El rey de los lobos 1 Capítulo 53
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Capítulo 53

P loc. Ploc. Ploc.

Tengo frío. Estoy sobre algo duro. El aire huele a moho. En algún lugar, algo gotea.

—Deberías lavarla antes de llevarla ante él. Apesta al lobo de Highfell.

Una voz grave y desconocida de varón retumba en mi mente embotada y me tensa los músculos.

—Es territorial. Nos beneficiará.

La segunda voz ostenta un timbre aburrido. Me resulta familiar. Como una oscura caricia en mis sentidos.

Me obligo a abrir los ojos, pero me quedo inmóvil. No sé qué está pasando. No sé dónde estoy. Soy como un conejo en una trampa, desesperado por no llamar la atención de sus depredadores.

Ralentizo mis pulsaciones y examino los alrededores.

Estoy tumbada en un catre que hay en una esquina de la pequeña y húmeda celda, en unas mazmorras.

Las paredes de piedra están mojadas, y el aire, viciado.

Supongo que nos encontramos bajo tierra.

Al otro lado de los barrotes, dos hombres se apoyan en la pared opuesta a mí; la luz de las antorchas se derrama sobre sus facciones mientras conversan.

A uno no lo he visto en mi vida. Es alto y de hombros anchos.

Se ha recogido las rastas para despejar un rostro en el que dos ojos castaños resplandecen sobre una mandíbula angulosa.

No viste como un lobo. Viste pantalones negros de cuero y una camisa blanca arremangada que deja a la vista los tatuajes que surcan su piel oscura.

El otro es Blake. Su ropa negra lo hermana con las sombras.

Me asalta un arrebato de odio tan poderoso que me dan ganas de gritar. Lo peor es que me siento traicionada. No debería. Tendría que haber sabido que Blake me daría una puñalada. Qué ingenua he sido.

Intento apaciguar mi respiración, temerosa de llamar su atención.

Tengo que pensar. Tengo que salir de aquí.

—El lobo de Highfell está bajo control, por cierto —dice el hombre.

Se me acelera el pulso. «Callum».

—Bien. —Blake se ajusta los puños de la camisa—. ¿Te ha dado mucho problema?

—Un poco, pero nos ocupamos de ello. Aunque puede que te dé problemas a ti cuando acabemos con todo esto.

—Lo imagino. ¿Qué nuevas hay del continente?

—Mis hombres buscaron. No lo encontraron.

—¿Qué hay de las Tierras Nevadas?

—Frías. Oscuras. Temen la noche que se extiende.

—Ajá. Interesante.

—Ah, ¿sí?

Blake se encoge de hombros.

—Depende de tus intereses, supongo.

—Por cierto, tenemos una espía.

Se me para el corazón y cierro los ojos con fuerza.

—Ah, sí, lo sé —replica Blake—. Ya lleva unos minutos despierta.

Se me hiela la sangre y aprieto los dientes para reprimir un estremecimiento.

—Pues te dejo con ello —contesta el hombre—. ¿Nos vemos en el castillo en cuanto todo esto termine?

—Sí. Y ten cuidado con él, Jack. Lo necesito vivo.

—Vale. Haré lo que pueda.

Me llega el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse. Los pasos de Jack se desvanecen en la distancia.

Por un instante, el ambiente se sume en el más absoluto silencio.

—No sirve de nada fingir que duermes, pequeña liebre. —La voz de Blake es como la seda—. Oigo los latidos de tu corazón.

Camina hacia el muro de barrotes de mi celda con unos pasos que reverberan en la oscuridad cavernosa. Yo abro los ojos para mirarlo fijamente.

—¿Dónde está Callum?

Mi voz suena ronca. Desconozco si se debe a los efectos de la sustancia que Blake ha usado para drogarme o a los gritos que he pegado en el bosque.

—La pequeña liebre se despierta enjaulada y lo primero que le viene a la mente es el lobo que la capturó.

Chasquea la lengua. La luz danza en sus pupilas.

—Eres tú el que me ha capturado, so idiota.

Un hoyuelo aparece en su mejilla.

