El rey de los lobos 1 Capítulo 45
72%

Capítulo 45

E ntro en los aposentos de Blake sin llamar.

Vuelve a estar en su sillón, leyendo el libro que se llevó de mi habitación.

Pasa la página y coge una taza de té que tiene en la mesa junto a él. Por el aroma herbal que impregna la habitación, diría que es té de menta.

Toma un sorbo y vuelve a su libro.

—¿Has conocido a alguien aparte de ti que irrumpa en mis aposentos sin avisar?

—¿No?

—Eso es porque están muertos.

—¿Se supone que debo asustarme?

—Sí. —Pasa la página—. Por cierto, hueles a perro mojado. Sabía que Callum no sería capaz de resistir la tentación de jugar con su nuevo juguete.

Levanto su collar negro para mostrarle que ya no voy a seguir usándolo.

—He venido para devolverte esto.

Se encoge de hombros sin levantar la mirada del libro.

—Puedes dejarlo en el escritorio.

La irritación estalla en mi interior. ¿No va a dignarse a mirarme siquiera?

En el fondo, sé que no es solo el enfado con Blake lo que me hierve bajo la piel y me oprime el pecho. También es miedo. Estoy jugando a un juego del que desconozco las reglas.

Estoy perdida entre lobos y creo que me estoy enamorando de uno de ellos. Anoche compartí algo con él que me está prohibido. Y se ha mostrado distante conmigo toda la mañana. Pronto debo reunirme con su rey… un hombre tan temible que los demás lobos lo obedecen.

Pensé que, si venía a las Tierras del Norte, podría ganarme el derecho a decidir mi propio destino.

Pero el rey de los lobos es quien tiene el control aquí y no sé qué movimientos debo hacer para ganar.

Cojo aire para reprimir mis emociones y endurecer el alma. En lugar de eso, centro la atención en el lobo que tengo delante.

Se lo ve tan desaliñado como la noche de la tormenta. Puede que incluso más.

Lleva la misma ropa que anoche. La camisa blanca por fuera con algunas manchas de sangre en el cuello desabrochado. Tiene el cabello oscuro revuelto y los pies descalzos apoyados en un taburete.

La vela parpadea a su lado, casi consumida, a pesar de que la luz de la mañana se filtra por la estrecha ventana que tiene detrás.

Me pregunto si habrá dormido algo.

—¿Vas a disculparte? —pregunto.

Desliza la mirada hacia mí como si por fin hubiera captado su atención.

—Le salvé la vida. Deberías darme las gracias.

—Dijiste… —Se me encienden las mejillas—. Dijiste cosas muy inapropiadas sobre mí.

Se le forma un estúpido hoyuelo en una de las mejillas, pero la sonrisa no le llega a los ojos.

—Venga, no puedes seguir haciéndote la recatada. No después de lo que tú y ese patán grandullón hicisteis anoche.

—Me… ¡Me besaste!

—Eso apenas puede considerarse un beso.

Un tornado estalla en mi pecho, me hace traquetear los huesos y necesito liberarlo. Tiro su collar al suelo entre nosotros.

—Toma.

En cuanto lo hago, lo lamento.

No sé mucho de lobos, pero sé que estos collares son importantes para los alfas. Puede que Blake sea diferente a los demás, pero sigue siendo un alfa.

Por un momento, el tiempo se detiene. Nadie se mueve y el aire es espeso y silencioso.

Desliza los pies por el taburete y se levanta.

Una parte de mí quiere retroceder, pero me obligo a mantenerme en el sitio. No me acobardaré. No delante de él.

Me sorprende al arrodillarse sobre una rodilla delante de mí. Recoge el collar y levanta la mirada.

Su calor corporal me envuelve y capto un aroma a bosque oscuro y té de menta.

Se humedece los labios y, por alguna razón, se me pasa por la cabeza lo que Callum me hizo anoche. Seguido por una de las cosas horribles que dijo Blake. Lo de sentarme sobre su cara.

Cuando sonríe, me doy cuenta de que esa era precisamente su intención.

Tengo muchos motivos por los que estar enfadada.

Que mi padre me vendiese al mejor postor.

La muerte de mi madre. La fría indiferencia de mi hermano.

La crueldad del sumo sacerdote. Un fuego salvaje me recorre las venas.

Y, cuando Blake se levanta lentamente, le doy una bofetada en la cara con todas mis fuerzas.

El chasquido resuena por sus aposentos cuando gira la cabeza a un lado.

Retrocedo, aturdida. Lo único que puedo oír son mis latidos y solo siento el escozor de la palma. No puedo creer que acabe de hacer eso. No le he pegado a nadie nunca en mis veinte años de vida. Las princesas no pegan.

Sobre todo, no pegan a lobos. Ni a alfas. Ni a lobos alfa a los que los demás parecen temer.

Callum describió a Blake como «el hombre más peligroso del Reino de los lobos» y yo acabo de abofetearlo. ¡Diosa!

Mientras la rabia y la confusión se disipan, me fijo en que Blake está sonriendo. Tiene la mejilla de un rojo ardiente y le bailan los ojos.

—Resulta que la pequeña liebre muerde —dice.

—No vuelvas a tocarme.

