El rey distante (Empty Kingdom 3) 4
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C hloe

Me invade una sensación de déjà vu cuando atravieso el vestíbulo del King Plaza.

El hombre que está detrás del mostrador de seguridad no es el mismo que conocí la mañana de mi entrevista.

—Hola. Me llamo Chloe Callahan . Hoy empiezo a trabajar en King Group.

Teclea en su ordenador, luego asiente y me dedica una sonrisa.

—Tienes que ir a la planta cincuenta y tres. Si esperas un momento, llamaré para asegurarme de que haya alguien allí para recibirte. Luego puedes subir.

Coge el teléfono, pulsa un botón y habla brevemente con alguien. Un momento después, me acompaña hasta los ascensores y espera conmigo hasta que las puertas se abren.

Me hace un gesto para que entre, pasa una tarjeta por el escáner y pulsa el botón del piso cincuenta y tres.

—Gracias. —Le dedico una sonrisa radiante, haciendo todo lo posible por disimular mi nerviosismo.

Cuando me guiña un ojo antes de que la puerta se cierre entre nosotros, no estoy segura de haberlo hecho muy bien.

Mientras el ascensor asciende en silencio, inspiro hondo para tranquilizarme.

Este edificio y mi nuevo jefe puede que sean mucho más lujosos que mi último lugar de trabajo, pero mis tareas serán más o menos las mismas: esforzarme para tenerlo todo a tiempo, llevar la organización, ser siempre profesional. Entonces, ¿por qué estoy tan nerviosa?

Tras lo que parece un abrir y cerrar de ojos, el timbre del ascensor suena suavemente y las puertas se deslizan para abrirse. Al salir, me recibe una mujer de cabello castaño rojizo con brillantes ojos color avellana y una gran sonrisa.

Me tiende la mano.

—Tú debes de ser Chloe. Soy Sophie Emerson, la asistente de Tate King. —Parece unos años mayor que yo, y la amabilidad de su expresión me tranquiliza de inmediato.

—Encantada de conocerte.

—Te enseñaré el lugar y te ayudaré a instalarte —dice—.

Primero pasemos por tu escritorio, y luego recogeremos tu tarjeta de seguridad y nos aseguraremos de que todas tus cuentas funcionan.

—Dicho esto, ya se aleja a paso ligero. Aferrándome con fuerza a mi bolso, me apresuro para seguir el ritmo de sus largas zancadas; ella es varios centímetros más alta que yo, con mi metro sesenta y cinco.

Cuando consigo ponerme a su altura, sonríe y va un poco más despacio—.

Lo siento, una se acostumbra a moverse rápido por aquí.

—¿Hay tanto ajetreo?

Hace una mueca, aunque su expresión es afable.

—Siempre. —Entonces se le escapa una risa—. Pero me encanta. Me encanta la variedad del trabajo y el ambiente de la oficina. Además, mi jefe, Tate, es bastante tranquilo.

—¿Y Roman?

Me mira de reojo con los labios fruncidos.

—Eh, bueno…

—No pasa nada —rio—. Cuando lo conocí, me dio la impresión de que no era precisamente del tipo tranquilo.

—Quizá no tan relajado como Tate. —Me dedica una sonrisa burlona.

Su calidez natural es reconfortante, y mis nervios se desvanecen un poco más.

Al doblar una esquina, señala un escritorio—.

Este es el tuyo. —Luego señala con la cabeza hacia una gran puerta de caoba situada en una pared de cristal esmerilado frente a mi mesa—.

Esa es la oficina de Roman. —Me quedo mirando la puerta, con el corazón acelerado.

¿Estará dentro? El recuerdo de nuestro encuentro en el ascensor —el momento en que me miró con tanta intensidad— vuelve a mi mente de golpe y siento un cosquilleo en el vientre.

Con un suave «Ajá» sacudo la cabeza, para olvidarme de esa reacción.

Es mi jefe, no una posible cita. Sophie va detrás del escritorio y abre un cajón de la parte inferior—.

Puedes dejar aquí tus cosas. Después te acompañaré a buscar el pase.

Guardo mi bolso y la sigo de nuevo cuando ella sale corriendo.

Media hora más tarde, estamos de regreso. Llevo pase, aún caliente, sujeto a la cintura, una tableta nueva bajo el brazo y una hoja de papel con mis contraseñas impresas entre los dedos.

Una vez que he iniciado sesión en mi ordenador, Sophie se asoma por encima de mi hombro y me señala algunos de los programas que voy a utilizar. Estoy a punto de abrir la bandeja de entrada cuando un movimiento me llama la atención: un hombre que dobla la esquina y se acerca con zancadas enérgicas.

