El rey de los lobos 1 Capítulo 46
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Capítulo 46

L os pasillos del castillo fuera de los aposentos de Callum parecen más fríos, y las sombras, más largas. Las antorchas de las paredes titilan cuando pasamos por delante como si las poseyera la misma energía nerviosa que me revuelve el estómago.

Cuando bajé los escalones de las perreras aquella noche en el castillo de Sebastian, me sentí como si me estuviera adentrando en las fauces de una bestia enorme.

Ahora me ha tragado por completo.

Cuando me reúna con el rey de los lobos, averiguaré si es para masticarme y escupirme de nuevo.

O para algo peor.

Callum camina a mi lado con la mano en la parte baja de mi espalda. El calor que irradia no me proporciona un gran consuelo, no cuando está inusualmente callado. Sus fuertes pisadas resuenan por las paredes de piedra, lentas y firmes, como si estuviera retrasando lo inevitable.

Cuando llegamos a la escalinata, unas voces fuertes atraviesan la penumbra, provenientes de los pisos inferiores del castillo. Algunas agitadas, otras exaltadas y otras teñidas de ira. Me recuerdan al barullo que se oye los días de ejecución en la Ciudad del Rey.

Puede que hoy haya una ejecución.

Sin embargo, solo puedo pensar en el vestido que llevo puesto. Es blanco y de manga larga.

La muñeca perfecta. Es lo que Blake ha dicho que parecía.

He tenido elección sobre pocas cosas en mi vida. Con quién casarme, dónde vivir, cuál debería ser mi propósito… Pero mi ropa, el modo en el que me presento, es algo que siempre he podido decidir.

Y se me daba bien. Mis vestidos eran disfraces, y el maquillaje, una máscara. Podía elegir pasar desapercibida en una comida en el Gran Salón o ser el foco de atención en un baile.

Esta mañana he podido tomar una decisión. Creía que había elegido la opción correcta, pero Blake me ha dejado con la mosca detrás de la oreja.

¿Tendría que haber elegido la otra opción?

—¿El rey está casado? —pregunto mientras nos acercamos a la escalinata.

—¿Eh? No.

—¿Qué tipo de mujeres le gustan?

Callum arquea las cejas como si la pregunta lo hubiera tomado por sorpresa.

—No lo sé. Supongo que las muchachas huesudas.

Suspiro.

—¿Quién fue su última amante?

—Diría que Claire. —Deja escapar una media risita—. Era muy temperamental. Lo tenía siempre alerta, eso está claro.

Recuerdo las palabras de Blake.

«A James le gustan las mujeres valientes».

Decía la verdad.

Me detengo en seco en mitad de la escalera.

—¡Diosa, Callum!

Callum frunce el ceño.

—¿Qué pasa?

El corazón me late con fuerza contra las costillas mientras hago un repaso mental de mis opciones.

Observo la puerta que tengo delante, consciente de que el pasillo que hay tras ella lleva al Gran Salón, donde descubriré qué me depara el destino.

Miro la escalinata por encima del hombro y respiro profundamente.

—Necesito cambiarme el vestido.

—Rory… —Callum emplea un tono de advertencia, pero yo ya me he dado la vuelta. Corro escaleras arriba y estoy a punto de tropezar con la falda. Callum me sigue de cerca—. ¡No tenemos tiempo para esto!

Corro a sus aposentos y le cierro la puerta en la cara.

—Busca a alguien que me ayude.

Lo oigo dar un manotazo contra la pared exterior y maldecir en voz baja.

—Solo es un vestido —añade de manera extremadamente lenta, como si intentara razonar con una niña maleducada—. No importa…

—¡Busca a alguien que me ayude!

—Diosa, dame fuerzas —farfulla—. Está bien. Pero si no has salido en cinco minutos, te cogeré como un saco y te llevaré sobre el hombro hasta el Gran Salón sin importar lo que lleves o no lleves puesto.

Diez minutos después vuelvo a salir al pasillo con el vestido negro. Es raro, pero tras un par de semanas llevando ropa para encajar, me siento más yo misma con este atuendo.

Es una prenda preciosa y me pregunto de dónde ha salido.

Las mangas están hechas de un encaje intricado en forma de hojas, espinas y ramas.

Una sirvienta me ha ayudado a ceñirme el corsé en la cintura y el cuello alto.

Me he retirado el pelo para acentuarlo y me he pellizcado las mejillas para aportar algo de color, aunque seguro que todavía tengo el rostro pálido.

Las largas faldas susurran sobre el suelo.

Callum camina de un lado a otro con los puños tensos a los lados del cuerpo.

—¡Por fin! —Se da la vuelta echando chispas por los ojos—. Has…

Traga saliva y parpadea un par de veces. Separa los labios y enarca las cejas. Respira hondo y agacha la cabeza sin dejar de mirarme a los ojos.

—Alteza —dice.

