Capítulo 51
M ientras sigo los pasos de Callum por la orilla, siento que se me va a salir el corazón. Las piedras crujen bajo nuestros pies.
Me sostiene la mano con firmeza y calidez. Me recuerda a la primera vez que nos la dimos, en el castillo de Sebastian. Al igual que ahora, yo estaba nerviosa, sin saber muy bien qué esperar. Aun así, se la di.
Creo que le daré la mano siempre que me la ofrezca.
Mi madre me dijo en una ocasión que siempre hay elección. Yo elegí a Callum ese día, el día en que le di la espalda a mi gente para viajar con él al reino de mis enemigos.
A veces no me parece una elección en absoluto. Me parece inevitable. Como la puesta del sol o la salida de la luna.
¿Qué otra opción podría haber? Es como si siempre hubiera sido él. Esto. Todo me ha llevado a este momento.
Estoy de los nervios porque creo que sé lo que va a pasar, lo que puede que Callum espere de mí. Quiero dárselo, pero no puedo negar que también lo temo un poco.
Callum me aprieta la mano con afecto, lo que me da a entender que oye los alocados latidos de mi corazón.
Me guía a través de la arboleda en la que había desaparecido antes y aparta una rama sobresaliente con el brazo que tiene libre. El aroma húmedo de los pinos impregna el aire fresco de la noche. Algunas de las gotas de rocío atrapadas en las copas caen sobre mí mientras le sigo.
Me detengo con los ojos desorbitados por la sorpresa.
Lo adelanto.
—¿Qué es esto? —pregunto.
Estamos en la orilla del lago, protegidos parcialmente del viento gracias al muro de árboles que hay a un lado y a la pared rocosa y escarpada que hay al otro. En el centro del recóndito claro hay una tienda de campaña.
—Me he acordado de la última vez que intenté que durmieras en el suelo. —Mis sentidos se disparan al sentir que se acerca a mí—. ¿Te… Te gusta?
El ligero timbre de duda que se aprecia en su voz despierta una llama de calor en mí. Casi parece nervioso.
La tienda, pequeña y triangular, es lo bastante alta como para sentarnos o estar de rodillas, pero en ningún caso para ponernos de pie. La tela, de un blanco desteñido, sugiere que ha visto días mejores.
Me recuerda a una miniatura, a una versión menos lustrosa de las tiendas en las que mi padre y mi hermano se quedaban cuando se iban de caza.
Una avanzadilla de sirvientes cabalgaba delante de ellos para disponerlo todo antes de la llegada de las mujeres y los nobles.
Las estructuras estaban revestidas de seda y estandartes y algunos de los interiores eran tan bonitos como las habitaciones del propio palacio.
Esta tienda no tiene nada que ver con eso.
Y, sin embargo, es mucho mejor. Porque la ha hecho Callum. La ha preparado para mí.
Me asalta una emoción desconocida.
—Sí —respondo en voz baja—. Me gusta mucho.
—¿Quieres…? ¿Quieres entrar? —Ahí está de nuevo ese timbre dubitativo, como si una parte de él esperara que dijera que no.
Mis pulsaciones son un aleteo descontrolado en mi pecho. Asiento, me agacho y gateo hasta la entrada.
El suelo está cubierto de alfombras de tartán rojo, pieles y cojines, creando así un ambiente acogedor a pesar del frío del aire y del aliento que se condensa ante mi rostro. A un lado titila una vela que Callum debe de haber encendido antes y que proyecta una luz anaranjada por todo el lugar.
Me pongo de rodillas con una sonrisa.
Estoy a punto de darme la vuelta cuando me llega el susurro de la tela. Los muslos de Callum, que se ha arrodillado detrás de mí, me rozan las caderas. Me pone una mano en el abdomen. Un destello de calor me recorre el estómago en cuanto noto su pecho contra mi espalda.
—Querría haber hecho más. —Pasa el pulgar por mi torso. Ojalá mi camisa no se interpusiera entre su piel y la mía—. Pero no podíamos cargar tanto al caballo.
—Es perfecto.
—Me alegra que te guste.
Se inclina y besa la zona sensible de detrás de mi oreja para, acto seguido, trazar una estela de besos por mi nuca. Contengo un jadeo.
—Diosa —dice él—. Llevo mucho tiempo queriendo estar así de a solas contigo.
Me saca el bajo de la camisa de los pantalones con delicadeza y desliza la mano por dentro. Su palma, tosca y cálida, me acaricia el abdomen. Desvío la mirada hacia abajo y observo fascinada cómo me desabrocha el pantalón.
Se me va a salir el corazón del pecho. Es casi ensordecedor.
Quiero que meta la mano ahí. Lo ansío. El calor que hay entre mis piernas, palpitante y húmedo, es casi insoportable.
Y no es como si no me hubiera tocado de esa forma antes.
