Capítulo 58
E l aire está impregnado de un aroma a pino y oscuridad.
En algún lugar, un animal gimotea.
Avanzo hacia él entre la maleza. Las espinas se me enganchan en la ropa, las zarzas crujen bajo mis pies descalzos. Aparezco en un claro iluminado por la luna.
En el centro yace una loba del mismo color que la luna, aunque hay sangre manchando su pelaje. Está herida. Tiene la pata atrapada en un cepo.
Me gruñe al ver que me acerco, pero no puedo dejarla ahí y que se muera.
—Shhh —susurro—. Todo irá bien.
Abro las fauces del cepo con los dedos, sangrantes por cómo resbalan sobre los duros dientes metálicos.
La loba gime. Se libera como puede antes de volverse para encararme.
Por un momento nos quedamos mirando.
—No te vayas —le digo—. Te necesito.
Ella se gira. Sale disparada.
—¡No!
Me veo envuelta por la oscuridad.
—¡Vuelve!
El viento ya no sopla entre los árboles y la luna desaparece. Las sombras reptan entre la maleza, deslizándose por la hierba como serpientes.
—¡No me dejes! —grito—. ¡Por favor!
Estoy perdida.
Estoy vacía.
Estoy sola.
La oscuridad me engulle.
Pero oigo una voz a lo lejos.
«Quédate conmigo».
—Quédate conmigo, princesa. Por favor.
Estoy asediada por el dolor. Me obligo a levantar los párpados, pero me pesan mucho.
Todo está borroso. Noto algo blando bajo mi cuerpo. Estiro los dedos y percibo el tacto de la hierba húmeda.
El rostro de Callum se vuelve nítido ante mí.
En sus ojos se aprecia una sombra de terror y una pátina húmeda. Tiene el cabello rubio ceniciento alborotado; el cuello y el pecho, ensangrentados.
Está inclinado sobre mí, presionándome el costado con una mano.
—Oh, Diosa. —Se le quiebra la voz—. Lo siento mucho, Aurora. Lo siento mucho. Nunca debería haberte dejado.
—Estás aquí. —La brisa se lleva consigo mis débiles palabras.
—Estoy aquí. —Una lágrima resbala por su rostro. Quiero acariciarlo, retirársela, pero está demasiado lejos. Me pesa demasiado el cuerpo. Me toca una mejilla—. Estoy aquí.
Sonrío.
Ahoga un sollozo.
—Te pondrás bien.
Y entonces comprendo que cree que voy a morir.
Hay algo importante que quiero decirle, pero mi cerebro está enmarañado. No encuentro las palabras.
Me tiemblan los párpados. El mundo se diluye.
—Quédate conmigo, princesa. Tienes que superar esto. Por favor…
Callum se pone tenso y vuelve el rostro por encima del hombro. Un segundo más tarde, alguien se deja caer de rodillas a su lado.
—Apártate. —Una voz masculina y acerada se abre paso por la oscuridad.
Sin dejar de apretar la mordedura con la mano, Callum se mueve un poco. Me coge una de las manos y me sostiene los dedos con los suyos con fuerza, como si así pudiera evitar que me desmayara.
—¿Puedes salvarla? —La voz de Callum suena contrita. Temerosa.
Lo lejos que estoy de todo ahora mismo no me impide notar que su voz no debería sonar así. Es fuerte, confiado, un guerrero. No le teme a nada.
—No lo sé. —El rostro de Blake se compone ante mis ojos.
Es una visión monstruosa. Tiene el cuello y el pecho teñidos de sangre, además de fango en el pelo. Su semblante se ha vuelto serio, y también eso parece fuera de lugar.
¿Y la sorna? ¿Y esa sonrisilla característica en sus labios?
Cierro los ojos.
Él me da unos toquecitos en la mejilla.
—Mírame.
Pero mis párpados están cerrados a cal y canto. Y además, no me apetece mirarle.
—Tendría que haber sabido que eras demasiado débil —dice Blake—.
O quizá no sea debilidad, quizá simplemente estés demasiado avergonzada como para mirarme.
¿Recuerdas la bofetada que me diste, pequeña liebre?
¿En mis aposentos? Yo estaba de rodillas frente a ti.
¿Quieres saber lo que creo? Creo que estabas enfadada conmigo porque te imaginaste a ti misma sentada en mi cara. Y te gustó.
Abro los ojos de golpe. La sorpresa y la rabia se prenden en mi interior.
—¿Qué coño…? —masculla Callum.
—Calla —corta Blake—. ¿Recuerdas mi traición, pequeña liebre?
