El rey de los lobos 1 Capítulo 49
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Capítulo 49

P or un momento me quedo sin habla.

Recorro su camisa negra con la mirada, ahora abotonada hasta arriba, hasta fijarme en su rostro. No puedo descifrar su expresión. Parece serio, aunque sus ojos brillan bajo la luz de las antorchas como si contuvieran un millar de secretos.

La pista de baile se difumina tras él a medida que los presentes ralentizan sus movimientos para adaptarse a la nueva melodía. ¿Dónde he oído antes esa canción?

—¿Quieres bailar conmigo? —pregunto.

—Sí.

Se me escapa una risita y Blake inclina la cabeza a un lado en un movimiento casi felino.

—¿Te hace gracia, liebre?

Me recuesto contra la mesa y bebo un sorbo de agua, cuya frescura agradezco cuando me baja por la garganta. Tengo demasiado calor. Y noto la cabeza embotada por todo el whisky.

Blake rastrea cada uno de mis movimientos mientras me aparto un mechón de pelo de la cara.

—¿Me tomas por tonta, Blake?

—Al contrario. Baila conmigo.

—Si pretendes provocar a Callum, está ocupado. —Dejo el vaso y arqueo una ceja—. Pierdes el tiempo.

Sonríe y se le marcan los hoyuelos de las mejillas. Cuando me mira así, casi podría olvidar que es una serpiente manipuladora.

—No intento provocar a tu dueño, liebre. Eso sí que sería perder el tiempo.

—Entonces ¿qué pretendes hacer?

—No quieras saberlo.

Frunzo el ceño.

—Callum no es mi dueño.

—Demuéstralo. —Se mira la mano, todavía tendida—. Baila conmigo.

Las sombras del Gran Salón parecen gravitar hacia él mientras las velas parpadean como si se vieran atraídas hacia la oscuridad que yace en su alma.

Río y niego con la cabeza.

—¿De verdad crees que se me puede manipular tan fácilmente?

Sonríe con superioridad.

—Ay, querida. Sé exactamente cómo manipularte.

—No estoy bailando contigo, ¿verdad?

—No. Pero lo harás.

—¿Cómo estás tan seguro?

Da un paso adelante y coloca ambas manos sobre la mesa, una a cada lado de mí. Respiro bruscamente e inhalo su aroma a bosque durante la noche mientras él acerca los labios a mi oreja.

—Porque esto es un juego, pequeña liebre. —Su aliento cálido me hace cosquillas en la mejilla—. Y hay una parte de ti que también quiere jugar… solo para ver si eres capaz de vencerme.

Se gira hacia mí con el desafío reflejado en los ojos.

A continuación da un paso atrás y puedo volver a respirar.

—¿Por qué iba a jugar a algo contigo cuando estoy en desventaja? —pregunto—. Desconozco las reglas. Y el premio.

—¿Y quieres saber cuál es?

Me tiende la mano.

Mi madre me contaba historias sobre Noche, la deidad que posee la llave de la prisión de la Diosa de la Luna. Tienta a los mortales para hacer tratos con ellos, les ofrece lo que desean a cambio de su alma.

Ahora mismo, Blake me recuerda a él. Extraño y peligroso, con los ojos rebosantes de oscuras promesas.

Y odio sentirme tentada. Porque tiene razón, quiero averiguar qué está tramando.

No obstante, si bailo con él, ¿qué parte de mi alma me reclamará?

Arquea una ceja.

Levanto la barbilla.

Puede que el alcohol ahumado y cálido que he tomado me esté dando una falsa sensación de confianza, pero no creo que Blake sea tan listo como se piensa.

Coloco la mano sobre la suya.

Una lenta sonrisa se abre paso en su rostro y cierra los dedos alrededor de los míos. Me guía hasta la pista de baile.

Levanta nuestras manos unidas y me coloca la otra en la cintura.

—¿Conoces el Baile del Alba? —pregunta.

—Por supuesto.

—Esta melodía tiene el mismo ritmo.

Me acerca a él y le pongo una mano en el hombro.

—¿Quieres que bailemos una danza de las Tierras del Sur en un salón repleto de norteños?

—Los dos somos sureños, ¿no?

—¿Ese es el juego? ¿Quieres antagonizarlos a todos?

—Vamos a jugar y averiguarlo, ¿de acuerdo?

Inclino la cabeza.

—Muy bien.

Doy un paso atrás y me suelta.

Hago una reverencia y él se inclina, tal y como dicta la tradición. Acto seguido empezamos a bailar.

Damos un paso adelante con las manos levantadas y las palmas casi tocándose mientras nos rodeamos mutuamente. Cambiamos de dirección con la mirada fija en el otro y pasos cautelosos. Elegantes. Cuidadosos. Blake rastrea cada uno de mis movimientos como si fuera un depredador acechando a su presa.

Creo que la gente nos está mirando, pero no sería muy inteligente apartar la mirada del lobo que tengo delante.

A medida que el baile progresa, requiere un contacto más cercano.

Blake cierra la mano alrededor de la mía una vez más y me coloca la otra en la parte baja de la espalda mientras gira a nuestro alrededor.

Apoyo la mano suavemente en su hombro y resisto el impulso de hundir los dedos en sus duros músculos mientras se mueve cada vez más rápido.

Sus pasos son elegantes. Su pose, fuerte y confiada. Baila bien. Demasiado bien.

—Dijiste que habías formado parte de la Guardia del Rey —comento.

—Así es.

—No sabía que los miembros de la Guardia del Rey aprendieran a bailar. —Arqueo una ceja—. Y menos así de bien.

