Capítulo 52 #2
Anclo las piernas en torno a sus caderas, con los tobillos junto a su espalda, y me penetra más. El cambio en la presión y la fricción me arranca jadeos ásperos, jadeos salvajes, sonidos que no era consciente de que pudiera hacer. Clavo las uñas en su piel.
—Eres preciosa —murmura Callum—. Preciosa.
Hay algo de él que despierta una parte animal en mí. Una deliciosa tensión crece entre nosotros al tiempo que me embiste más rápido y más profundamente. Necesito más. Le beso el cuello. Le hundo los dientes en el hombro.
—¡Diosa! —Echo la cabeza hacia atrás.
—Mírame, princesa —murmura Callum.
Busco sus ojos con los míos. En los suyos hay algo parecido a la veneración que titila junto al lobo que los habita.
Lo noto entrar hasta el fondo y eso termina por llevarme al límite.
El placer se adueña de mí. Me deshago por completo bajo su cuerpo.
Grito, sin dejar de aferrarme a él con fuerza, asediada por los temblores.
Adopta un ritmo vertiginoso. Sus hombros se tensan, sus mejillas se enrojecen. Por un momento, sus facciones dibujan una expresión de contención, y después suelta un gemido grave, duradero y profundo. Siento los espasmos de sus músculos bajo mis dedos mientras se derrama en mi interior.
—Joder, Aurora . Joder.
Finalmente, cuando se queda inmóvil, se desploma sobre mí y entierra la cara en el hueco entre mi cuello y el hombro.
Balbucea algo en un idioma que no entiendo.
Puedo sentir su pulso contra mi pecho, tan rápido y frenético como el mío.
Casi pesa demasiado como para que pueda soportarlo, pero la idea de apartarlo me resulta intolerable.
Lo agarro de la nuca para mantenerlo junto a mí.
Tras un momento, saca la mano de mi pelo y se apoya en los antebrazos. Ya no tiene esa mirada salvaje, sino que parece relajado. Tierno. Hay un brillo travieso en sus ojos. Me besa la nariz y luego los labios.
Me observa antes de que una sonrisa se abra paso por su rostro.
En respuesta, una extraña y pletórica sensación bulle dentro de mí.
Se ríe, y yo con él. No sé qué le hace tanta gracia, pero no paramos, ni siquiera cuando a mí me duelen las mejillas y a él le lloran los ojos, mientras me mira como si fuera la criatura más formidable sobre la que jamás ha detenido la vista.
—Creo que deberíamos repetirlo en alguna ocasión —propongo, acariciándole la mejilla.
—No deberías haber dicho eso, princesa. —Me roza la garganta con los labios y después hace lo mismo en mi mandíbula—. Ahora ya nunca llegaremos a Highfell.
Callum me despierta dos veces más a lo largo de la noche.
Toma su placer de mí con calma, adormilado; su cuerpo, con el que conjura gemidos en mis labios mientras me susurra al oído, me resulta cálido y reconfortante. Al dormirnos, somos una maraña de miembros enredados. Su calor vuelve prescindibles las pieles y alfombras que cubren el suelo.
Me despierto a primera hora de la mañana. El sol traza surcos de luz fría en la superficie de la tienda. Afuera, los árboles susurran a merced de la brisa.
Tengo la espalda pegada al pecho de Callum, que me rodea la cintura con el brazo en un gesto posesivo. Sus ronquidos mueren con suavidad en mi oído.
Quiero quedarme así, pero tengo que ir a hacer mis necesidades, por lo que intento separarme de él.
Gruñe una vez, con los ojos aún cerrados.
—Quítate, bruto —susurro, sin molestarme por disimular la sonrisa que me surge al recordar la primera vez que estuvimos así, justo después de que Callum me sacara del castillo de Sebastian.
Él vuelve a gruñir y yo me libro de él.
Como aún no quiero ponerme el vestido, me agencio la enorme camisa de Callum, que me llega por las rodillas. Gateo hasta el exterior y busco un arbusto cercano.
Al terminar, camino hasta la orilla y contemplo la superficie ondulante y grisácea del lago.
Me asalta un temblor; el aire está helado. El viento me sacude el pelo, y las piedras bajo mis pies están duras y frías. El cielo es gris; puede que llueva.
No obstante, sonrío.
El agua lame la orilla junto a mis pies. No oigo nada más que mi propia respiración y el aleteo de las gaviotas que se lanzan en picado al agua en busca de alimento.
Estoy feliz.
Estoy a salvo.
Soy libre .
Oigo el crujido de las piedras a mi espalda. No me giro. Siento que es él. Lo huelo. Me pasa una mano por la cintura y me acaricia la nuca con la nariz.
—Qué bonito está esto —le digo. Mi aliento se convierte en vaho ante mis ojos.
