5
R oman
Mientras me dirijo hacia mi escritorio, saco el teléfono del bolsillo y busco el contacto de Lena.
Ella responde, alegre.
—¿Cómo está mi exjefe favorito?
No dejo que su alegre saludo me desanime.
—¿Qué demonios has hecho?
—¿De qué estás hablando?
Ha usado ese tono de falsa inocencia muchas veces en los últimos años. Y no puede engañarme con él.
—Has contratado a la única persona a la que te dije expresamente que no contrataras.
Cuando hablé con Lena después de su entrevista con Chloe, le dije que buscara a otra persona.
Alguien mayor, con experiencia, como ella, en vez de a una mujer que parece que acaba de salir de la universidad; una mujer con sedoso cabello rubio claro, labios carnosos y rosados y unos enormes ojos que no sé si son azules o verdes.
Y desde luego, mucho menos a una mujer que, en cuanto la vi, me hizo imaginar cómo serían esos labios envueltos alrededor de mi pene.
Sin embargo, su atractivo no es mi mayor problema con ella, porque, a diferencia de mi padre, yo tengo el control cuando se trata de mujeres, especialmente de las que trabajan para mí.
Mi problema es que Lena sabía de sobra qué cualidades buscaba en una asistente, y aun así fue en contra de mis deseos y la contrató de todos modos.
Una nueva oleada de irritación me recorre el cuerpo al pensarlo.
—Es imposible que una mujer tan joven como ella sea una asistente eficaz —gruño—. Ya te lo dije.
Durante los siete últimos años, Lena ha dirigido mi oficina como una máquina bien engrasada.
Si quiero mantener al King Group en la cima, donde debe estar, necesito una asistente que pueda moverse en situaciones de alta presión, que pueda lidiar con el tipo de ejecutivos testarudos con los que hacemos negocios todos los días, por no hablar de los que intentan meterse en las bragas de cualquier mujer atractiva que ven.
Y Chloe es, sin duda, atractiva.
Sin embargo, no puedo decir abiertamente que su aspecto es un problema por muchos hombres con los que haga negocios que, o bien no la respeten como mi representante debido a su aspecto, o bien se distraigan demasiado con él.
—Y yo ya te dije que eso era ridículo —dice Lena—. Cualificada es cualificada. Quizá tener a alguien con un carácter un poco más dulce cerca te suavice un poco.
Parpadeo y frunzo el ceño —¿Qué?
—¿Sabes?, creo que mi hija me está llamando. El bebé puede nacer en cualquier momento, así que mejor me voy, por si acaso. Dale una oportunidad a la chica, Roman. Te alegrarás de haberlo hecho. ¡Adiós!
Cuando se corta la línea, aparto el teléfono de la oreja y lo miro con el ceño fruncido. ¿Qué demonios acaba de pasar? Puede que Lena ya no trabaje para mí, pero pensaba que asumiría cierta responsabilidad por sus actos.
Me siento en mi escritorio y pulso el botón de encendido de mi ordenador con un poco más de fuerza de la necesaria. Cuando suena el teléfono, deslizo el dedo para contestar sin molestarme en mirar quién es, ya que estoy esperando la llamada.
—Buenos días —saluda Cole—. Ahora mismo voy de camino a las instalaciones del Génesis-1, así que no tengo mucho tiempo.
—Está bien. —Tamborileo con los dedos sobre el escritorio, todavía concentrado en la insubordinación de última hora de Lena y en mi aspirante a asistente que está ahí fuera—. En cuanto se conecte Tate, empezamos.
Como si el hecho de pronunciar su nombre lo hubiera invocado, Tate se conecta.
—Buenos días, hermanos míos. —Su tono excesivamente alegre me saca de quicio.
—¿Cuántos cafés te has tomado para estar tan alegre a estas horas?
—Si crees que mi buen humor se debe a la cafeína, es que obviamente has olvidado lo que se siente al tener suerte a diario.