Esboza una sonrisa engreída mientras nos movemos por la pista de baile.

—¿Crees que bailo bien? Debería sentirme halagado por un cumplido así. Y más si proviene de la propia princesa.

— Creo que eres un mentiroso. No formaste parte de la Guardia del Rey, ¿verdad? Naciste en buena cuna. No hay otra explicación para que hayas aprendido a bailar.

Me gira por debajo de su brazo e inhalo bruscamente cuando tira de mí de nuevo.

—Es una teoría interesante, pequeña liebre. Te aseguro que formé parte de la Guardia del Rey, no soy de buena cuna y hay otra explicación.

—No confío en ti.

—Haces bien.

—Explícamelo.

—Ya lo he hecho. En cierto sentido.

—Deja de hablar con acertijos. Dime lo que quiero saber. —Levanto la barbilla—. O le revelaré a todo el mundo tu secreto. —Sonrío con dulzura—. Me parece que se avecina una tormenta.

Espero que palidezca o que se le tensen los hombros debajo de mis dedos. En lugar de eso, sonríe y me acerca aún más a él.

—Adelante —susurra—. Mi historia sobre lo que hacías esa noche en mis aposentos a altas horas de la noche distará mucho de la tuya, te lo aseguro. —Habla con una voz oscura y seductora como el cielo nocturno.

El calor desaparece de mi cuerpo mientras seguimos dando círculos por la pista de baile.

El pulso me retumba tanto en los oídos que casi ahoga ese sonido que me ha congelado las entrañas.

Sigo bailando, pero me da la sensación de que mis movimientos ya no me pertenecen.

Todo se difumina. Es Blake quien me guía, como un titiritero que hace bailar a su juguete.

La música ha alcanzado el crescendo y ahora comprendo por qué me resultaba tan familiar. Conozco esa parte de la canción.

Es la melodía que me cantaba mi madre por las noches.

La que le tarareé a Blake cuando estaba asustado.

¿Por qué una banda de lobos de las Tierras del Norte conoce la melodía que tanto le gustaba a mi madre?

Blake me observa con curiosidad y con la cabeza ligeramente ladeada.

Entorno la mirada.

—¿Qué es esto?

—¿Qué es qué? —Su expresión de inocencia fingida se ve traicionada por el brillo hambriento de su mirada.

—¿Por qué les has pedido que tocaran esta canción?

—Es una melodía lobuna muy conocida —responde fingiendo confusión—. Sobre el Lobo Primigenio y su amor por la Luna. Creía que te gustaría. ¿No te gusta?

Intento apartarme, pero estrecha la mano alrededor de la mía. Sus dedos esbeltos son como un frío gancho de hierro. Me gira.

—¿La reconoces? —pregunta.

—Sabes que sí. Suéltame.

—Eso no sería muy inteligente, pequeña liebre. Todos nos están mirando. James incluido.

Miro a mi alrededor. Los presentes nos observan con curiosidad desde los bancos, las hornacinas y los bordes del salón. La pista de baile se ha despejado y nos han dejado solos en el centro. No sé cuándo ha pasado.

El rey se inclina hacia delante en su silla con una expresión inescrutable.

Busco a Callum intentando encontrar un modo de salir de la situación, pero debe de haber salido del salón para hablar con Fiona.

Estoy completamente sola.

Mi mirada se cruza con la de Blake.

—No me importa. Me marcho.

—Pues debería importarte.

—¿Por qué?

Se mueve hacia delante de manera que su moflete casi toca el mío y baja la voz.

—Porque estás en peligro. ¿De verdad crees que James te dejará quedarte?

—No. Pero ¿en qué sentido bailar contigo podría ayudar a mi situación?

—Así es el juego, liebre. Baila conmigo y lo sabrás.

Estoy a punto de decirle que estoy dispuesta a arriesgarme cuando levanta la mirada por encima de mi hombro.

—Demasiado tarde.

Deja caer mi mano justo cuando me invade una oleada de calor. Antes de que pueda darme la vuelta, unos enormes brazos me levantan. Jadeo bruscamente y paso los brazos por el cuello de Callum. Se me abren los ojos como platos por la sorpresa cuando reclama mi boca con un beso.

No es un beso dulce. Es rudo, intenso y exigente.

Su lengua se mueve con lametazos fuertes y dominantes contra la mía.

El calor me invade todo el cuerpo, derrite el hielo y refuerzo el agarre alrededor de su cuello.

Tengo que reprimir el gemido que amenaza con escaparse. Hay demasiada gente mirándonos.

El lobo se refleja en sus ojos cuando se aparta y le lanza una mirada fulminante a Blake.

Este da un paso atrás con un brillo de diversión en los ojos.

Siento que tanto él como el rey nos están observando mientras Callum me saca del Gran Salón.

Callum le chasquea los dedos a Ryan cuando pasamos por delante.

—Ryan, voy a dejar a la princesa en la cama. Vigilarás su puerta mientras atiendo unos asuntos.

Ryan se separa de Becky y refunfuña mientras nos sigue por el castillo hasta mis aposentos.

—Bájame —siseo cuando nos alejamos de los oídos del salón.

—No.

—No quiero ir a la cama.

Se le tensa un músculo en la mandíbula.

—Sí vas a la cama. Y te quedarás ahí hasta que regrese.

—Estás enfadado conmigo —señalo mientras me sube por la escalera de caracol hasta mis aposentos.

—No. —Ni siquiera me mira.

Abre la puerta y me deja caer sobre la cama con poca elegancia.

—¡Callum!

El lobo sigue en sus ojos. Parece un guerrero sediento de sangre. Acto seguido parpadea y deja escapar un largo suspiro.