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C hloe
Protegiéndome los ojos con una mano, echo la cabeza hacia atrás para contemplar el coloso de acero y cristal que se eleva sobre mí. King Plaza. Sede del Grupo King y el sitio donde tendrá lugar mi entrevista de esta mañana. Es intimidante, por decirlo suavemente.
Cuando la agencia de selección de personal me llamó para hablarme de una vacante que había que cubrir rápidamente, no lo dudé ni un segundo. Lo necesitaba. Han pasado dos semanas desde que Geoff «me dejó marchar» y he estado revisando páginas de empleo y sitios web sin descanso.
Durante catorce mañanas seguidas, me he despertado con el pánico oprimiéndome el pecho.
Es un recuerdo desagradable de los meses que siguieron a la repentina marcha de mi madre de nuestras vidas, cuando yo tenía catorce años.
Mi padre seguía pintando por aquel entonces, pero cuando ella nos abandonó, tanto él como su musa artística se vieron muy afectados.
Hasta entonces no me había dado cuenta de lo rápido que puede cambiar la vida.
De lo fácil que es que te quiten la alfombra de debajo de los pies.
Pero darle vueltas al pasado no me va a ayudar a cruzar esas puertas. Inspiro hondo una vez más, enderezo los hombros y ando con toda la confianza que puedo hacia la entrada.
Una vez dentro, me dirijo al mostrador de seguridad en el centro del vestíbulo, con mis tacones repiqueteando con fuerza sobre el suelo de mármol negro.
—Hola —le digo al hombre de aspecto severo que está detrás del mostrador—. Me llamo Chloe Callahan y vengo a una entrevista con Lena Harris.
—¿Chloe? —Al oír la voz femenina me giro y veo a una mujer mayor, con el pelo negro y rizado y unos ojos marrones inteligentes, que me tiende la mano—. Soy Lena.
Se la estrecho con una sonrisa.
—Encantada de conocerte.
—Ven por aquí. —Señala hacia una fila de ascensores relucientes.
La sigo y, una vez dentro de la cabina de acero inoxidable, Lena pulsa el botón del cuarto piso.
Antes de que se cierren las puertas, tres hombres altos entran a zancadas detrás de nosotras.
Tres hombres a los que reconozco de inmediato gracias a la investigación que he hecho sobre la empresa.
El de pelo oscuro y ojos azules penetrantes es Cole King, el jefe de Operaciones del Grupo King.
El rubio con ojos marrón dorado es Tate King, el jefe de Marketing, y el tercero es…
Se me seca la garganta al fijarme bien en él.
El tercero es Roman King, el director ejecutivo.
Mi posible nuevo jefe.
Las fotos no le hacen justicia a ninguno de ellos, pero sobre todo a Roman.
Desde su altura —más o menos de uno noventa o uno noventa y tres— hasta la anchura de sus hombros ceñidos por ese traje gris carbón impecablemente entallado, y desde su cabello perfectamente arreglado, casi negro, hasta la línea imponente de su mandíbula, es, con diferencia, el hombre más atractivo que he visto en la vida real.
Cuando las puertas por fin se cierran, su mirada se posa en mí, aguda e indescifrable.
Con un lento paseo, unos ojos gris lobo bordeados por densas pestañas oscuras recorren mi cuerpo, enviando una oleada de calor que cabalga por mis venas.
Cuando esa mirada hipnótica vuelve a encontrarse con la mía, una sutil descarga crepita en el aire entre nosotros.
Aunque debe de ser solo mi imaginación; aparte de un ligero entrecerrar de esos increíbles ojos, su expresión impasible no cambia en absoluto.
—Buenos días, Roman —dice Lena con alegría, y su atención se dirige hacia ella como si solo ahora se diera cuenta de su presencia—. Parece que, después de todo, vas a conocer a una de tus posibles asistentes.
Vuelve a fijarse en mí con una intensidad similar a la de un láser.
—Ah, ¿sí?
Su voz es grave y suave, y casi tan indescifrable como su expresión. Y la tensión que había en el ambiente cuando me ha mirado por primera vez ha desaparecido por completo. Si es que alguna vez estuvo ahí…
A pesar de lo seca que tengo la garganta, me obligo a tragar saliva y le tiendo la mano, sonriendo con toda la calidez que puedo.
—Encantada de conocerle, señor King.
Duda un momento antes de que su gran mano envuelva la mía.
—Lo mismo digo. —A juzgar por su expresión gélida, había esperado que su piel estuviera fría al tacto, como si en realidad fuera algún tipo de vampiro pecaminosamente guapo, pero la palma de su mano es cálida y está seca. Aunque el contacto me provoca un pequeño escalofrío.
Antes de que tenga oportunidad de analizar esa reacción, me suelta.
Un momento después, el ascensor se detiene, las puertas se abren.
—Ya hemos llegado —anuncia Lena.
Le dedico otra sonrisa a Roman, pero él ya se ha vuelto hacia sus hermanos.
Un calor punzante me recorre el cuerpo ante su indiferencia.
Puede que sea guapísimo, pero no es precisamente encantador.
Aunque quizá eso sea bueno. Puedo lidiar con la falta de encanto.
Trabajar para un hombre tan atractivo, que además es cálido y amable, podría ser peligroso; el riesgo de quedarme pillada de él es demasiado alto para mi tranquilidad.