—Supongo que sí. Callum no está aquí, pero está a salvo. Tú también lo estarás si colaboras.

Me incorporo a duras penas. Siento un martilleo en la cabeza, así que me la toco con la mano; compongo una mueca de dolor. Consciente de que Blake está tomando buena nota de mi debilidad, procuro colocar los brazos a los lados y sacar las piernas del camastro. Enderezo la espalda.

—¿Colaborar en qué?

—Pronto lo sabrás.

Si me sintiera más fuerte, lo estrangularía a través de los barrotes. Blake sonríe como si lo supiera. Despierta un fuego tan feroz en mi interior que temo entrar en combustión. Tal vez lo haría si el aire estuviera menos frío.

—Tengo órdenes de llevarte ante el rey ahora que estás despierta —informa.

Atempero mi respiración. Tengo que ser lista. Si quiero escapar, he de averiguar dónde estoy y qué pretende hacer conmigo.

Trago saliva.

—¿Dónde estamos?

—En una mansión abandonada cerca de las Tierras Fronterizas.

Se me retuerce el estómago.

—¿Sebastian va a venir a por mí?

—Sí.

La temperatura de la celda parece descender todavía más.

—Menuda víbora estás hecho.

—Oh, venga ya. No es para tanto. Podría haber sido peor.

—¡Me drogaste! ¡Capturaste a Callum! ¡Nos dejas ir para después perseguirnos de todos modos! ¡Me has encerrado en una celda y ahora vas a entregarme a Sebastian! Eres… ¡Te comportabas como si quisieras ayudar y aun así me has vendido! ¿Cómo podría ser peor?

«Confiaba en ti» son las palabras que me trago y que se extienden por mi cuerpo como si fueran veneno.

Se apoya en los barrotes, entre los que deja que cuelguen sus brazos. Desganado, desvía la mirada hacia unas esposas que cuelgan en el centro del techo de la celda.

—Podría haberte encadenado.

Un fiero gruñido brota de mi garganta. Blake se ríe.

—Ni siquiera eres una víbora —espeto—. Eres un cobarde. Sé por qué estás haciendo esto, ¿sabes? No eres tan misterioso como te crees.

—Ah, ¿no? Oh, por favor, dímelo: ¿por qué hago esto? —Sus ojos relucen en la oscuridad.

—No naciste en el Reino de los lobos, ¿a que no?

Debe de ser muy solitario ser un lobo pero crecer entre humanos.

Qué difícil tuvo que ser para ti. Y qué patético que estés tan desesperado por formar parte de ellos que no te importe mentir, conspirar y jugar con la vida de la gente.

Aunque imagino que cuando me entregues a James, obtendrás ese favor que tanto anhelas.

Blake chasquea la lengua. Es un gesto casi distraído, pero hay un destello gélido en su rostro.

—Venga, eres más lista que eso. ¿De verdad crees que quiero pertenecer a los lobos?

Mi padre era uno de ellos y lo maté. —Retrocede un poco, se desabotona la manga y la levanta para mostrar la fea cicatriz blanquecina de su antebrazo—.

Un lobo me mordió e inició esta maldición, y también lo maté.

Y el gen lobuno que siempre ha formado parte de mí…

En fin… Me condenó a la oscuridad desde el mismo instante en que nací.

—Esboza una fría sonrisa—. No, cielo, no quiero formar parte de los lobos. Quiero gobernarlos.

La oscuridad que emana de él se mezcla con las sombras. Por un momento no encuentro palabras.

Después suelto una carcajada mientras niego con la cabeza.

—¿Te gustaría ser el rey de los lobos?

—¿Tan divertido te resulta?

—¿Divertido? No. Desquiciado, tal vez.

—Quizá sí. —Se encoge de hombros al tiempo que se baja la manga, aparentemente indiferente a mi mofa—. Quizá no.

—¿Qué pasa si le digo a James lo que acabas de decirme?

—No lo harás.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque si me pasara algo a mí, ¿qué crees que le pasaría a Callum? —Se abrocha el botón plateado del puño de la camisa—. ¿Qué crees que te pasaría a ti?

