El rey de los lobos 1 Capítulo 55
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Capítulo 55

M e llevan a una habitación en la planta baja de la mansión.

Es oscura, sin apenas mobiliario. En una esquina hay un cubo lleno de agua. Un vestido blanco está dispuesto en uno de los destartalados sillones.

La chimenea está apagada, por lo que el ambiente resulta pesado y frío.

—Debes bañarte y luego vestirte —indica el guardia con una voz hosca y carente de calidez.

Tiene una barba oscura y una mirada severa. Luce el mismo kilt verde que Robert y Magnus.

Trago saliva para apaciguar mis vertiginosos latidos.

Me libraré de esto. Sobreviviré.

Sobreviví a la enfermedad de mi madre y a los golpes del sumo sacerdote. Vine con Callum a las Tierras del Norte en busca de mi libertad.

La encontraré.

Pero debo escoger bien los momentos. Debo jugar a este juego y aceptar el papel que desempeño en él. Hasta que llegue el momento adecuado de mover ficha.

Asiento.

—Muy bien. Haz el favor de esperar fuera.

—Báñate. Ya.

¿De verdad espera que me desnude delante de él?

—¿Eres consciente del ofrecimiento que me ha hecho tu rey?

—Lo soy.

Recuerdo lo que le dijo Blake a su amigo cuando desperté en la celda.

«Es territorial. Nos beneficiará». ¿Se refería a James?

—Entonces sabrás que me ha propuesto ser su esposa —Alzo el mentón—. ¿Crees que le gustará saber que has estado viendo cómo se desnuda su futura mujer?

Él tensa la mandíbula y me fulmina con la mirada.

—Tienes cinco minutos. Y si cuando vuelva aún puedo oler al lobo de Highfell en ti, te volveré a lavar yo mismo.

Gira sobre sus talones y sale de la estancia dando un portazo.

Dejo escapar el aliento, que se condensa delante de mí en la penumbra.

Me froto las doloridas y resentidas muñecas. Tengo la piel enrojecida e irritada por las esposas.

Mientras desenredo el manojo de nervios que tengo en el estómago, escruto mis alrededores en busca de cualquier cosa que pueda serme útil.

La decadente habitación está desolada. No hay ni un atizador junto al fuego ni armas a la vista.

Uno de los reposabrazos está cubierto con una tela hecha jirones. Una capa de polvo reviste el suelo.

Camino hacia la ventana.

No sería capaz de escapar por ella ni aunque careciera de barrotes.

En el exterior, con las sombrías montañas como telón de fondo, los lobos se reúnen con sus caballos. Debe de haber un centenar. Sus voces se cuelan a través del fino cristal, graves y exaltadas. Hombres que se preparan para la guerra.

El cielo nocturno sobre sus cabezas está iluminado por la luna.

Aunque no es llena, brilla más de lo habitual.

Como si la Diosa de la Luna en persona se asomara para presenciar los eventos que vayan a tener lugar esta velada.

Qué bien que esté atrapada en la prisión de Noche, porque seguro que su favor recaería en el rey de los lobos, no en la princesa de un reino que venera al Sol.

Me alejo de esa libertad de la que me han privado y me dirijo al cubo que hay en la esquina. Me quito la camisa y los pantalones húmedos.

El agua está helada, pero la ira que arde en mi alma me ayuda a no temblar mientras me enjabono y me aclaro el cuerpo. Al hacerlo caigo en la cuenta de que estoy borrando todo rastro de Callum en mi piel, lo cual me llena de una profunda tristeza.

¿Cómo es posible que solo haya transcurrido un día desde que me sostuvo entre sus brazos, pensando que podríamos ser libres juntos? ¿Cómo he podido ser tan ingenua como para creer que tendría un final feliz?

Rememoro el agarre de Blake cuando nos enzarzamos en la celda, mis muslos en sus manos, su boca cerca de la mía.

Me froto con más fuerza.

Se me endurecen los músculos en cuanto me percato de que el atuendo es el mismo vestido blanco de manga larga que iba a llevar para conocer al rey de los lobos por primera vez. El que Blake dijo que me hacía parecer una muñeca. ¿Lo ha traído él para que me lo ponga?

Sirve a ambos propósitos de James, creo. Tiene el color adecuado para ser un traje de novia en caso de que acepte su proposición. Pero también representa una inocencia que ya no poseo en caso de que necesite mandarme de vuelta con Sebastian.

Inspiro profundamente y saboreo el polvo y la decadencia del aire. Aliso la parte delantera del vestido antes de pasarme los dedos por el cabello enmarañado. Enderezo la postura.

Sé lo que debo hacer.

La puerta se abre y el guardia vuelve. Se acerca a mí, pero yo retrocedo.

—No huiré —le digo sin evitar la severidad de sus ojos—. Estoy lista para verme con tu rey.

Él asiente.

—Bien.

Me acompaña fuera de la habitación.

Abandonamos la mansión por un frío recibidor y nos adentramos en el patio exterior en el que se están reuniendo los lobos. El viento me agita el cabello y revuelve mi vestido; sin embargo, no tengo frío. Estoy demasiado sometida a la adrenalina como para sentirlo.

Nos movemos entre la multitud. Espadas y dagas relucen a la luz de la luna. Las botas se me hunden en el fango. El aire está cargado con un aroma a caballo y sudor masculino endulzado por el brezo de las montañas circundantes.

