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C hloe
Mi cuerpo se hunde cuando la puerta se cierra tras Roman, pero un instante después, me invade el pánico. ¿Por qué le he dicho que iba a demostrarle mi valía? No tengo ni idea de cómo voy a hacerlo en mi primer día, sobre todo cuando apenas he encendido el ordenador.
—Eh… —dice Sophie, con los ojos muy abiertos—. Lo siento muchísimo. No sé por qué él… —Niega con la cabeza—. ¿Qué quieres hacer ahora?
Me muerdo el labio y echo un vistazo al lugar, esperando que me venga la inspiración.
Por desgracia, no se me ocurre nada. ¿Cómo demonios se supone que voy a impresionar a un hombre como Roman King?
Porque tiene razón: nunca he trabajado a su nivel antes, y es poco probable que el software y las herramientas que usan aquí sean las mismas que yo usaba en Talon.
Me vuelvo hacia Sophie.
—¿Puedes ayudarme?
Ella asiente rápidamente.
—Por supuesto. ¿Qué necesitas?
—Empecemos por lo básico. ¿Puedes enseñarme cómo funciona la aplicación de planificación y dónde están los archivos del proyecto actual?
Las dos rodeamos mi escritorio y, una vez que me ha enseñado las aplicaciones que necesito, me explica lo que sabe del sistema de Lena. Mientras, tomo notas en un bloc que he encontrado en un cajón, y voy creando una guía de referencia rápida para mí misma.
Vale. Mi mente trabaja a toda máquina mientras echo un vistazo al calendario de Roman. Está repleto. Muy repleto. Al revisarlo, me llama la atención una reunión marcada en rojo que tiene esta mañana, más tarde. Parece que va a informar a su equipo directivo sobre una empresa llamada EcoTech.
—¿Dónde encuentro los archivos relacionados con esta empresa? —le pregunto a Sophie, señalando la entrada del calendario.
—Deberían estar aquí.
La sigo hasta un archivador junto a la pared, donde revisa varios expedientes antes de sacar uno y tendérmelo.
Le echo un vistazo mientras vuelvo a mi escritorio. Maldita sea. Los detalles no me dicen gran cosa y no tengo tiempo para asimilarlos todos.
Aun así, hay algunas cosas que me resultan familiares de mi época en Talon.
—¿Dónde están los últimos informes de mercado?
—Normalmente se guardan en la unidad compartida, en la carpeta de Análisis. Aquí. —Sophie señala la pantalla. Al retirar la mano, mira su reloj—. Siento dejarte sola, pero tengo que volver al trabajo. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarte antes de irme?
Esbozo una sonrisa, aunque lo que de verdad me gustaría hacer es rogarle que se quedara.
—Gracias. Creo que lo tengo controlado. Haré todo lo que pueda y espero que sea suficiente.
—Yo también lo espero. Sería divertido tenerte por aquí.
Si tienes más preguntas, este es mi número de extensión.
—Anota un número en mi bloc de notas y me lo pasa—.
Puedo responder a cualquier pregunta que tengas, o venir aquí y enseñarte lo que necesites.
—Dicho esto, se da media vuelta y se dirige hacia el pasillo—.
Ah. —Se detiene y se vuelve de nuevo hacia mí—.
Si te queda algo de tiempo libre a la hora de comer, ven a buscarme.
Te llevaré a la cafetería de los empleados.
A pesar de mi pánico persistente, me invade una sensación de calidez.
—Sería estupendo. Gracias.
Con una renovada determinación, vuelvo al trabajo y ojeo el archivo de EcoTech. Rebusco en el escritorio, encuentro un bloc de notas adhesivas y marco la información clave que creo que Roman podría necesitar para su reunión.
Cuando termino, exploro el software de CRM que realiza un seguimiento del estado de los proyectos y las interacciones con las partes interesadas.
Tomo más notas mientras comparo los detalles con los correos recientes para detectar actualizaciones que aún no se han añadido al expediente.
Apartando las dudas que me carcomen, decido informarlo de ellas.
Cuando se acerca la hora de la reunión, inspiro hondo, cojo el bloc y mi nueva tableta, y voy hasta su despacho.
A mi llamada a la puerta le sigue un lacónico «Adelante».
Resisto el impulso de poner los ojos en blanco. Si he podido aguantar al salido de Geoff durante los seis últimos meses, puedo aguantar al gruñón de Roman. Si tengo suerte, claro. Primero, tengo que asegurarme de que no me despida.
Abro la puerta con cuidado y, con toda la confianza que puedo reunir, entro en lo que resulta ser un enorme despacho en esquina, todo de madera oscura y elegancia discreta, con ventanas de suelo a techo en dos lados que enmarcan un impresionante paisaje urbano digno de uno de los cuadros de mi padre.
Por un momento, me distraen las vistas, pero rápidamente vuelvo a centrar mi atención en Roman. Está recostado en su silla detrás de un amplio escritorio de madera, mirándome con esos intensos ojos grises, unos ojos que hacen que mi corazón lata un poco más rápido.
Son los nervios, obviamente. Porque, vaya, Roman King resulta intimidante cuando me clava la vista de ese modo.
Si soy sincera, probablemente sea el hombre más intimidante que he conocido jamás.
Mi padre es todo lo contrario: amable, cariñoso, un poco ausente a veces —y algo gruñón últimamente—, pero nunca intimidante.
Respetaba al padre de Geoff; siempre fue justo con sus empleados.