Me da un vuelco el corazón. Se me congela cada hueso del cuerpo. Los músculos se me ponen rígidos y los dedos se me hunden en el colchón del catre.

Blake saca una llave del bolsillo de sus pantalones y la mete en la cerradura. La puerta se abre con un chirrido.

Me tiende una mano.

—Vamos. James aguarda.

Mi risa suena ácida y amarga.

—¿Por qué diantres iba a ir contigo?

—Sígueme el juego y puede que sobrevivas. Hasta es posible que evites que te devuelvan a las Tierras del Sur.

Aprieto los dientes.

—¿En qué ayuda a tu propósito el que me entregues a James?

Él ladea la cabeza.

—Ven y lo descubrirás. —Al ver que no me muevo, exhala un suspiro. Su aliento se condensa ante su rostro—. Cuando te presentes ante el rey, se te planteará un dilema —explica—. Escoge bien y estarás a salvo. Tienes mi palabra.

—Tu palabra no tiene mucho valor para mí, Blake.

Él se encoge de hombros.

—Huelga decir que podría entrar ahí y llevarte a hombros. Podría cargar contigo entre gritos y patadas hasta el rey de los lobos. ¿De verdad es así como quieres presentarte ante él cuando hay tanto en juego?

Mantiene la mano tendida. La observo; luego a él.

Sé que habla en serio. Si entrara en la celda, podría golpearle y salir corriendo.

Pero percibí la fuerza de su complexión cuando bailamos.

Recuerdo que Callum me dijo que Blake es más fuerte y competente de lo que parece.

Es posible que me diera cierta satisfacción hacerle un poco de daño a esta serpiente, pero al final acabaría saliéndose con la suya. Y entonces ¿qué?

No. No me enfrentaré a él. Aún no. Me tomaré mi tiempo. Seré lista. Veré qué es lo que tiene que decir el rey de los lobos.

Tal vez pueda negociar por mí misma. Quizá pueda jugar a mi propio juego.

Inspiro profundamente y me pongo de pie. Me sacudo un poco de barro de los pantalones y observo cómo se esparce sobre el suelo de piedra. Me tiemblan las piernas, pero cruzo la celda con la cabeza bien alta, ignorando el brazo extendido de Blake.

—Te odio —le digo entre dientes al pasar junto a él hacia el lúgubre pasillo.

—Ay, cielo, ya lo sé.

Da un portazo a la puerta de la celda y se sitúa junto a mí.

Ascendemos por unos escalones de piedra.

La luz de las antorchas arranca destellos de la superficie mojada.

En lo alto, Blake abre otra puerta y me guía por otro maltrecho pasillo cuyas paredes están adornadas con retratos desteñidos.

Se oyen murmullos en una de las habitaciones junto a las que pasamos, lo que hace que me pregunte cuántos hombres habrá traído James.

Si no son demasiados, tal vez pueda escapar.

Entre temblores, pienso en mi capa y en la falta que me hace mientras subimos por una escalinata hacia la puerta al final del rellano.

Blake la golpea con los nudillos. Se me tensan las entrañas en cuanto la abre. Se echa a un lado para cederme el paso.

Lo primero que me llega es una oleada de calor procedente del fuego del hogar.

Parece que estamos en una especie de sala de estar.

Hay una alfombra desgastada que reviste la tarima, un escritorio junto a la pared y unos viejos sillones de cuero junto a la chimenea. James está sentado en uno de ellos.

Su presencia llena toda la estancia.

No se trata solo de su envergadura, sino también del poder que emana de sus ojos en cuanto los detiene en los míos.

Su cabellera castaña, a la altura de los hombros, está alborotada, y viste su kilt rojo, algo distinto al de Callum.

Tiene la camisa color crudo arremangada hasta los hombros y me percato de que uno de los tatuajes de su antebrazo representa una flor, lo cual contrasta bastante con la rudeza de su aspecto.

Aprieto los dientes y mantengo la cabeza erguida. No me acobardaré ante él.

Él se rasca la barbilla y sonríe.

—Siéntate.

