2
R oman
El ritmo trepidante y las luces intermitentes me están dando un maldito dolor de cabeza. Tengo casi treinta y nueve años y soy demasiado mayor para esta mierda.
La preciosa morena sentada a mi lado recorre mi antebrazo con una brillante uña de color rojo motor.
—No me puedo creer que seas el dueño de este club. Es tan sexy…
—Soy copropietario —respondo distraídamente. Debería estar más concentrado en ella. En el contorno de sus pechos bajo su ceñido vestido negro y en las largas y suaves piernas que no deja de cruzar para llamar mi atención.
En cambio, mi mente está centrada en mi trabajo. Debería estar en mi despacho. Preferiría estar ahí, pero en lugar de eso, me encuentro aquí, saboreando un whisky en la inauguración de un nuevo club nocturno exclusivo que mis hermanos y yo poseemos.
Hablando de eso… Recorro el local con la mirada hasta que encuentro a Tate, quien, como era de esperar, está acurrucado en un rincón con su prometida, Violet, sentada en su regazo. Le está susurrando al oído y ella tiene la cara levantada y se está riendo.
Niego con la cabeza. Nunca pensé que vería el día en que mi hermano menor sentaría cabeza, y mucho menos que se comprometiera.
Pero nunca lo he visto más feliz. Lo cual, por extraño que parezca, me hace feliz a mí.
Mi otro hermano, Cole, no ha venido esta noche. Con su mujer a punto de dar a luz, pasar el rato en una discoteca es, comprensiblemente, una de sus últimas prioridades.
A mí tampoco me suele apetecer mucho. Pero es bueno para el negocio hacer acto de presencia cuando inauguramos un nuevo club o restaurante.
A los inversores del King Group les gusta vernos salir a celebrar nuestro éxito, aunque estas iniciativas no sean más que proyectos secundarios para nosotros.
Aunque pueda reforzar la confianza en la dirección de la empresa —algo imprescindible cuando asumimos el control hace poco menos de tres años—, es lo último que me apetece hacer.
Y sobre todo esta noche.
La mujer que tengo al lado desvía su atención hacia la parte superior de mi muslo, rozando con los dedos los pantalones de mi traje, peligrosamente cerca de mi entrepierna.
Mi pene se despereza a modo de respuesta, pero yo lo ignoro. Tengo cosas más importantes en la cabeza que un polvo probablemente mediocre con una mujer cuyo nombre olvidaré en cuanto mi chófer la lleve a casa.
Como adquirir EcoTech Building Solutions —una empresa especializada en tecnología de construcción de vanguardia y respetuosa con el medio ambiente—, que consolidaría la posición del King Group como líder en el sector inmobiliario de lujo sostenible durante los próximos años.
Algo por lo que he estado trabajando desde que tomé las riendas del negocio.
Pero varias empresas están cortejando a EcoTech, y su propietario, Ellis Anderson, está decidido a asociarse con una cuyos estándares éticos coincidan con los de él.
Teniendo en cuenta que el antiguo director ejecutivo del King Group es un conocido mujeriego que está cumpliendo condena por uso de información privilegiada, demostrar que la nueva dirección de la empresa no es en absoluto igual a la anterior ha sido una ardua batalla.
No ayuda que los nuevos líderes, mis dos hermanos y yo, seamos los hijos del anterior director ejecutivo.
Los tres hemos hecho todo lo posible durante los últimos años para demostrar que en la familia King no se cumple lo de «de tal palo tal astilla».
Mientras no nos veamos envueltos en ningún escándalo, tenemos muchas posibilidades de conseguir esa adquisición.
Ahora que Cole está casado y esperando su primer hijo, y que Tate —antes el blanco favorito de los paparazzi — lleva una vida feliz y estable, la empresa debería salir por fin de la sombra de mi padre.
Aunque no puedo decir lo mismo de mí.
Un apretón en mi muslo devuelve mi atención a la morena — ¿Brianna, tal vez?—. Está haciendo un puchero muy bonito. Probablemente porque la he ignorado casi por completo desde que se ha plantado a mi lado.
—¿Por qué estás tan serio, guapo? Deberías estar divirtiéndote. —Se echa hacia mí, rozándome el brazo con un pecho apenas contenido por su vestido—. Puedo ayudarte con eso. —Me roza la oreja con los labios—. No tengo reflejo nauseoso.
Mi pene se alza con un poco más de entusiasmo esta vez.
Hace meses que no estoy con una mujer y, por un instante, considero aceptar su oferta.
Como en todos nuestros clubes, los baños vip son lujosos.
Podría llevarla a uno y ver lo rápido que se puede arrodillarse y hacer que me corra antes de que yo le devuelva el favor.
Inmediatamente descarto la idea. Por muy tentador que sea, tengo más autocontrol que todo eso. Más autocontrol que mi padre. Él se habría llevado a Brianna a uno de esos baños más rápido de lo que habría tardado en cerrar otro acuerdo inmobiliario.
