Capítulo 39
L evanto las manos hacia el collar. Los dedos de Blake se cierran alrededor de mi muñeca antes de que pueda quitármelo.
—Yo no lo haría si fuera tú —murmura.
Está demasiado cerca de mí. El calor que irradia su cuerpo acaricia el mío, a pesar de la fría expresión de su rostro. Lo envuelven las sombras y el cabello oscuro y los pantalones hacen que se camufle con la oscuridad.
Tengo la respiración agitada y no sé si es por el peligro del que acabo de escapar o por el que me amenaza en estos momentos. Intento calmar los nervios.
Levanto la barbilla.
—¿Por qué no?
—Porque no volveré a ofrecértelo.
Reprimo una carcajada.
—¿Por qué iba a quererlo?
El reflejo de una antorcha cercana baila en su mirada.
—Aquí no tienes amigos, pequeña liebre. Callum no está. Fiona no está. Ryan está débil. Y Callum no cae tan bien como él pueda pensar. Hay muchos más animales como Magnus que pretenden aprovecharse de la situación en la que te encuentras.
—¿Qué hace que tú seas mejor que Magnus?
Su expresión carece de toda emoción. Hace frío en el sombrío pasillo y mi aliento se condensa ante mi rostro y se mezcla con el suyo.
—¿Te has preguntado alguna vez por qué tengo acento de las Tierras del Sur?
Mi madre era humana. Vivía justo al sur de las Tierras Fronterizas.
Una noche, una manada de lobos asaltó el pueblo.
Uno de ellos la forzó y yo soy el resultado.
—Su tono de voz es suave, como seda oscura—.
Por supuesto, muchos años después lo rastreé.
Lloró cuando le mostré lo que había creado.
—Sus ojos se clavan en los míos y no veo más que oscuridad en ellos.
Aun así relajo el brazo en su agarre—. No hay nada más deplorable que una violación.
A pesar de que su expresión es inescrutable, su mirada es intensa. Me siento como si fuera uno de los extraños libros de su habitación que intenta leer. Parece que se produce cierta comprensión entre ambos.
Cuando me suelta la muñeca, dejo caer el brazo al costado.
El aire está denso por el silencio. Siento que debería decir algo, pero las palabras me evaden.
Abro la boca.
Se gira y se aleja, con la luz de las antorchas dibujando su contorno al pasar junto a ellas.
—Ven a mis aposentos al anochecer —dice.
Arqueo las cejas, pero desaparece por la esquina antes de que pueda decir nada más.
Me quedo anclada a las losas del suelo. Tenía planeado plantarle cara a Isla, pero después de la situación que acabo de vivir, estoy demasiado afectada. No solo por lo que Magnus pensaba hacerme, sino también por Blake.
Decido volver a mis aposentos.
De camino a la escalera, veo a Isla y a unas cuantas amigas suyas doblar una esquina.
—¿Has perdido algo? —pregunta con voz suave cuando paso.
Me giro. Toda la rabia que se ha estado acumulando en mi pecho anhela ser liberada.
—¿Dónde está? —espeto.
—No sé de qué me hablas.
Su voz transmite una falsa dulzura y sonríe con superioridad para indicar que sabe exactamente a qué me refiero. Huele a perfume de rosas, el olor que he notado esta mañana en mi habitación. Las tres chicas que la rodean se ríen en voz baja.
—¿Crees que te va a desear si le robas? —pregunto.
Se pasa la melena de un tono rubio ceniza por encima del hombro y se acerca a mí.
—¿Y tú de verdad crees que desea a una ramera humana sureña? —Hace que cada palabra suene más cruel que la anterior—. Cuando se canse de ti, se buscará a una loba. Encontrará a su pareja. Y cuando esté listo…
Baja la mirada al collar de Blake. Se le abren los ojos de par en par por la sorpresa antes de mostrar una expresión de cautela.
A continuación suelta una risa amarga.
—Has pasado página rápido, ¿verdad? —Vuelve con su grupo de amigas—. Venga, vamos a desayunar. Me muero de hambre y esta ramera sureña está haciendo que se me corte el apetito.
Se alejan entre susurros y risitas.
—No vuelvas a robarme —advierto.
Isla no responde, pero se le tensan los hombros.
Se avecina una tormenta.
La siento cuando se acerca la noche.
El aire está cargado de electricidad estática y los lobos parecen más irritables de lo habitual. Los oigo en el exterior, gritando, riéndose y peleando en los terrenos del castillo. Me pregunto si es una cosa de lobos. Quizá puedan percibir la tormenta y eso los agita de algún modo.
Me alegra tener protección cuando Callum está lejos, aunque deba acudir a Blake para ella.
Me siento en la cama con las piernas cruzadas y observo el collar que me ha puesto alrededor del cuello.
Es negro y ligero como una pluma, con un tenue estampado de líneas entrecruzadas negras, grises y otros tonos oscuros como la noche. Está hecho de seda y lo acaricio con los dedos. En el centro hay una obsidiana negra que absorbe la luz de mi vela.
No consigo decidir si debo ir o no a los aposentos de Blake.
Hay muchos motivos para no hacerlo. Por una parte, sería muy inapropiado que visitara la habitación de un hombre por la noche. Y aún más si lo hago sola y después de que haya oscurecido.
Por otra parte, Callum me dijo que Blake era el lobo más peligroso de todo el reino.