Yo me acomodo en la butaca frente a él. Blake cruza la estancia y se apoya en la pared, junto a una ventana.

—Mis disculpas por cómo te hemos traído hasta aquí, princesa.

—Que me llame así hace que me estremezca, pese a ser el título que me corresponde.

Es lo que suele llamarme Callum, por lo que me resulta erróneo oírlo de sus labios—.

No deberías haber huido de mí. —No respondo.

¿Qué espera que diga?—. Ya he informado a Sebastian. Está de camino.

—No te dará el Corazón de la Luna, ¿sabes?

James se pasa una mano por la boca.

—Ya. Dudo que lo haga.

Intento mantener la calma a pesar de la vorágine que siento en el pecho.

—Entonces ¿qué sentido tiene nada de esto? ¿Por qué me vais a devolver a él? ¿Por qué has traicionado a tu hermano?

Alza las cejas.

—¿Crees que soy yo el traidor? Él le dio la espalda a su gente al robarte para él y privarme a mí de ti.

—No soy un objeto que se pueda robar. Y no has contestado a mi pregunta.

Se reclina en su sillón. El cuero rechina bajo su peso.

—El Corazón de la Luna me importa una mierda. Son los hombres los que ganan las guerras, no las reliquias sagradas. Si Sebastian lo trae, pues estupendo. Si no, sin problema. Lo que me importa es Sebastian. Quiero darle donde le duela. Y puedo usarte a ti para eso.

Ojalá no oyera cómo me late el corazón al ponerme tensa.

—¿Vas a hacerme daño?

—¿Te ha contado Callum lo que le pasó a nuestra madre?

—Dijo que se fugó.

—Correcto. Se fugó. Nunca tuve valor para decirle lo que pasó después.

El calor abrasador que desprende la chimenea no impide que se me hiele la sangre.

—¿El qué?

—Sebastian la atrapó. No sé por lo que tuvo que pasar las semanas previas, pero sí sé lo que pasó la noche de luna llena. Mi padre obtuvo la confirmación unos días después, cuando le dejaron un abrigo de piel en la puerta.

Las náuseas que me asaltan son tan fuertes que necesito aferrarme a los reposabrazos del sillón.

Ya sabía que Sebastian es un monstruo, pero descubrir que torturó a la madre de Callum me resulta casi insoportable.

Y lo que es peor: sabiéndolo, James permitió que Callum viajara hasta la Ciudad del Rey para buscarla de todos modos.

—Nunca se lo has dicho a Callum —musito con un hilo de voz apenas audible.

—Quería ahorrarle sufrimiento al muchacho. —Aprieta los dientes, tensa la mandíbula.

Me pregunto si lo piensa de verdad o si mantener a Callum en la ignorancia formaba parte de su plan para conservar el trono.

—He hecho por él mucho más de lo que nunca reconocerá —prosigue—. ¿Y así me lo paga? ¿Secuestrándote?

Se me acelera el pulso.

—A Sebastian no le importo, ¿sabes? Si me haces daño, le dará exactamente igual.

Él clava sus ojos en mí durante un momento.

—Puede que sí. Y puede que no. Así que te ofrezco una elección.

La primera opción es seguir adelante con el intercambio.

Sebastian vendrá a por ti y yo te entregaré a él.

A él le acompañarán sus hombres, y a mí, los míos.

Una vez me haya dado la mierda de pedrusco que piensa que creeré que es el Corazón de la Luna, cuando ya estés en su poder, estallará la guerra.

Haré lo que sea necesario para matarlo. Y quizá escape contigo, o quizá te veas en medio del fuego cruzado.

En cualquier caso, no creo que tus probabilidades de supervivencia sean muy altas.

—Vale, ¿y la otra opción?

—La otra opción es arrebatarle algo. Algo que suponga una humillación para él.

Algo que mande un mensaje a las Tierras del Sur.

—Se inclina hacia delante desde su asiento, apoyando el codo en el reposabrazos—.

Eres una muchacha bien hermosa, Aurora. Y ya va siendo hora de que me busque una reina. La otra opción es que te cases conmigo.