El rey de los lobos 1 Capítulo 48
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Capítulo 48

E l Gran Salón se transforma para el banquete de James.

Hay bebida, risas y gritos. Comemos venado asado con patatas y verduras bañadas en mantequilla. Dos hogueras crepitan en dos chimeneas para combatir el frío nocturno que se cuela a través de las estrechas ventanas. El aire está cargado con el aroma del humo de leña.

Al caer la noche, se retira la comida y los presentes bailan con entusiasmo al son de la música que toca la banda en una esquina. Las gaitas, violines y tambores acompañan los sonidos de las pisadas que hacen temblar la sala.

A simple vista podría parecer una ocasión alegre. Sin embargo, las emociones que siento son tan turbulentas como las parejas que giran por la pista de baile y el viento que azota las ventanas.

Algo me da mala espina.

A pesar de que James les ha dicho a los lobos que no deben hacerme daño, he sentido miradas hostiles sobre mí toda la noche. La idea de que Magnus y sus amigos estén por aquí en alguna parte me pone aún más nerviosa. No quiero que esos hombres repugnantes me miren siquiera.

Y, además, no confío en el rey de los lobos.

Había algo en el modo en el que me ha mirado que me preocupa. Sean cuales sean sus planes, no creo que me beneficien.

No he tenido tiempo para expresarle mis preocupaciones a Callum. Se ha pasado todo el día reunido con otros alfas y me ha dejado en mis aposentos con Ryan vigilando mi puerta.

Ahora estamos sentados a la mesa de los alfas y Callum se encuentra sumido en una intensa conversación con su hermano sobre tácticas de batalla. Se ha pasado así prácticamente toda la velada.

Estoy jugueteando con mi vaso de madera cuando Blake se deja caer en la silla vacía a mi lado. Se ha quitado el abrigo negro y lleva el cuello de la camisa oscura desabrochado. Tiene las mejillas ligeramente sonrojadas.

—Hola, pequeña liebre. —Capto el aroma del whisky en su aliento—. ¿Disfrutando de la celebración?

—¿Estás borracho?

—Mucho. —Se inclina sobre mí para alcanzar una jarra llena de un líquido ambarino. Tengo que apartarme para que no me ponga la axila en la cara—. Tú no estás nada borracha. Eso hay que remediarlo.

Se llena el vaso, hace lo propio con el mío y me lo acerca. Sus ojos reflejan la luz de las antorchas con un brillo curioso y atento. Y, por supuesto, mucho más inteligente de lo que sugiere su actitud. Me pregunto si de verdad está ebrio o si es solo un juego.

—Vaya, eso te gustaría, ¿no? Que me bebiera todo esto y empezara a comportarme así.

Señalo a uno de los hombres que se tambalean en la pista de baile, quien, como si supiera lo que intento demostrar, tropieza con sus propias botas, se estrella contra una mesa, derriba una silla y derrama una jarra de cerveza.

A Blake se le forma un hoyuelo en la mejilla.

—Para nada. Solo intento ayudar. Pareces nerviosa, liebre. El whisky ayuda.

—Preferiría mantenerme lúcida.

Paso la mirada por el Gran Salón repleto de lobos que ya me dieron problemas antes de saber que era la princesa de las Tierras del Sur.

Veo a Isla bailando y riendo con un grupo de mujeres.

Pienso en lo que intentó hacerme Magnus.

No puedo evitar que un escalofrío me recorra la espalda a pesar del ambiente abrasador.

—Es una pena que Magnus no haya podido venir esta noche —comenta Blake como si pudiera leerme la mente—. Tuvo una intoxicación alimentaria muy fuerte. Al igual que sus amigos. Están en la enfermería. Pero no te preocupes, ya me estoy encargando de ellos.

Su voz es tan oscura como la noche fuera del castillo.

El Gran Salón parece quedarse quieto. La música se desvanece. Solo puedo oír mis latidos retumbando en los oídos.

