El rey de los lobos 1 Capítulo 55 #2
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Capítulo 55 #2

—No siento ningún aprecio por Sebastian.

No deseaba casarme con él. Abandoné las Tierras Fronterizas junto a Callum para eludirlo.

Y me gusta incluso menos ahora que sé lo que le hizo a vuestra madre.

—Un gruñido reverbera en su pecho—. Sí, él debería morir.

Pero tus hombres no tienen por qué hacerlo.

Y yo tampoco. Llévame ante Sebastian tal y como habías planeado.

Mantén a tus hombres a raya. Deja que me vaya con él.

Dame un arma. Algo pequeño. Puedo acercarme a él cuando baje la guardia.

Si deseas que muera, entonces lo mataré yo misma.

Mandarás a algunos hombres a por mí cuando esté hecho y después me llevarás de vuelta con Callum.

Él deja escapar una carcajada amarga y gutural.

—Aunque creyera que tienes lo que hay que tener para matarlo, cosa que no es así, ¿por qué iba a privarme del placer de hacerlo yo mismo?

—Pues porque se perderán muchas vidas si decides atacar. Las vidas de tus hombres.

Traga saliva y me pregunto si lo estará considerando. Pero entonces sujeta las riendas con más vehemencia.

—No pienso desaprovechar esta oportunidad. Mataré a Sebastian esta noche. Fin de la discusión. Tienes suerte de que no te ejecute yo mismo.

—Lo amo —digo en voz baja—. No puedo casarme contigo porque amo a Callum.

La confesión me sorprende incluso a mí misma a medida que se desprende de mis labios. Es como si hubiera estado atrapada en algún lugar dentro de mi alma. Y, en cuanto obtiene la libertad, acompañada por el vaho de mi aliento, se atenúa un poco ese peso que me oprimía el pecho.

Comprendo que es cierto. Lo amo.

Tal vez no sepa mucho de amor. Tal vez haya escudado mi corazón y guardado mis sentimientos bajo llave durante años. Pero, de algún modo, Callum ha entrado en mí y me ha dado la libertad. Y en algún punto del proceso me enamoré de él.

Tal vez no vuelva a verlo nunca. Tal vez muera esta noche.

Pero moriré sabiendo la verdad, habiendo saboreado la libertad que me da el reconocerla.

A lo lejos, varias luces quiebran la penumbra.

Los hombres de Sebastian.

Se me cae el alma a los pies.

James tira de las riendas con brusquedad y el caballo frena en seco. Yo inspiro de golpe, me pregunto por qué nos detenemos.

Lanza un silbido para acto seguido desmontar y acercarse a alguien que sigue sobre su montura. Enarco una ceja al percatarme de que es una soldado mujer. Le entrega algo en mano, una correa de algún tipo, y entonces viene hacia mí.

—Bájate —ordena.

Obedezco con el pulso acelerado. Me tiemblan las piernas nada más apoyarlas en la tierra.

El resto de sus hombres aguardan en la pradera a la espera de que su rey les ordene reanudar la marcha.

James se saca un cuchillo del cinto y yo doy un paso atrás que se ve interrumpido por el choque de mi espalda contra el cuerpo del caballo. La afilada hoja reluce al abrazo de la luz de la luna con la misma peligrosidad con la que relucen sus ojos.

Tiene la mandíbula apretada. Hay tensión en cada uno de los músculos de ese cuerpo, que ahora se aproxima a mí.

Parece enfadado. Furioso. Más monstruo que hombre.

Un rey de lobos.

Se me desata la respiración.

Se postra ante mí, con la rodilla hundida en la tierra fangosa. Me levanta la falda.

Un miedo frío se adueña de mis huesos y me congela en el sitio pese a la fuerza con la que mi mente me grita que corra, que luche, que haga lo que sea menos quedarme aquí y permitir que me haga lo que le dé la gana.

Desliza una correa en torno a mi muslo y la ajusta antes de asegurar el cuchillo en ella. Su frío tacto se pega a mi piel. Me suelta y deja que la tela de mi falda vuelva a cubrirme.

Clava los ojos en los míos. Tienen la misma forma que los de Callum, aunque son más oscuros, más estrictos.

—Hago esto por mi hermano, no por ti. Al menos podré decir que te di una oportunidad. Mis hombres atacarán de todos modos. Si por lo que sea Sebastian consigue llevarte con él, si lo matas, permitiré que regreses a mi reino.

Trago saliva y asiento. Un pequeño cuchillo no es gran cosa contra un ejército. Pero es mejor que nada. Y si tengo ocasión, será un placer hundirlo en el corazón de Sebastian.

—Gracias —le digo.

Él inclina la cabeza y luego se levanta cuan alto es.

—Monta otra vez.

Me impulsa hacia el lomo y sube tras de mí.

Reanudamos la marcha.

No pasa mucho tiempo hasta que nos detenemos en los límites del valle.

La luna tiñe de luz blanca la tierra, eliminando el color de la hierba y sustituyendo el color del brezo por plata. Aquí arriba estamos ocultos gracias a los imponentes árboles que se extienden por la ladera de la montaña, amparados en sus sombras, en el olor a pino.

Detecto la luz de las antorchas en el valle a nuestros pies. Hombres fronterizos aguardan.

James envía a uno de sus hombres ahí abajo a comprobar si Sebastian se encuentra entre ellos y para confirmar que tienen el Corazón de la Luna, sea falso o no.

—¿Cómo sabes que no te masacrarán nada más bajes ahí? —le pregunto.

—Porque conozco a Sebastian. Y porque tengo a la hija del rey.

—Creo que sobreestimas mi importancia.

—Esperemos que no. —Su tono es cortante, casi de advertencia; indica que no hay más que hablar.

El jinete vuelve diez minutos más tarde y asiente en dirección a James antes de regresar a su puesto.

Los nervios me atenazan el estómago.

—¿Qué pasa si ha traído el Corazón de la Luna? —inquiero.

Percibo la sonrisa amenazante en la voz de James.

—Entonces realizaremos el intercambio y tendrá lugar una rápida batalla, desde luego. —Vuelve la cabeza para mirar a sus hombres—. Quiero a diez de vosotros conmigo para el intercambio. Que el resto aguarde a mi señal.

—¿Cuál es la señal? —solicita un varón entre los árboles.

—Gritos sureños —responde James.

Los soldados ríen con sorna.

—Vamos a llevarte con tu prometido, ¿te parece? —dice James.

Hunde el talón en el caballo. Me da un vuelco el estómago.

Descendemos hacia el valle en el que espera Sebastian.