¿Recuerdas que te tenía colgada en las mazmorras?
—El gruñido de Callum reverbera en mi propio cuerpo, pero mantengo los ojos fijos en los de Blake.
Sobre él, las estrellas titilantes se enfocan y desenfocan—.
Te usé para obtener lo que quería. Te convertí en un peón en mi jugada.
Te aparté de Callum, al que también encerré.
Me gustó verte de esa manera, sabes. Inmovilizada y encadenada.
Indefensa. Impotente . Podría haberte hecho toda clase de cosas.
Toda clase de perversidades. ¿Te habría gustado, Aurora?
La ira flagra dentro de mí, caliente, salvaje y pútrida. Me sube por la garganta como si fuera una serpiente venenosa, por lo que un siseo se desprende de mis labios. Duele. Diosa, cómo duele.
Gimoteo y se me cierran los párpados.
—¡Dioses, Aurora! —Blake da un golpe contra el suelo junto a mi cabeza. Yo ni me inmuto—. ¡Enfádate! ¡Enfádate conmigo!
—¡Ya basta, Blake! —interviene Callum—. No sé qué estás haciendo, pero busca otra forma. Ve a por algunas hierbas, sutúrale la herida. Hazlo. ¡Restitúyela! —La súplica latente en su voz me rompe el corazón.
—¡La han mordido, Callum! ¡La única forma de que sobreviva es que deje de contenerla!
—¿Contener el qué?
—¡Su loba! —La voz exasperada de Blake atraviesa la oscuridad que se cierne sobre mí.
Callum enmudece un momento.
—¿De qué coño estás hablando? No es una loba.
—Pues claro que sí, mentecato. Es mitad loba, igual que yo. Y la mordedura de James conseguirá que, o bien su loba presente batalla, o caiga rendida ante la herida y la mate. —Vuelve a abofetearme—. Mírame. No he acabado contigo todavía.
Yo giro la cabeza, incapaz de entender nada de lo que dicen.
—¡Aurora! ¡Maldita sea! —estalla Blake.
Me coge de la barbilla.
La vida se me escapa. Puedo sentir mi alma abandonar mi cuerpo, que se convertirá de nuevo en esa cáscara vacía que fui durante tantos años. La oscuridad se apodera de mi pecho y me entra frío. Mucho frío.
Ya ni siquiera la mano de Callum en torno a la mía consigue transmitirme calor.
Voces masculinas movidas por la urgencia flotan en el aire, pero no consigo dotarlas de sentido.
—Hazlo y ya está —impreca Callum.
—Joder. No se trata de… No se trata de medicina. Solo de algo que leí.
—No es…
— ¡Es una loba!
Intento centrarme en los hombres arrodillados junto a mí. Intento centrarme en lo que dicen. Es algo que tiene que ver conmigo. Algo importante.
—¿Qué pasa? —inquiere Callum, sombrío.
—Creo que puedo compartir mi… fuerza vital con ella. Si es una loba.
—Debería hacerlo yo —señala Callum.
—No. Tiene que ser… No… No tengo tiempo de explicártelo. Solo… apártate.
—Blake… —advierte Callum en voz baja.
—¡Que te apartes! —La voz de Blake suena del todo antinatural. Furiosa. Temerosa. Rotunda.
Se pone encima de mí. Casi puedo sentir su calor.
Coloca su antebrazo a un lado de mi cara, con la mano en mi mejilla mientras y yo intento volver el rostro.
Presiona su frente contra la mía y susurra algo en una lengua que no conozco.
No distingo si se trata de un cántico, una oración o una plegaria.
Lo único que sé es que mis pulsaciones disminuyen, el aire está frío y la vida huye de mi cuerpo.
Estoy cansada. Muy cansada.
Si tuviera fuerzas para rezar, le diría a la Diosa que escogeré una vida distinta en caso de sobrevivir.
Viviré al máximo. Me atreveré a tener esperanza y sueños por lo que de verdad anhelo .
Lucharé por mí y por los demás. Aprenderé a pelear.
Protagonizaré mi propia historia en vez de ser un personaje secundario en la de los reyes. Nunca más volveré a estar encadenada.
Y amaré. Amaré sin reservas y sin restricciones. Amaré hasta que me consuma el amor.
Mi respiración se ralentiza. La noche inunda mis sentidos, oscura y repleta de sombras. Me duele el alma. Se me cierran los ojos. Alguien grita. Alguien susurra.
Todo está frío.
Y entonces, silencio.
Vuelvo a estar en ese bosque, a merced de la cavernosa oscuridad.
