El rey de los lobos 1 Capítulo 54
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Capítulo 54

E s como si estuviera bajo el agua. La habitación gira a mi alrededor. Tanto el fuego del hogar como los sillones destartalados y el rostro de James se difuminan bajo mi mirada.

«¿Quiere que me case con él?».

Un fuego se aviva en las profundidades de mi alma. Se propaga por mi cuerpo y sale por mi boca antes de que me dé tiempo siquiera a barajar mis opciones.

—No —replico.

Se me atenúa el pulso. Mi vista vuelve a definir el contorno de la chimenea, el rastro castigador del sol en la tapicería desgastada, el cuero deteriorado bajo las yemas de mis dedos. Todo.

James se reacomoda en su sitio y el asiento protesta bajo su considerable figura. Tensa la mandíbula, igual que hace Callum cuando está contrariado.

—¿No? —repite.

—No.

Desde la ventana, Blake observa la escena con una premeditada expresión de desinterés.

—Te ofrezco mi protección y la posición más deseada entre las mujeres del Reino de los lobos… ¿y tú rechazas la oferta? —El tono suave de su voz no consigue ocultar del todo una nota de ira subyacente.

—¡Me ofreces protección ante un peligro que tú mismo ocasionas! Sabes que Callum y yo estamos… —Enmudezco, sin saber muy bien cómo acabar la frase.

—Tú y Callum estáis, ¿qué? ¿Casados? No. ¿Acaso que te unas a él ofrece algún tipo de ventaja política? Tampoco. Has dedicado un tiempo a entretenerte con tu fantasía, pero ya es hora de volver al mundo real, Aurora. Blake me dijo que eras inteligente. No me decepciones.

Aprieto los dientes con la intención de contener la tormenta que se fragua en mi interior. Por supuesto que Blake iba a tener algo que ver con esto.

Fulmino a James con la mirada.

—Callum es tu hermano.

«Y creo que me estoy enamorando de él».

—Correcto. Y también él tiene que espabilar y volver al mundo real. —Sacude la cabeza, de manera que su melena castaña le acaricia los hombros—. Callum no tiene nada que ofrecerte. Yo soy el rey y te ofrezco ser mi reina. No seas necia, Aurora.

Se me ha acelerado la respiración. Oleadas de veneno impregnan mi sangre, aderezadas con temor.

Soy como una serpiente acorralada, con un muro a mis espaldas y una jaula ante mis narices.

Mi destino no puede ser esto. No es posible que haya escapado de un matrimonio forzado para acabar envuelta en otro.

—¿Qué crees que te hará Sebastian en cuanto se dé cuenta de que mi hermano te ha tomado primero? —pregunta James—. A mí tampoco me hace gracia, pero estoy dispuesto a pasarlo por alto.

Se me vuelve a acelerar el pulso. No solo por la idea de lo que Sebastian me haría, sino por lo que James esperaría de su esposa en caso de que aceptara su oferta. Si me caso con él, tendré que rendir mi cuerpo también.

No. No lo haré.

—No voy a casarme contigo. Ni ahora ni nunca.

El rostro de James se ensombrece.

—Soy el rey de los lobos.

—Eres el rey de los lobos porque Callum dejó que lo fueras.

Un intenso dolor restalla en mi mejilla.

Se me ha inclinado bruscamente la cabeza a un lado debido al golpe que James me ha propinado con el dorso de la mano.

El sabor metálico de la sangre me inunda el paladar antes de caer a la alfombra.

Una gélida adrenalina me recorre el cuerpo. Me queman las cuencas de los ojos.

Parpadeo con fuerza.

Me obligo a devolverle la mirada, con la mejilla ardiendo y unos mechones cayéndome sobre los ojos.

—Nunca me casaré contigo.

Él se reacomoda en su asiento con el rostro pétreo.

Más allá de su hombro veo a Blake, que nos observa. Se muestra casual. Incluso aburrido. Capto un destello de oscuridad en sus ojos. Al percatarse de que lo miro, se apoya en el alféizar de la ventana y desvía la mirada hacia las montañas.

Me asalta un nuevo arrebato de odio tan fuerte que temo entrar en erupción.

James silba y la puerta detrás de mí se abre.

—Devolved a la princesa a su celda —ordena a los dos individuos que han entrado—. Y aseguraos de que no esté cómoda. Necesita un poco más de tiempo para reconsiderar sus prioridades y que se le recuerde hasta dónde llega mi misericordia.

Me cogen por los brazos y me ponen en pie.

—He elegido —siseo con el sabor de la sangre insistente en mi lengua—. Nunca te escogeré a ti.

James detiene la mirada en mí.

—Tienes hasta el ocaso. Después montaremos hacia una capilla que hay al norte o montaremos para reunirnos con Sebastian. No seas tonta.

Chasquea los dedos para ordenar mi retirada y deja que su mirada se pierda en el fuego. Yo me resisto en vano contra los hombres que me arrastran al pasillo.

—Blake —dice James—. Asegúrate de que toma la decisión correcta. Haz lo que sea necesario.

—Como deseéis, majestad. —La aterciopelada voz de Blake representa la calma en medio del caos.

Hace una reverencia antes de seguirnos fuera de la estancia.

Tengo las manos atadas sobre la cabeza. Los grilletes metálicos que cuelgan del techo se me hincan en las muñecas. Me veo obligada a mantener el equilibrio sobre las puntas de los dedos de los pies en una postura que me lacera los brazos.

