Capítulo 57
E l carruaje atraviesa el paisaje a toda velocidad.
Nos sigue un coro de aullidos lobunos acompañado del estruendo de la batalla.
Sebastian se acomoda en el banco frente a mí y se alisa los pantalones y la túnica oscura. Es la viva imagen de la calma a pesar de lo que está pasando. Tanto su espada como sus dagas cuelgan de su cinto, mortíferas pero sin usar, dado que permite que sea su ejército el que luche por él.
Sonríe.
—Mi dulce prometida, es hora de que tengamos una charla, ¿no crees?
Yo me recoloco y aliso el vestido. Me obligo a devolverle la sonrisa con gentileza, como si no estuviera padeciendo un arrebato de agresividad.
—Sí, ya toca.
—¿Te abriste de piernas para él? —pregunta Sebastian, como si estuviéramos hablando del tiempo—. Para su rey .
—¿Acaso tu lobo no te ha confirmado que no lo hice?
Él se encoge de hombros.
—Si hubiera dicho la verdad, tendría que haberos matado a ambos allí mismo.
No puedo desposarte si la gente se entera de que te has follado a un lobo.
Y no puedo desposarte si no vas a servirme de nada.
Pero no creo que hayas pasado tanto tiempo rodeada de esos salvajes sin que te haya tocado al menos uno de ellos.
Así que seamos sinceros el uno con el otro, ¿te parece?
¿Fue el rey el que te folló? —Alza una ceja—.
¿O fue el que había en mis perreras? ¿El sujeto con el que huiste?
—Se me petrifican las entrañas. Él hace un chasquido con la lengua y compone una expresión de frialdad—.
¿Acaso pensabas que no lo sabía? —Esboza una sonrisa coronada por la oscuridad de su mirada—.
Te vieron, ¿sabes? Huyendo con él. ¿Cuál de ellos fue?
¿O te has abierto de piernas para los dos?
Da lo mismo. Haré que los maten a ambos en breve.
Y antes de que esta noche toque a su fin, tú tendrás a mi heredero en tu vientre y así todos sabrán que eres mía y solo mía.
—Se me hiela la sangre en las venas, pero me niego a apartar la mirada.
Noto el peso del cuchillo en mi muslo pero no sé cómo cogerlo sin alertar a Sebastian de su existencia—.
Sí —prosigue él—. Pronto, todo esto no será más que un mal recuerdo.
Y tú aprenderás a comportarte como es debido en el futuro que te espera como mi mujer y señora de las Tierras Fronterizas.
De lo contrario, acabarás igual que tu madre.
El hielo de mis venas se traslada a todo mi cuerpo.
—Mi madre murió por una enfermedad.
—No. La asesinaron. —Suelta una risa glacial—. Vaya, ¿no lo sabías?
Una batalla se desata en mi interior, tan cruenta como la que oigo a lo lejos. La necesidad que tengo de respuestas compite con la que tengo de sangre.
—¿De qué estás hablando?
—Tu padre lo dispuso todo. Una clase muy… particular… de veneno.
La rutilante luz de la luna que se cuela por el carruaje resalta el regodeo en sus facciones. Dice la verdad.
Es como si el mundo se desmoronara a mi alrededor.
Mi padre nunca fue cariñoso con mi madre.
La veía como una posesión más que como una persona, igual que a mí.
La idea de que la matara tiene el mismo efecto en mí que si me hubiera tragado los vientos de las Tierras del Norte que sacuden este carruaje y estuvieran desatados en mi pecho, sin apenas fuerza para contenerlos.
Deseé su aprobación durante muchos años. Permanecí muda y obediente por él. Pretendía darle información acerca de los lobos. Accedí a casarme con el monstruo que tengo ante mí.
Mi madre me dijo que siempre hay elección. Pero durante toda mi vida he dejado que sean otros los que controlen mi destino.
Eso va a cambiar esta noche.
La adrenalina crepita por todo mi cuerpo mientras avanzamos entre traqueteos por este agreste territorio. Le doy la bienvenida y dejo que alimente a la violenta bestia que se está fraguando en mí.
—No me puedo creer que no lo supieras —dice Sebastian.
Si Callum estuviera en esta situación, no me cabe duda de que acabaría con Sebastian en un abrir y cerrar de ojos. Se lanzaría hacia él y lo estrangularía antes de hundirle una daga en el corazón sin mayor complicación.
Yo no tengo su fuerza. No físicamente.
Me da por pensar en lo que haría Blake si tuviera que enfrentarse a un oponente más corpulento que él.
Encontraría otra forma de vencerlo; recurriría a su ingenio y a su labia y a su talento para mimetizarse en las sombras.
De algún modo, se las ingenió para progresar en el Reino de los lobos, convertirse en un alfa y tener acceso al rey de los lobos para susurrarle al oído… Todo eso siendo extranjero.
«Porque esto es un juego, pequeña liebre. Y hay una parte de ti que también quiere jugar… solo para ver si eres capaz de vencerme».
Me pongo la máscara que he llevado durante tantos años (la de una princesa comprometida con su deber, una mujer obediente, un premio que ganar) con la esperanza de que disimule la oscuridad que se está gestando en mí.
—Me alegra que me hayas salvado. —Mi voz es melosa y azucarada.
