Capítulo 40
M e siento al borde de la cama con dosel de Callum y espero.
Me da la sensación de que me he pasado la vida entera esperando algo. Esperando a que mi padre me eche, a que me case con el mejor postor, a que alguien me vea. Me escuche.
A que me usen.
A ser libre .
Ahora llevo días esperando a Callum.
Estoy harta de esperar.
Desde que se fue, algo salvaje y feo ha brotado en mi pecho y le han salido espinas.
Era consciente de que tendría que irse en algún momento, pero se marchó sin despedirse. Me besó y luego me abandonó. Me dejó a merced de los lobos.
Es más, se fue para traer al rey de los lobos, quien o bien me cambiará por el Corazón de la Luna en los próximos días o bien se dará cuenta de que no le valgo de nada y me mandará ejecutar. ¿Cuál será mi destino ahora que está aquí?
Volver con mi pueblo siempre ha formado parte de mi plan. Quería hacer un trato con mi padre, entregarle información sobre los lobos y su rey a cambio de mi libertad. Y ahora tengo mucha.
Cuanto más tiempo paso con Callum, más comprendo lo complicado que eso sería. No quisiera traicionarlo. De hecho, he empezado a preguntarme si quiero separarme de él.
Ahora me pregunto si he sido una estúpida y he malinterpretado sus muestras de afecto como una princesita ingenua con un flechazo tonto.
Envidio a los vientos de las Tierras del Norte que azotan las ventanas y aúllan contra las paredes de piedra. Sería muy agradable liberar toda esa rabia sin tener que pensar en las consecuencias.
Se me tensan los músculos cuando oigo pisadas aproximándose a la puerta. Se abre de golpe y se me queda el aliento atrapado en la garganta.
Callum está en el marco de la puerta y su aspecto encarna por completo al temible guerrero que sospeché que era cuando lo conocí.
Está cubierto de tierra, sangre y vísceras. Tiene la camisa empapada y se le pega al pecho y el torso musculosos. Tiene la cara cubierta de barro y se le ha secado en el pelo que tiene pegado a la frente.
Respira de manera rápida y agitada, pero una gran sonrisa se le dibuja en el rostro en cuanto me ve. Es contagiosa. Tengo que reprimir el tirón de las comisuras de los labios.
—¡Aquí estás! —exclama—. Me he preocupado mucho cuando he visto que no estabas en tus aposentos y he encontrado esto.
Levanta su collar y la piedra roja reluce bajo la luz del fuego.
—Es… ¿Dónde lo has encontrado?
Frunce el ceño.
—Estaba junto a tu cama.
Aprieto los dientes mientras cierra la puerta y lo deja en una mesita junto a su sillón. Isla habrá entrado en mis aposentos en cuanto he bajado aquí.
Se gira y me mira.
—¿Pasa algo?
Se me escapa una carcajada aguda como los cristales rotos y frunce aún más el ceño.
—Llevas días fuera, Callum, ¿y de verdad me preguntas eso? ¿Has olvidado que soy la princesa del reino enemigo? ¿Que tu gente está en guerra? ¿Que tu pueblo me detesta?
«Que me dejaste sola después del momento tan íntimo que compartimos».
Su mirada se agudiza.
—¿Ha pasado algo durante mi ausencia?
—¿Acaso importa? ¡Te marchaste!
Su expresión se suaviza bajo la mugre. Da un paso hacia mí y, cuando ve que me tenso, se detiene. Suspira, se balancea sobre los talones y se apoya en la mesa.
—Lo siento, princesa. No quería marcharme. Nos enteramos de que la situación había empeorado poco después de… de salir de tus aposentos. El rey podría haber muerto. Tuve que marcharme enseguida. No tenía elección.
Trago saliva.
—Siempre hay elección.
—No siempre. En esto no.
— Elegiste no despedirte.
Se pasa una mano por la nuca y hace una mueca. Me fijo en que tiene los hombros hundidos y usa la mesa para apoyarse.
¿Está herido? ¿Ha dormido? ¿Esa sangre es suya? La preocupación se entrelaza con la ira. Pero no puedo echarme atrás. No hasta que haya dicho todo lo que tengo que decir.
Me mira a los ojos y veo una plegaria en ellos.
—Lo lamento. Si hubiera tenido otra opción, la habría elegido. —Niega con la cabeza—. ¿Recibiste al menos mi nota?
—¿Tu nota?
—Si la dejé… —Baja la mirada al collar negro que me rodea el cuello y entorna la mirada—. ¿Qué es eso? —pregunta con una voz peligrosamente grave.