Me agarro las faldas y paso junto a él.

—Solo es un vestido. —Le dirijo una sonrisa y le repito sus propias palabras.

Resopla, se ríe y se pone a caminar a mi lado. No deja de mirarme, pero disimula cuando lo pillo.

—¿Sabes? A veces se me olvida quién eres. Quiero decir…, no se me olvida. Sé que eres una princesa. Bueno, es que… —Exhala—. Diosa, me hago un lío con las palabras. Lo que quiero decir es que estás muy guapa.

Oculto mi sonrisa, aunque estoy segura de que es evidente en mi tono.

—Gracias, Callum.

—Me hace pensar…

—¿Qué?

Suspira.

—Nada, es una fantasía estúpida.

Le lanzo una mirada curiosa, pero se limita a sonreír con timidez y señala adelante.

Hay un gran barullo en el Gran Salón cuando llegamos, aunque no dista mucho del latido de mi corazón. Brodie, el muchacho bajito y pecoso, vuelve a tocar la gaita junto a la puerta. En otra situación, quizá le diría que ha mejorado. Los chirridos empiezan a parecer música.

En lugar de eso, tomo una bocanada de aire temblorosa. Necesito reservar todas mis energías para mantener la cabeza alta y para evitar salir corriendo.

—¿Está aquí? ¿Vuestro rey?

—Gracias a la Diosa, todavía no. Le gusta entrar a lo grande.

Cojo una bocanada de aire que me sabe a humo de leña y whisky.

—No te hará daño —dice Callum tocándome la parte baja de la espalda.

Ya hay una gran cantidad de lobos en el Gran Salón esperando entre gritos y risas.

—Aunque él no lo haga, puede que otros sí —replico—. Mi gente acaba de atacar a la tuya una vez más. ¿Quién dice que no se van a volver todos en mi contra?

Me acuna el rostro en su enorme mano y apoya la frente contra la mía.

—No permitiré que suceda. Lo juro.

Le paso una mano por el pecho y siento su fuerza antes de apoyarla sobre su corazón.

Late con firmeza. Con calma. Sin miedo.

No estoy segura de creer que esto vaya a funcionar a mi favor. Pero, al menos, Callum parece confiado.

Me roza la frente con los labios y me pasa una mano por la nuca.

—Ven —me dice.

Me coge de la mano y me acompaña a través de las puertas.

Las mesas están a los lados del salón junto a los tapices que relatan la historia del Lobo Primigenio.

Callum se abre paso entre un laberinto de extremidades. Los más cercanos a nosotros se apartan para dejarnos pasar. Algunos me miran con extrañeza, confusión y curiosidad. Me pregunto si mi vestido les da un indicio de quién soy en realidad.

Supongo que ya no parezco la criada de la cocina.

Parezco la hija del rey enemigo.

Mantengo la cabeza alta, aunque refuerzo el agarre de la mano de Callum. Él me la estrecha mientras me dirige hacia los escalones del estrado de madera en el que suele estar la mesa de los alfas.

En su lugar, ahora hay un gran trono de madera. Es sencillo, pero en el respaldo hay tallada una imagen de árboles que se retuercen hacia la luna llena.

Los alfas de los clanes se encuentran a los lados. Son seis en total, incluyendo a Robert, el rey en funciones.

Callum me dirige a un lado del estrado.

Desde el otro extremo de la línea, Blake me llama la atención.

Dista mucho del hombre desaliñado que he visto antes, se ha quitado la ropa vieja y ahora lleva un elegante abrigo negro con botones plateados sobre una camisa oscura y pantalones.

—Por cierto, ¿cómo te ha ido con Blake? —pregunta Callum en voz baja.

—Pues…, esto…, bueno… —Lucho contra el rubor de la vergüenza—. Le he pegado.

Callum eleva las cejas.

—¿Te ha dejado pegarle?

—No, Callum. No me ha dejado pegarle. ¿Por qué lo dices?

—Eres muy pequeña. —Sonríe mientras lo fulmino con la mirada—. No vas a pegarme a mí , ¿verdad?

—Ay, calla.

Mira a Blake, quien ensombrece la expresión mientras se recoloca los puños de la camisa.

—Puede que parezca una pequeña comadreja, pero es más capaz de lo que aparenta.

Por lo que dice, estuvo un tiempo en la Guardia del Rey.

Cuando elige luchar en lugar de apuñalar por la espalda o envenenar, es un guerrero formidable.

Me cuesta creer que haya permitido que entres en sus aposentos y le pegues.

—Puede que lo haya hecho así. Porque a los hombres os cuesta creer que las mujeres somos capaces de tales cosas.

—Ya…, podría ser —dice Callum.

Al otro lado de la sala, Blake sonríe con superioridad y estoy convencida de que está escuchándonos.

Intento pensar en algo que decir que pueda molestar a Blake cuando se detiene la música de la gaita.

