Capítulo 50
C abalgamos durante horas.
Es noche cerrada y apenas veo nada a un palmo de mi cara.
En cierto momento me llega el rumor del agua lamiendo la orilla pedregosa de un lago. En otro, el viento, que trae consigo la fragancia de la hojarasca y la tierra húmeda mientras sacude las ramas de los árboles. Unas formas oscuras se ciernen sobre nosotros.
Y mientras tanto, Callum permanece callado a mi espalda.
Noto la rigidez de su pecho contra mi espalda, la tensión de sus muslos contra mi cuerpo.
Me pregunto si se siente traicionado por su hermano o si siente que él es el traidor por sacarme de allí.
O quizá no sea ni lo uno ni lo otro. Quizá solo esté molesto porque he bailado con Blake.
Cuando Callum me alejó de la zona de baile, el beso que me prodigó fue intenso y dominante. Como si estuviera marcando su territorio. El calor brota en mi interior al recordar el tacto de su boca en la mía, pese a lo innecesario e inapropiado que fue hacer eso delante de tanta gente.
Debería darse cuenta de que no tiene nada de lo que preocuparse en lo que respecta a Blake. No me fío lo más mínimo de ese hombre.
—¿Estás bien? —le pregunto.
El viento ha arreciado, por lo que mi voz apenas se eleva por encima del rugido de los árboles.
—Las cicatrices de tu espalda —responde él con suavidad por toda sorpresa—, ¿cómo te las hiciste?
Los recuerdos inundan mi memoria: las vidrieras de la iglesia de la Luz y el Sol, meses de enfermedad y pena, el sumo sacerdote y sus adeptos.
Trago saliva.
—Fue hace mucho tiempo.
Una vibración grave retumba en el pecho de Callum.
—¿Fue tu padre?
Yo me vuelvo de piedra. Una roca. Algo que no pueda sentir dolor.
—Si tanto te interesa, estuve enferma, como mi madre. Las pócimas que me dieron no ayudaron. El sumo sacerdote dijo que si… purgaba mi piel, la Diosa me perdonaría la vida —respondo deprisa—. Y me la perdonó.
Su cuerpo se pone duro detrás de mí. No tengo claro que esté respirando.
—¿El sumo sacerdote te pegó?
—No… No muchas veces…
—¿No muchas?
Me estremezco, sobresaltada por el volumen de la voz de Callum.
—No, no muchas —espeto. No necesito su ira. Enciende algo desagradable en mi interior a lo que no soy capaz de hacer frente—. Déjalo ya.
Se me ha acelerado la respiración, igual que a él.
Hasta que, por fin, exhalo un suspiro y dejo que el enfado se condense ante mis ojos mezclado con mi aliento. Le toco la muñeca, que descansa sobre mi regazo.
—No quiero hablar de ello, ¿vale?
Un sonido reverbera en su pecho: un gruñido grave que es evidente que intenta reprimir.
—Nadie volverá a ponerte la mano encima.
Amparada por el calor y la fuerza de su cuerpo a mis espaldas, casi creo sus palabras.
Pero Sebastian cabalga hacia el norte para recuperarme, los lobos seguramente nos pisen los talones y el eco de la advertencia de Blake resuena en mis oídos: «el juego no ha hecho más que empezar».
Montamos toda la noche.
Al despuntar el sol, el valle que nos rodea se tiñe de una luz anaranjada.
Es entonces cuando la neblina de mi cabeza provocada por el whisky da paso a un monótono tamborileo.
Cada movimiento brusco de nuestra montura me acribilla el cerebro.
El trino de los pájaros me resulta estridente, irritante. Tengo un sabor espantoso en la boca.
—¿Cuánto falta? —pregunto—. Llevamos horas de viaje.
Él suelta una tenue risa.
—¿Jaqueca, princesa?
—¿Y eso qué más da?
—Highfell está a una semana a caballo. Vamos a…
—¡Una semana!
—Sí. —Por su tono, es evidente que se lo está pasando bien—.
Una semana. El Paso Norte es la ruta más rápida a mi castillo, pero también la más popular.
Es la ruta por la que James enviará a sus lobos a por nosotros, así que vamos a desviarnos un poco.
Dentro de unos días, cuando sigan sin encontrarnos, los volverán a convocar para destinarlos al frente con los ejércitos de las Tierras del Sur.
Frunzo el ceño.
—Eso no suena muy sensato.
Tengo la boca seca, así que trago saliva.
—¿No? —Como si percibiera la sed que tengo, Callum se inclina hacia uno de los zurrones que cuelgan de los laterales del caballo y me pasa una petaca. Se la arrebato de las manos y bebo con avidez—. ¿Y eso por qué?
—Los hombres de James llegarán a Highfell antes que nosotros. —Doy otro trago y me deleito en la frescura que recorre mi garganta—. Nos estarán esperando cuando lleguemos y nos capturarán.
—Si James de verdad quisiera capturarnos, entonces sí, ese sería un buen plan —contesta Callum—.
Pero el Corazón de la Luna no le importa.
No lo suficiente. Conseguirlo siempre fue una posibilidad remota.