A su hijo no lo respetaba en absoluto. Pero ninguno de los dos era lo que yo habría considerado intimidante.
Roman, sin embargo, con su presencia naturalmente imponente y la forma desconcertante en que me mira —como si pudiera ver a través de mí mientras mantiene ocultos todos sus propios pensamientos—, me amedrenta muchísimo Pero de ninguna manera se lo voy a dejar entrever, y menos después de los comentarios que me ha hecho antes.
Carraspeo y esbozo una sonrisa fría y profesional.
—Señor King, he preparado el informe para la reunión de esta mañana. Incluye puntos clave sobre los posibles impactos en el mercado a partir de los últimos datos, así como actualizaciones que podrían resultarle relevantes.
No hace ningún gesto de coger el expediente, así que se lo tiendo. Por suerte, lo coge en lugar de dejarlo colgando en el aire. Tampoco me habría extrañado…
Mientras hojea las páginas, con una expresión indescifrable, hago todo lo posible por no mover los pies y no dejar entrever lo nerviosa que estoy.
Echo un vistazo a los sillones de cuero frente a su escritorio y no puedo evitar pensar que ojalá se me hubiera ocurrido sentarme antes de lanzarme a soltar un discurso.
Al final, deja caer el expediente sobre su escritorio y me mira fijamente, pasándose el pulgar por el labio inferior, con un gesto lento.
—No está mal, señorita Callahan. —A pesar de su tono mesurado, hay un matiz de renuencia en su elogio tibio.
Frunzo el ceño, frustrada. ¿Qué le pasa conmigo?
Puedo entender que le haya sorprendido mi edad, pero con tres años de experiencia y buenas referencias de mi último trabajo, eso no debería importar.
En cualquier caso, no voy a rendirme sin luchar.
Este trabajo —y el sueldo que conlleva y que tanto necesito— es demasiado bueno como para dejarlo pasar solo porque mi jefe tenga algo en contra de mí.
—¿Hay algo más en lo que pueda ayudarle antes de su reunión? —Mantengo un tono neutro.
Echa un vistazo al expediente que tiene delante y luego levanta la cabeza hacia mí.
—No. Repasaré esto con más detalle antes de la reunión.
—¿Necesita que me quede y tome notas?
Entrecierra los ojos y agacha la cabeza. Luego coge el bolígrafo y da unos suaves golpecitos con él en la madera oscura de su escritorio.
—Sí. Imprima una docena de copias del informe de mercado más reciente y asegúrese de que la sala de reuniones de esta planta esté lista.
—Sí, señor. —Ridículamente satisfecha de que no me haya despachado, dejo que una sonrisa más amplia y sincera se cuele entre la expresión profesionalmente serena que he estado manteniendo.
En respuesta, su mirada se aguza, así que refreno mi entusiasmo a toda prisa, decidida a no darle ningún pretexto para deshacerse de mí. Por lo que he visto hoy de él, ser una persona muy alegre no debe de figurar en su lista de cualidades ideales para una asistente.
Con los labios apretados, asiento, me doy media vuelta y me voy. En cuanto la pesada puerta se cierra detrás de mí, corro a mi escritorio e imprimo el informe que me ha pedido. Luego me dirijo a la sala de juntas ejecutiva que Sophie me ha señalado durante la visita a las instalaciones.
Al ver que han dejado una jarra de agua y una docena de vasos en el aparador, los coloco sobre la mesa y pongo un informe en cada sitio.
Luego regreso corriendo a mi escritorio para repasar a toda prisa las notas que he tomado.
No creo que me hagan ninguna pregunta, pero quiero estar preparada por si acaso.
Diez minutos más tarde, se abre la puerta de Roman y él sale a zancadas, sin el expediente. ¿Se habrá memorizado todo lo que necesitaba, o es que lo que le he proporcionado no le ha servido de nada?
Se me revuelve el estómago, pero rápidamente aparto ese pensamiento inútil y me levanto, estirándome la falda con las palmas de las manos. Sin detenerse, me mira por encima del hombro.
—No te olvides de la tableta.
Esta vez sí que pongo los ojos en blanco.
Debe de pensar de verdad que soy una novata si me da instrucciones tan básicas.
Con la tableta en la mano, lo sigo. Por desgracia, desde esta perspectiva, es imposible no fijarse en cómo le queda la chaqueta del traje en los hombros o en cómo su cabello oscuro se le riza un poco en la nuca.
¿Esos mechones entre mis dedos me parecerían suaves?
Sacudo la cabeza bruscamente para alejar mis pensamientos de donde se habían desviado, y me doy una colleja mental. Ese es el primer y último pensamiento inapropiado sobre mi jefe que dejaré que me distraiga.
La sala de reuniones está ahora llena de hombres y mujeres de aspecto serio, sentados alrededor de la mesa, la mayoría de ellos revisando el informe que he presentado. Roman ocupa la silla a la cabecera y luego me señala una vacía justo a su lado.
Me siento, correspondiendo cortésmente la sonrisa al hombre que tengo al lado, y luego coloco mi tableta sobre la mesa, lista para tomar notas.
Roman carraspea e, inmediatamente, todas las miradas se posan en él. Echa una ojeada a la sala antes de detenerse un breve instante en mí. Otro pequeño y extraño escalofrío me recorre la espalda antes de que siga adelante, con su expresión tan indescifrable como siempre.
—Muy bien —dice—. Empecemos.