—Mañana por la mañana tiene una reunión tras otra.
Le sugiero que posponga la llamada con la oficina de Tokio hasta el miércoles, cuando tenga más flexibilidad horaria…
o algo parecido, al menos. —Sus ojos se cruzan con los míos brevemente antes de que vuelva rápidamente a mirar su pantalla.
Es el primer signo de nerviosismo que le veo desde que ha llegado.
No puedo evitar que se me levanten las comisuras de los labios—.
Tiene una reunión de la junta directiva el jueves por la mañana, así que he apuntado una sesión de preparación para el miércoles por la tarde.
También he hablado con Sophie sobre cambiar la presentación de marketing con Tate al viernes.
Me ha confirmado que el cambio no afectará a su calendario, y eso significa que podrá asistir sin tener que salir corriendo para acudir a otros compromisos.
—Me mira de nuevo, esta vez durante más tiempo, como si esperara una confirmación.
Asiento y lo dejo ahí. Cuando se da cuenta de que eso es todo lo que va a obtener de mí, se humedece los labios y vuelve a bajar la vista, y un tenue tono rosado tiñe sus mejillas.
Joder, no sé por qué, pero me gusta que no esté tan serena como intenta aparentar—.
Eh… tal y como ha pedido, he organizado una reunión de planificación con David para mañana por la tarde.
Su agenda es flexible si esa hora no le viene bien.
—Esta vez gruño en respuesta, entrecerrando los ojos.
¿Ha coqueteado con ella? Conociéndolo, no me sorprendería.
La idea me pone los nervios de punta, aunque no sabría decir por qué—.
Y, por último —continúa—, he confirmado su asistencia para el evento benéfico del viernes por la noche.
He reservado una hora esa tarde para que pueda prepararse o relajarse antes del evento.
—Esos bonitos ojos color del mar se encuentran de nuevo con los míos—.
Si está de acuerdo con los cambios que le he sugerido, puedo conformarlos y seguimos adelante.
Sin apartar la mirada de ella, me paso el pulgar por el labio inferior. Ha hecho un buen trabajo. Teniendo en cuenta que apenas le he dado información con la que trabajar, es impresionante. Sus sugerencias son similares a lo que habría esperado de Lena, salvo por una cosa.
—Está bien, señorita Callahan. Pero desbloquee la tarde del viernes. Tengo cosas mejores que hacer que perder el tiempo relajándome. Eso es trabajo, no una fiesta, piensen lo que piensen los demás.
Ella parpadea.
—De acuerdo. Es que he pensado que, como tiene una semana tan ajetreada, le vendría bien un poco de tiempo para…
—Si quiero un rato para relajarme, se lo diré.
Aprieta los labios, probablemente molesta por mis palabras bruscas. Ni me esfuerzo en disculparme. Si le irrita mi tono, este no es el trabajo adecuado para ella. Mejor que se dé cuenta ahora, cuando aún tiene tiempo de echarse atrás.
—Por supuesto, señor King. —Su sonrisa es forzada.
—¿Algo más?
Vuelve a mirar su pantalla y, por un instante, el hecho de que no me mire se hace demasiado… notorio. Como una sombra fugaz cuando el sol se esconde tras una nube.
—Tenía programada para el martes de la semana que viene una reunión para almorzar con el señor Sato, de Sakamoto Investments, pero tiene que coger un vuelo más tarde y ya no puede acudir a esa hora. En su lugar, ha solicitado una reunión para cenar.
Intento no fruncir el ceño. No me gustan las cenas de trabajo, aunque supongo que las comidas tampoco son mucho mejores. A mi padre le encantaban los aspectos sociales del negocio: el alcohol caro, las mujeres caras.
Las reuniones de ese tipo tienen menos que ver con acuerdos legítimos y más con el quid pro quo . Prefiero sentarme al otro lado de la mesa de la sala de juntas y cerrar un acuerdo sin tener que fingir que disfruto de la compañía de otros capullos ricos y egocéntricos.
Pero en este trabajo no hay otra opción.
—Está bien. Reserva mesa en Magnolia’s para las siete de la tarde. Asegúrate de que sea una mesa tranquila, alejada del comedor principal.
Ella pulsa en la tableta.
—Sí, señor. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarle?
—Eso es todo por ahora. —Mientras se levanta, me obligo a mantener la mirada fija en su rostro en lugar de dejarla vagar por su cuerpo. Me cuesta más esfuerzo del que debería. Da un paso hacia la puerta, luego se detiene y se vuelve hacia mí.
—¿Señor King? —Me recuesto en la silla y enarco las cejas. Ella saca la lengua y se humedece los labios, pero sus ojos siguen clavados en los míos—. ¿Ha tenido tiempo de pensar si puedo desempeñar este trabajo a su entera satisfacción?
Me tomo mi tiempo para formular mi respuesta.
