El rey de los lobos 1 Capítulo 52
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Capítulo 52

C allum sonríe.

Desliza sus ásperas manos por la cara interior de mis muslos para mantenerme abierta. Sin apartar la mirada de la mía, hunde la boca en mi entrepierna y arrastra la lengua por el centro. Yo ahogo una exclamación y arqueo la espalda sobre la pila de alfombras y pieles que tengo debajo.

Un gruñido bajo reverbera en su pecho.

—Joder —masculla contra mi piel, lo que me arranca un jadeo—. No he pensado nada más que en esto desde que te vi en mi cama. No tienes ni idea de lo mucho que voy a disfrutar devorándote.

Entonces su boca se abandona a mí, húmeda y caliente. Se da un festín. Su lengua asciende y desciende sobre mí con hambre y avidez, como si no fuera a cansarse nunca. Me separa más las piernas y contiene otro gruñido. Yo gimo con los dedos crispados sobre las pieles.

—¡Callum! —jadeo.

Cada lametón, succión y gruñido me enloquecen más. Siento que soy una tormenta enjaulada que necesita liberarse. Me agito contra su boca, desesperada por sentir más de esto. Más de él.

Un sonido rasgado y grave escapa de su garganta y retumba en mis entrañas.

—Eso es, princesa. Úsame a placer.

Eleva las manos hasta mi cintura y me sujeta con firmeza contra su boca mientras muevo las caderas. Al oírme gritar, conduce una mano hasta mi pecho y juega con mi pezón sin dejar de acariciarme la entrepierna con la lengua.

Es casi insoportable. La mera estampa de sus anchos hombros entre mis piernas abiertas, su boca moviéndose contra mí y su primitiva mirada es casi suficiente para llevarme al límite.

Pero entonces roza mi apertura con la lengua y la mete dentro.

Grito de sorpresa. Arqueo la espalda y echo la cabeza hacia atrás.

—¡Diosa!

Estoy perdida. Ya no puedo pensar. No soy humana. No soy una princesa. No sé ni cómo me llamo ni dónde estoy. No soy más que este sentimiento. Este placer.

Le cojo la muñeca de la mano que tiene en mi pecho para aferrarme a él y evitar diluirme por completo.

Él mueve la otra hacia la parte interior de mis muslos y, con el pulgar, frota el pequeño punto nervioso, húmedo y sensible que hay en mí, y empieza a trazar círculos.

La sensación conjunta de su lengua y su pulgar, que estimulan distintas zonas de mi cuerpo a la vez, me arranca sonidos que nunca antes había hecho, gemidos animales, mientras me froto contra él.

—Callum… Voy a… Me siento… ¡Diosa!

Él gruñe y una oleada de frenesí me embarga. Chillo con fuerza, con la espalda arqueada y el cuerpo tembloroso por los latigazos de placer que me consumen. Callum no deja de lamer y succionar, decidido a devorar hasta la última gota que tenga que ofrecer hasta que, finalmente, me quedo inmóvil.

Me besa una vez más entre las piernas para, acto seguido, arrastrarse sobre mi cuerpo y colocar los antebrazos a ambos lados de mi cabeza a modo de prisión.

Sus labios están hinchados y húmedos. Distingo al lobo en sus pupilas cuando me mira.

Se me ha disparado la respiración, igual que a él. No tengo claro si los latidos de mi corazón responden al alivio que me ha embargado o si se trata de nerviosismo e impaciencia frente a lo que sucederá a continuación.

Quiero darle lo que él me ha dado a mí. Quiero que se derrita.

Le hago agachar la cabeza para poder besarlo.

Gruñe contra mis labios y se abre paso con la lengua con la misma pericia con la que lo ha hecho entre mis piernas.

El calor vuelve a acumularse, y lo hace aún más en cuanto noto la rigidez de su miembro contra mi muslo a través de la áspera tela de su kilt .

Engancho los tobillos a los suyos para fundirme con la solidez de su cuerpo.

—Ahora dime qué es lo que quieres tú , princesa —murmura contra mis labios—. Dime qué es lo que quieres y te lo daré.

¿Que qué quiero? Lo quiero a él . Por entero.

Lo aparto con cuidado hasta que se queda de rodillas.

Le desabrocho la camisa con dedos temblorosos. Se la saco del kilt y se la quito por los hombros. Al mirarme, su respiración se vuelve más profunda. Mantiene los brazos a cada lado, como si esperase permiso para volver a tocarme.

Trago saliva y miro el kilt .

—Quiero que te lo quites.

Él me pone una mano en la mejilla y me besa con delicadeza.

—Vale.

Se aparta para deshacer el nudo de las botas y quitárselas, cosa que le cuesta un poco por lo angosto del lugar. A la hora de desprenderse del kilt vuelve a maldecir por lo bajo mientras maniobra para deshacerse de él y le da sin querer una patada a uno de los laterales de la tienda.

—No está siendo muy elegante —dice. Yo suelto una risita y su sonrisa se ilumina—. Dame un segundo, o me temo que echaré a perder el ambiente.

Sale de la tienda, con lo que se cuela el agradable frescor de la noche exterior, solo para volver a entrar unos instantes después, esta vez sin ropa alguna. Se me hace un nudo en la garganta al verlo arrodillarse ante mí de nuevo.

Contemplo su torso esculpido y sus brazos fuertes y musculosos. ¿Cómo es posible que haya hombres con una complexión así? Paso los dedos por los surcos de su abdomen. Él exhala un suspiro tembloroso.