Levanto la mirada hacia Blake y algo en sus ojos me hace estremecer.

Recuerdo el veneno que me quitó en la cocina, el que iba a usar con Isla. Dijo que se le ocurría un mejor uso.

¿Lo ha utilizado con ellos?

Eleva la comisura de los labios en respuesta a mi pregunta no formulada.

—Pero… ¿sobrevivirán? —pregunto.

—Quizá. Quizá no. —Se encoge de hombros—. ¿Tú qué crees?

Una sombra se revuelve en mi interior, provocada por la oscuridad de la mirada de Blake. Todo lo demás me parece muy lejano.

Se está ofreciendo a matarlos por mí. No sé cómo sentirme al respecto. Merecen la muerte por lo que pretendían hacerme, pero ¿podría soportarlo mi conciencia?

Trago saliva.

—No… no lo sé.

—Lástima.

—¿Están sufriendo?

—Mucho.

Cojo el vaso con las manos temblorosas y me aferro a la madera hasta que se me ponen los nudillos blancos.

Sonrío.

—Bien.

Blake levanta el vaso y, que la Diosa me ayude, choco el mío contra el suyo y me lo bebo de golpe. Hago una mueca cuando ese líquido ardiente me quema la garganta. Tosiendo, lo dejo de nuevo sobre la mesa.

Blake me pasa la botella antes de levantarse y volver con la multitud.

Me sirvo otro whisky .

Tiene razón. Me ayuda a calmar los nervios.

—¡Estás borracha! —ruge Callum.

Cientos de velas parpadean en las mesas y la luz baila sobre su hermoso rostro.

James se ha ido a relacionarse con los suyos, así que Callum y yo nos hemos quedado solos en la mesa de los alfas. El Gran Salón es un torbellino de bailes, peleas y música.

Le toco el pecho y siento sus duros músculos bajo la camisa. Me río.

— Tú estás borracho.

Se ríe como si no pudiera creer lo que ve.

—Sí, un poco. No tanto como tú. —Niega con la cabeza—. Mañana estarás hecha una mierda cuando te llegue la resaca. ¡Diosa! Estoy un poco asustado.

—¿Te doy miedo?

—Ya lo creo que sí. Mucho.

—¡Dijiste que era pequeña!

—Lo eres. Una criaturilla pequeña y temible.

Su rostro se enfoca y se desenfoca. Le agarro la cabeza con ambas manos y acerco la frente a la suya.

—Eso no es muy agradable.

Se ríe de nuevo y me envuelve la cintura con sus enormes manos.

—¿Lo ves? Aterradora.

Acerco los labios a su oreja.

—Lo que hiciste anoche. Quiero que lo hagas otra vez.

Se queda inmóvil, se le tensan los dedos y se le escapa un suave gemido. Muestra una expresión dolorida.

—Ya veremos cómo te encuentras por la mañana, ¿vale?

—No. Ahora.

Me gira y me sienta en su regazo.

—¿Lo ves? Eres una criaturilla pequeña, temible y exigente. —Su aliento cálido me hace cosquillas en la oreja—. Y créeme cuando te digo que, si me torturas esta noche, mañana te lo devolveré por duplicado.

—¡No te estoy torturando!

Intento girarme para mirarlo, pero tira de mí de nuevo con un grueso brazo alrededor de mi cintura. Noto las subidas y bajadas de su pecho contra la espalda.

—Sí que lo haces. Se me pone dura con solo pensar en lo que hicimos anoche y en lo mucho que deseo volver a hacerlo cuanto antes.

—Sus palabras hacen que se me derritan las entrañas.

Me mordisquea la oreja y se me escapa un jadeo—.

Deslizaría la mano entre tus piernas ahora mismo si pudiera.

Haría que te corrieras mientras todos bailan… ajenos a lo que te estoy haciendo.