No querrá convertirme en su enemigo. —Él se reacomoda a mis espaldas, lo que le lleva a acariciarme el muslo con el pulgar de forma inconsciente—.
No. No se molestaría. Fingirá que te tiene para atraer a Sebastian y dedicará sus recursos a eliminarlo.
Y adiós, muy buenas a él también. Ojalá hubiera sido yo el que lo hiciera.
Siento un arrebato de duda mientras le devuelvo la petaca.
—¿Estás seguro? Me parece que depositas demasiada confianza en él teniendo en cuenta que acaba de traicionarte.
Callum da un sorbo y coloca el agua en su sitio.
—Correcto. Conozco a mi hermano. Si conseguimos mantenernos lejos de su alcance los próximos días, podremos dejar todo esto atrás. Estoy seguro. —Me da un apretón en la pierna—. Eso significa que no haremos ningún descanso hasta que anochezca.
Sumo un gruñido a su leve risilla.
Para cuando por fin nos detenemos junto a la orilla de un inmenso y sombrío lago, ya ha oscurecido.
Me siento delante de la fogata que Callum ha encendido antes de resguardar al caballo en una arboleda.
Se me ha pasado el dolor de cabeza y, aunque me duelen todos los músculos del cuerpo y estoy agotada del viaje, hace días que no siento mi alma tan ligera.
Es un lugar apacible. Da la impresión de que somos las únicas personas que rondan por aquí.
Quizá haya escapado de mi destino por fin.
Al ver que pasan unos veinte minutos o algo así sin que Callum vuelva, me asalta el temor. ¿Qué estará haciendo? ¿Se habrá encontrado con alguien? ¿Acaso se ha hartado de mi mal humor y me ha abandonado?
Estoy a punto de ir a buscarlo cuando lo veo emerger de entre los árboles con unos trozos de pan y queso. Las piedras crujen bajo sus botas.
El alivio que me embarga no tarda en verse sustituido por una extraña tensión en cuanto me pasa la comida y se sienta en una roca al otro lado de las llamas. Algo cambia en el ambiente.
Comemos en silencio.
Es como si ambos nos hubiéramos dado cuenta de que estamos completamente solos por primera vez desde que me sacó del castillo de Sebastian.
Algo se ha fraguado entre nosotros desde entonces. Fuerte, ineludible y pasional. Algo que ambos pensamos que estaba mal.
Sin embargo, la razón por la que no hemos compartido toda nuestra… intimidad no responde a que yo quisiera conservar mi honra.
Sino a que Callum creyó que era su prisionera.
Desde luego ya no debe de verlo de ese modo.
Me regala una tenue sonrisa. La luz de la hoguera danza sobre sus marcadas facciones. Inspira profundamente. Me parece que va a decir algo, pero deja escapar el aliento y le da otro bocado al pan.
Yo le respondo con otra sonrisa. Después me concentro en mi comida a pesar de lo contraídas que siento las entrañas.
Ojalá no estuviera nerviosa. Ojalá pudiera acercarme a él y darle lo que sé que desea, como esas chicas que Sebastian enviaba a los lobos. Pero estoy perdida. Abrumada. No sé qué hacer ni lo que espera de mí.
Engullo el último trozo de pan y me sacudo las migas de los pantalones. Me muerdo el labio inferior en busca de algo que decir, cualquier cosa, para ponerle fin a este silencio interminable.
—Menuda… Menuda maravilla de… lago —digo desviando la mirada hacia las aguas oscuras.
—Correcto. Sí que lo es.
El silencio impera una vez más, mermado únicamente por el crepitar de las llamas. Cojo aire y absorbo el aroma de la leña quemada y la tierra humedecida.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Sí.
—Anoche cuando… Cuando me besaste… ¿Estabas enfadado conmigo?
—No. —Esboza una sonrisa tímida—. Estaba celoso.
Intento mantener una expresión hierática, pero fracaso notablemente.
Él se inclina hacia delante con los antebrazos apoyados en los muslos.
—Me alegra ver que mi tormento te divierte, princesa.
—No hace falta que te pongas celoso solo porque bailara con Blake.
—Correcto, lo sé. Es solo que… veros a los dos… —Suspira y agita la cabeza mientras se pasa una mano por la boca.
—¿Qué?
—No lo sé. Tenía pinta de lord de las Tierras del Sur y tú parecías su señora. No me gustó. Ni un poquito. En la vida real… Tú y yo… Yo no tendría ninguna posibilidad contigo, ¿verdad? Pero él…
—Esta es la vida real.
—Ya sabes a lo que me refiero. —Sacude la cabeza—. Y ahí estás, sonriendo de nuevo.
—Perdona. —Me muerdo el labio—. Es que… Normalmente eres tan fuerte y estás tan seguro de ti mismo… Supongo que es reconfortante saber que tienes pensamientos tan irracionales como cualquier mortal.
Una amplia sonrisa se abre paso por su rostro.
—¿Crees que eso es irracional?
—Imagino que mi padre nunca nos habría emparejado.
Al fin y al cabo procedes de las Tierras del Norte.