Un poco más adelante se encuentra James con un gran caballo blanco. Sus crines son del color de la luna. James tiene la mirada apartada de sus hombres, perdida en el cielo.

No muy lejos de él, distingo a Blake.

Viste todo de negro y permanece quieto en mitad del caos. El viento le sacude el cabello negro. Su expresión resulta indescifrable.

Me asalta un arrebato de ira. Camino hacia él con la cabeza alzada.

No hay rastro alguno de sonrisa en sus labios. Destila oscuridad.

—Recibirás lo que te mereces, Blake. —Mi aliento se condensa en forma de remolinos que flotan en el aire entre nosotros—.

Todo lo que tienes, todo lo que eres, se basa en mentiras, engaños y dobleces.

Algún día darás un paso en falso y todo se desmoronará a tu alrededor.

Un día serás tu propia perdición. Lo único que deseo es estar ahí para verte caer.

Él pasa por mi lado sin mediar palabra y se abre paso entre la multitud en dirección a la mansión.

Un tornado de furia se desata en mi pecho. ¿Así va a ser nuestra última interacción? ¿No tiene nada que decirme? ¿Acaso va a acompañarnos?

—Sigue andando. —El guardia me empuja y yo trastabillo hasta el rey de los lobos.

James se gira.

Todos mis pensamientos sobre Blake se disipan.

Me recompongo y contemplo frente a mí a quien representa mi mayor amenaza.

Se ha vestido para la batalla. Una espada y una daga cuelgan de su cinto.

Resulta imponente frente al paisaje de montañas tenebrosas, con el viento agitando su pelo a la altura de los hombros.

Alza una ceja.

—¿Y bien?

Yo me cruzo de brazos.

—No he cambiado de idea. No me casaré contigo. Pero se me ha ocurrido otra…

—No. Si no tienes a bien aceptar mi generoso ofrecimiento, entonces no hay alternativa posible.

Antes de que pueda retroceder, me coge y me sube al caballo.

El pánico se apodera de mí.

—Escucha…

—Silencio —dice con firmeza y autoridad mientras se acomoda tras de mí.

Coloca un brazo en torno a mi cintura. Se me pone la piel de gallina.

—¡Quítate! —Le doy un codazo en el costado.

—No. —Me aprieta más contra él.

Echa un vistazo por encima del hombro.

—Preparaos, muchachos —vocifera, y el silencio se apodera de los lobos a nuestras espaldas.

Incluso yo me quedo quieta.

—Llevan siglos robándonos nuestras tierras —aúlla James—.

Masacran a nuestros hermanos. Nos arrebatan a nuestras mujeres.

¿Cuántos de nosotros hemos perdido a alguien a manos de Sebastian, ese cabrón de las Tierras Fronterizas?

Esta noche lo tenemos a tiro. Esta noche tengo a su mujer a tiro.

—Algunos de los lo­bos lanzan unos vítores que me tensan los músculos—.

Y esta noche tomaremos lo que nos pertenece por derecho.

Hermanos, alzad la vista al cielo. Mirad cómo la Luna brilla por nosotros.

Mirad cómo las luces de Ghealach alumbran nuestro camino y nos dan su beneplácito.

Es una señal de que las Tierras Fronterizas caerán.

Es una señal de que se derramará sangre humana y de que el Reino de los lobos saldrá triunfante.

Así que uníos a mí, hermanos. ¡Esta noche recuperamos lo que es nuestro!

¡Esta noche vamos a la guerra! —Una sonrisa se abre paso por su rostro—.

Así que pongámonos en marcha y matemos unos cuantos sureños, ¿cómo lo veis?

Los vítores, que resuenan en la noche, desatan un estremecimiento en mi columna vertebral.

James sacude las riendas de su caballo.

Y nos zambullimos en la oscuridad acompañados por el retumbar de los cascos.

«No te resistas. Gánate su confianza. Propón el plan».

Me repito esas palabras como si fueran un mantra mientras me aferro a la silla de montar con tanta fuerza que se me ponen blancos los nudillos.

La luna refulge esplendorosa. Derrama su luz fantasmagórica sobre el paisaje que se difumina a nuestras espaldas, alumbrando lagos y laderas ondulantes de hierba silvestre. Los arroyos que bajan de las montañas parecen plata fundida. Me hacen pensar en cadenas y grilletes.

Hubo un tiempo en que asocié este paisaje a la libertad. Ahora me castiga con lo que podría haber sido.

Me estoy quedando sin tiempo.

—Puedo ayudarte —digo.

—Silencio. —Su voz es severa.

Mantiene el brazo firme en torno a mi cintura. Su forma de sostenerme no es gentil y protectora como la de Callum, sino dura e implacable. Es el agarre de un carcelero. Un monstruo. Un rey.

—Sé lo que quieres, y lo que te ofrezco…

—Yo te he ofrecido el mundo y tú me lo has tirado a la cara. No se discutirá más sobre el asunto.

—¿De verdad eres tan cabezota?

—¿Y tú? —espeta él.

La nota de frustración en su voz me da esperanza. Debe de haber algo más allá de la rigidez de su conducta.

—Conozco a tu enemigo mejor que tú —imploro—. ¿De verdad vas a ignorar lo que tenga que decir? Para cuando salga el sol ya no tendrás ocasión de remediarlo. —No me pide que le diga mi oferta pero tampoco me manda callar—. No hace falta que muera nadie.

—Hace falta que muera Sebastian.