Las ramas no susurran y la maleza está inmóvil. Lo único que hay es una negrura densa e implacable.
Esto no es lo que quiero.
«Lo que quiero es vivir».
Un rayo de luz revolotea hacia mí.
Con el ceño fruncido, trato de alcanzarlo.
Abro los ojos de golpe a la vez que Blake hace lo mismo. Separa sus labios y deja escapar el aliento.
—Sí —Los músculos de su antebrazo se tensan—. Eso es. Tómalo.
Me aferro a ello, sea lo que sea, y siento… vida .
Oscura, humeante y cálida. Lo atraigo hacia mí y Blake se deja. Un sonido grave le rasga la garganta al intentar mantenerse como está sin aplastarme.
—Eso es. —Traga saliva—. Tómalo.
La esencia de la noche me inunda los pulmones. Percibo el aroma a bosques oscuros, a pergaminos mohosos, a la luz parpadeante de una vela.
Yo lo absorbo. Lo acerco más. Los brazos de Blake, que cierra los puños sobre la hierba, tiemblan.
El eco de un goteo retumba en mis tímpanos. Noto un regusto a moho en la lengua. Restalla un trueno, o tal vez se trate del sonido que se fragua en el pecho de Blake.
Lo necesito. Lo quiero.
Hundo los dedos en la tierra húmeda y tiro con más fuerza.
Se me arquea la espalda, envuelta por un vendaval que nos rodea.
Capto un destello de plata. Un cuchillo quirúrgico. Veo grilletes, cadenas y sangre. Mucha sangre. Alguien, en algún lugar, está gritando. ¿Soy yo? ¿Otra persona?
No me importa. Simplemente quiero más.
Varias imágenes relampaguean ante mí. Una mujer que chilla. Un conejo que corre por una habitación oscura. El restallido de un látigo. El sabor de un rayo. Miles de estrellas iluminan un cielo infinito.
Me llega el olor a veneno, sangre y oscuridad.
— Joder, Aurora. —La respiración de Blake, cuyos ojos refulgen con fuerza, resulta pesada.
Y yo camino por un bosque.
O quizá esté en la iglesia de la Ciudad del Rey. Solo que unas ramas atraviesan las vidrieras. Las enredaderas trepan por las columnas de piedra y la maleza irrumpe entre los mosaicos del suelo. Está oscuro, como si alguien bloqueara el sol.
Un gruñido sordo retumba en el lugar y sacude el altar. Proviene de la boca oscura de la cripta, donde las sombras se esparcen como si fueran humo.
Oigo el eco de mis pasos mientras me aproximo.
Unos ojos relucen en la oscuridad.
Hay algo ahí abajo, algo que gruñe.
—Ahí estás —susurra Blake.
Mi mirada se ancla a la suya. El firmamento es inmenso a su espalda. El viento le sacude el cabello.
«Más».
Blake sisea entre dientes y su cuerpo tiembla. Noto que intenta retirarse, por lo que engancho el brazo en torno a su cuello para obligarle a descender. Él emite un sonido gutural. Sus músculos se tensan bajo mis dedos.
—Ya basta. —La voz aterrorizada de Callum suena lejana.
Blake aprieta su frente contra la mía. El lobo asoma en su mirada.
—¡Basta!
Arrancan a Blake de mí. Exhalo y mi aliento se pierde en el cielo de las Tierras del Norte.
Me siento blanda. Ligera. Vuelvo a posar la cabeza en la hierba.
Me siento débil pero completa. La sangre ya no mana de mi cuerpo.
El dolor se ha disipado. Me toco el costado con una mano lenta; está irritado, pero no hay herida alguna.
Enfoco el rostro de Callum.
—¿Callum? —susurro.
—Estoy aquí. —Esboza una tenue sonrisa. Una lágrima surca su mejilla enfangada—. Estoy aquí. Te pondrás bien.
Él me toma entre sus brazos y me estrecha contra su pecho. Vuelvo a suspirar, envuelta por su calor.
«Me pondré bien».
—Mi castillo está a poca distancia. —La voz de Blake suena extraña. Carraspea—. Iremos allí.
Callum alza la mirada desde mi hombro y asiente. Al bajar la vista, su semblante se endurece.
—Contrólate.
Blake tensa la mandíbula.
—Que te den, Callum. —Camina por el sombrío paisaje—. No tienes ni puta idea de… —El viento se lleva su voz.
Callum suspira y me acerca más a él.
—Vayamos a algún lugar cálido —me dice antes de ir tras los pasos de Blake—. Ya estás a salvo.