Jadeo bruscamente. Callum se tensa y su duro bíceps me roza el brazo. El silencio cae sobre el Gran Salón. Por un momento, el aire está cargado de calma.

Las gaitas empiezan a tocar de nuevo, pero esta vez se trata de una melodía más regia con un ritmo más lento.

—Todo irá bien —murmura Callum, y no estoy segura de si me habla a mí o a sí mismo mientras la multitud se separa para crear un pasillo en el centro de la estancia.

El corazón me va a mil. Pienso en lo poco que sé sobre el rey de los lobos. Unió a siete clanes en guerra de las Tierras del Norte y los enormes y salvajes alfas siguen sus órdenes.

Le gustan las mujeres valientes.

Necesito caerle bien si pretendo escapar a la ejecución y evitar volver con Sebastian.

«Sé valiente —me digo a mí misma, a pesar de que se me revuelven las entrañas y siento que se está gestando una tormenta en mi interior—. Sé valiente».

Levanto la barbilla mientras todas las miradas se dirigen al fondo del Gran Salón.

El rey de los lobos entra por las puertas de madera.

No se parece a ningún rey al que haya visto antes.

Es alto y musculoso, no lleva corona ni joyas elegantes y va vestido con una sencilla camisa de color crema y un kilt.

Tiene las mangas arremangadas hasta los codos, lo cual deja al descubierto los tatuajes de sus fibrosos antebrazos.

Tiene el pelo castaño enmarañado y le llega hasta los hombros.

No sabría decir qué edad tiene, pero juraría que está cerca de los treinta.

Capta toda la atención del salón y, mientras camina hacia nosotros, los lobos se arrodillan.

A medida que se acerca y se me aceleran los latidos, me fijo en que su kilt es predominantemente rojo como el de Callum, aunque el patrón es diferente. Parece contener los colores de todos los clanes.

Sube los escalones del estrado y sus botas resuenan y hacen temblar la madera. Los alfas inclinan la cabeza con deferencia, Callum incluido.

Sin embargo, yo no puedo dejar de mirarlo.

El rey posa la mirada sobre mí y frunce el ceño. Se me acerca despacio. Callum se tensa y se me encogen las entrañas.

«Sé valiente».

Parece evaluarme por un momento.

—Es costumbre arrodillarse ante la presencia de un rey —señala. Tiene una voz grave y potente, marcada por el acento propio de las Tierras del Norte.

Siempre he pensado que toda mi vida giraba en torno al día de mi boda, pero ahora creo que podría tratarse de este momento.

Tengo un instante para dejar una buena primera impresión. Un instante para demostrar que no soy una muñeca inútil, un peón en un juego de hombres o una estatua hecha de piedra con nada en su interior.

Salvé a Ryan en la arena . Elegí venir con Callum a este Reino de los lobos. Negocié mi libertad con él.

«Sé valiente —exige mi desbocado corazón—. Sé valiente».

Trago saliva y levanto la barbilla.

—Una verdadera princesa no se arrodilla ante un falso rey —repongo.

Se oye un jadeo colectivo en el Gran Salón. Algunos de los alfas dan un paso adelante y resuenan gritos por todo el salón. Robert lleva la mano a la empuñadura de su espada.

Apenas soy capaz de centrarme en el caos que acabo de desatar. El salón se desdibuja a mi alrededor. La adrenalina que me recorre las venas hace que lo vea todo desde lejos.

Me preparo mentalmente. Espero a que el rey de los lobos me derribe, me haga caer de rodillas o me arroje a las mazmorras.

A medida que se me calma el pulso, me fijo en que su desaprobación está centrada en Callum, quien ha dado un paso adelante y tiene un brazo delante de mí. Ya no tiene la cabeza agachada, sino que clava la mirada en el rey en un gesto de desafío directo.

Se me retuercen las entrañas. Diosa, ¿qué acabo de hacer?

Al otro lado del estrado, los labios de Blake se curvan en una sonrisa perversa.

Intento pensar en algo, lo que sea, para arreglar la situación, para que no parezca que Callum está desafiando a su rey.

A continuación, la mandíbula del rey se tensa cuando mira a Callum.

—Hermano, tenemos que hablar, por favor —dice.

Elevo las cejas cuando James pasa junto a nosotros y baja los escalones del estrado hasta una puerta tras el trono.

Callum pasa la mirada por el Gran Salón y ve una mezcla de rostros de hostilidad e intriga dirigidos a nosotros. Cuando no encuentra lo que busca, se vuelve hacia Blake.

Me dirige una mirada severa antes de girar sobre sus talones y seguir al rey de los lobos a través de la puerta… dejándome sola con el resto de los lobos.

Blake se acerca a paso tranquilo con las manos en los bolsillos. Observa el entorno.

—Bueno, eso ha sido muy valiente, hay que reconocerlo —dice.