El rey de los lobos 1 Capítulo 57 #2
96%

Capítulo 57 #2

Una carcajada enloquecida brota de entre sus labios con la fuerza de su último aliento.

Y entonces su cuerpo se queda quieto. Vacío. No es nada más que una estatua grotesca y ensangrentada del monstruo que fue antaño.

Me asalta la incredulidad. Lo he matado. Está muerto de verdad.

Temblorosa, empujo la puerta y la abro de golpe.

Salgo, y la madera astillada me hiere la piel.

Esquirlas del cristal se desprenden de mi vestido en cuanto me pongo de pie.

Creo que estoy conmocionada, porque todo me parece lejano.

Una adrenalina fría me recorre el cuerpo a pesar de que el peligro ya ha pasado.

Me tambaleo sobre la hierba y casi tropiezo con la rueda desmembrada del carruaje.

Estoy en una explanada. Los caballos han desaparecido. El hombre que conducía yace muerto en la colina por la que nos hemos despeñado. Estoy sola.

La luna me alumbra con sus rayos y el aire nunca me ha sabido tan dulce. Sabe a libertad. Al futuro con el que jamás me atreví a soñar. A esperanza.

Acabo de matar a alguien y estoy segura de que más adelante sentiré algo al respecto. Pero, ahora mismo, sonrío.

Hasta que un gruñido a mis espaldas rasga la noche.

Me doy la vuelta.

Un gran lobo marrón con marcas en las patas se acerca a mí. Sus músculos se tensan con cada movimiento. Me muestra los dientes.

Yo suspiro al comprender qué es lo que ha derribado el carruaje.

—¿James? —inquiero con cuidado, con delicadeza—. No pasa nada. Ya está. Lo he matado.

La amenaza refulge en su mirada. Yo retrocedo, con el ceño fruncido.

—James, ¿qué haces? Has dicho que…

Percibo el peligro que emana de él.

Es incluso más grande que Callum. El suelo tiembla con cada paso que da.

No sé si es que está enfadado conmigo por haberle arrebatado esa muerte, si es que quiere arrebatarle algo a Sebastian a pesar de que ya ha muerto o si es que está a merced de su lobo interior y solo ansía sangre.

Pero sus ojos prometen muerte.

Dejo escapar una carcajada casi histérica por la desesperación que burbujea en mi interior. Sacudo la cabeza.

—No. No puedes hacer eso. No puede ser que acabe así. —Empuño el cuchillo ensangrentado con vehemencia—. No puede ser.

Él gruñe, un gruñido cuya vibración llega hasta mi alma.

— No .

«Sí», parece decir él.

Me giro.

Echo a correr.

James cae sobre mí y se me escapa el cuchillo. Grito al sentir sus dientes hundiéndose en mi cintura. Me da la vuelta mientras la sangre caliente se escapa de mi cuerpo y tiñe su hocico de escarlata.

Estoy ardiendo. No hay nada más que dolor. Violencia.

Él vuelve a gruñir. Abre las fauces para dejar al descubierto una retahíla de dientes afilados.

Intento quitármelo de encima, pero me pesa el cuerpo. Me pesa muchísimo. La vida me abandona.

Se me nubla la vista y pienso en mi madre. Me pregunto si volveré a verla en el más allá.

Algo arranca a James de mi cuerpo.

Parpadeo, presa del gélido viento. Puedo volver a respirar, pero es doloroso. Diosa, cómo duele. Un lobo gruñe. Me obligo a girar la cabeza para poder ver.

Un gran lobo, casi del mismo tamaño que James, se enfrenta a su rey. Entre su pelaje pardo atisbo el verde luminoso de sus ojos bajo el beso de un rayo de luna.

—Callum —balbuceo.

Los lobos se gruñen mientras, al medirse, dibujan un círculo en la hierba.

Callum ataca.

Es tan fiero, feroz e implacable como sabía que podía ser. Se lanza al cuello de su hermano y lo lanza por el claro como si fuera un muñeco de trapo. James se desliza sobre la tierra en un movimiento que levanta la hierba y traza surcos en el fango.

Ambos atraviesan el aire en un amasijo de músculo y dentelladas. No sé quién va ganando. Apenas puedo distinguir nada. Unos puntitos interrumpen mi visión; la sangre se acumula junto a mí.

James estampa a Callum contra el suelo y le hunde los dientes en el cuello. Callum aúlla de dolor, un sonido que me perfora el corazón.

«No».

El viento sopla a mi alrededor.

«No».

Mi cuerpo está muy débil, pero me las apaño para incorporarme. Me abrazo el costado y me pongo de pie. Me tiemblan las piernas.

Me acerco a ellos. Cada paso es como caminar en una marea de sirope. Como tengo la piel húmeda, el pelo se me pega a la cara. La sangre caliente se derrama entre mis dedos.

No puedo dejar que mate a Callum. Me fallan las rodillas, por lo que caigo al suelo con fuerza.

Me queman los ojos. Callum vuelve a gemir.

Estiro el brazo, consciente de que no puedo llegar hasta él.

«Diosa, por favor».

Capto una pincelada de pelaje negro.

La luna desaparece tras las nubes ondulantes de las Tierras del Norte, sumiendo el mundo en la oscuridad. Cuando el lobo negro choca contra James, ambos recuperan su forma de hombre y se precipitan por la hierba.

Callum también se transforma y se pone de pie con el cuello ya curándosele. Se gira hacia Blake, que con su mano envuelve el cuello de James. Las cicatrices que le marcan la espalda son visibles incluso en la penumbra.

—¡Llévatela de aquí! —ladra Blake— ¡Ya!

Callum se vuelve hacia mí.

Me coge entre sus brazos. Yo me abandono al calor de su pecho, embriagada por su familiar fragancia.

Me voy a morir. Pero me alegra que esté aquí conmigo.

Sosteniéndome con una delicada firmeza, Callum mira a Blake una vez más. Confuso. O tal vez indeciso sobre si abandonar a su salvador a merced de su hermano, físicamente superior a él.

—¡Venga! —insiste Blake.

Callum se gira y echa a correr.