—Correcto. Y espera a ver Highfell. —Me mordisquea el lóbulo—. Las montañas y lagos de por aquí no son gran cosa en comparación.
Desliza una mano por debajo de la camisa y recorre mi abdomen. Percibo la dureza de su miembro contra la parte baja de mi espalda.
—Parece que te falta ropa —le digo.
—Correcto. Imagina lo mal que lo he pasado cuando he intentado vestirme pero he visto que faltaba mi camisa.
Me rio por lo bajo.
—Así que por eso has salido completamente desnudo. Porque buscabas tu camisa, ¿no?
—Oh, correcto. Por fortuna, he encontrado a la ladrona.
Me mordisquea la oreja, lo que desata una oleada de calor en todo mi cuerpo.
—¿No tienes frío? —pregunto.
—No. —Desliza las manos a lo largo de mi estómago antes de introducirlas entre mis piernas—. ¿Y tú?
Su caricia me arranca un gemido. Echo la cabeza hacia atrás, contra su hombro. Su calor me envuelve y sus dedos desatan un incendio en mis entrañas.
—No —murmuro.
Me acaricia despacio, trazando círculos insoportables en la zona más sensible de mi anatomía, hasta que gimo de placer con las rodillas temblorosas. Me levanta para cargarme sobre su hombro, lo que hace que se me suba la camisa hasta el pecho y mis partes íntimas queden al descubierto.
Chillo.
—¡Callum!
Él ríe.
—¿Qué? Les estoy dando algo que ver a las gaviotas.
Me da una palmadita en el trasero y yo vuelvo a gritar.
Atacada de risa y con las piernas colgando de su hombro, Callum me lleva de vuelta al interior de la tienda.
Una vez termina conmigo, los ánimos de Callum se elevan como nunca antes desde que lo conozco. Anuncia que, esta mañana, el apetito que siente es demasiado como para satisfacerlo simplemente con pan y queso, así que sale a cazar algo con lo que preparar un desayuno decente.
En cuanto me visto, me siento en una roca y lo espero junto a la orilla en la que cenamos anoche. Me caliento las manos al fuego que ha encendido antes de irse. No consigo quitarme la sonrisa de la cara.
Me siento muy distinta de la mujer que era antes de venir a las Tierras del Norte.
Estoy sucia y sin asear. Llevo pantalones.
Capto el aroma de Callum en mi piel. Estoy dolorida y no entiendo cómo es posible que esa sensación resulte agradable, pero, de algún modo, lo es.
Me siento… plena. Feliz. Emocionada por el futuro. Emocionada por Highfell.
«Eres libre —parece susurrar el viento—. Eres libre».
Oigo el crujido de las piedras no muy lejos y me giro. No esperaba que Callum volviera tan pronto.
Me da un vuelco el corazón y me pongo de pie de un salto.
Dos hombres con kilt caminan por la orilla, a unos cincuenta metros. Uno de ellos me mira directamente. Lo reconozco. Es Duncan, el tipo al que conocí cuando llegué al castillo. Se me hiela la sangre en las venas. Son hombres de James.
—¡Allí! —Me señala—. ¡Aún están aquí! ¡Es ella!
Me giro y echo a correr.
Unos pasos pesados se precipitan a mi espalda.
Corro a toda velocidad por la orilla y salto por las rocas que hay junto a nuestra tienda. Corro tanto como puedo por este terreno traicionero, hacia el bosque que tengo delante y en el que Callum ha ido a cazar. Las voces de los hombres a mi espalda se acercan.
—¡Callum! —grito.
Corro tan deprisa como me lo permiten las piernas, golpeándome los hombros contra los troncos de los árboles a medida que me adentro en las profundidades del oscuro bosque. Las espinas me rasgan la camisa, las hojas de los pinos se parten bajo mis botas.
—¡Callum!
Tropiezo con una rama caída y me estampo contra el suelo. Me rozo las manos y las rodillas contra las piedras y ramitas que revisten la tierra.
«Levanta —susurran los árboles—. Levanta».
Intento levantarme deprisa, pero es demasiado tarde. Cinco hombres se adentran en el claro.
«No. Esto no puede estar pasando».
Retrocedo con cautela y me golpeo contra algo sólido.
Un brazo firme me rodea la cintura. Ese aroma tan familiar de bosque nocturno me inunda los sentidos. Se me hiela la sangre. Me resisto contra el hombre que me sujeta, pero él se limita a hacerlo con más fuerza.
Me pone un trapo en la boca y me llega un olor químico que hace que me pesen los párpados.
«No. No. No».
Él me roza la oreja con los labios. El tono de su voz es tan oscuro y sedoso como las sombras que nos rodean.
—Deberías correr más rápido, pequeña liebre.
Y entonces, la oscuridad.