—Me alegro por ti. —Por muy contento que esté de que él y Cole se hayan asentado con las mujeres que aman, podría prescindir de los constantes recordatorios y de las pullas sobre mi desinterés por encontrar a alguien para mí. Ya he pasado por eso; ya lo he hecho y no pienso volver a hacerlo.
—¿Quién te ha jodido el día tan de mañana? —pregunta Cole.
Me encuentro entrecerrando los ojos hacia la puerta, como si eso fuera a permitirme ver a través de la gruesa madera lo que Chloe está haciendo ahí fuera en su intento por demostrar su valía.
Aunque ella prácticamente me haya suplicado que le diera una oportunidad, debería haberme mantenido firme en mi decisión y haberle pedido a Sophie que la acompañara a la salida.
Pero la forma en que me ha mirado —con la mandíbula levantada en señal de desafío, aunque un atisbo de vulnerabilidad brillara en sus ojos— me ha detenido.
Ese susurro de fragilidad envuelto en determinación se me ha clavado en el pecho de una forma desconocida, haciéndome decir que sí cuando debería haber dicho que no. Cuando debería haber puesto fin a todo eso ahí mismo en lugar de alargar las cosas durante todo un día.
Me obligo a volver a centrarme en la conversación.
—Lo siento. Lena la ha fastidiado con su sustituta, y ahora tengo que encontrar a otra persona.
—Eso no parece propio de Lena —dice Cole—. ¿Cómo la ha fastidiado?
—Ha contratado a la única candidata a la que le dije expresamente que no contratara.
—Déjame adivinar —dice Tate con tono burlón, rebosante de diversión—. Ha contratado a esa rubia bajita a la que trataste mal en el ascensor.
—No la traté mal . —Las palabras salen con más sarcasmo del que pretendía.
Tate se ríe.
—Sí que lo hiciste. Joder, Lena tiene sentido del humor.
—Su sentido del humor no es el problema —refunfuño—. Es su capacidad para seguir instrucciones lo que hay que mejorar.
—Entonces, ¿qué problema tienes con…? —Cole deja la frase en el aire, expectante.
—Chloe —digo su nombre a regañadientes.
—¿Y qué problema tienes con Chloe, entonces?
—Ya la has visto. Parece que acaba de salir de la universidad.
—¿Y? —pregunta.
Agacho la cabeza y me pellizco el puente de la nariz.
—¿Y qué?
—Si es competente, eso parece una razón espuria para no contratarla.
—Aún tiene que demostrarlo.
—Parece que no vas a dejar que lo demuestre.
Me tiembla el ojo y sacudo la cabeza.
—Nos hemos desviado del tema.
—¿Sabes? —dice Tate, todavía demasiado alegre—, creo que me gusta esta chica. Hacía tiempo que no te veía tan alterado.
Miro con ira la pantalla de mi teléfono, aunque no sea una videollamada.
—Yo no me altero.
—No, no te alteras. —Su tono se vuelve de repente pensativo, y no me gusta.
Inspiro hondo y bajo la voz.
—Sabes tan bien como yo cómo se va a ver esto.
Cuando solo me encuentro con silencio, la tensión de mis hombros se alivia. Por fin he conseguido hacerles entrar en razón.
Entonces Cole vuelve a hablar.
—Tú no eres papá.
Un peso familiar me oprime el esternón. Nuestro puñetero padre siempre se aseguraba de tener a mano a una mujer guapa y complaciente. Desde nuestras niñeras hasta las empleadas domésticas, pasando por sus asistentes personales.
Interrumpo esa línea de pensamiento. He dejado sus acciones atrás de una vez por todas. Aunque no puedo decir lo mismo de nuestro círculo social, nuestros socios comerciales o los malditos medios de comunicación.
—Y he tenido mucho cuidado de comportarme de manera que nuestros inversores y accionistas confíen en ello.
—A ver si lo entiendo bien —responde Tate lentamente—. ¿Te preocupa contratar a esta mujer porque das por hecho que la gente pensará que eres como papá?
Me rasco la frente.
—Sabes que lo pensarán. Y no podemos permitirnos ese escrutinio.