Me retumba el pulso en las orejas y el calor se acumula en mis entrañas.

—Entonces ¿por qué no lo haces?

El lobo se refleja en su mirada y no intenta esconderlo.

—Porque estás borracha. Y yo también. Y temo que puedas arrepentirte por la mañana.

Le acaricio la cara y le paso los dedos por los labios.

—Yo no lo haría.

Sus ojos recuperan el verde bosque habitual.

—Por mucho que quieras, no pienso arriesgarme mientras estás borracha. Pero sí que bailaré contigo.

—¡No estoy borracha!

Le meto los dedos en la boca y me los mordisquea con aire juguetón. Me río.

—Estás muy borracha, princesa. —Observa la masa de cuerpos retorcidos en la pista de baile—. Vamos a bailar.

—No me sé los pasos.

Callum señala parejas de lobos que dan vueltas sembrando el caos mientras otros se limitan a apartarse de su camino.

—Creo que la mayoría de ellos tampoco.

Una sonrisa se abre paso en mi rostro y me levanto de un salto.

—Está bien. Bailemos.

Respira hondo y me dirige una sonrisa tímida.

—De acuerdo. Solo… dame un momento.

Aparta la mirada y exhala. Estoy a punto de preguntarle cuál es el problema, pero se ajusta el kilt y se levanta.

Me pasa un brazo por la cintura, sonríe y me lleva a la pista de baile.

Estoy feliz. Ese pensamiento me atraviesa como una bala de plata desconocida, extraña y certera.

Me duelen los pies de bailar. Se me escapan los mechones de pelo de las horquillas y se me pegan a la cara. Me duele el pecho porque me oprime el corsé y tengo demasiado calor bajo las largas mangas de encaje.

Sin embargo, estoy feliz.

No oculto la sonrisa en mi rostro y el gritito de júbilo cuando Callum me da vueltas con los ojos repletos de asombro y dicha. Noto sus manos cálidas y firmes alrededor de las mías.

La alegría que me invade parece haberse apoderado de todo el Gran Salón.

La pista de baile se ha despejado un poco porque algunos de los lobos ya se han retirado a las hornacinas, pero sigue habiendo más bailando a nuestro lado.

Están demasiado atrapados por la música, el alcohol y sus propias risas para dirigirme malas caras.

He asistido a numerosos bailes en mis veinte años de vida, pero nunca me he soltado tanto ni me he sentido tan libre.

Callum se ríe cuando abro los brazos de par en par y giro sobre mí misma. Tira de mí.

—Acabo de ver a Fi. Tengo que hablar con ella de una cosa. —Su aliento cálido me hace cosquillas en la oreja y me río—. Venga, siéntate un momento. Voy a traerte agua. Me da miedo el caos que podrías desatar si te dejo desatendida.

Sonríe, me lleva a una mesa y me hace sentarme en el banco.

—Volveré en un momento. —Me da un beso en la frente—. Sé buena, ¿de acuerdo?

Se acerca a Fiona, quien lo espera junto a las puertas de roble con el uniforme de moza de cuadra. Podría ser producto de mi imaginación, pero me parece verla algo tensa.

Sigo su mirada hacia el asiento central de la mesa de los alfas, donde se encuentra ahora James. Está hablando con Robert con una jarra de metal llena de cerveza en la mano.

Mientras hablan, Blake pasa junto a ellos en dirección a la banda. Brodie los observa tocar de cerca. La expresión del joven es una mezcla de resentimiento y admiración y elevo la comisura de los labios.

Blake susurra algo a uno de los miembros de la banda y cambian la melodía que están tocando por una un poco más lenta.

Me balanceo en el banco. La melodía me resulta familiar, aunque no logro ubicarla. Cojo un vaso y me sirvo agua.

Cuando me giro de nuevo hacia la pista de baile, veo a Blake delante de mí.

Me tiende una mano esbelta.

—¿Me concedes este baile? —pregunta.