No puedo negar que lo ha hecho bien. Si fuera cualquier otra persona, estaría más que satisfecho con la rapidez con la que ha captado mis prioridades y requisitos.
Pero ese no es el problema. A pesar de lo competente que es, una parte de mí sigue queriendo decirle que no venga mañana.
Si mi padre estuviera aquí sentado, no dudaría en contratarla.
Y la idea de que yo pueda parecerme en algo a él me revuelve el estómago.
Como si fuera una señal, las palabras de mis hermanos de esta mañana regresan para atormentarme.
Si la dejo marchar, podría acabar trabajando para alguien igual que mi padre.
Muchos hombres la mirarían una sola vez y se propondrían averiguar hasta qué punto estaba dispuesta a llegar su asistente personal.
No puedo negar que me atrae. Pero tengo fuerza de voluntad más que suficiente para ignorarlo.
Para tratarla como a cualquier otro empleado, independientemente de lo guapa que sea.
O de lo bien que huela. A mi padre le faltaba autocontrol, pero yo he convertido esa cualidad en mi punto fuerte.
A estas alturas, esa diferencia debería estar clara para todos.
Ella sigue mirándome, moviéndose inquieta.
Su expresión la delata de nuevo. La rebeldía florece en sus ojos y su delicada mandíbula se tensa.
Apoya una mano en la cintura y se echa hacia delante.
—Me gustaría pensar que hoy he hecho un buen trabajo, señor King.
No, sé que lo he hecho bien. Y con muy poca ayuda por su parte, debo añadir.
No es justo que menosprecie mis capacidades por mi edad.
Puede que sea más joven que sus otras asistentes, pero Lena me contrató por una razón.
Si no es capaz de ver más allá de lo superficial y reconocer que puedo hacer bien este trabajo, entonces…
—Se endereza con un suspiro—. Entonces, usted se lo pierde.
No debería gustarme cómo su carácter luchador traspasa la máscara de calma y profesionalidad que ha llevado puesta casi todo el día.
La calma y la profesionalidad son dos de los atributos más importantes que busco en una asistente.
Y, sin embargo, ver cómo su verdadera personalidad rompe esa fachada me provoca una inesperada sacudida en el pecho, una sensación que no había experimentado en mucho tiempo.
No dejo que se note mi reacción, sin embargo. En su lugar, me enderezo y entrelazo los dedos sobre mi escritorio.
—Puede relajarse, señorita Callahan. Hoy ha hecho un buen trabajo y puede conservar el puesto.
Sus labios se entreabren.
—¿Puedo? —Asiento, observando cómo las emociones se reflejan en su rostro. Al cabo de un momento, se queda con una expresión de vergüenza, un rubor que se extiende por sus altos pómulos. Tras inspirar hondo, dice—: Le pido disculpas por mi arrebato. Estaba…
Levanto una mano para detenerla.
—No pasa nada. Pero espero que mantenga la profesionalidad en todo momento de aquí en adelante. Ahora representa al Grupo King. Me representa a mí. Por favor, recuérdelo.
Agacha la cabeza, frunce los labios por un momento y su expresión se suaviza hasta convertirse en esa ya familiar máscara profesional.
—Sí, por supuesto, señor King.
Me paso la lengua por los dientes delanteros en un intento por ocultar mi diversión.
—Eso es todo.
Se da media vuelta para marcharse y yo me contengo con todas mis fuerzas para no dejar que mi mirada se desvíe hacia su trasero mientras se aleja.
Cuando sus dedos tocan el pomo de la puerta, se detiene y se vuelve hacia mí.
—Gracias —dice, con un tono teñido de una vulnerabilidad que insinúa algo más que simple gratitud.
Una chispa de curiosidad se enciende en mi interior. Durante todo el día solo ha mostrado determinación, pero, de repente, he vislumbrado otra vez ese lado frágil que se esconde debajo. ¿Qué está pasando detrás de esos bonitos ojos?
No importa. En mi interior, refuerzo mis barreras. La distancia profesional dicta que no se crucen las líneas personales. Cualquier curiosidad que tenga sobre mi nueva asistente tendrá que quedar insatisfecha.
Hago un breve gesto de asentimiento y ella sale por la puerta. Una vez que se ha ido, hago rodar mi pesado bolígrafo plateado entre los dedos, permitiéndome un momento más para cuestionar mi decisión. Luego alejo de mi mente cualquier duda que aún persista en mi cabeza.
Controlarme ante las mujeres guapas nunca me ha resultado difícil. ¿Por qué iba a cambiar eso ahora? No me sentiré tentado de acostarme con ella como lo haría mi padre y, a diferencia de mis hermanos, definitivamente no me enamoraré.
Satisfecho de haber tomado la decisión correcta, me concentro en mi ordenador y vuelvo al trabajo.