Pero esta vez parece diferente. Quizá porque significa algo. Simboliza que de verdad estoy dejando atrás el pasado. Reafirma la verdad y la elección que hice hace ya tantas noches.
Lo elijo a él.
O quizá sea porque la otra vez, en su cama, solo estaba dispuesto a dar. Esta vez también va a tomar.
Nunca he hecho esto. ¿Y si le decepciono?
Callum se queda quieto. Quita la mano del cierre del pantalón y me la pone en el abdomen desnudo.
—No has de tenerme miedo —me dice con suavidad.
—No tengo miedo. Es que… —Dejo escapar un suspiro, consciente de que no tiene sentido intentar esconder lo que siento—. Puedes oír mis latidos, ¿no?
—Sí. —Suelta una tenue risa—. Puedo.
—Lo siento si…
—Date la vuelta.
Yo me giro sobre las pieles, que noto suaves bajo las rodillas, y lo miro a la cara. Él cambia de postura para acomodarme entre sus muslos.
Qué grande y fuerte parece en este espacio tan pequeño. Su cabeza casi toca la tela que hace las veces de techo de la tienda. Su expresión es amable.
—Dame la mano —dice.
Me acaricia los nudillos con los labios y después presiona mi mano contra su pecho. En mi palma puedo sentir su corazón, que late deprisa y agitado.
Clavo mis ojos en los suyos.
—¿Estás asustado?
—Ya te he dicho que eres una criatura temible.
—Al ver que entorno la mirada, él sonríe—.
No. No estoy asustado. Estoy… —Se roza el labio inferior con los dientes—, emocionado.
Emocionado por tenerte para mí. Pero también estoy nervioso.
Me preocupa no complacerte. Me preocupa que no compartas lo que sientes conmigo y te lleve demasiado al límite.
Me preocupa asustarte y que quieras alejarte de mí.
—Inclina la cabeza hacia mí—. Te toca. Dime qué te da miedo a ti.
Se me acelera el corazón.
No estoy acostumbrada a compartir mis emociones con nadie. No estoy acostumbrada a que a la gente le importe lo que piense o lo que quiera o lo que sienta. No obstante, esta noche ya he compartido más cosas que en toda mi vida.
Callum deja que el silencio se prolongue mientras me acaricia los nudillos con el pulgar y su corazón late bajo mis dedos. Hace calor en la tienda. Mucho calor. Es sofocante.
Trago saliva.
—Tengo miedo —admito—. No porque te tema a ti. No te temo. Pero… —Desvío la mirada, incapaz de sostener la suya—. Nunca he hecho esto. No sé… No sé cómo hacerlo. No sé qué…, qué esperar, o qué es lo que se espera de mí. Puede que no… —Se me encienden las mejillas—. Puede que no te guste.
Esperaba que se riera de mí, pero, en vez de eso, alza el mentón.
—No voy a ocultar que te deseo —dice—. Te he deseado desde el primer instante en el que te vi.
Me convencí a mí mismo de que te sacaba de las Tierras Fronterizas porque te necesitaba para obtener el Corazón de la Luna, pero creo que incluso entonces sabía la verdad: no soportaba la idea de dejarte allí.
Y te deseaba. Diosa, cómo te deseaba. No he sentido nada más desde entonces.
Pienso en ti sin parar. Quiero hacerte reír, quiero hacerte feliz y quiero impresionarte.
—Deja escapar una carcajada incompleta—.
Normalmente no suelo llevar pantalones. Me los puse porque se me ocurrió que quizá te gustara cómo me quedan.
—Se le oscurece la mirada—. Y sí, también quiero perderme en ti.
Quiero sentir tu pasión y tu ardor. Quiero que me des placer.
—A pesar de la quietud de su cuerpo, noto el apresurado latido de su corazón bajo los dedos—.
Pero no espero nada. No lo pienses ni por un minuto.
Y no pidas disculpas ni creas que puedes decepcionarme.
Haremos solo lo que quieras que hagamos, Aurora.
Llegaremos tan lejos como tú quieras llegar.
No hay prisa. —Esboza una sonrisa que me libera un poco de la presión que sentía.
No obstante, me sigue pareciendo difícil respirar aquí dentro, con este aire caliente, espeso y electrizante—.
Ahora solo estamos tú y yo. Tenemos todo el tiempo del mundo.
—Me toma el rostro con la mano—. Dime, ¿qué es lo que quieres, princesa?
Si lo único que deseas es tumbarte y dormir entre mis brazos, seguiré pensando que soy el lobo más afortunado de todas las Tierras del Norte.
El calor se expande en mi interior.
¿Qué es lo que quiero? Me he hecho esa pregunta muchas veces desde que llegué al Reino de los Lobos. Era una cuestión que nunca me atreví a plantearme hasta que me fui con Callum.