Y, aun así, la historia que me ha contado este sobre su madre me atormenta. Ha habido cierta comprensión entre nosotros en ese pasillo. Me pregunto si los dos tenemos el alma rota.
Puede que no sea tan malo como Callum piensa.
La curiosidad también enciende una chispa en mi interior. Si su madre era humana, ¿significa que él es medio lobo? ¿Por qué le tienen tanto miedo los demás lobos? ¿Y por qué me ha protegido?
Mientras la vela se consume y proyecta una luz titilante en las estanterías que crujen bajo el peso de los libros de Blake, la intriga vence finalmente al miedo.
Quiero saber por qué me ha invitado a sus aposentos y estoy segura de que no me hará daño. Sea cual sea el juego al que está jugando, creo que me necesita de una pieza para ganar.
Cuando salgo de la cama, los truenos resuenan por todas las paredes del castillo señalando la llegada de la tormenta.
Me pongo las botas y bajo por la escalera de caracol.
Las antorchas se agitan con violencia, como si las llamas estuvieran tan emocionadas por la tormenta como los lobos que gritan y rugen en el Gran Salón. Me pego a las sombras y me aprieto contra la pared cuando un par de lobos borrachos pasan junto a mí de camino a la celebración.
Cuando llego a la puerta de Blake, respiro hondo.
La última vez que estuve aquí, se transformó y me persiguió por el bosque. No estoy segura de a qué voy a enfrentarme esta vez.
Calmo los nervios y llamo.
Espero unos segundos. La lluvia azota el castillo y veo un destello de luz al final del pasillo cuando cae un rayo.
Oigo un golpe en los aposentos de Blake, seguido por el sonido de alguien acercándose.
La puerta se abre levemente.
Blake tiene el cabello oscuro despeinado, como si se hubiera pasado las manos por él varias, veces y la piel húmeda. Lleva los botones superiores de la camisa blanca desabrochados y las mangas arremangadas hasta los codos, dejando al descubierto unos antebrazos fibrosos.
Tiene los ojos inyectados en sangre.
—¿Qué haces aquí? —pregunta.
Tras él, veo que tiene la habitación hecha un desastre. Las sábanas negras de su cama con dosel están arrugadas, hay libros esparcidos por el suelo y el escritorio está cubierto de pequeños botes de cristal.
Frunzo el ceño.
—Me dijiste que viniera al anochecer…
—Ah, cierto. —Arrastra ligeramente las palabras. Inclina la cabeza a un lado—. ¿Por qué iría una liebre a buscar a un lobo?
Su habitual aroma a bosque oscuro me llega mezclado con un débil olor a alcohol. También huelo otra cosa en el aire, algo herbal y familiar. Me pone de los nervios.
—¿Estás borracho? —pregunto.
—No. —Se dispone a cerrar la puerta—. No es un buen momento.
Los truenos resuenan por todo el pasillo y Blake se estremece.
Pongo una mano en la puerta para mantenerla abierta y la luz de un relámpago revela la etiqueta manuscrita de uno de los frascos.
—¿Eso es acónito? —Lo empujo para entrar en la habitación.
Suspira y cierra la puerta.
Cojo el frasco. Está abierto y de ahí emana el peligroso aroma que he reconocido. Me giro hacia él.
—¿Qué es esto? ¿Acaso intentas envenenarte?
—Claro que no. —Se deja caer en la cama y se pasa los dedos por el cabello oscuro—. Vete.
Además de acónito, veo lavanda, camomila seca y alguna raíz de valeriana en su escritorio. Cojo un frasco etiquetado como «leche de amapola». Hay un decantador lleno de un líquido trasparente a su lado y, cuando olisqueo, me estremezco ante el punzante olor del alcohol.
Los truenos hacen temblar los frascos y a Blake se le ponen los nudillos blancos cuando se agarra el pelo.
—¿Intentas preparar un somnífero? —pregunto—. ¿Para qué es el acónito? A menos que…
Callum me dijo que aquí no tenían calmantes porque el lobo de su interior lucharía contra ellos.
—Estás usando acónito para debilitar a tu lobo interior y que los otros ingredientes tengan tiempo para hacer efecto, ¿verdad? ¿Por qué necesitas un somnífero?
La habitación se ilumina y la fuerza de la tormenta hace temblar las montañas. A Blake se le pone todo el cuerpo rígido y deja escapar un sonido ronco desde el fondo de la garganta.
—Me cago en…
—¡Diosa! ¡Te da miedo la tormenta!
Se aparta las manos del pelo y me mira lentamente.
—Si se lo cuentas a alguien, te mato.
Sé que la apariencia oscura que tanto se esfuerza por mantener es importante para él. Creo que hará lo necesario para evitar que alguien se la estropee.
—Lo sé —contesto.
Cuando vuelven a sonar los truenos, cierra los ojos y se le hincha el pecho al respirar hondo. Gruñe y se tumba en la cama, con los pies todavía en el suelo.
—Solo es una tormenta —le digo con las manos en las caderas.
—Gracias. Muy útil.
—¿Por qué te da miedo?
—No es asunto tuyo.
Me acerco a su escritorio sin saber qué hacer.
Mientras me lo pienso, se sube a la cama y se deja caer sobre las almohadas, gimiendo de nuevo. Suspiro. Me acerco con cautela.
—Creo que has tomado demasiado —le digo.