Cole se ríe.
—Podemos permitirnos muchas cosas.
No lo entienden. Están embriagados de amor —o del cóctel químico que sea que les da vueltas en el cerebro, alterando sus prioridades—. No se lo envidio —demonios, es lo que yo creía que quería hace mucho tiempo—, pero eso significa que soy yo quien tiene que mantener la vista puesta en el futuro.
—Llevamos tres años dedicándonos a controlar los daños. Tenemos la oportunidad de consolidar la posición del Grupo King de cara al futuro. Lo último que necesitamos es que papá y su reputación nos frenen desde la cárcel.
—¿Qué fue lo que me dijiste sobre no vivir a la sombra de papá? —pregunta Tate.
Debería haber sabido que me iba a echar ese consejo en cara.
—No me preocupa mi vida personal. Tengo todo lo que quiero.
Es en la empresa en lo que estoy pensando.
Cuando la gente me ve, no puede evitar acordarse de él, y lo último que necesitamos es munición para alimentar rumores o suposiciones.
Si no les hace pensar que tolero el mismo tipo de comportamiento, les dará más munición para querer vernos fracasar.
—Pues demuéstrales que se equivocan —dice Cole.
—Las aventuras de papá eran de dominio público porque nunca se molestó en ocultarlas.
Joder, todo el mundo sabe que mantenía al menos a tres amantes cuando fue a la cárcel.
No castigues a esta pobre chica por sus acciones.
Su edad y su aspecto no deberían influir en su empleo.
Si no da la talla, sustitúyela. Pero si puede ayudar, quédatela y mantén la misma relación profesional que has tenido con tus anteriores asistentes.
Sean cuales sean los pensamientos iniciales de la gente, es cómo te comportes con ella lo que cambiará su percepción.
Me paso los dedos por el pelo. Como ninguno de mis hermanos parece dispuesto a darme la razón, lo intento desde otro ángulo.
—Será el blanco de todos los capullos salidos con los que hagamos negocios.
Cole resopla.
—Estoy seguro de que sabe cómo defenderse.
—¿Y quién mejor que tú para protegerla de las insinuaciones de esos capullos? —interviene Tate—. Si la dejas marchar, va a buscar otro trabajo. Y hay muchas posibilidades de que acabe trabajando para uno de ellos.
Un nudo de inquietud se me forma en la garganta ante la imagen que se dibuja en mi mente.
Una imagen de ella. Con ese cabello rubio y sedoso, más luz de luna que de sol, esos labios carnosos y esos cautivadores ojos azul verdoso; a los hombres con los que trato se les haría la boca agua ante la idea de tenerla a su entera disposición.
Se me tensan los hombros de nuevo y tengo que moverme para relajarlos.
Puede que Tate tenga razón. Pero ¿estoy preparado para aceptarla? Si lo hago, tendré que ser aún más profesional de lo que fui con Lena, asegurarme de que no haya absolutamente ningún indicio de conducta inapropiada entre nosotros.
—Aún tendrá que demostrar su valía. —Mi voz suena renuente, incluso para mis propios oídos.
—Eso no hay ni que decirlo —apunta Cole, con un matiz de diversión que no me molesto en pedirle que explique.
—Ahora, si ya habéis terminado de cuestionar mis decisiones laborales, ¿podemos hablar de nuestros planes de futuro? —De momento, quiero apartar de mi mente cualquier pensamiento sobre Chloe Callahan .
Rápidamente nos sumergimos en una conversación sobre el calendario de construcción de Genesis-1 —nuestro último proyecto de rascacielos de lujo— antes de pasar a nuestros planes en torno a EcoTech, como preparación para mi reunión de esta mañana con nuestro equipo ejecutivo sobre la propuesta de adquisición.
Pero a pesar de mi determinación de apartar a Chloe de mi mente, ella sigue colándose en momentos aleatorios. No sé decidir si espero que fracase estrepitosamente para poder despedirla o que demuestre su valía para poder mantenerla apartada de hombres como mi padre.