Tiemblo con fuerza. La humedad del aire penetra por mi camisa y me cala hasta los huesos.

El único calor mana de mi mejilla ardiente, allí donde James me propinó el manotazo.

Mi trémula respiración se eleva ante mis ojos convertida en vaho.

Observo con anhelo la antorcha encendida al otro lado de los barrotes de mi celda.

No sé cuánto llevo aquí, sola en la oscuridad. Me ruge el estómago. Me parece que han pasado bastantes horas desde mi última comida.

Se suponía que Blake debía hacerme cambiar de opinión, pero para cuando me colgaron en esta celda, él ya no nos seguía. Esa víbora aún tiene que dejarse caer por aquí. Imagino que piensa que, al dejarme aquí, dolorida en este rincón desesperanzado, cambiaré de idea yo sola.

El arrebato de ira que eso me provoca se convierte en algo a lo que aferrarme.

No creo que mi historia vaya a tener un final feliz. Ya no. Pero tendrá un final según mis términos. No me obligarán a casarme. No compartiré el lecho de James.

James me llevará al frente y me entregará a Sebastian. Y cuando estalle la guerra, echaré a correr.

Prefiero jugármela. Prefiero correr salvaje y libre, con el pelo al viento y la hierba bajo mis pies antes que pasar la noche como la esposa del hermano del hombre del que creo estar enamorada. Aunque eso desemboque en un baño de sangre.

Y no pienso volver con Sebastian.

El eco de unos pasos retumba en la oscuridad.

Alzo la cabeza para ver a Blake acercarse a la puerta de la celda.

Lleva una pequeña petaca. Viste un atuendo negro muy pulcro, pero su cabello está alborotado, igual que la noche de la tormenta.

Me pregunto si estará estresado por alguna razón.

Quizá no desee torturarme en nombre de James.

—Hola, pequeña liebre.

Se me endurecen las entrañas. Estoy atrapada; soy vulnerable. Sin embargo no quiero que vea ni un ápice de debilidad en mí. Le vuelvo el rostro, con cuidado de mantener el equilibrio.

—He elegido.

Aun así lo miro de soslayo. No es inteligente apartar la mirada de un depredador.

Él abre la puerta de la celda y entra.

—¿Tienes miedo? —pregunta.

—No —miento.

Se reclina en el muro de barrotes y cuela los brazos entre los huecos. El aire en la celda se me antoja pesado, irrespirable. De algún modo, su sola presencia llena la totalidad del lugar. Ladea la cabeza en un movimiento casi felino, como si me estudiara.

Me duelen los brazos. Su escrutinio compromete mi equilibrio y acabo tambaleándome un poco.

—En menudo follón te has metido —comenta.

— Tú me has metido en este follón, no yo.

—No estoy de acuerdo.

Da un sorbo de su petaca y mis ojos se detienen en el movimiento de su garganta al tragar, repentinamente consciente de lo seca que tengo la boca. Vuelve a ponerle el tapón y enreda el brazo entre los barrotes de la celda.

—Tal como yo lo veo —empieza—, ahora mismo podrías estar dándote un buen baño delante de una cálida hoguera.

Podrías haberte pegado una buena comilona.

Podrías haberte puesto un vestido bonito y preparado para ir al norte.

Sin embargo, aquí estás. —Contempla el interior de la celda húmeda con una mueca—.

Inmovilizada y encadenada. Vulnerable. Indefensa .

—Chasquea la lengua—. Esa ha sido tu elección, ¿o no?

—Sus facciones se ensombrecen—. Se me ha ordenado que te haga cambiar de parecer.

Un temor gélido se propaga por mis entrañas.

Me vienen a la mente los diagramas hechos a mano que encontré en los tomos de medicina de Blake, las representaciones de métodos de tortura con aspecto de nutrirse de la experiencia propia.

Sus ojos se mostraron fríos cuando me contó lo que le hizo a su padre.

Todos los lobos de este reino parecen temerle.

—¿Qué vas a hacerme? —pregunto. Mi voz suena endeble. Ojalá no lo hiciera.

La comisura de sus labios se curva.

—Cielo, no voy a torturarte. No tienes nada que necesite. Simplemente voy a rogarte que entres en razón.

Yo me relajo un poco, pero la tensión sigue preñando el ambiente.

—No me casaré con él.

—¿Por qué no?

—No volveré a ser un peón en otra jugada entre dos hombres.

—No serías un peón. Serías una reina. ¿Acaso no es la pieza más poderosa del tablero? —Su voz resulta gentil y tan seductora como oscura es la noche.

—¿Y eso cómo te ayuda a conseguir lo que quieres?

—¿Quién dice que me ayude? —Tuerce la cabeza—.

Escucha, sé lo que piensas. Crees que durante la refriega que pueda estallar tendrás la posibilidad de escabullirte.

Pero no podrás. ¿Alguna vez has visto una batalla en primera línea?

No es un sitio que los guerreros más veteranos suelan dejar atrás.

Mucho menos lo haría una pequeña liebre que se ha desviado de su madriguera.

Pero incluso aunque consiguieras escapar, o James o Sebastian acabarían matándote.

Apestas a lobo. —Blake arruga la nariz—.

Sebastian no te dejará vivir por esa afrenta.

Y James estaría encantado de matarte con tal de arrebatarle algo a Sebastian.