El rey de los lobos 1 Capítulo 56
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Capítulo 56

E s raro, el anhelo.

Si lo alimentas, se vuelve más hambriento y crece. Acabas queriendo más y más y más… Tu apetito nunca termina de saciarse. Si lo matas de hambre, se diluye. Se marchita hasta que no queda nada en absoluto.

Cuando era joven, anhelaba ciertas cosas. Quería ser la señora de una gran casa, o incluso una reina. Quería un esposo que me amara. Quería ayudar a mi pueblo.

Tras la muerte de mi madre, lo único que quise fue resistir.

Y un día, de repente, ya no anhelaba nada.

Viví así durante mucho tiempo. Transitando con pasividad una vida a la deriva, sin sentido ni profundidad.

Pero he dejado de ser una cáscara vacía.

Quiero sobrevivir a esto. Quiero escapar. Quiero la vida en Highfell que Callum me prometió. Quiero libertad. Quiero venganza.

Lo anhelo .

—Pagarás por esto —susurro.

—Lo dudo bastante, princesa —masculla James.

«Princesa». Ese apelativo suena repugnante en sus labios.

Contemplo el interminable firmamento mientras cabalgamos por el valle. Si las historias son ciertas, la mismísima Luna es una prisionera, sentenciada por la Diosa del Sol y encadenada por la Noche.

«Tú y yo no somos tan distintas. —Le envío el pensamiento a través de los vientos que sacuden mi melena y agitan los árboles—. Dame fuerzas. Dame valentía. Ayúdame a prevalecer».

Y entonces ya no hay tiempo para rezar más.

Sebastian está esperando. Es como un espectro oscuro sobre la hierba ondulante, flanqueado por diez de sus hombres. La luz de la luna tiñe su piel de un blanco enfermizo y arranca destellos de los mechones grises en su cabello oscuro, que lleva atado sobre la nuca.

A un lado, un hombre sostiene una caja. Al otro hay un tipo de mayor envergadura con cicatrices por toda la cara y el cuello.

Detrás aguarda un ejército que supera ampliamente en número a los lobos de las Tierras del Norte. Sus estandartes con la estrella plateada brillan bajo la luz espectral.

James tira de las riendas y nos detenemos. El silencio se adueña del valle. Incluso el viento ahoga sus susurros.

Desmonta del caballo y yo exhalo un suspiro tembloroso. Antes de que James me coja, salto yo misma. Aterrizo con fuerza sobre la hierba, tanta que noto el impacto en el tobillo, pero no dejo que se trasluzca en mi rostro.

Sea cual sea mi destino, lo enfrentaré en mis propios términos.

Le doy la espalda al rey de los lobos y me enderezo.

La fina sonrisa que se conjura en los labios de Sebastian no se refleja en sus ojos.

—Mi dulce prometida. —Su voz es tan fría como el aire de las Tierras del Norte—. ¿Te encuentras bien?

Las náuseas me suben por la garganta. El cuchillo que me ha dado James me arde en el muslo. En silencio, me prometo usarlo en cuanto tenga la ocasión. Alzo el mentón.

—Sí.

—Menos mal. Estaba muy preocupado. ¿Te han deshonrado?

Por un momento me pregunto qué pasaría si dijera que sí.

Me pregunto qué pasaría si le dijera, delante de todos sus hombres, que hace solo doce horas le entregué mi placer al hermano del rey de los lobos.

Que se derramó en mi interior y me hizo gritar de gozo.

Que me sostuvo entre sus brazos y que pretendía llevarme a su hogar.

Que lo amo. Que lo elijo. Que lo quiero a él.

Me retumba el corazón en los tímpanos, como retándome a decirlo.

—No. —Detrás de mí, la voz de James suena grave y ronca.

Sebastian hace caso omiso del rey. Es como si no estuviera en su mismo rango. Así que se dirige a un tipo con cicatrices que hay a su lado.

James se tensa un poco. Recuerdo lo que dijo acerca de que Sebastian contaba con lobos que trabajaban para él. Con esa pálida melena alborotada, los músculos y las cicatrices, no puedo evitar preguntarme si este hombre es uno de ellos.

Él se acerca. Su sombra me engulle y se pone a olfatearme.

«Hazlo —pienso—. Díselo. Dile a Sebastian que ya no puedo ser una novia virgen».

La comisura de su boca se tensa… solo un instante. Casi me pregunto si lo he imaginado. Asiente.

—La muchacha conserva su virtud —dice.

Frunzo el ceño, me pregunto por qué ha mentido y lo maldigo por hacerlo al mismo tiempo.

—Podemos negociar —dice James.

Sebastian sacude la muñeca.

El hombre con la caja se aproxima.

—Duncan —dice James.

El hombre rubio desmonta y coge la caja. Se me para el corazón y el viento parece contener el aliento mientras Duncan la abre.

Alza las cejas y le muestra el contenido a James. En su interior hay una roca blanca que parece absorber la luz de la luna.

¿Es de verdad el Corazón de la Luna? ¿O es una réplica?

Me pregunto si alguna vez lo sabré.

James asiente y entonces me empuja hacia delante. Me alejo trastabillando de los lobos de las Tierras del Norte. La hierba es tan alta como para que se me enganche en el bajo del vestido.

Y entonces me encuentro en el bando de la guerra perteneciente a las Tierras Fronterizas. Sebastian, mi prometido y mi nuevo captor, está a mi lado.

Ni siquiera me mira. Tampoco muestra signos de querer marcharse. James imita su impavidez.