Hombros anchos, estatura imponente y un traje perfectamente entallado.

Roman.

Siento un extraño cosquilleo en el estómago cuando esos penetrantes ojos grises se clavan en los míos.

Se frena en seco y una arruga aparece entre sus cejas oscuras. Se vuelve hacia Sophie y me señala.

—¿Qué hace aquí?

Mi espalda se endereza de golpe. Puede que sea guapísimo, pero está claro que es grosero, teniendo en cuenta que estoy sentada justo delante de él.

Sophie lo mira, luego me mira a mí y vuelve a él.

—Eh, esta es Chloe Callahan. Es tu nueva asistente ejecutiva.

Tensa esa mandíbula cincelada.

—No, no lo es.

La sensación de vértigo que antes sentía en el estómago se convierte en una caída en picado.

—¿Qué quieres decir?

Se acerca con paso firme, con la mirada clavada en mí.

—Me temo que Lena ha cometido un error al contratarla, señorita Callahan.

Por desgracia, no es la persona adecuada para este puesto.

—Se vuelve hacia Sophie—. Llama a la agencia.

Diles que ha habido un malentendido y que la señorita Callahan no tiene la culpa de nada. —Me mira de reojo—. Puede irse.

El corazón me late con fuerza en las sienes y ahoga sus siguientes palabras. ¿De qué está hablando? Necesito este trabajo.

Inspiro hondo, echo la silla hacia atrás y me levanto; alzo la barbilla y lo miro directamente a los ojos.

—¿Por qué exactamente no soy la persona adecuada para el puesto?

Enarca las cejas, probablemente porque no está acostumbrado a que sus empleados lo desafíen. Quizá sería más prudente mantener la boca cerrada, pero como al parecer voy a perder el trabajo si no digo algo, da igual si se molesta.

Tensa aún más la mandíbula y me echa un vistazo de arriba abajo, con una expresión gélida e indescifrable.

—No puede tener más de tres o cuatro años de experiencia.

Necesito a un profesional cualificado, alguien que pueda ayudar con las operaciones comerciales, proporcionar apoyo estratégico y ser el primer punto de contacto para contratos por valor de miles de millones de dólares.

Alguien que pueda manejar a clientes que tienen más ego y poder del necesario y que no saben qué hacer con él.

—Apenas puedo contener una risita. Le dijo la sartén al cazo…

Se lo señalaría, pero no creo que me beneficie en nada—.

Como ya he dicho, Sophie llamará a la agencia y…

No voy a quedarme de brazos cruzados y dejar que este trabajo se me escape de las manos porque otro imbécil arrogante con traje se crea mejor que yo.

—Sí, soy joven —lo interrumpo de nuevo, y juraría que rechina los dientes—.

Pero eso no significa que sea incapaz de hacer todas esas cosas.

Llevo tres años trabajando como asistente ejecutiva y, aunque esa empresa no era tan grande como esta, el ritmo era frenético y la presión, alta, y lo gestioné a la perfección.

No tiene ninguna razón válida para creer que no soy capaz de hacer este trabajo. Lena, obviamente, cree que sí lo soy.

Sophie observa nuestro intercambio con la boca y los ojos muy abiertos.

Roman frunce el ceño.

—Mire, señorita Callahan. No estoy cuestionando sus habilidades.

Solo le estoy diciendo que no es adecuada para este puesto en concreto.

No es un insulto: es la realidad de la situación.

Le pido disculpas por hacerle perder el tiempo, pero cuanto antes pueda hablar Sophie con la agencia, antes podremos resolver esto.

Se vuelve hacia su despacho, pero antes de que pueda desaparecer, salgo corriendo de detrás del escritorio, con el corazón en un puño.

—Deme hasta el final del día y le demostraré que puedo hacerlo.

Se gira lentamente, con el rostro convertido en una máscara enigmática mientras me escruta. Le sostengo la mirada, conteniendo el aliento, segura de que va a reírse en mi cara y a mandarme a freír espárragos.

En cambio, se rasca la barbilla, dejando que el silencio se prolongue y la tensión aumente hasta que, por fin, asiente.

—De acuerdo, señorita Callahan. —El tono ronco de su voz al pronunciar mi nombre casi me hace estremecer—. Veamos si tiene lo que hay que tener para impresionarme.

Sin esperar a ver mi reacción, entra a zancadas en su despacho y cierra la puerta tras de sí.