Pero él está en la cárcel, donde debe estar, y ahora yo dirijo la empresa. Seguir sus pasos en cualquier sentido es lo último que quiero hacer.
Aparto la mano de Brianna de donde está: masajeándome sugerentemente el muslo.
—Esta noche no.
Ella se retira y enarca las cejas, sorprendida. Probablemente no esté acostumbrada a que la rechacen después de su revelación sobre el reflejo nauseoso.
La música cambia y el ritmo se vuelve aún más frenético. Miro el reloj. Son casi las once. Ya he estado aquí bastante tiempo. Cuando miro al camarero más cercano, se apresura a acudir a mi lado.
—¿Sí, señor King?
—Otra copa para la señorita. —Señalo con la cabeza hacia Brianna, cuya expresión se vuelve enfadada al darse cuenta de mi intención.
Ni pestañeo cuando pide una botella de Cristal.
Tampoco es que no me lo pueda permitir, y si es lo que necesita para lidiar con el rechazo, por mí está bien.
Con su aspecto, dudo que vaya a estar sola por mucho tiempo.
Me despido del camarero y de Brianna con un gesto, luego me levanto y me dirijo hacia Tate y Violet.
—Me voy —digo al acercarme.
Tate echa un vistazo a Brianna, que ahora está sentada sola.
—Espero que al menos te vayas a casa, y no a la oficina.
Cuando arqueo una ceja, él niega con la cabeza, fingiendo consternación.
—Es viernes por la noche, tío. Tienes que tomarte un descanso de vez en cuando.
—¿Qué crees que he hecho las dos últimas horas?
—¿Tratándose de ti? Trabajo.
Me conoce demasiado bien. Pero teniendo en cuenta lo poco que duermo, prefiero ser productivo en la oficina antes que perder el tiempo en casa.
—Nos vemos el lunes.
Pone los ojos en blanco y me despide con un gesto de la mano. De todos modos, solo son palabras. Es imposible que él y Violet aguanten más de otros diez minutos. Los dos no pueden mantener las manos apartadas el uno del otro más rato.
Hubo un tiempo en que a Tate le gustaban este tipo de eventos y las oportunidades que ofrecían, pero últimamente es tan reacio como yo a quedarse, y más cuando podría estar pasando el rato a solas con su prometida.
Hablando de su prometida: Violet me está observando, con el ceño fruncido y la preocupación brillando en sus ojos azules. Sin embargo, no dice nada, solo me dedica una suave sonrisa.
Les doy las buenas noches y luego le envío un mensaje a mi chófer mientras me abro paso entre la multitud que se agolpa en el club. Para cuando bajo las escaleras, la elegante limusina negra me está esperando y Phillip tiene la puerta abierta.
—¿Ha pasado una buena noche, señor King?
Me recoloco las gafas.
—Depende de lo que entiendas por buena.
Él se ríe entre dientes.
—Si no le gustan los clubes, ¿por qué sigue invirtiendo en ellos?
Le dedico una mirada significativa.
—Porque dan dinero.
—¿Y necesita más?
Resoplo. Phillip lleva cinco años conmigo, así que, a diferencia de la mayoría de la gente que trabaja para mí, se puede permitir un comentario así.
Una vez que me siento, cierra la puerta y se acomoda en el asiento del conductor.
Miro por la ventanilla el borrón de luces de los coches y edificios, y mis pensamientos vuelven a las malas noticias que he recibido esta mañana.
Mi asistente ejecutiva de toda la vida, Lena, ha presentado su renuncia.
Ella y su marido se mudan a California. Al parecer, a su hija le faltan solo unas semanas para tener su primer hijo, y su novio la ha abandonado.
Por más que lo intente, nadie diría que soy una persona blanda, pero incluso yo puedo entender el deseo de Lena de estar ahí para su hija.
Aun así, perderla dista mucho de ser lo ideal.
Durante siete años, ha mantenido mi oficina funcionando a la perfección, y no me imagino a nadie ocupando su puesto y haciendo ni la mitad de bien que ella el trabajo.
Me ha prometido encontrar un sustituto adecuado, y solo puedo esperar que la persona que ella considere digna esté disponible para empezar de inmediato.
Lo ideal sería que asistiera a las entrevistas, pero ahora mismo no tengo ni un momento libre en mi agenda.
Tendré que confiar en ella para asegurarme de que quienquiera que elija cumpla con mis estándares.
Con la marcha de Lena a la vuelta de la esquina y mil cosas más en la cabeza, no me molesto en esperar a llegar a la oficina para ponerme a trabajar.
Me sirvo un vaso de whisky del decantador que hay en la consola central, le doy un sorbo, abro mi aplicación de correo y me pongo a redactar respuestas.