Capítulo 54 #2
Y aún hay un motivo más, me recuerdo a mí misma. No puedo fiarme de nada de lo que me diga.
—Así que me dices esto para ayudarme, ¿no? ¿Qué es eso de que no necesitas que me case con James? ¿Acaso lo del matrimonio no fue idea tuya?
Él se encoge de hombros.
—Sí, fue idea mía. Pero que lo aceptes o no es algo que me importa bien poco. Mi estrategia ya está en marcha.
—¿Qué estrategia es esa?
—Únete a mi jugada y lo sabrás.
Apaciguo la respiración mientras me pregunto si puedo rogarle yo a él para que entre en razón.
—Si te da igual, ¿por qué no dejas que me vaya y ya está?
Blake ríe.
—No soy tu caballero de brillante armadura, Aurora. No he venido a rescatarte. Ya te he dado una salida. Tomarla o no es cosa tuya.
—¿Una salida? ¿Esperas que me… someta en cuerpo y alma a un hombre al que no deseo?
Un músculo se tensa en su mandíbula, aunque su postura permanece relajada contra el muro de barrotes.
—No te hará daño.
—Ah, no, claro, porque cuando he subido hace un rato no me ha hecho ningún daño.
Las pupilas de Blake se deslizan hasta mi mejilla.
—Lo creas o no, no he disfrutado de eso.
—No me creo ni una palabra. ¿Alguna vez me has dicho algo que fuera cierto?
—Engaño a menudo. Pero rara vez miento. Solo recuerdo haber sido deshonesto contigo en una ocasión.
—¿Cuándo?
Él redistribuye el peso de su cuerpo con un cruce de tobillos mientras se reclina aún más. La luz de la antorcha que cuelga de la pared fuera de la celda titila entre sus facciones. Parece pensativo.
—Cuando nos conocimos y te dije que te reconocía del palacio.
No lo hice. No te había visto en mi vida.
Solo estuve al servicio de la Guardia del Rey un par de años y no pasé mucho tiempo en palacio.
Aunque alguna vez se comentó que tu madre era pelirroja.
—Se encoge de hombros—. Tu identidad fue una conclusión no muy arriesgada.
Enarco las cejas. De todas las cosas que me ha dicho que podrían haber sido falsas, esta es la que menos me esperaba. En parte porque a mí me resultó familiar la primera vez que me paré a mirarlo.
—Acepta el ofrecimiento de James —insiste—. Tal vez no me creas, pero preferiría que sobrevivieras a esto.
—Encontraré mi propia forma de sobrevivir.
—Muy bien. —Me observa con curiosidad—. No tenía muy claro cómo acabaría esto, ¿sabes?
No sabía si aceptarías su propuesta o no.
Suelo poder anticiparme a los demás, pero a ti no.
Por un lado, eres inteligente. Has pasado por mucho y sabes sobrevivir.
Pero también eres increíblemente cabezota, orgullosa y temperamental.
Una combinación que ha hecho que intentar anticiparme fuera una tarea mucho más difícil.
Entorno los ojos.
—Siento decepcionarte.
—Ay, cielo, no estoy decepcionado. —Le quita el tapón a la petaca y da otro sorbo. Yo trago saliva. Me duele la garganta—. ¿Sedienta?
—No.
Se acerca a mí. Mis músculos se tensan al verlo detenerse a escasos centímetros.
—No seas terca. —Coloca la petaca en mis labios—. Ten.
Aparto la cabeza con brusquedad entre tambaleos, de puntillas. Intento aferrarme a las cadenas sobre los grilletes para no perder el equilibrio.
—Venga, ¿qué estás…?
Me sujeto a las cadenas y levanto el cuerpo. La patada que intento propinarle es fiera. Una carcajada asombrada escapa de sus labios y me atrapa la pierna. Me balanceo y forcejeo con él. El agua helada de su cantimplora se derrama sobre nuestros pechos.
—¡Para ya! —Blake esquiva mi pie—. ¿Qué haces? ¡Intento ayudarte!
Un dolor lacerante atraviesa la tensión de mis brazos. Tengo los dedos enroscados alrededor de las cadenas a pesar de lo mucho que se me clavan los grilletes en la piel. Me lanzo contra él, decidida a asestarle al menos una patada. Preferiblemente en la entrepierna.
Él suelta la petaca al tiempo que yo me preparo de nuevo y me agarra. Con los dedos hundidos con fuerza en mis muslos, me atrae hacia él. Mi cuerpo choca contra la firmeza de su torso y mis piernas se acoplan a su cintura. La risa se ha evaporado de su semblante.
Tiene el rostro a escasos centímetros del mío. Respiramos deprisa. Su musculatura está rígida.
El aire de la celda es pesado. Mudo.
Y una emoción más ardiente y desagradable que el odio se apodera de mi cuerpo. Me consume. Es insoportable. Oscura, poderosa y desconocida. Quiero abrirme en canal y sacármela de cuajo.
Blake tensa la mandíbula. En sus ojos no hay ni diversión ni buen humor. Tan solo negrura.
Huele a la noche, a la parte más peligrosa del bosque, a lugares prohibidos y oscuros. La calidez de su aliento se mezcla con la del mío.
Su mirada desciende hasta mis labios.
—Como me beses, te arrancaré la lengua —susurro.
Él se aparta, soltando mis piernas y yo me sostengo con fuerza a las cadenas para mantenerme erguida. Algo similar al horror o a la aversión trasluce en su semblante.
Sin decir nada más, gira sobre sus talones. Cierra la puerta de la celda con cerrojo y desaparece en la penumbra de la mazmorra. Ni siquiera me lanza una última mirada.
Ahora, con la camisa empapada, tiemblo violentamente. Mi corazón late enloquecido. El rastro de sus manos perdura en mis muslos.
«Le odio».
«Le odio. Le odio. Le odio».
Durante horas es lo único en lo que pienso. Mi desprecio es tan intenso que amortigua el dolor. Impide que mi cuerpo se desmorone del todo. Impide que me congele. Y me impulsa a querer sobrevivir, a querer vencerle. Empiezo a idear un plan que podría sacarme de este embrollo.
Cuando frente a la puerta reaparece uno de los tipos que me trajo aquí abajo antes, alzo la vista para mirarlo a los ojos.
«No moriré está noche».
—Está atardeciendo —informa—. Debo llevarte ante el rey de los lobos. Aguarda tu respuesta.