El rey de los lobos 1 Capítulo 39 #2
63%

Capítulo 39 #2

—¿Eso crees? Bueno, gracias a la Diosa porque la mascotita de Callum, que se enteró de la existencia del acónito hace solo un par de semanas, ha venido para ofrecerme sus sabios consejos. —Me da la espalda—. Vete.

Huele a sudor, a jabón y a bosque. La camisa se le pega a la espalda musculosa.

—En serio, Blake, no tienes buen aspecto.

—Puede que sea porque me estás cabreando.

—O puede que sea porque acabas de envenenarte, idiota. ¿Dónde está el antídoto?

—El sanador soy yo, no tú.

—Eres un desastre. Y tu poción no ha funcionado. No estás durmiendo, ¿verdad?

Los rayos bañan la habitación en luz y se encoge sobre sí mismo mientras se protege del trueno que atraviesa el cielo unos instantes después.

Suspiro y me siento al borde de la cama.

—¿Sabes? A mí también me daban miedo las tormentas. Cuando era pequeña.

—Lárgate.

Sonrío con superioridad y algo se ablanda en mi interior. Aunque una parte de mí se alegra de haberlo visto así porque seguro que puedo usarlo como ventaja en algún momento, está en un estado tan lamentable que no puedo evitar sentir algo de compasión.

Cuando era pequeña y tenía miedo, mi madre me cantaba. Intento recordar la melodía.

Empiezo a tararear en voz baja.

Esa melodía siempre me ha proporcionado consuelo y espero que haga lo mismo con él.

Cuando ella me la cantaba, me imaginaba corriendo por el césped bajo la luz de la luna, con las estrellas relucientes en el firmamento. Y sabía que no estaba sola. Estaba a salvo.

Blake relaja los hombros y deja escapar un leve suspiro.

—Lo digo en serio, como cuentes algo de esto, estás muerta.

Lo hago callar y sigo con la suave melodía.

Llevo mucho tiempo sin pensar en esa canción y me pierdo en ella mientras los truenos azotan el castillo y los rayos iluminan el lago al otro lado de la ventana.

Hasta que no oigo un suave ronquido, no paro, sorprendida.

A pesar de la fuerte tormenta, Blake se ha dormido.

Se ha colocado bocarriba y tiene un brazo sobre la cabeza. Aprovecho la oportunidad para observar abiertamente la fea cicatriz blanca que tiene en el antebrazo cerca del codo. Parece un mordisco de una criatura muy grande. Un lobo, tal vez.

Tiene una expresión relajada que contrasta con la oscura violencia que suele transmitir. Casi parece pacífico e incluso guapo sin esa sonrisa engreída en los labios y el malicioso brillo de ambición en la mirada.

Su pecho sube y baja suavemente.

Parpadeo, consciente de que llevo demasiado tiempo mirándolo.

Me levanto de golpe y atravieso la habitación.

—Te prefiero cuando estás durmiendo —murmuro mientras cierro la puerta y regreso a mis aposentos.

Me vengaré de Isla.

También me gustaría vengarme de Magnus, pero ese horrible lobo parece estar evitándome. Hace un par de días que no lo veo en el Gran Salón ni haciendo ejercicios en el patio.

De hecho, me da la sensación de que me están evitando la mayor parte de los lobos. Al parecer, el collar de Blake actúa como un elemento disuasorio aún más potente que el de Callum, a pesar de que no he visto al lobo de cabello moreno desde la tormenta.

La parte negativa de esto es que Kayleigh ya no me habla en las cocinas. Se puso pálida en cuanto vio por primera vez la tira negra alrededor de mi cuello y no ha querido tener nada que ver conmigo desde ese momento.

No obstante, Isla ha aprovechado cada oportunidad que se le ha presentado para llamarme ramera y para reírse de mí con sus amiguitas siempre que nos vemos.

Ella sabía que correría un grave peligro sin el collar de Callum. Quería que alguien me hiciera daño. Y lo que es más, no me lo ha devuelto.

No puedo permitirlo.

Saco la idea de la poción que preparó Blake la noche de la tormenta.

Cojo algo de acónito y espino cerval de sus almacenes en la enfermería y lo trituro todo hasta convertirlo en polvo. No intento matarla. Solo necesito neutralizar al lobo para que actúen las propiedades laxantes del espino. Quiero humillarla un poco.

Cuando me quedo sola en las cocinas, saco el frasquito con el polvo. Le quito el corcho y me detengo ante el tazón de puré de patatas que pretendo colocar ante Isla y sus amigas.

Alguien me agarra por la muñeca y me giro.

—¿Por eso decidiste venir, pequeña liebre? —A Blake le brillan los ojos con curiosidad—. ¿Para envenenarnos a todos?

Si se siente avergonzado por lo de la otra noche, no lo demuestra. Parece tan sereno como de costumbre, con la camisa negra enfatizando su pecho definido y una expresión inescrutable en la cara.

Me late con fuerza el corazón. Si le cuenta a alguien lo que estaba haciendo, seguro que me matarán antes de que vuelva Callum.

—Solo a Isla. Por robarme.

Se lleva el frasco a la nariz y olfatea profundamente.

—Acónito. La muerte es un castigo severo para el robo. No pensaba que fueras tan dura. Aunque, si vas a matarla, quizá podrías usar un método diferente. El veneno es mi insignia personal. Creerán que he sido yo.

—No es… ¡No voy a matarla! —Se me encienden las mejillas—. El acónito solo es para neutralizar al lobo.

Huele el frasco de nuevo y, cuando sonríe, se le forman hoyuelos en las mejillas.

—Espino cerval. —Niega con la cabeza y me quita el frasco de los dedos—. Has puesto demasiado acónito. Eso la matará . —Mira el puré de patatas—. Isla es intolerante a la lactosa. Podrías conseguir el efecto deseado con una nuez de mantequilla.

Le pone el corcho al frasco y se lo guarda en el bolsillo.

—¿Te importa si me lo quedo? Le daré un mejor uso.

Atraviesa la cocina y se detiene en la puerta. Me dirige una mirada evaluadora de arriba abajo.

—Eres un poco retorcida, ¿no?

Extrañamente, no me suena a insulto.

Mi respiración no recupera la normalidad hasta que dejo de oír sus pisadas.

Más tarde, cuando Kayleigh y yo terminamos de servir la comida, me siento sola en el extremo de una mesa en el Gran Salón con mi cuenco de estofado y puré de patatas. Como de costumbre, todos me evitan.

A mitad comida más o menos, Isla se levanta con expresión de pánico.

El estómago le ruge con tanta fuerza que se interrumpen las conversaciones en el salón.

Se le escapan los gases y se le ponen las mejillas de un rojo intenso.

Varios de los lobos que la rodean, incluyendo sus amigas, ríen a carcajadas. Reprimo una sonrisa mientras miro hacia otro lado.

Blake capta mi mirada desde la mesa de los alfas y me guiña el ojo antes de retomar su conversación con Robert.

Isla huye del Gran Salón.

Esa noche es la que mejor duermo desde que Callum se marchó.

Hasta que me despierta un fuerte estruendo. Me siento en la cama de golpe.

Hay hombres gritando fuera.

Corro hasta la ventana.

Está amaneciendo y el cielo está teñido de carmesí. Llega gente a caballo a toda velocidad por la colina que baja hacia el castillo. El hombre que va delante lleva un tartán rojo.

Noto el corazón en la garganta.

«Callum».

Está en casa.

Me pongo un vestido y salgo corriendo de mis aposentos.