Aunque si te hubieras puesto esos horripilantes pantalones tuyos y fingido un acento sureño, estoy segura de que habrías pasado inadvertido en palacio.
Una vez nos hubiéramos conocido, me habrías caído bien, eso lo tengo claro.
—Ah, ¿sí?
—Sí.
—Tal vez. Aunque pensaste que era un monstruo la primera vez que nos vimos.
Una gélida vergüenza se apodera de mi cuerpo. Es difícil creer que en su momento juzgué a este hombre, a este lobo, como un monstruo. Quizá el monstruo era yo por asumir algo así sin pensarlo.
—Lo sé. Y me sabe mal —digo—. He aprendido mucho sobre lobos desde entonces.
—¿Cómo qué?
—Pues… Sé que disfrutan bastante de ir por ahí desnudos.
—Callum ríe—. Son terriblemente inapropiados.
Y les gusta olfatear a la gente siempre que pueden.
—Él se carcajea con más fuerza—. Siempre están peleando y atizándose, y escuchan música demasiado estridente a pesar del excelente oído que tienen.
Los hay que no son muy agradables, como pasa con los humanos.
Pero otros… Otros son amables, simpáticos, divertidos y atentos.
Otros son buenos hombres. —La sonrisa se diluye en sus labios.
Sus rasgos quedan a merced de una expresión más seria.
El manojo de nervios que me atenaza el estómago se aprieta una vez más—.
Y los hay que no saben nada de caballerosidad —añado alzando el mentón.
Él ríe, con lo que se disipa la tensión.
—Correcto, eso puede que sea cierto. Sabes, yo también he aprendido mucho sobre princesas estas últimas semanas.
Yo le dirijo una mirada severa.
—¿Por ejemplo?
—Son muy cabezotas. —Sus ojos destellan al ver cómo me cruzo de brazos—. Y muy temibles. Y muy pequeñas. —Lo fulmino con la mirada y él sonríe—. Y están un poco consentidas.
—¡De eso nada!
—También son inteligentes. Y saben cómo beber whisky.
Y fingen ser muy castas y tímidas, pero…
—Convierte su voz en un susurro, como si me estuviera contando un secreto—, en realidad son muy, muy exigentes.
—Se me encienden las mejillas mientras él suelta una sonora carcajada—.
Se ruborizan cuando les dicen algo obsceno.
Y son buenas, interesantes, sinceras y amables.
Ocultan sus emociones pero las sienten con mucha fuerza.
Con mucha pasión. —Lo seria que se torna su expresión hace que me arda la piel—.
La gente les importa más de lo que están dispuestas a admitir.
Y son valientes. Más valientes que cualquier lobo que haya conocido.
Tengo un nudo en la garganta que me obliga a tragar saliva para intentar diluirlo. No sé qué me pasa, es tan…
—¿Te he molestado? —pregunta Callum con el ceño fruncido.
Me arden las cuencas de los ojos. Sorbo por la nariz en un intento por contener las emociones que amenazan con desbordarme.
—Algunas de las cosas que has dicho eran de todo menos piropos.
—Diosa, lo siento, princesa, no…
—Normalmente la gente dice que soy hermosa.
Mi voz suena ronca. Callum alza las cejas.
—Ah…, y lo eres. No pretendía ofenderte al no mencionarlo…
—No. —Parpadeo un par de veces—. No lo entiendes.
Eso es lo que me suelen decir. Y ni siquiera es que me estén elogiando a mí.
Solo a una versión de mí. No es real. Depende del maquillaje, de los vestidos y de su ansia por ganarse el favor de mi padre.
—Inspiro hondo y me froto los ojos con el dorso de la mano.
Noto la mirada de Callum sobre mí—. Nadie…
Hasta ahora, nadie había intentado conocerme.
—Vuelvo a inspirar, trémula, saboreando el aroma a leña quemada que se vierte en la oscuridad.
Su mirada es tan fiera que resulta difícil sostenerla—. Hasta que llegaste tú.
Inmóvil, Callum aprieta la mandíbula. Permanece en silencio un momento hasta que aparta el brazo del muslo y se reclina.
—Ven aquí —dice.
Me acerco a él con el pulso acelerado. Su calor y aroma corporales me envuelven mientras él separa las piernas para que me coloque entre ellas.
Toma mi mano entre las suyas.
—Quiero conocerte. Quiero saberlo todo de ti.
—Yo también lo quiero.
Me acaricia la piel con el pulgar en un gesto que rebosa gentileza. Traga saliva con dificultad.
—Ya no eres mi prisionera.
—No.
No me molesto en añadir que nunca he creído serlo. Estoy bloqueada, incapaz de pensar con claridad, incapaz de pronunciar palabra.
Hay necesidad en sus ojos. Hambre. Su pecho asciende y desciende con vehemencia, ya que su respiración se muestra tan agitada como la mía. Tengo la impresión de que estamos al filo de una tormenta a punto de estallar.
Se roza el labio inferior con los dientes.
Se pone de pie cuan alto es frente a mí.
—Ven —dice con la voz ronca—. Quiero enseñarte una cosa.