Y, por primera vez, parece que tengo una respuesta.
Lo quiero a él. Esto. Nosotros.
Aun así sigo estando perdida. Sigo siendo inexperta. Soy un pez fuera del agua.
—No quiero dormir —le digo. Una amplia sonrisa se dibuja en su rostro—. Pero…, bueno… No sé… con exactitud…
Me arden las mejillas.
Él inclina la cabeza con suavidad, como si comprendiera.
—¿Qué tal si te digo lo que quiero yo? Y ya me dices si te parece bien o no. —Trago saliva y asiento—. Bien —prosigue—. Quiero que te quites la camisa para que pueda verte.
Sus ojos relucen, a la espera de ver si lo haré.
Separo la mano de su pecho y su sonrisa desaparece mientras, despacio, me desabotono la prenda. Su mirada capta cada uno de los movimientos que realizo para separar la tela antes de bajarme la camisa por los hombros.
Un sonido grave, casi un gruñido, reverbera en su garganta. Me noto los pechos pesados e hinchados. Mis pezones se endurecen ante la sensación de aprobación que se desprende de él como una marea.
Espero que me toque. Quiero que me toque, pero sus brazos permanecen quietos. La tensión de sus bíceps se ve a través de sus mangas, como si se estuviera conteniendo.
—Bien —asiente, con la voz ronca—. Tus pantalones también. Quiero verte entera.
Se me acelera la respiración, pero me recuesto, me quito las botas y toco la bragueta abierta de mis pantalones. Él ladea la cabeza.
Me los bajo, y también la ropa interior, y me deshago de ellos.
Veo al lobo en su mirada. Callum traga saliva con la mandíbula apretada.
—Ven aquí —dice.
Me acerco.
Envuelve mi cadera con una de sus manos. Coloca la otra en mi nuca, acariciándome la mejilla con el pulgar.
—Ahora quiero que me beses.
Me inclino hacia delante y rozo sus labios con los míos. Él gruñe con suavidad antes de apoderarse del todo de mi boca.
Desliza la mano por mi pelo y su lengua se abre paso con movimientos cálidos sobre la mía. Sus besos rezuman posesividad, poder, hambre. Es como si todo el autocontrol que ha tenido se le estuviera escapando de entre los dedos y el animal en su interior hubiera quedado libre. Y lo anhelo. Lo ansío.
Equiparo mi ferocidad a la suya y le rodeo el cuello con los brazos para atraerlo a mí. Emite un gruñido que hace que abandone mi cuerpo al suyo. Un arrebato de placer se adueña de mí cuando siento los pezones contra su camisa. Sus manos descienden para apretarme el trasero. Gimo.
Él se separa.
Lo vulnerable que me siento no me impide experimentar una descarga de euforia al ver cómo me mira, como si fuera lo único que existe en el mundo. Como si quisiera devorarme.
Se está reprimiendo. Su pecho asciende y desciende con fuerza; sus músculos están tensos.
Casi jadeo de nuevo.
Tal vez esté desnuda, pero es el alfa de Highfell el que está de rodillas ante mí, a la espera de que le dé permiso.
—¿Qué quieres que haga ahora? —pregunto con voz temblorosa.
Él aprieta la mandíbula.
—Quiero que te tumbes y te abras de piernas para mí.
Yo inspiro con brusquedad ante lo obsceno que es lo que me está pidiendo. Me inunda una oleada de calor que hace que me resulte difícil pensar con claridad. Las entrañas me arden de deseo, queman.
Me recuesto para tumbarme sobre las pieles y las alfombras y apoyo la cabeza en uno de los cojines. Lo único que oigo es el retumbar de mi corazón.
Dubitativa, separo las piernas.
Un gruñido grave reverbera en su garganta acompañado del improperio que suelta por lo bajo.
Se acerca y me separa las rodillas todavía más para abrirme del todo ante él.
En sus pupilas, fijas en la zona que hay entre mis muslos y que arde de necesidad, se distingue el predominio del lobo.
Noto las mejillas calientes pero, al margen de la vergüenza que me genera dejar que mire la parte más íntima de mi cuerpo, me siento poderosa.
Él parece estar completamente hechizado.
—Joder. Eres preciosa. —Me recorre el cuerpo con la mirada. Sus párpados parecen pesados; la respiración se le acelera—. ¿Quieres saber lo que quiero que hagas por mí ahora?
Yo asiento, sin respiración, segura de que, sea lo que sea, se lo daré. Le daré cualquier cosa con tal de que siga mirándome así. Cualquier cosa que ayude a aliviar el ardor que siento.
Levanta la comisura del labio.
—Quiero que te corras en mi boca, contra mi lengua, mientras te saboreo. —Me ruborizo tanto que parece que estoy en llamas—. ¿Crees que podrás hacerlo?
—Sí —susurro.