Casi me da náuseas—. He pasado mucho miedo.
—Los ojos de Sebastian, entornados, se clavan en los míos—.
Sí, me secuestraron, pero nadie me puso la mano encima.
Dijeron que tenían que mantener mi pureza para poder intercambiarme por la roca que les has dado.
Y en cualquier caso, yo no habría dejado que me tocaran. Jamás dejaría que ese lobo me tocara.
Vierto todo el disgusto por el hombre ante mí en la palabra.
—¿De veras? —dice Sebastian—. ¿No has dejado que esa bestia lobuna de las perreras te tocara?
Mi interior se deshace en gritos. La idea de que un monstruo como Sebastian se atreva a llamar «bestia» a Callum me incendia las entrañas.
Hago que la máscara oculte mi ira.
—Nunca dejaría que me tocase —insisto. Me inclino hacia delante y le pongo una mano en la pierna, estremeciéndome de aversión para mis adentros—. Deja que te lo demuestre.
Sus ojos se ensombrecen. Algo gélido y hambriento destella en el fondo de sus pupilas.
Sea la que sea la bestia que subyace bajo su piel, se agita.
La veo. Quiero rendirme al terror que me inspira.
De su postura emana una ola de lujuria, y mi sola presencia parece necesitar encogerse ante ello para escapar.
Me obligo a ponerme de pie. Acorto la ínfima distancia que nos separa y me siento a horcajadas sobre él; se me sube el vestido por las piernas al tiempo que la repulsión lo hace por mi garganta.
Procuro que mantenga su vista en mí para que no repare en el ahora visible cuchillo que tengo en el muslo.
—Pronto seremos marido y mujer —digo en voz baja, con dulzura.
Su mirada resbala por mi cuello, mi clavícula y mis pechos, dejando un rastro de frío tras de sí. Se relame los labios. El corazón me late con tanta fuerza en los oídos que, si fuera un lobo, no tendría problemas en percatarse de mi engaño.
—Sebastian —susurro.
Recuerdo estar en los aposentos de Callum con un abrecartas de plata en la mano mientras la suya, áspera y cálida, me la rodeaba.
«La garganta es adonde hay que apuntar», me dijo.
En un veloz movimiento, cojo la daga. Antes de que pueda clavársela en su pálida piel, atrapa mi muñeca en el aire. Con la otra mano me tira del pelo con brusquedad.
Grito, liberando por fin la ferocidad que se acumulaba en mi alma, y forcejeo con él. Intento llevar el cuchillo hasta su cuello. Me arde el cuero cabelludo por lo mucho que Sebastian me tira del pelo. Con la otra mano me aprieta la muñeca tanto como para hacerme daño.
Se ríe. Es un sonido gélido y oscuro. Sus ojos refulgen peligrosos.
—Te han crecido los dientes desde que te juntas con lobos, ¿eh?
—Expone mi cuello y me hace doblar la muñeca, con lo que el cuchillo se me escapa de la mano—.
No te preocupes. He domado a muchas criaturas en mi vida.
No me gusta que me pongan a prueba, Aurora.
Sobre todo si quien lo hace es una zorrita como tú.
¿Qué tal si me enseñas qué más has aprendido mientras eras la puta de esa bestia de Highfell?
—Que te jodan —siseo.
—Ponte de rodillas.
El miedo se adueña de mí. El carruaje se difumina a mi alrededor. Estoy fría. Helada.
—He dicho que te pongas de…
Algo se estampa contra un lateral del carruaje y los dos sufrimos una intensa sacudida.
Me doy un doloroso golpe en el hombro contra un lado al tiempo que el cuerpo de Sebastian choca con el mío.
Por un instante no somos nada más que una maraña de miembros, cristal hecho añicos y madera astillada.
Me doy con la cabeza en el techo, después en las paredes, todo mientras el carruaje no deja de rodar.
Hasta que se detiene de lado.
Todo se queda quieto.
Lucho contra la adrenalina, responsable de que el mundo me parezca ajeno.
Noto el sabor de la sangre. Tengo el hombro aplastado contra una de las ventanas.
La puerta del carruaje se encuentra ahora sobre nuestras cabezas.
La hierba alta y las rocas afiladas sobresalen entre los cristales.
A mi lado, Sebastian intenta incorporarse y entonces oímos un crujido.
El cuchillo ha atravesado la madera que hay al otro lado de su cuerpo. Reluce a la luz que la luna proyecta sobre nosotros. Se me acelera el pulso.
Me abalanzo sobre él, propinándole un rodillazo en la entrepierna. Él masculla algo con los párpados repentinamente abiertos.
«La garganta es adonde hay que apuntar».
Con un rápido movimiento, deslizo el cuchillo por el cuello de Sebastian.
Sus ojos se desorbitan. Se lleva los dedos a la herida, de la que mana sangre roja y caliente que se desborda entre sus falanges.
—Esto es lo que he aprendido mientras era la puta de esa bestia de Highfell —escupo.
Esperaba ver horror en su cara, pero en vez de eso me encuentro con que sus labios se curvan en una sonrisa que refleja la forma del corte que le surca el cuello.
—Maldita… zorra —masculla. Yo me inclino hacia él—. Ahora nunca… nunca sabrás… la verdad. La noche… se extiende… Os llevará a todos consigo.