Ya le vi desnudo en una ocasión, en el bosque, cuando se transformó de lobo a hombre. Entonces no me permití el lujo de mirar directamente. Ahora sí.

Su miembro está duro. Es grueso. Revela su excitación sin ambages.

Mis entrañas se tensan.

No sé gran cosa sobre anatomía masculina, pero sé que esa parte de su cuerpo se introducirá en el mío. Y me parece grande. Más de lo que esperaba. Mi corazón late un poco más deprisa, el calor se acumula entre mis piernas y el anhelo empieza a crecer.

Se me crispan los dedos. Empiezo a bajar la mano, pero él se acerca y me hace tumbarme sobre las alfombras para cubrirme con el calor abrasador de su cuerpo.

Qué raro es sentir la desnudez de un hombre sobre mí. Le paso las manos por los hombros y deslizo los dedos por los músculos de su espalda.

—Eres guapo —le digo.

—Ya sabía yo que me veías apuesto.

Se me escapa una tenue risa y sus ojos relucen de diversión. Me besa profunda y lánguidamente. Su boca reclama la mía y su mano se pierde en mi cabello.

—Quiero… —murmuro contra sus labios.

—Dime —susurra él—. Lo que sea, lo tendrás.

—Quiero… —Doy un suspiro tembloroso por la falta de costumbre de expresar mi voluntad en voz alta—. Quiero darte placer.

Él me observa; nuestras respiraciones se mezclan.

—¿Estás segura?

—Sí.

Inspira hondo.

—Tienes que prometerme que si hago algo que no te gusta, que si quieres parar, me lo dirás.

—Sí. —Sé que no hará nada que me hiera y que nunca voy a querer que pare. Intento reprimir el rubor—. ¿Has…? ¿Te has tomado las hierbas?

—Sí —contesta con una sonrisa—. Es poco probable que salga ninguna criatura de esto.

Yo me empujo contra su pecho y empiezo a darme la vuelta, acordándome de lo que me contaron acerca de cómo suelen los lobos tomar a sus mujeres. Con cuidado, Callum me coge del brazo y me atrae hacia él.

—¿Adónde vas?

—Creía… Creía que así era como los lobos… —Se me encienden las mejillas—. Creía que lo hacíais así.

Él sonríe, aunque me alegra que no se ría de mí.

—A veces —responde—, pero esta noche quiero mirarte a la cara.

Me besa con delicadeza y se coloca entre mis piernas.

Sin dejar de mirarme, empuja con suavidad. Ahoga un jadeo mientras me llena.

Siento una punzada de dolor y me tenso. Su envergadura me parece inasumible. No creo que quepa. Tengo el corazón desbocado.

Él se queda quieto, con el peso de su cuerpo apoyado en los antebrazos, que mantiene a ambos lados de mi cabeza. Su respiración es pesada; sus bíceps están tensos. Tiene una expresión de contención.

Me pregunto por qué no sigue, si estará aguardando a que yo haga algo…, pero entonces, mientras espera, mi cuerpo empieza a ajustarse a él. Se mueve despacio y el dolor se convierte en otra cosa, en algo desconocido, algo que me hace querer más. Presión, fricción y la sensación de estar plena.

—Oh —murmuro.

Me relajo antes de volver a tensarme de un modo completamente distinto. Se me calma la respiración, aunque no pasa mucho tiempo hasta que se acelera. Lo sujeto por los hombros y hundo los dedos en sus músculos.

Como si percibiera el cambio en mí, Callum empuja en serio. El gruñido que se agolpa en su garganta acompaña al grito que escapa de mis labios.

Enreda las manos en mi pelo para reclamar mi boca con la suya mientras vuelve a sacudir las caderas. Entre gemidos, me abro todo lo que puedo para él y me sujeto de su cuello con las manos para acercarlo más a mí.

Conduce los labios hasta mi garganta, donde me besa, lame y mordisquea.

—Hacía tanto que lo deseaba… —Su voz suena contenida en mi oído—. Te he deseado tanto …

Deslizo las manos hasta sus hombros, donde siento la tensión de sus músculos. Su piel está caliente y húmeda y percibo la contención en su interior. Incluso ahora se está reprimiendo. Teme que me rompa. Teme asustarme.

Le sujeto el rostro. Tiene la mandíbula apretada. El lobo destella en su mirada.

—No me romperé —le susurro—. Hazme lo que quieras. Quiero dártelo todo.

—Rory… —dice con la voz ahogada.

—Tómalo.

Hundo los dientes en su labio inferior, decidida a despertar a la bestia primitiva que lleva dentro, decidida a que tome de mí aquello que ansía, que necesita.

Él gruñe y entra más en mí. Con fuerza. Yo grito.

— Joder. —Agarra el cojín que hay al lado de mi cabeza—. Perdona.

—Tómalo —insisto, con la voz ahogada.

Alzo las caderas para que me penetre más, desesperada por sentirlo cuanto sea posible, y deslizo las manos por su espalda para empujarlo hacia mí.

Él gruñe y entonces percibo su sumisión. Sus hombros se relajan bajo las yemas de mis dedos; su expresión pasa de la contención al hambre. El lobo resplandece en sus ojos.

—Ya te he dicho que eres una criatura temible y exigente —susurra.

—También me has dicho que me darías lo que quisiera.

Me embiste con fuerza hasta el fondo.

—¡Diosa! —gime en voz alta.