Y todo el mundo sabe que pillarse del jefe es buscarse un lío.
Las puertas se cierran detrás de nosotras y carraspeo al llegar junto a Lena, carraspeo.
—¿El señor King siempre es tan…? —Me cuesta encontrar una palabra que transmita el impacto de su presencia.
Lena se ríe.
—¿Intenso? La respuesta corta es sí. Pero yo diría que un término más adecuado es «motivado». Es uno de los mejores empresarios que conozco, y está muy centrado. Lo que significa que espera que todos los que trabajan para él también lo estén.
—Eso no supone un problema —me apresuro a decir, aunque la preocupación constante por el cuidado de mi padre me sigue rondando la cabeza.
Me conduce a una sala pequeña pero lujosamente amueblada y señala un par de sofás situados uno frente al otro, separados por una mesa de centro de cristal.
Una vez que nos sentamos las dos, echo un vistazo a la puerta.
—¿El señor King no se unirá a nosotras?
—No. Por desgracia, tiene la agenda completamente llena. Pero confía en mí para elegir a alguien adecuado.
Asiento, sin saber muy bien si el hecho de sentirme aliviada porque mi posible jefe no vaya a entrevistarme es una buena señal. Pero si estuviera aquí, mirándome como lo ha hecho en el ascensor, no sé si sería capaz de pensar con claridad, y mucho menos de hablar sin tartamudear.
—Bueno —dice Lena con una sonrisa—. Cuéntame un poco sobre ti.
Pasamos los veinte minutos siguientes hablando de mi formación académica y de mis trabajos anteriores. Respondo con todo el tacto posible cuando me pregunta por Geoff. No quiero que me vean como alguien que habla mal de su antiguo jefe.
—Así que estuviste en Talon durante tres años. ¿Cuál fue el motivo por el que te fuiste? —pregunta.
Vuelve la opresión en el pecho, la que me ha estado atormentando durante las dos últimas semanas.
—Hubo una adquisición y se eliminaron varios puestos durante la reestructuración, incluido el mío.
Ella murmura algo ininteligible, y el sonido parece más bien la confirmación de algo que ya sabía. Me imagino que probablemente sea un detalle que le pasó la agencia de selección de personal.
—Ahora bien, ¿has…?
El tono de llamada de mi móvil se oye desde el bolso que tengo a los pies, rompiendo el silencio de la sala. Mierda. Se me olvidó ponerlo en silencio al llegar porque no suelo hacerlo: normalmente lo mantengo encendido por si mi padre me necesita.
—Lo siento. —Rebusco en mi bolso, desesperada por que sea solo una llamada aleatoria que pueda rechazar.
Pero cuando por fin lo encuentro y el nombre de mi padre aparece en la pantalla, se me encoge el corazón—.
Lo siento mucho —repito—. Tengo que contestar esto rápido.
—Lena arquea una ceja, pero se limita a asentir.
Deslizo el pulgar por la pantalla para coger la llamada y me acerco el teléfono a la oreja.
—¿Va todo bien?
La voz ligeramente nasal de Susan suena a través del auricular.
—Tu padre ha tropezado. Le he dado unos analgésicos y parece que está bien, pero he pensado que debía avisarte, por si acaso tenías pensado tomarte tu tiempo para regresar a casa.
Aprieto el teléfono con fuerza. Ella sabe que no voy por ahí, de juerga por la ciudad, sin motivo.
Mi vida social ha estado prácticamente en suspenso desde que el estado de mi padre empeoró hace un par de años.
Pero necesito su ayuda, así que, en lugar de responderle bruscamente, mantengo un tono tranquilo.
—Vale, gracias por avisarme. ¿Te importaría quedarte con él hasta que llegue a casa? No tardaré mucho.
Ella accede a regañadientes y, con un nudo en el estómago, cuelgo. No es culpa de mi padre, pero el momento en que se ha caído no podría haber sido peor. Ahora ya no hay forma de que consiga este trabajo, y menos teniendo en cuenta el comentario de Lena de hace un rato sobre la concentración.
Me guardo el móvil en el bolso y le dedico una sonrisa de disculpa.
—¿Los niños? —pregunta, con un tono teñido de una pizca de compasión que no esperaba.
—Mi padre, en realidad. —Suspiro—. Tiene artritis reumatoide y se ha caído.
—¿Vives con él?
—Sí, me mudé hace un par de años para echarle una mano. — Niego con la cabeza—. Perdón de nuevo por la interrupción, y entiendo si te he hecho perder el ti…
Levanta una mano.
—No tan rápido. Tienes a alguien que depende de ti en casa. Es comprensible. Y sé lo que es. He pasado por eso.
—Te lo agradezco, pero supongo que la situación no es ideal.
Se encoge de hombros.
—Ninguna situación es ideal, y todos tenemos personas que dependen de nosotros: hijos, padres, incluso empleados.
Para ser sincera, saber que has dado un paso al frente para ayudar a tu padre hace que me caigas aún mejor.
—Los nudos en mi estómago se aflojan un poco—.
Pero tengo que preguntártelo. ¿Este tipo de cosas ocurren con frecuencia?
¿Es probable que tengas que salir de la oficina a menudo en mitad de la jornada laboral?