Una extraña sensación planea sobre el valle, tirante y peligrosa.

—Por fin nos encontramos —dice Sebastian—. Alteza .

Su sonrisa resulta burlona.

—Correcto, así es. —James no alza el tono de voz, lo que no merma en absoluto su nota de amenaza—. Y menudo honor, teniendo en cuenta que normalmente envías a tus hombres para que te hagan el trabajo sucio.

—Ah, me pareció que en esta ocasión debía hacer una excepción.

Se me agarrotan los músculos. En las inmediaciones del valle, los hombres de James se preparan para cargar. A mi espalda, el aire parece denso. La hostilidad susurra entre los árboles. Percibo la promesa de una guerra en la fragancia del sudor de los hombres, en la plata y el acero.

—Eres un buen espécimen —comenta Sebastian—. Darías un buen espectáculo en nuestra arena de combate.

El lobo destella en la mirada de Duncan ante el insulto hacia su rey. Uno de los caballos arrastra un casco por la tierra.

James se limita a sonreír.

—Ah, ¿sí?

—Desde luego —responde Sebastian.

Mi mirada se pierde en el paisaje, tan frenética como un conejo entre lobos. No encuentro ninguna vía de escape. Blake tenía razón. Cuando prorrumpa la batalla, me veré engullida por sus fauces. ¿Me habré equivocado?

«No. No podía casarme con James».

Tomé mi decisión, y viviré —o moriré— acorde a ella.

Hago que mis entrañas se vuelvan de piedra; de acero.

—Mejor que tu madre, eso seguro —dice Sebastian. El semblante de James se oscurece—. No. No estaba hecha para luchar. —Sebastian baja la voz—. Aunque supimos entretenernos con ella de otras maneras.

El valle entero contiene el aliento. El odio aumenta en mi interior, intenso y amargo. Voy a vomitar. ¿Cómo es posible que accediera a casarme con este monstruo?

James se lanza hacia él únicamente para tambalearse de inmediato entre gruñidos. Se le desorbita la mirada. Una flecha sobresale de su hombro.

Yo me doy la vuelta y veo sonreír a un arquero a caballo.

La tierra tiembla por el retumbar de los lobos que descienden por la pendiente para defender a su rey.

—Metedla en el carruaje —ordena Sebastian con un vago ademán en mi dirección—. Dejad que acabe con este salvaje.

El pánico se apodera de mí como una marea. Apenas presto atención al hombre que me coge del brazo y me arrastra hacia atrás. Tampoco lo hace James, que rompe la flecha con una mueca que acaba por convertirse en una sonrisa que promete violencia.

—Eres hombre muerto, Sebastian.

James tira la flecha a un lado.

—Me parece que no.

El valle se ha sumergido en la algarabía de los cascos. Me veo arrastrada entre hombres que se preparan para la lucha.

Se me acelera el corazón.

«No».

El viento sopla enloquecido a mi alrededor, alborotando mis faldas y mordiéndome la piel. Me susurra. Apela a mi lado salvaje.

«No voy a morir».

Me zafo del hombre que me agarraba. Algo vibra en el aire. Una energía. O una canción. Fluye a lo largo y ancho de mi cuerpo; late en mi alma.

«Diosa, ayúdame».

«No volveré a ser una prisionera».

Las nubes bloquean la luna y el valle se sume en la penumbra. He quedado ciega ante el peligro que me envuelve y, sin embargo, no lo temo. Las sombras parecen curvarse a mi alrededor. Me protegen.

Oigo varios murmullos acompañados del sonido de los cascos al derrapar.

La confusión impregna el aire.

Un tenue resplandor atrae mi mirada. En la caja que sujeta Duncan, la piedra blanca refulge. Capto una voz en la brisa, suave y femenina. Es una canción antigua en una lengua que no conozco. No obstante, mi corazón se sabe la melodía.

«Libertad», parece cantar.

Como respuesta a la canción, o tal vez como respuesta a mis plegarias, la luna se libra de los nubarrones y vuelve a abrazar el valle. Su fulgor es tan cegador como la oscuridad. Delante de mí, Sebastian frunce el ceño en un gesto de confusión.

Los ojos de James se agrandan por la sorpresa, triunfantes. Se le contrae la musculatura. El crujido de los huesos resuena en la noche. Y, para cuando vuelve a lanzarse hacia adelante, ha dejado de ser un hombre.

Es un lobo de pelaje marrón, músculos sinuosos y dientes afilados. Tiene marcas en las patas delanteras, donde lleva los tatuajes grabados cuando es un hombre.

El macho junto a Sebastian se transforma y choca con James en el aire.

Ambos caen al suelo en un duelo de mandíbulas.

El ejército de las Tierras Fronterizas me adelanta a toda prisa, por lo que caigo al suelo.

Los demás hombres de James se han transformado también, y ahora un ejército de lobos sanguinarios se precipita hacia su enemigo.

Sebastian retrocede, me toma del brazo y me aleja de los gritos.

Yo le dejo.

No porque me asuste la violencia, sino porque dicha violencia ha despertado algo salvaje y hambriento en mí. Y ansía más.

Lo haré por Callum. Por la madre de Callum y por todos aquellos a los que Sebastian haya herido.

Y lo haré por mí.

Lo haré por el futuro con el que jamás me atreví a soñar.

Noto la pesadez del cuchillo en el muslo mientras Sebastian me mete de mala manera en un carro de caballos.

—¡En marcha! —le dice al conductor antes de entrar tras de mí.