—Como quieras. —Atraviesa la habitación y deja el collar sobre la mesa antes de dejarse caer de nuevo en el sillón—. Solo por curiosidad, ¿qué harías si volviera a tocarte? —Arquea una ceja—. ¿Me pondrías espino cerval en el té?

Entorno la mirada.

—Acónito.

A continuación sonríe, se recuesta en el asiento y apoya el tobillo en la rodilla. Coge el libro y empieza a leer como si ya hubiera acabado conmigo, como si no le supusiera ninguna amenaza.

Decido que no vale la pena seguir perdiendo el tiempo con él. Tengo cosas más importantes de las que preocuparme. Giro sobre los talones y me dirijo a la puerta.

—Aurora —me llama Blake.

—¿Qué?

—No tendrás pensado reunirte con el rey de los lobos así vestida, ¿verdad?

«No caigas, no caigas, no…».

—¿Qué problema tiene este vestido? —pregunto mientras me giro una vez más.

—Pareces una preciosa muñequita. —Por el modo en el que lo dice, no parece un cumplido.

—Puede que esa sea la intención.

—No estamos en el reino de los hombres.

—¿Qué quieres decir con eso?

—¿Quieres enfrentarte al rey como reina o como muñeca?

—No soy ninguna reina.

Arquea una ceja.

—¿Y sí que eres una muñeca?

—Seré lo que haga falta para salir de aquí con vida.

Muestra una sonrisa engreída.

—A James le gustan las mujeres valientes.

—No me fío de ti.

—Probablemente, sea lo más inteligente. Pero no miento.

Salgo de sus aposentos con el ceño fruncido.

Por mucho que odie admitirlo, he ido a la alcoba de Blake a liberar parte de mi ira contenida. Sin embargo, he salido aún más alterada. No dejo de darle vueltas en la cabeza mientras recorro los pasillos de piedra de regreso a la habitación de Callum.

¿Blake me está mintiendo para burlarse de mí? ¿O se suponía que sus consejos eran para ayudarme? No lo sé. ¿Qué debería hacer? ¿Cómo debería navegar por este bosque oscuro y traicionero cuando es un enorme lobo el que me da las indicaciones?

Callum sigue mirando por la ventana cuando llego. Levanta la mirada para recibirme con la preocupación reflejada en la cara.

—¿Estás bien, princesa? —Su expresión se ensombrece—. ¿Blake te ha hecho enfadar?

—Eh…, no… —Niego con la cabeza—. Estoy bien.

Traga saliva y asiente. Exhala antes de girarse de nuevo hacia las montañas.

—Bien.

—Te arrepientes, ¿verdad? —Intento mostrar confianza, como si no me molestara que mantenga las distancias después de lo que sucedió anoche, pero me tiembla ligeramente la voz.

Se gira hacia mí con las cejas enarcadas y suaviza la expresión. Camina hacia mí y me abruma con su enorme envergadura. Retrocedo y me guía hasta la cama. Cuando la parte posterior de mis piernas roza el colchón, me siento.

Se agacha entre mis piernas y me pone las manos en las caderas. Me mira con la expresión más seria que le he visto desde que lo conozco.

—No —responde—. Jamás. En otra vida, en otra situación, habrías pasado la mañana en el lecho conmigo entre los muslos. —Eleva las comisuras de los labios cuando se me encienden las mejillas—. Pero debido a nuestra situación actual, admito que estoy un poco… preocupado esta mañana.

Parte de la ansiedad que se me había acumulado en el pecho disminuye y se ve reemplazada por una inquietud aún mayor.

—Entonces sí que estás preocupado por el rey.

Suspira.

—Existe la posibilidad de que no sea de su agrado… lo protector que me he vuelto contigo.

Algo se derrite en mi pecho ante la sinceridad de su expresión.

—No tienes por qué contárselo.

—Lo sabrá.

—¿Cómo?

—Mi olor está por todo tu cuerpo.

El calor me invade la cara y el motivo por el que Blake sabía que había sucedido algo entre nosotros se vuelve evidente. Una parte de mí se pregunta si por eso Callum se ha alegrado de que fuera a visitar a Blake en primer lugar.

—Ah, entonces debería bañarme.

—Verás, eso es lo que me preocupa. Quiero que huelas a mí. Me gusta. Quiero que todos los lobos lo sepan, James incluido.

Me cruzo de brazos.

—Eso no me parece nada sensato.

Sonríe.

—Ya, bueno, nunca he dicho que fuera sensato. Además, ahora no hay tiempo para baños. No a menos que quieras ir a nadar en el lago.

Arquea una ceja y le sonrío al recordar lo fría que estaba el agua cuando me lavé en Glen Marb. Por la sonrisa de su rostro, creo que él también lo está recordando.

Suspira y su aliento se condensa ante su rostro.

—Deberíamos irnos.

Me roza la frente con los labios y mis manos se mueven a su pecho en un acto reflejo. Aferro los dedos a su camisa. Lo noto firme y sólido y quiero encontrar consuelo en esa fuerza…, encontrar confort en él. Tensa las manos momentáneamente alrededor de mis caderas.

El calor se enciende en mi interior, a pesar de las palabras que murmura contra mi piel.

—Ha llegado la hora de conocer al rey de los lobos.