Nunca lo había visto tan quieto. La furia hierve en mi interior. ¿Cómo puede estar celoso después de haberme abandonado a mi suerte?
—Ya sabes lo que es —espeto.
Traga saliva.
—¿Por qué lo llevas puesto?
—Porque me dejaste sola y luego Isla…
—¿Blake te ha hecho daño? —pregunta con voz áspera.
—No. Me ha protegido.
Una emoción se refleja en los ojos de Callum, pero no sé si es ira o dolor.
—Ese no protege a nadie. No sin un precio.
—¿Se te ha pasado por la cabeza en algún momento que quizá no es tan malo como piensas?
—¡Es tan malo como pienso! Me marcho unos días y cuando vuelvo, ¿llevas puesto su collar?
—No tenía elección.
—Creía que habías dicho que siempre hay elección. ¿Y qué? ¿Lo has elegido a él ? —Su voz transmite algo oscuro y respira de manera superficial—. ¿Te ha tocado?
La ira me recorre el cuerpo y me enderezo.
—¿Cómo te atreves a preguntarme eso?
—¿Lo ha hecho?
Me levanto de un salto.
—¡Me abandonaste, Callum!
—Quítatelo. —Su tono autoritario hace que se me tensen los músculos.
Doy un paso hacia él. Emana un olor a naturaleza y batalla, tierra húmeda, acero y montañas.
—No pertenezco a tu manada y no tienes derecho a darme órdenes.
Acorta la distancia que nos separa. No estoy segura de si el calor que siento proviene de él o si arde en mi interior, pero tengo la respiración acelerada y las mejillas encendidas.
Estoy enfadada. Muy enfadada. También hay una emoción salvaje en mi interior que anhela ser liberada.
Entorna la mirada.
—Quítatelo.
Hay un lobo en su interior.
Y quiero provocarlo.
—No —espeto.
Cae de rodillas y deja escapar un grito. La vela apagada sobre su mesita cae a un lado y los tablones del suelo crujen bajo su peso.
—¡Callum!
Se agarra el hombro.
—Joder…
El calor abandona mi cuerpo y me dejo caer en el suelo delante de él.
—Estás herido.
—Me han disparado. Plata. Creía que había conseguido sacar toda la bala. —Deja escapar una leve risita dolorida—. Es evidente que no.
Le levanto la barbilla.
—Deja que lo vea.
—No es nada. —Me aparta—. No te preocupes, princesa. Estaré bien.
—Eso lo diré yo.
Deja que le desabroche los botones de la camisa húmeda y se la bajo por los hombros para dejar al descubierto su pecho musculoso.
Se me corta la respiración al verlo.
Está empapado de sudor, lo cual destaca aún más los contornos de su torso y sus enormes bíceps.
No llevaba camiseta la primera vez que lo vi, pero en aquel momento su enorme envergadura me pareció amenazante. Esta vez un sentimiento completamente diferente se desata en mi interior.
Hasta que desvío la mirada a su hombro.
Unas venas negras se expanden desde la herida de bala. No se está curando y capto un aroma herbal entre toda la sangre. Algo que hace que se me revuelva el estómago.
—Estaré bien. —Se le empiezan a cerrar los párpados—. No es la primera vez que me disparan balas de plata. Mi cuerpo acabará expulsándola tarde o temprano. Solo… —Respira hondo y con dificultad—. Solo tendré que aguantar algo de dolor hasta entonces.
—Callum. —Intento sonar amable, pero el corazón me late con fuerza—. Había acónito en la bala. No vas a curarte solo. Tengo que ir a por…
—No —gruñe.
—Él tiene el antídoto.
El fuego se refleja en su mirada.
—Preferiría morir antes que tenerlo aquí.
—¡No, no lo harás, lobo cabezota!
Me levanto y me agarra por el tobillo.
—No.
Está tan débil que, cuando me aparto, tiene que apoyar la mano en el suelo para no caerse.
Sus aposentos dan vueltas a mi alrededor y el miedo se apodera de mi corazón. Niego con la cabeza.
—No dejaré que mueras.
Me mira pálido y cubierto de sangre y sudor. Hay una plegaria en sus ojos que me pide que no lo haga.
—Vas a ponerte bien —le digo—. Tengo que ir a por él.
—¡Rory! —gruñe detrás de mí.
Salgo corriendo de su habitación y me dirijo todo lo rápido que puedo a los aposentos de Blake.